Críticas

Diversión sin complejos

Turbo Kid

Turbo Kid. Anouk Whissell, François Simard, Yoann-Karl Whissell. Canadá, 2015.

Póster promocional de Turbo KidParece que vivimos una época de nostalgia. En el mismo año hemos visto en nuestras pantallas el regreso de los dinosaurios de Parque Jurásico, a Arnold Schwarzenegger embutido en su chupa de cuero encarnando al ciborg más famoso del universo cinematográfico y a Mad Max recorriendo el páramo post nuclear, en esta ocasión interpretado por Tom Hardy. La generación que creció entre los 80 y los 90 es carne de cañón, quizá atrapados en cierta sensación de eterna adolescencia. También cuenta para esta mirada al pasado el hecho de que muchos de los directores que hoy asaltan las taquillas de medio mundo son producto, precisamente, de estas décadas tan recordadas, para lo bueno y para lo malo. Siendo sinceros, estos retornos de franquicias más que explotadas no han aportado gran cosa en general, y tenemos desde la estupidez innecesaria que es Terminator Génesis a la sorpresa mayúscula que ha supuesto Mad Max: Fury Road, con un buen puñado de nominaciones a los Oscar para certificar su calidad.

Además de los nombres conocidos de sagas aplaudidas por el público, no son pocos los subproductos que han aparecido últimamente auspiciados por esta nostalgia ochentera, perpetrados desde el más absoluto cariño sin más pretensiones que el buen rato y la risa desenfadada. En Youtube arrasó Kung Fury, divertidísimo desmadre en forma de cortometraje que se sostenía gracias a la simpática mezcla entre el sincero homenaje y la parodia impenitente, que hacía sangre con todas las exageraciones del cine de acción. El aire retro y el humor autorreferencial atacaron a la línea de flotación de los treintañeros más sentimentales, que se reían a carcajadas mientras aguantaban la lagrimita nostálgica, al mismo tiempo que se conectaba con una generación que todavía no había nacido cuando Bruce Willis tenía pelo.

Turbo Kid bebe de intenciones muy parecidas, mezcla intencionada de nostalgia y comedia sin complejos, llevada a cabo con mucho cariño por parte de un equipo que tiene muy claro a quién va dirigido el proyecto. Película de fans para fans, Turbo Kid te invita a un juego con unas reglas muy claras. Una vez aceptada y vista con espíritu burlón, probablemente se convertirá en la hora y media más entrañable de los últimos meses delante de una pantalla.

Fotograma de Turbo KidEl referente por excelencia de la cinta dirigida por Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell es la saga Mad Max. Futuro post apocalíptico lleno de tipos duros, líderes siniestros y sectarios, lucha por la superviviencia y… bicicletas. El sentido del humor es la nota dominante de todo el metraje, y Turbo Kid se transforma en una suerte de broma privada entre los creadores de la película y ese sector del público que pillará el chiste y aplaudirá las ocurrencias de esta atípica historia. La originalidad de la propuesta viene, precisamente, del explosivo pastiche, resultado de meter en la misma receta lenguajes tan diferentes y soluciones mil veces vistas, pero contadas desde una perspectiva sincera y divertida, reconvertidas en guiño al espectador. Las películas de acción se combinan con las referencias al mundillo de los cómics, e incluso a los videojuegos, y el brebaje resulta en todo un universo personal al que está invitado cualquiera con ganas de no aguar la fiesta. Hasta el crítico más sesudo encontrará un punto de conexión con Turbo Kid, puesto que es el perfecto alimento para ese niño de 10 años que todos llevamos dentro, y al que, de cuando en cuando, es muy sano sacar a pasear.

El problema de películas como Turbo Kid es lo terriblemente sencillo que resulta el paso de la parodia cariñosa a la burla destructiva. El equilibrio para que la broma no se salga del quicio es el triunfo de una cinta que jamás osa ridiculizar a las películas de las que se nutre en esencia, y en cada segundo de metraje se nota que hay más amor por una época y un género que espíritu destructivo, por muy gamberro que sea el resultado. Todas las exageraciones, todos los clichés explotados hasta la carcajada, todos los lugares comunes que se convierten en auténtico patio de recreo para los directores de Turbo Kid, vienen del espíritu burlón de unos tipos que vivieron y crecieron en una época quizá demasiado glorificada por la memoria colectiva, pero que, sin duda, forma parte inexcusable de la educación visual de la generación que toma las riendas. Hasta las bestiales demostraciones de ultraviolencia gore están teledirigidas a la sonrisa cómplice, y recuerda a otros espectáculos del cómico sangriento, como aquella lejana Braindead (1992), la desquiciada comedia zombi del por entonces joven Peter Jackson. Eso sí, Turbo Kid, en comparación, es bastante más comedida en las salpicaduras de hemoglobina.

Imagen de Turbo KidEn el apartado actoral, da la sensación de que todo el mundo se lo está pasando en grande en su papel, convencidos de la identidad de la película como espectáculo y divertimento puro y duro. En especial, el personaje interpretado por Laurence Leboeuf, estoy seguro, se convertirá en el más entrañable de la película en el corazón de los espectadors, por la ingenuidad casi psicopática que da paso a arranques de violencia y agresividad de lo más desconcertante. Entre las caras reconocibles, el mítico Michael Ironside, que a estas alturas de su carrera tiene poco que demostrar y se apunta a la fiesta con dignidad y mucho sentido del humor.

En Turbo Kid encontraremos guiños, además de a la consabida Mad Max, a Terminator, Blade Runner, a las películas de superhéroes antes de los estilizados espectáculos digitales que invaden los cines en el siglo veintiuno, y a casi cualquier cosa que desprenda nostalgia ochentera. Y siempre sin caer en la caricatura fácil o la falta de respeto, capaces de establecer una conexión con los que se decidan a pasar este rato sin pretensiones. No falla ni la banda sonora, repleta de sintetizadores que darían envidia al Giorgio Moroder más desatado, y rematada con el inevitable tema AOR de gimnasio; tan intencionada y referencial como todos los detalles que hacen de Turbo Kid un pequeño triunfo. Su paso por Sitges certificó el efecto de esta película en los espectadores, que aplaudieron la ocurrencia con simpatía cómplice.

Turbo Kid no quiere ser la mejor película del mundo, y se agradece. Toca reunión de amigos, kilos de palomitas, y muchas ganas de entrar en el juego. Fuera complejos.

Tráiler:

Ficha técnica:

Turbo Kid (Turbo Kid),  Canadá, 2015.

Dirección: Anouk Whissell, François Simard, Yoann-Karl Whissell
Guión: Anouk Whissell, François Simard, Yoann-Karl Whissell
Producción: EMA Films / Timpson Films
Fotografía: Jean-Philippe Bernier
Música: Jean-Philippe Bernier, Jean-Nicolas Leupi, Le Matos
Reparto: Munro Chambers, Laurence Leboeuf, Michael Ironside, Edwin Wright, Aaron Jeffery, Romano Orzari, Orphée Ladouceur, Steeve Léonard, Yves Corbeil, Evan Manoukian, Anouk Whissell, François Simard, Tyler Hall, Yoann-Karl Whissell

Santiago Negro

Graduado del Master en Crítica Cinematográfica de AULA CRÍTICA

 

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