Viñetas y celuloide 

The Long Tomorrow

Empezar este texto diciendo que Moebius es un genio atemporal me parece un tanto de perogrullo. Su arte ha sido una influencia capital para entender la evolución del cómic a partir de los años 70, tanto en Europa como en Estados Unidos. Su visión alucinada, psicodélica, de aires casi proféticos, de la ciencia ficción y la fantasía ha sido caldo de cultivo para infinitas inspiraciones, hasta conectar de manera definitiva con el mundo del cine. En particular, una historia breve, que podría haber pasado de manera intrascendente por las páginas de una revista de cómic, se convirtió en referencia ineludible del género. The Long Tomorrow se publica en 1975, gracias al afortunado encuentro entre mentes inquietas, exploradores de lo creativo. Una historia que mezcla en su génesis al propio Moebius, a Dan O´Bannon y Alejandro Jodorowsky, y que termina su andadura con nombres como Ridley Scott y Luc Besson.

La ciudad de Moebius

Jean Giraud ya era un autor de cómic reconocido cuando, a mediados de los 70, decide romper con la tradición del cómic franco-belga y funda, junto con otros compañeros artistas, el grupo Humanoides Asociados. La intención de estos autores era dar un impulso al noveno arte, más allá de las publicaciones de carácter infantil que reinaban en el medio entonces. Fundan una revista, Métal Hurlant, donde dan rienda suelta a su libertad creativa. El nexo en común del trabajo de los implicados en esta mítica cabecera era la ciencia ficción, pero desde una perspectiva adulta. Historias oscuras, violentas, incluso algunas armadas de componentes eróticos, demuestran al mundo las posibilidades del medio una vez traspasadas las fronteras.

Métal Hurtlant pasa a ser un éxito rotundo, hasta el punto de que llama la atención al otro lado del Atlántico. La experimentación gráfica en las páginas de la revista funciona como reclamo para todos aquellos lectores que buscaban algo más que la repetición de clichés. Tal es el aplauso en Estados Unidos que se acabará publicando una versión americana de Métal Hurlant, que pasa a llamarse Heavy Metal en esa edición transatlántica. A la postre, la gran aceptación de la revista será el chispazo para la producción de una película de animación con el mismo nombre (Heavy metal, Gerald Potterton, 1981), acompañada por una potente banda sonora, exponente del sonido al que hace referencia el título.

El arte de Moebius, lleno de contrastes, de investigación sobre la forma, de experimentación sobre la figura, ejercicio de imaginación inagotable, llama la atención de otro tipo peculiar, explorador de la narrativa en todos los niveles. Alejandro Jorodowsky sueña con Dune, la traducción a la pantalla de la obra maestra de Frank Herbert. De la aventura de Jorodowsky al frente de ese Dune que nunca pudo ser, hablamos hace ya un tiempo en El Espectador Imaginario (y puedes leerlo aquí).

Los barrios bajos de The Long Tomorrow

El caso es que este fabuloso encuentro entre valientes propició la relación creativa entre Dan O’Bannon, creativo de los efectos especiales, y nuestro protagonista de hoy, Moebius. Mientras trabajaban en la monstruosidad que era el proyecto Dune, Moebius se fijó en una historia que desarrollaba O’Bannon. Una historia simple, con tintes detectivescos, en un contexto de ciencia ficción. A pesar de que el mismo O´Bannon ya abocetaba su historia, Moebius mostró interés en aportar su talento gráfico al acabado del relato. Nace The Long Tomorrow.

En  cuanto a la trama, The Long Tomorrow toma prestados elementos de la más clásica serie negra. Detective en decadencia, la femme fatale de turno, escenarios bastante turbios, malas relaciones con las fuerzas de la ley… nada que no hubiésemos leído en cualquier novela de Raymond Chandler. Lo que marcaba la diferencia era el tono casia utoparódico y, por supuesto, el escenario elegido para el desarrollo de la acción. El futuro se mostraba plagado de contrastes, entre el triunfo tecnológico y el fracaso social.

Sin duda, lo que ha quedado para la historia en The Long Tomorrow es el aporte gráfico de Moebius. Su estilo se adapta sin problemas a la delirante línea marcada por el texto de O’Bannon, y el diseño de personajes es una demostración de delirio estilístico. El vestuario imposible de los protagonistas se acopla al aire retrofuturista del espacio urbano protagonista del relato.

Moebius presenta una ciudad histérica, producto de la desigualdad social, representada en la misma estructura física del lugar. La ciudad vertical, construida de forma piramidal, donde la base está ocupada por los despojos de una sociedad salvaje y las plantas superiores quedan para la élite. Vehículos voladores viajan a la altura de las terrazas, desde donde una parte del mundo mira con desprecio a los desfavorecidos, que se pelean por las migajas en antros donde apenas da el sol.

¿Les suena este escenario? Sin duda, el eco de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), pesadilla futurista urbana por excelencia, resuena en sus cabezas, lectores. No es para menos. Tras el fiasco de la producción de Dune, tanto O´Bannon como Moebius pasaron al equipo de producción de otra película de ciencia ficción. Mucho más pequeña, más asequible, pero igualmente visionaria, en manos de un joven director dispuesto a romper moldes. Su nombre era Ridley Scott. La película, Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979).

La soledad en The Long Tomorrow

Durante el tiempo que pasaron como parte del mismo equipo, Scott se empapó de las ideas visuales de los dos creadores de The Long Tomorrow y aceptó sus propuestas con respecto a la evolución urbana que ingeniaban en este seminal cómic. De una historia de apenas unas páginas, surge todo un concepto sobre el que gira el marco de una de las películas fundamentales de la historia e la ciencia ficción.

Con los años, otro director tomó prestados muchos de los ingredientes de The Long Tomorrow. A esas alturas, Moebius había desarrollado su propia aportación gráfica en trabajos tan interesantes como El Incal, de nuevo al lado de su amigo Jorodowsky. El simbolismo esotérico encontraba acomodo gráfico en un paso más dentro de esa idea de ciudad piramidal y decadente, colorida y podrida a partes iguales. Luc Besson, director estrella del cine francés, sin duda había pasado bastantes horas durante su adolescencia enganchado a las viñetas de Métal Hurlant. En El Quinto Elemento ( Luc Besson, 1997) vemos una traslación reverencial de esa ciudad infinita, extendida hacia el cielo como si buscase un rincón en el que respirar. El mundo que O’Bannon y Moebius imaginaron vuelve a cobrar vida en una magnífica película, que mezcla sin complejos la aventura fantástica con la comedia.

Hace poco asistimos al estreno de la impresionante Blade Runner 2049 (Dennis Villenueve, 2017). Otra vuelta de tuerca al universo de Ridley Scott, en el que los efluvios de aquella historia corta publicada en 1975 siguen siendo providenciales: Los lúgubres pasillos de edificios sin fin, las pirámides que culminan la arquitectura de una demostración de poder en lo más alto de un mundo contradictorio, la mirada de unos personajes atrapados en el determinismo social del que la propia ciudad es reflejo. The Long Tomorrow, efectivamente, es un mañana que nunca acaba, puesto que la mirada de Moebius está marcada a fuego en cualquiera de nuestros sueños acerca de lo que nos espera como sociedad adicta a la vida urbana.

Moebius cruzó su carrera con el cine en múltiples ocasiones. Visionario e inquieto, incluso colaboró con el mismísimo Stan Lee, en una espectacular revisión de Silver Surfer. Es lo que ocurre con los genios, que trascienden sus propias limitaciones, y acaban extendiendo su arte como semilla de genialidad.

 

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