Críticas

Dignidad y vergüenza

Techo y comida

Juan Miguel del Castillo. España, 2015.

Cartel de la película Techo y comidaJerez de la Frontera, año 2012. Una mujer joven, Rocío, se encuentra desempleada desde hace más de tres años, no encuentra trabajo y convive con Adrián, su hijo de ocho años, en un piso de alquiler, sobreviviendo con el reparto esporádico de publicidad en las calles. Pero la situación se ha alargado demasiado y los escasos ingresos empiezan a ser insuficientes para satisfacer las mensualidades pendientes del alquiler e, incluso, las necesidades básicas en alimentación e higiene.

En su primer largometraje, galardonado en el Festival de Málaga con la Biznaga de Plata de Mejor Actriz para Natalia de Molina y con el Premio del Público, el realizador Juan Miguel del Castillo aborda el drama social de los más castigados por la crisis económica que estamos soportando desde 2008, un asunto que nunca será tratado en demasía, por resultar necesario para denuncia y concienciación, y porque, lamentablemente, el grueso del público prefiere un mero cine de entretenimiento y no un retrato de las miserias que acontecen en calles demasiado cercanas a las que habitan. Fiel reflejo de ello resulta la escena en que los protagonistas se desmoronan, mientras al fondo el gentío celebra con deleite el triunfo de su selección de fútbol.

El film nos ha recordado otras propuestas de directores españoles que se han preocupado por la situación de los más desfavorecidos, desde la película mexicana de Luis Buñuel, Los olvidados (1950), al largometraje de Luis García Berlanga del año 1961, Plácido, el primero por el retrato de la miseria y el segundo por la hipocresía que la sociedad muestra ante la misma. En propuestas más recientes, nos viene a la memoria el film de Enrique Gabriel En la puta calle (1997) y el de Benito Zambrano con Solas (1999). Como realizadores foráneos, destacaríamos a Ken Loach y a los hermanos Dardenne.

Fotograma de Techo y comidaMediante una puesta en escena muy realista, intentándose acercar a una estética documental, con largos planos, Juan Miguel del Castillo no nos deja respiro en la sucesión de adversidades por las que va atravesando Rocío, una Natalia de Molina soberbia, muy comedida, dejando que la interpretación descanse en su semblante y mirada, en la posición de su cuerpo cada vez más retraído, actuación sobre la que pesa una gran parte del acierto de la obra, y que le ha valido a la actriz la nominación en los próximos premios Goya como Mejor Actriz Protagonista. Nos hace descubrir a Rocío, esa mujer de la que desconocemos su pasado, tampoco es necesario, y que se encuentra sola, sin recursos, sin familiares o amistades, sin casi nada, excepto un hijo al que adora, y cuya existencia le mantiene en permanente alerta ante el temor de que las autoridades tomen alguna medida para alejarle de su lado, por la falta de recursos de supervivencia.

Lo que más llama la atención del film son dos circunstancias que se van solapando. En primer término, la lucha por la dignidad que encarna la protagonista, una dignidad que, como se dice de la pobreza, le hace a Rocío agudizar el ingenio para rechazar invitaciones que no puede costear económicamente, buscar la oferta más atrayente del supermercado, aunque no resulte precisamente la más equilibrada nutricionalmente, remendar la ropa que se cae a pedazos y no se puede sustituir, o no perdiendo la oportunidad de utilizar máquinas de instituciones públicas para hacer fotocopias del curriculum que terminarán en la basura sin piedad alguna. En segundo lugar, lo que va activando la obra en el espectador es la sensación de vergüenza que genera el pertenecer a un país que no solo no acoge a los que vienen de afuera, sino que permite que sus propios ciudadanos no puedan acceder, sin necesidad de esconderse o recurrir a pillerías varias, a vivienda propia, comida y trabajo, por mucho que con gran ostentación se garanticen como derechos fundamentales en una Constitución, que además de no acoplarse a los nuevos tiempos, lleva demasiados años sin cumplirse.

Techo y comida, críticaSiempre nos hemos preguntado durante esta larga temporada de crisis global, con tantos millones de personas sin trabajo, cómo era posible llegar a una mínima subsistencia, cómo es que no se producía una verdadera revolución social, y parece que la mayoría ha sobrevivido con la colaboración de familiares y amigos muy cercanos, y no con las ayudas públicas, subvenciones que además de recortarse, se eternizan en su concesión y recibo. Rocío, sin familia, y en una situación de exclusión que se va agrandando hasta convertirla en una bola que le engulle, no parece que únicamente sea un personaje de ficción, sino más bien el reflejo desnudo y sin necesidad de aditamentos especiales, de muchas situaciones de desamparo e indigencia que han estado ocurriendo y se siguen produciendo en nuestro propio entorno, a poco que abramos mínimamente los ojos.

Existe credibilidad en todos los personajes, y también destaca Adrián, el hijo, un niño llamado Jaime López que fue elegido en un casting entre 150 críos de Jerez de la Frontera, que actúa con soltura y complicidad con su madre en la película, así como Mariana Cordero, la vecina María, de carácter humanitario y caridades bien entendidas, aquellas en las que no debe saber tu mano izquierda lo que hace tu derecha, tal y como recomendaba Jesucristo en sus sermones, según cuenta San Mateo en el Evangelio. En cuanto a la banda sonora, no por escasa deja de resultar muy acertada, compuesta por Daniel Quiñones y Diego Pozo, con intervención de Miguel Carabante en las letras.

Nos gustaría resaltar igualmente la referencia a costumbrismos o creencias culturales o sociales, como aquellas por las que no se tiene fe en la suerte de la lotería, pero quizá sí en el apoyo de un dios benefactor. Además, para los más desfavorecidos, no solo están ausentes las ayudas públicas o de familiares o amigos inexistentes, sino que además, deben esconder su situación y afrontar las dificultades sin movilizaciones de carácter social, entre otras cosas, por ignorancia y desconocimiento previo del desenlace lógico de las tesituras en que se van encontrando.

En definitiva, nos enfrentamos a una obra muy honesta, que sabe proyectar las penurias sin caer en excesos sentimentales, a pesar de la angustia y temor que el trance genera. Y terminamos ahondando nuevamente en la vergüenza que sentimos de pertenecer a un país que hace oídos sordos a estas situaciones de desarraigo, reflejado con acierto y gran simbolismo en la escena final, con el niño Adrián quitándose la camiseta nacional de su selección de fútbol, mientras con el fundido en negro retumba el ruido del cambio de cerradura.

Tráiler:

Ficha técnica:

Techo y comida ,  España, 2015.

Dirección: Juan Miguel del Castillo
Guión: Juan Miguel del Castillo
Producción: Diversa Audiovisual
Fotografía: Manuel Montero. Rodrigo Rezende
Música: Miguel Carabante. Daniel Quiñones
Reparto: Natalia de Molina. Mariana Cordero. Jaime López. Mercedes Hoyos. Gaspar Campuzano. Montse Torrent. Natalia Roig. Manuel Tallafé

Pilar Roldán Usó

Graduada del Master en Crítica Cinematográfica de AULA CRÍTICA

 

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