Críticas

Estación misantropía

Seoul Station

Yeon Sang-ho. Corea del Sur, 2016.

Cartel de la película Seoul StationHace meses disfrutamos de una película que daba un poco de vida al explotadísimo género zombi. Train to Busan (Yeon Sang-ho, 2016) ofrecía la dosis de sangriento espectáculo que prometen las hordas de muertos vivientes, y al mismo tiempo dotaba de cierto contenido a la propuesta más allá de los lugares comunes. Tras las vísceras y la hemoglobina, Train to Busan daba un buen puñetazo en el estómago, gracias a la dosis destructiva de descripción de lo peor de las personas. La película se aferraba a la desoladora idea de que el ser humano, en general, da bastante asco, pero en momentos de crisis sacamos a relucir lo peor como especie.

Parece que Yeon Sang-ho no se quedó conforme, y practica en este regreso animado otro ejercicio de oscura mirada al abismo. Incide en esa percepción cínica y desesperanzada del género humano con mayor crudeza,  potenciando la cruda recreación de lo peor de la jungla urbana. Muestra los primeros instantes del Apocalipsis, antes de que todo se convierta en un infierno. En Seoul Station (Yeon Sang-ho, 2016) , Sang-ho retrata un paraje de olvido, de desigualdad, de mundos diametralmente opuestos que comparten un espacio. En cierto modo, el director dibuja una ciudad, espejo de cualquier otra, que merece la caída total en un caos que equilibre las cosas. Así de brutal se muestra este director que, a lo largo de su carrera, no ha mostrado especial simpatía por la sociedad en conjunto.

No es la primera vez que  hace uso de la animación como técnica para contar sus historias. Hace unos años convencía con The Fake (2013), salvaje crítica a las religiones organizadas, donde ya dejaba patente la poca fe que tiene Sang-ho en las bondades de los individuos. Violenta, desagradable e incluso presentada con cierta estética feísta, dejaba patente la diversidad del cine coreano en cuanto a formatos.

Imagen de Seoul Station

El pesimismo reinante en Seoul Station hace sangre con todas esas ideas que el director defiende con vehemencia. Entre otras cosas, juega con los personajes, manejados con habilidad, puesto que no son, precisamente, héroes de brillante armadura. Son los arrojados a las esquinas olvidadas de la sociedad, supervivientes en la decadencia de una mentira de cristal y cemento. Es complicado encontrar el punto de conexión con unos protagonistas que generan empatía cero. Egoístas, interesados, manipuladores, están muy lejos de ser un dechado de virtudes. Sin embargo, resultan dolorosamente humanos, creíbles y completos, algo más que simple carnaza para alimentar a los violentos muertos vivientes que desencadenan el fin del mundo.

Parte del interés de Train to Busan era el inteligente uso de los espacios. Los vagones de tren dotaban de angustia los mejores momentos de acción de la cinta. Las estrecheces de la localización principal de la propuesta formaban parte orgánica de la película, convertidos los vagones de un tren a toda velocidad en una especie de prisión mortal para los protagonistas. En Seoul Station los lugares donde se desarrolla la acción también son fundamentales para entender las intenciones de Sang-ho. En esta ocasión, tiene la ciudad a sus pies. Utiliza este concepto para dar sentido al contexto de la película. Las brillantes zonas comerciales de la ciudad esconden un submundo decadente, degradado, formado por decenas de personas excluidas de una sociedad despiadada. Ellos son los primeros en caer, desprotegidos e ignorados por los que prefieren mirar hacia otro lado hasta que es demasiado tarde.

Además de construir ese escenario crítico, estos espacios se adueñan del desarrollo de la película. Desde las estaciones de Metro a las calles desiertas, dominadas por el silencio precedente del fin, los personajes se mueven por un teatro inhumano, tan opresivo y claustrofóbico como lo eran los vagones del tren de su película hermana de imagen real. Cada paso por esta ciudad fantasma es el encontronazo con la cruda realidad que defiende Sang-ho: No hay salvación. Nada os protegerá del caos. No hay lugar seguro en la mentira consensuada en la que vivimos.

La protagonista de Seoul Station

El estilo de animación que defiende Sang-ho es de línea dura, algo simple en ocasiones. A cambio, el realismo impregna cada decisión estilística o narrativa, y los personajes son los dueños de la escena. Las emociones en los rostros de los protagonistas se alternan con explosiones cinéticas, de movimientos bruscos y tensos acelerones. En plena explosión de animación digital, aquí se apuesta por lo artesano, por el aire tradicional y añejo que da personalidad e identidad visual a Seoul Station.

Es curioso lo que ocurre con Seoul Station en su resultado final. No es mejor película que su antecesora, Train to Busan, pero sí resulta más cruda y directa en los aspectos más sórdidos del ideario de Yeon Sang-ho. Pone más empeño en pasear por los callejones olvidados, en dar rostro a los peldaños más bajos de la sociedad. Nos arrastra a un mundo que Train to Busan mira de reojo, laberinto urbano de inmundicia humana. Los zombis se abrazan al existencialismo para su enésima vuelta de tuerca, en la fórmula que parece no tener fin. Lo cierto es que, a pesar de la repetición, las posibilidades de la metáfora son infinitas, siempre y cuando caiga en manos de directores capaces. Sang-ho se encuentra cómodo entre las cenizas de la civilización, como gran profeta visual de la misantropía. Teniendo en cuenta cómo va el mundo, tiene gasolina de sobra para su incendio personal.

Tráiler:

Ficha técnica:

Seoul Station ,  Corea del Sur, 2016.

Dirección: Yeon Sang-ho
Duración: 92 minutos
Guion: Yeon Sang-ho
Producción: Finecut / Studio Dadashow
Música: Young-gyu Jang

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