Críticas

Entre óleos y bayonetas se prepara una cámara

Renoir

Gilles Bourdos. Francia, 2012.

Poster Renoir

El triángulo amoroso entre el pintor francés Pierre-Auguste Renoir (Michel Bouquet) en los últimos días de su vida, de su hijo, el cineasta Jean Renoir (Vincent Rottiers), y Dédée, la modelo del pintor, la joven liberada Andrée Heuchling (Christa Théret), es el eje sobre el cual se desarrolla Renoir, el film de Gilles Bourdos.

La acción transcurre entre 1915 y 1919 en la Costa Azul, con un anciano gruñón que lucha contra las dolencias con que lo va acercando la muerte; un hijo pródigo, que llega de la guerra herido y una joven de piel muy blanca, melena pelirroja y ojos marrones que los embelesa a ambos.

El conflicto, tratado sutilmente, a través de las miradas y escasas líneas de diálogo, es sólo un pretexto para demorar al espectador en una serie de encuadres bellísimos que se despliegan siempre a tono con la obra del pintor impresionista. Bourdos no apura la acción, por el contrario, la narración es lenta, quizá demasiado, para compartir un periodo de abulia y monotonía en la vida de un viejo que aún sigue sorprendiéndose ante la belleza de una joven mujer y que sufre la deformación de sus huesos sin que ello le impida seguir pintando con pasión.

Renoir elige permanecer en un punto de cierre y apertura en las historias de sus personajes. Si bien guarda sus mejores planos para la casa paterna, para los paisajes que se encuadran tras las ventanas, todos inspiradores de los famosos cuadros del pintor, la llegada del hijo y la permanencia de la modelo abrirán otra línea narrativa que tendrá que ver con los prolegómenos de una sociedad que irá más allá del lazo marital, pues Dédée, bajo el seudónimo de Catherine Hessling, será la colaboradora de Jean en sus primeros pasos cinematográficos.

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Pero el argumento del film no ahonda ni sugiere esa experiencia de la joven pareja. Sólo menciona el temprano interés de Jean por el nuevo arte. Bourdos prefiere detenerse en esas tardes cansinas, donde la luz del sol apenas calienta tras los árboles despojados de hojas. Los colores tierra: el ocre, el naranja, el amarillo y el marrón se funden con algunas pinceladas en rojo para recrear los paisajes que inspiraron al pintor, maravillosamente fotografiados por el taiwanés Mark Ping Bing Lee, director de fotografía de Hou Hsiao-Hsien y Wong Kar Wai, y musicalizados por Alexandre Desplat, cuyas composiciones para las últimas películas de Terence Malick y Roman Polanski son significativas. Los cuadros, verdaderos protagonistas que registran las poses de Dedée en la serie Bañistas  y los escasos diálogos, apenas susurrados, parecen acompañar el tono bucólico del entorno. El espíritu de la guerra aletea constantemente, sin que perturbe la calma en que se desarrolla la acción.

El conflicto, como tal, en un film que cuenta con tan particular triángulo amoroso, no aparece en la dimensión a la que se nos tiene acostumbrados. No hay “mar de fondo” en la relación entre los personajes, tampoco hay peleas… sólo un deseo fuerte por parte del anciano que ha encontrado a la musa que le ha devuelto la pasión por pintar y la búsqueda de una desaparecida Dedée por parte de Jean, que le imprime apenas un toque de acción a un film que desanda las horas de manera contemplativa y sin que podamos tomar partido por alguno de los personajes. Hay una sensación que se despliega ante el espectador que tiene que ver con cierta expectativa dramática, donde los celos disparen una tensión que podría haberse dirimido entre el deseo sexual y la rivalidad artística. Pero ese punto de la historia no llega a cuajar, quedándose en lo que dijimos hace un momento, sólo una sensación.

Se trata de un retazo de vida idílico plasmado en la pantalla, con un decorado que obedece a la vida burguesa de un pintor de comienzos de siglo veinte, con algunos flashes de “carne fresca” (como se alude en algunas líneas del diálogo) que iluminan los momentos que tan esquemática y morosamente se van sucediendo. Los jóvenes condimentan con pequeños rayos de pasión y el drama apenas rasguña la historia. La presencia del viejo es casi omnipresente y toda la casa funciona a su voluntad. Un grupo de criadas y los hijos están condicionados por el desenvolvimiento del pintor. Los momentos de mayor acción se dan cuando intervienen las mujeres para asear al anciano o para prepararlo para dormir, cuando se deshacen en rituales que le facilitan la existencia al patriarca.

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Si hubiera algo que reclamar, sería la lentitud de la narración, que por momentos se vuelve opiácea, y algunos desmanes en el registro de Michel Bouquet, que a veces alcanza una solemnidad sobreactuada, a tal punto, que distancia al espectador de ese limbo en que lo ha sumergido Bourdos.

Quizá valga la pena visionar la primera película que se filmó sobre Renoir en 1915, un corto de tres minutos que muestra al pintor, asistido por su hijo Claude y conversando con un joven Sacha Guitry. En tan escaso tiempo obtenemos una semblanza de los últimos tiempos de Renoir, sentado en la silla de ruedas, frente al lienzo, con un pincel en la mano derecha y un cigarrillo en la izquierda. Ambos ajustados por cintas a las manos del artista, cuya enfermedad le impedía abrir y cerrar los dedos con libertad.

Lo más interesante que nos ha dejado Renoir, además de un placer contemplativo, es ese quiebre en la historia del arte, donde la pintura va dejándole paso a la fotografía y al cine en las cuestiones que tienen que ver con la representación de la realidad. Apenas esbozada, la idea se agiganta cuando reflexionamos, una vez que hemos salido de esa nube en que nos hemos visto envueltos mientras veíamos la película.

 

Tráiler:

 

Ficha técnica:

Renoir ,  Francia, 2012.

Dirección: Gilles Bourdos
Guion: Gilles Bourdos
Fotografía: Mark Ping Bing Lee
Música: Alexandre Desplat
Reparto: Michel Bouquet, Romane Bohringer, Thomas Doret, Michèle Gleizer, Vincent Rottiers, Christa Theret

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