Críticas

Nunca el olvido

Paraíso

Rai. Andrei Konchalovsky. Rusia, 2016.

ParaísoCartelSiempre son bienvenidas nuevas obras que se ocupan de que no extraviemos aquellas barbaries máximas ocurridas en la historia de la humanidad. Y si además, la atrocidad en cuestión es la cometida por el nazismo, sus cómplices y derivados, unos horrores causantes del Holocausto, que ya han sido mostrados cinematográficamente con profusión de fondo y forma, y se consigue desde un formato o prisma hasta ahora no explorado, la obra en cuestión, Paraíso, lleva a ser apreciada en toda su inmensidad. Y el filme llega cuando casi seguíamos estremecidos por la impresión que produjo el largometraje del húngaro László Nemes, El hijo de Saúl (Saul fia, 2015), con esa cámara que logra la destreza de meterse en el alma de un “sonderkommando” en el campo de concentración de Auschwitz, y hacernos sentir todo el horror, sin apenas mostrar nada. Andrei Konchalovsky retorna con su última obra al mismo acontecimiento histórico, dándole otra vuelta de tuerca a aquellos sucesos lamentables producidos en la Europa del siglo pasado, y consigue que sigamos alterándonos con la maldad que es capaz de alcanzar la especie humana.

Recordábamos el buen sabor de boca que nos dejó la penúltima película del realizador ruso, El cartero de las noches blancas (Belye nochi pochtalona Alekseya Tryapitsyna, 2014), con el retrato de una pequeña comunidad aislada del resto del mundo, en el cruce de una introspección del hombre en la inmensidad de una imponente naturaleza. Y en esta nueva oportunidad, Konchalovsky consigue engancharnos, en una indagación sobre la búsqueda de la propia felicidad, gloria o llámese paraíso, con independencia de los obstáculos, léase también crímenes que deban superarse, ya sea perseguido por puro y propio convencimiento, o porque es lo que hay, lo tomas o lo dejas, y ya se imaginan lo que supone esto último. Y creíamos que el filme iría más cercano a la falta de compromiso sobre nuestros propios actos y sus consecuencias, como una reflexión en torno a la banalidad del mal que tan bien desarrolló la filósofa alemana de origen judío, posteriormente nacionalizada estadounidense, Hannah Arendt, y que acertadamente fue llevada al cine por la directora Margarethe von Trotta, en torno al juicio del nazi Adolf Eichmann (Hannah Arendt, 2012). Pero no, el largometraje de Konchalovsky camina por otros derroteros, recurriendo a testimonios directos frente a una cámara inmóvil y hasta cortante, y combinándolos con la narración de los  acontecimientos que se desarrollan, retomando uno u otro formato según convenga al discurrir causal y argumental.

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La trama, de manera precisa y aguda, se centra en tres personajes, e intercambia sus historias con habilidad, siguiendo un discurso prácticamente cronológico de hechos, aunque pretenda asemejar algo distinto. Estos tres personajes principales son, en primer lugar, Jules, un policía francés colaboracionista con las fuerzas de ocupación alemanas en Francia durante la Segunda Guerra Mundial; en segundo término, seguimos a Olga, una mujer, aristócrata rusa, residente en París y comprometida con la salvación de niños judíos; y en tercer término, ocupa el protagonismo otro aristócrata, Helmut, en este caso un joven alemán de “pura raza aria”, con estudios, fortuna y hasta emparentado con el pensador Friedrich Nietzsche, al parecer embelesado por la causa nacionalsocialista, a pesar de los inconvenientes de alguna que otra indigestión.

Formalmente, la película sorprende con un formato cuadrado poco habitual en la actualidad, que da la impresión de encierro y sinceridad desde un primer momento. Junto a ello, y con ese apoyo visual, impacta lo que parece una extraña profundidad de campo, que desconcierta en los instantes iniciales, al creer que nos enfrentamos contra determinadas deformaciones corporales que pretenden enfatizar caracteres, pero terminan no siendo tales, sino que lo que se consigue es acercar lo máximo posible los hechos al espectador, dando la más alta credibilidad a las confesiones a cámara. Y todo ello se acompaña con la utilización de un blanco y negro, en general de apariencia turbia, como los sucesos, combinándolo con una pureza y luminosidad en la blancura, cuando se recuerdan tiempos pasados, que, por supuesto, siempre fueron mejores, y en este caso, con motivo. Aunque aconsejamos no perder detalles sobre esto último, con esa ociosidad de una clase acomodada europea de entreguerras, aquella holgazanería indolente que se regodea en sí misma.

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La película ocupa, preocupa y mantiene la tensión narrativa a lo largo de toda ella, y lo hubiera conseguido recurriendo solo, con astucia, a la  anécdota de un corte de pelo mayor o menor, lo que no anticipa precisamente el final del filme. Y logra que durante su visión nos estemos preguntando y cuestionando por las reacciones de todos los personajes, tanto de los tres protagonistas como de los seres que les rodean, sobre los motivos que les mueven y les hacen dirigirse por caminos diversos. Y nos deslizamos en dos polos opuestos: los convencidos con la instalación del paraíso en la tierra (el germano nacionalsocialista, claro), y aquellos que intentan sobrevivir, aún a costa de su propia dignidad y honestidad. Y también nos encontramos con una tercera clase de individuos, precisamente los que no se cuestionan gran cosa, y se dejan arrastrar al ritmo de las circunstancias, y en algún caso, o en la mayoría, sin desaprovechar la ocasión para sacar tajada del mal ajeno.

Konchalovsky termina su  obra con un final muy emocionante, inesperado y aterrador, pero dejando la puerta abierta a cierto futuro algo más amable, al menos para unos pocos. Nos encontramos frente a un excelente filme, ya premiado con su dirección en el Festival de Venecia, que no debería pasar inadvertido entre el aluvión de ofertas insustanciales que cada semana se ofrecen en nuestras pantallas. El policía galo, el oficial aristócrata alemán de las SS, la también aristócrata rusa protectora de los seres más desfavorecidos, los tres nos van mostrando sus acciones, sus miedos, culpas y justificaciones. Y también los personajes secundarios son dibujados en magnitud, sin necesidad de recurrir a demasiados trazos: aquellos que no creen e incluso abominan de la causa pero no encuentran otra salida que pasar por el embudo; los aprovechados, que por supuesto sí que consiguen sus pequeños tesoros, aunque a lo mejor prefieran desconocer los detalles de su obtención; y por último, los que nunca serán agraciados con la lotería, y que además deben arrastrar culpabilidades en la búsqueda de la supervivencia.

La película impresiona, y lo hace sin mostrar directamente los hechos más bárbaros, obviando los mismos con esas confesiones apabullantes, fotografías o el fuera de campo. Tenía que ser Antón Chéjov el ídolo de nuestro culto protagonista germano, precisamente el literato ruso que deja lo más dramático fuera de escena y que se apoya en la técnica del monólogo. Nos quedamos y terminamos con una frase de Olga, cuando reflexiona sobre la facilidad en que se pasa de animal a ser humano. La sensación que nos deja la obra es precisamente la contraria, el tremendo peligro que nos acecha en dejar el estado de humano para ser tratados y comportarse como animales, y no hablamos precisamente de mascotas. La historia está ahí, no la podemos cambiar, pero jamás debemos olvidarla.

 

Tráiler:

Ficha técnica:

Paraíso (Rai),  Rusia, 2016.

Dirección: Andrei Konchalovsky
Duración: 130 minutos
Guion: Elena Kiseleva, Andrei Konchalovsky
Producción: DRIFE Productions / Production Center of Andrei Konchalovsky
Fotografía: Aleksandr Simonov (B&W)
Música: Sergey Shustitskiy
Reparto: Yuliya Vysotskaya, Christian Clauss, Philippe Duquesne, Peter Kurth, Jakob Diehl, Viktor Sukhorukov, Vera Voronkova, Jean Denis Römer, Caroline Piette

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