Festivales

Oscar 2015

Cada año la entrega de los premios de la Academia coincide con el momento en que quienes cursan el Máster en Crítica Cinematográfica de Aula Crítica, ya están en condiciones de publicar sus primeros textos. Se preguntarán por qué este premio y no algún otro. La respuesta es sencilla. Los colaboradores de EL ESPECTADOR IMAGINARIO, así como los estudiantes del Máster, estamos en ciudades muy distantes. Las películas premiadas por la Academia llegan a todos los rincones. Así que nos es posible intentar compartir una verdadera pantalla globalizada para ver el cine que exhiben en las salas de las ciudades donde vivimos.

Este año escribimos acerca de algunas de las películas nominadas desde dos enfoques diferentes: intentamos hacer una especie de plano/contraplano de cada filme y subrayar en cada texto aquellos aspectos que nos atrajeron o que nos decepcionaron. La intención fue armar un breve debate que deseamos llevar a nuestros lectores.

La 87ª edición de los Oscars consagró a Alejandro González Iñárritu como Mejor Director por su película Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), que también se llevó galardones como Mejor Película, Mejor Fotografía y Mejor Guion Original.

 
Birdman (en positivo), por Gretel Herrera

birdman2Birdmanes cine, teatro, espectáculo dentro del cine, un metatexto espectacular sobre el mundo del espectáculo. Para ello su director escogió la comedia dramática como clave y su discurso se construye entre la mofa y un solapado cuestionamiento. Impulsado por el fantasma de Birdman, Riggan se aboca a la producción de esta obra por la cual desde el inicio –no se sabe si en serio o en broma- confiesa que seria capaz de todo por tener éxito. El arte, las relaciones humanas, las metas adquiridas, los supuestos del éxito y al final el amor, siempre el amor y el deseo de ser amado, son las vías de escape de un discurso hilvanado con gran maestría por el propio director y los guionistas Nicolás Giacobone, Armando Bo, Alexander Dinelaris Jr.En el aspecto formal, Birdman es una brisa huracanada en la perfecta, pasiva y trillada formalidad hollywoodense. Su director se ha decantado por crearnos la ilusión de haber rodado el filme en un solo plano secuencia, méritos que la igualarían a clásicos como La soga, de Alfred Hitchcock o El arca rusa, de Alexander Sokurov. El resultado es un filme de dos horas con un ritmo que quita el aliento y un ejercicio de actuación que ha recolocado a Keaton como actor, reafirmado a Naomi Watts y a Edward Norton como grandes y hecho aflorar el potencial de una ya prometedora Emma Stone.

El filme es un ejercicio de detalles. Lubezki crea interesantes secuencias –nunca menores de diez minutos- siguiendo a sus personajes por los pasillos, habitaciones y calles. Lugares laberínticos como la mente de la mayoría de los personajes que conviven en ellos. Cabe destacar el uso de la tecnología para recrear secuencias que físicamente hubieran sido imposibles, como el cambio de la escena de Sam y Mike en la azotea, donde la cámara desde una angulación supina, ve amanecer en cámara rápida, para luego entrar por una ventana enrejada a encontrarse con un Riggan que en minutos verá su obra destrozada por la crítica. La concepción fotográfica va sumergiéndonos en los conflictos de este personaje simple y profundamente perdido en sus metas vitales y que va tomando forma de derelicto.

La banda sonora es otro de los grandes de desafíos de Iñárritu al espectador, teniendo en cuenta que el jazz como género no es consumido por todos y que el free jazz, como herejía polirrítmica causa grandes molestias en oídos conservadores. No obstante, Iñárritu acude a Antonio Sánchez, quien es considerado uno de los grandes bateristas de jazz del mundo e integrante del Pat Metheny Group. Bajo las pautas del director, Sánchez compone una banda sonora consistente únicamente en solos de batería improvisados que a un ritmo arrebatador marcan el despliegue argumental del filme.

No caben dudas de que González Iñárritu, a diferencia de Riggan, no tiene fantasmas que lo hagan divagar o emprender búsquedas estériles. Su sólida filmografía refleja el quehacer de un verdadero director de cine, comprometido con el arte cinematográfico y no con los flashes o legitimaciones externas.

 
Birdman (en negativo), por Pilar Roldán

birdman1Si bien se agradece la búsqueda de innovaciones formales y estéticas que aporten viento fresco en la cinematografía actual, la propuesta del largo plano secuencia de Birdman no es novedosa, pues ya había sido utilizada por otros directores, como el propio Alfred Hitchcock en La soga (1948), quien por cierto tuvo que recurrir a falsear los planos porque los rollos no duraban más de diez minutos. Cabe preguntarse por la reacción del espectador ante tan largo tren que no se detiene, que camina rápido, nervioso, a trompicones. La sensación es laberíntica, cansina, agotadora. Se recurre a falseados evidentes y chocantes, como situar a un actor (Edward Norton) en la terraza, y en la siguiente escena, no olvidemos que con aparente continuidad de cámara, lo vemos actuando en el preestreno de la obra.A la referida puesta en escena, le acompaña por momentos, en la banda sonora, la música de una batería machacona, cargante, que parece acentuarse en los instantes de mayor desconcierto del protagonista, incrementando en el espectador las ganas de que se acabe el tormento que está padeciendo. Y ello, sin desmerecer los momentos en los que se deslizan, casi vergonzosamente y por la puerta trasera, obras de Mahler, Tchaikovsky o Ravel.

Todo ello, acompañado por los diálogos importados, grandilocuentes, narcisistas, y sobre todo, excesivos, hasta llegar al agotamiento. Lo actores, perfectamente integrados en su papel, logran desprender autenticidad en su maleza psicológica. A favor, Michael Keaton está grandioso en la interpretación de ex-superhéroe decidido a triunfar en algo que no considera banal ni carente de mérito alguno, sin necesitar del excesivo recurso a la utilización de efectos de realismo mágico, que terminan por confundir y alejar al público de la obra y del drama de los personajes.

Iñárritu no desaprovecha la ocasión para saldar cuentas con la crítica, pero se pierde en el exceso, que deslegitima sus reproches, y los limita a una rabieta incontrolada. No duda en poner en boca de la responsable de una cronista influyente promesas de que destrozará la obra teatral representada, con independencia de su calidad, en razón de subjetividades previamente establecidas. La política, evidentemente, no es la única profesión donde se encuentran profesionales carentes de ética, pero la descalificación global con la que juega el director parece a todas luces excesiva. Tampoco se entiende el titubeante final. Se alarga innecesariamente, pareciendo que cada uno de los guionistas (y no son pocos) ha querido imprimir su sello personal. Por cierto, paradójicamente, la disyuntiva del título del film (“Birdman, o la inesperada virtud de la ignorancia”), únicamente se comprende y toma forma en esos momentos últimos.

Nos encontramos ante una obra singular, de indudable mérito y originalidad, aunque no novedosa, muy alejada de los productos habituales que suelen llegar a nuestras pantallas, pero aquejada de ciertos lastres que convierten el viaje a lo largo de su metraje en una trayectoria agridulce, con final ciertamente desconcertante.

La película de Wes Anderson, Gran Hotel Budapest, también recibió cuatro reconocimientos, a Mejor Diseño de Producción, Mejor Banda Sonora, Mejor Diseño de Vestuario y Mejor Maquillaje y Peluquería.

 
Gran Hotel Budapest (en positivo), por Celia Sutton

gran-hotel-budapest-1Al entrar en la sala de cine, el público seguidor de Anderson ya sabe qué esperar, conoce a este director obsesionado con la finura en los detalles, con la precisión de las formas, que no deja nada a la improvisación, y que está en total control de su película. Cada toma, cada objeto en la escena, cada movimiento de cámara está previamente calculado. Es por esto que quizá algunos de sus anteriores trabajos, se habían quedado más en la forma que en el fondo, sin embargo en esta cinta, y en la antecesora y muy bella Moonrise Kingdom, logra aportar un soporte más complejo, mejor hilado y con mayor sustento narrativo.Uno de los recursos constantemente utilizados por Anderson, es el de rodearse de nombres conocidos y relevantes, repartos corales, de los que saca un enorme beneficio. Cada aparición es una nueva y grata sorpresa. En algunos casos su presencia no es un simple cameo, sino que su aportación es relevante en la narración (Willem Dafoe, como un loco asesino; Jude Law como el joven escritor; F. Murray Abraham como Moustafa o Edward Norton, un correcto policía). En otros casos, su aparición es muy breve (Bill Murray, Tom Wilkinson, Harvey Keitel o Tilda Swinton), siempre dejando un grato sabor en el espectador.

El tono nostálgico y melancólico que se asoma en la cinta, a través de los recuerdos de Moustafa, cuando el esplendor del hotel brillaba en toda Europa, épocas de lujo, color y armonía, que se vieron empañados por la guerra. Colores que, poco a poco, van perdiendo el brillo y su intensidad, para pasar del gris de la prisión al blanco cegador de la nieve y, finalmente, llegar al negro de los uniformes de los más temibles soldados. Mientras Mustafa cuenta su relato de la decadencia del hotel antes de ser demolido, donde apenas se ve la huella de lo que algún tiempo fue, se transmite una sensación de vacío y añoranza por esos días mejores. Wes Anderson lo pinta muy claramente, tocando a la vez tópicos relevantes, como son la guerra, que deteriora los ambientes más plácidos, o la lealtad incondicional de los protagonistas, dos seres solitarios que se volverán como hermanos.

Muchos temas se tratan al unísono, en este ir y venir de Gustave y Zero: la integridad a pesar de las circunstancias, el amor puro entre los jóvenes enamorados o el descubrimiento de la red de ayuda y apoyo en emergencias de los conserjes de los distintos hoteles, componiendo uno de los mágicos momentos del film.

Gran Hotel Budapest se manifiesta como una historia redonda y completa, que abarca varios géneros, navega entre la comedia llena de sarcasmo e ironía, con toques finos de acción y aventura, incluso de suspenso. Asimismo se disfruta el manejo del humor que, en algunas ocasiones, es humor negro, por ejemplo en las escenas en las que el matón representado por Willem Dafoe hace de las suyas.

En conclusión, podríamos calificar al film como fruto de un género andersoniano, en el que la estética y la simetría son protagonistas del mundo creado por el director, imprimiendo un sello inconfundible a su trabajo, lo que es realmente un mérito en tiempos en los que la originalidad es difícil de encontrar.

 
Gran Hotel Budapest (en negativo), por Álvaro Esteve Ferrer

gran-hotel-budapest-2El cuidado en la elaboración de cada plano y en la medida del ritmo narrativo, el gusto por los antihéroes simpáticos y la recuperación de la gestualidad expresiva en las interpretaciones acompañada de un cierto humor negro ha situado a Anderson entre los directores más bien acogidos por la crítica. No obstante, sus argumentos excesivamente sencillos y poco profundos, sus largos diálogos a veces sin sentido y la sobreutilización de la comedia del absurdo no facilitaron su llegada al gran público, aspecto que comenzó a matizar en Moonrise Kingdom, película por la que obtuvo su segunda nominación al Oscar.Wes Anderson realiza Gran Hotel Budapest sin renunciar a su estilo, pero tiene pequeños puntos que pueden generar debate. Entre ellos la debilidad argumental. Es característico de Anderson elaborar trabajos con un esfuerzo estético increíble, precisamente para imprimir con fuerza su estilo propio, pero a veces la “forma” es tan importante que quita presencia al argumento, a la historia que se cuenta, puesto que ha de adaptarse a los límites de un “molde” meticulosamente (y brillantemente) decorado.

La sobreutilización de la comedia física y del absurdo, en particular la gestualidad remarcada de los personajes, rigidiza en algunas escenas el ritmo de la narración. Este “defecto” pasa a convertirse en virtud si tenemos en cuenta el digno reconocimiento que el director hace del cine mudo de Charlot y de las comedias de Mack Senett y Buster Keaton, precisamente en una ambientación histórica donde la exquisitez y sofisticación en los movimientos eran distintivo característico de la buena educación y el respeto hacia los modales civilizados, un mundo que Anderson recupera para rendirle tributo a través de la melancolía romántica de los escritos de Stefan Zweig.

De esta manera, los dos principales “defectos” que hemos encontrado en la película de Anderson pasan de ser posibles elementos que pueden disminuir la calidad del filme a puntos que llegan a encajar de forma inteligente en la maquinaria estética y narrativa del universo marca Wes Anderson, quedando diluidos los efectos adversos que podrían producir en un grandioso fresco de diversión, ingenio y gusto.

Si hay algo que tengamos que tener en contra de Wes Anderson en este filme es precisamente que el gran esfuerzo que ha realizado por hacer una película tan perfeccionista visual, narrativa y gestualmente se haga demasiado evidente. Por lo demás, sólo añadir que tiene un gran punto a su favor en la excelente banda sonora de Alexandre Desplat, que acompaña como una melodía de ensueño cada uno de los delicados pasajes por los que se deslizan nuestros queridos protagonistas en sus aventuras. Y hasta aquí los aspectos “en contra” que podíamos extraerle a El Gran Hotel Budapest, trabajo, hay que reconocer, que no ha sido nada fácil y que nos ha hecho dar una que otra vuelta a nuestra mente para mirar si había alguna grieta que afectara al conjunto, pero no hemos tenido mucho éxito. Bueno sí, un aspecto más que añadir, que Bill Murray y Lea Seydoux no salgan más tiempo.

La película del noruego Mortem Tyldum, The Imitation Game, apenas recibió el reconocimiento de los premios Oscar como Mejor Guion Adaptado.

 
The Imitation Game (en positivo), por Eduardo de Andrés Aguilar

the-imitation-game-1El punto fuerte de The Imitation Game es, sin duda, la interpretación de Benedict Cumberbatch como Alan Turing. El actor realiza un magnífico ejercicio de interpretación, prestando una atención especial en los gestos y expresiones faciales del matemático, personaje muy complejo de desentrañar debido a su comportamiento “casi asperger”. Esa sensación de intimidad que se destila a lo largo de la película, se magnifica gracias al gran trabajo de los actores, en gran medida del protagonista, pero sin olvidar al resto de secundarios, especialmente a Keira Knightley que da vida a Joan Clarke, la compañera y gran amiga de Turing durante todo el proceso con Enigma.Otra circunstancia que engrandece la película aparece en la conclusión. Alan Turing fue juzgado por ser homosexual y se le hizo elegir entre ir a la cárcel o tomar un tratamiento hormonal. En los últimos compases de la película, ya terminado el relato de su pasado, se nos presenta a un Alan Turing visiblemente ajado, en su casa, durante la visita de Joan Clarke. El dramático final del brillante matemático se nos cuenta a partir de varios letreros explicativos: como Turing, otros muchos homosexuales fueron juzgados y condenados durante los siglos XIX y XX en Gran Bretaña. La historia del protagonista es, desgraciadamente, una más entre los centenares de prometedoras vidas y carreras truncadas de forma injusta. El film adquiere en estos últimos compases una dimensión adicional que la engrandece, es una reivindicación contra la intolerancia.

El tema de la homosexualidad del protagonista se trata de forma secundaria a lo largo del film, hecho que le ha valido ciertas críticas por parte de algunos medios, injustificadas desde mi punto de vista. Considero que trata de forma muy inteligente este aspecto de la vida del matemático, sin buscar una carga dramática excesiva por el simple hecho de que el personaje sea homosexual. No hay violencia en su contra ni episodios que fácilmente podrían haber convertido su situación en algo más dramático de forma gratuita. Alan Turing fue por desgracia una víctima de su tiempo, la represión a la que se vio sometido simplemente por su orientación sexual fue lo que le llevó al suicidio, su aciago final tiene suficiente carga dramática para entender el crimen que se cometió contra él, y no era necesario mostrar mayores hostilidades hacia su persona a lo largo de la película por parte de sus compañeros, más allá que aquellas que ocurrieron por la soberbia inicial del matemático. Veo en la cinta de Mortem Tyldum una evolución de los recursos narrativos de representación del tema de la “homosexualidad y represión” lo cual otorga madurez a la película.

Como conclusión, considero que los puntos fuertes del film son: una inteligente narración guiada en primera persona por el protagonista, que involucra al público como juez; una muy sólida interpretación por parte de Cumberbatch, que muestra con gran potencia el componente emocional del personaje; y un tratamiento muy maduro del componente dramático de la homosexualidad y la represión.

 
The Imitation Game (en negativo), por Gretel Herrera

the-imitation-game-2El aspecto escritural del guion de Moore carece de profundidad. El abordaje es ligero y oportunista, perfilando los clichés dramáticos de la historia sin ahondar en la verdadera naturaleza del ser. Una especie de traición hacia Turing se cuece en este filme, ya que al igual que en su época fue un incomprendido, un torturado por la justicia inglesa; el cine lo retoma en su versión de superhéroe, explotando su lado heroico, haciendo una caricatura de sus conflictos y soslayando su versión más humana. Vuelve a ser utilizado esta vez para disfrute y caritativa complacencia del gran público.En el aspecto formal, como toda producción norteamericana tiene una factura inmejorable y predecible. La fotografía del español Oscar Faura y la música del francés Alexander Desplat funcionan de forma orgánica en este montaje transparente, obra de William Goldenberg. Sin embargo, otro apartado vuelve a atentar contra el logro de este filme: las actuaciones. En el caso de los protagonistas, son vacías y repetitivas. El Turin de Benedict, poniéndole peluca y haciéndolo menos cabizbajo e imperativo, fácilmente podría llamarse Sherlock. Solo una ligera mueca labial y una sobreactuada introversión lo separan del personaje que ha hecho famoso a Cumberbacth. Alan sigue teniendo vida solo en la superficie, al igual que Joan. Y es que Keira, en la piel –solo en la piel- de nuestra Joan Clarke, mujer decidida, inteligentísima y de grandes recursos, no deja claro si le dará por tirarse a una línea férrea, por reunirse con un pirata indeseable o si buscara un amigo para el fin del mundo. Y es que últimamente todos los personajes de la Nightley son igualmente resueltos: una miradita entre tímida y seductora, morritos con asomo de dientes deformes y la actitud asustadiza y superficial, son sus estrategias de creación de personajes que final siempre nos llevan a la misma persona.

The Imitation Game es uno de esos filmes que estremecen a multitudes por la temática, por la publicidad, por el nombre de sus actores o porque simplemente todos dicen que es bueno. Un filme que ha sabido colarse en muchas premiaciones y que al igual que Boyhood de Richard Linklater –otra producción mediocre del 2014 que ha causado mucho revuelo- no tiene ningún logro remarcable. Tyldum a diferencia de Linklater, sí tenía un hombre inmenso que retratar aunque los imperativos comerciales solo hayan dejado ver una parte.

La última película de Clint Eastwood, American Sniper, solo obtuvo el Oscar a Mejor Edición de Sonido.

 
American Sniper (en positivo), por Sebastián Sáez Burgos

american-sniper-2Una vez más, Clint Eastwood nos trae otro relato polémico. Porque toca un tema complejo, como el de la sangrienta guerra de Iraq. Así como lo haría en Gran Torino, donde él mismo interpreta al redneck que odia a su vecino oriental y a todo el entorno latino de su barrio. O en J. Edgar, donde nos trajo un biopic de la vida del jefe supremo del FBI, humanizando su figura, para muchos algo desacertado. Como tercer ejemplo, citaría a Jersey Boys, donde un adolescente, descendiente de italianos debe hacerse su lugar desde Nueva Jersey como cantante, con todos los obstáculos que la vida marginal de los suburbios le pueda poner. Esto demuestra que Eastwood tiene una línea conservadora en sus películas, y aunque uno no comparta esa misma ideología, siempre terminará enamorado de sus historias.American Sniper ha recibido críticas negativas, se lo ha acusado de pretender ser una propaganda de los Navy SEALs. Clint Eastwood ha dicho al respecto que la película no se trata de eso, sino que el efecto que él ha querido lograr ha sido el de concientizar. Concientizar sobre los efectos negativos de la guerra, sobre el entusiasmo que un ciudadano común siente hacia el patriotismo estadounidense.

Es un homenaje al marine Chris Kyle, un veterano de guerra tejano que cumple varias misiones en Iraq con los SEALs, una de las divisiones más especializadas en combate del ejército de los Estados Unidos. Se trata de un guion adaptado del libro homónimo, una autobiografía que Kyle escribió antes de morir a manos de un veterano al que estaba intentando ayudar a superar las huellas psicológicas grabadas por la guerra.

Ya lo dijimos, Clint Eastwood es un director que busca la polémica. Tiene muy marcado el “ser americano” en su ADN, y eso es algo que no puede ocultar en sus obras. American Sniper fue un poco más allá, por momentos parece reinvindicar el derecho que se adjudica Estados Unidos de “ordenar” el mundo, pero no: viendo solamente la primera mitad de la película, uno puede entender que este es el punto del film, pero viendo la totalidad, uno comprende que lo que quiso Eastwood fue demostrarnos las horribles secuelas que deja en su sociedad una guerra innecesaria.

 
American Sniper (en positivo), por Santiago Negro

american-sniper-1En American Sniper, Clint Eastwood deja muy claro su posicionamiento, sin lugar a la réplica, de una manera tan simplona que resulta difícil seguir el rastro al director que ha conseguido emocionarnos en la mayor parte de su filmografía. Incluso detrás de la cámara, prefiere el efectismo heredado del cine bélico actual, en lugar de la pausa y calma habituales. Eastwood no genera debate, está más ocupado en convertirnos en voyeurs gracias a la mirada subjetiva desde la mira telescópica de un asesino/héroe, un posicionamiento que resulta hasta ofensivo en ocasiones, transformándonos en cómplices de la barbarie. Entiendo que se ha tomado esta decisión estilística para que el espectador sienta la tensión de un hombre que se juega la vida todos los días, pero, en mi caso, me vi atrapado en un agresivo recurso que es repetido con beligerancia.Si, como espectador, se pierde la conexión con el personaje principal, la película se diluye en un escaso mensaje sobre los terribles efectos de la guerra, pero sin poner en duda su utilidad. Se aplaude el sacrificio de un fanático que se enfrenta a otros fanáticos en un bucle sin sentido, pero que se excusa en un patrioterismo enervante y maniqueo. Ahí reside gran parte del problema, en el personaje principal. A pesar de la poderosa defensa que hace Bradley Cooper de su rol, el protagonista principal no da más de sí: es un ser humano simple, anclado en los valores rancios del americanismo más reduccionista. Es tan peligroso y destructivo como sus contrapartidas árabes (presentados como carne de cañón sin rostro, colección de gritos y odio informe), pero que tiene la ventaja de jugar con los “buenos”. No entiendo al héroe, ni su desgracia en forma de estrés post traumático. Eastwood me ha presentado como personaje a un tipo que se define por otra gente a la que mata.

No hay moraleja, ni reflexión, ni debate. Eastwood, en este caso, ha elegido la arenga. Así empobrece una película que, aún con todos esos defectos, es mucho mejor que la mayoría de las películas que se estrenan semana tras semanas. Aun así, me siento un tanto huérfano, decepcionado. Añoro al gran narrador, al hombre de rostro pétreo capaz de sacarme de mi zona de confort a base de un manejo extraordinario de las emociones humanas. En American Sniper, Eastwood elige la simpleza porque, efectivamente, todo es más simple. Y no me apetece aplaudir a un Eastwood tan conformista.

La teoría del todo solo recibió el Oscar al Mejor Actor: Eddie Redmayne.

 
La teoría del todo (en positivo), por Carol Antúnez

la-teoria-del-todo-2James Marsh presenta una estética armoniosa que ubica al espectador ante una pieza cinematográfica políticamente correcta, sin grandes desafíos. La fotografía y el montaje son sencillos y encuentran su funcionalidad a merced del “tiempo”, de los años que transcurren desde que Jane y Stephen se conocen en la Universidad de Cambridge hasta que deciden seguir por caminos diferentes.

En este contexto vale destacar la interpretación de Eddie Redmayne, quien de forma natural y sin sobreactuaciones transmite la evolución de un personaje complejo que, además de su enfermedad física, manifiesta un gran deseo de superación, perseverancia e inteligencia, a pesar de cualquier obstáculo. Más allá de su genuina caracterización, Redmayne logra “hablar” con sus ojos, a través de su brillo y cada vez que mira a su mujer o hace un comentario con sentido del humor. Por su parte, Felicity Jones, a pesar de no generar empatía por su caracterización estética, puesto que no parece aumentar de edad a medida que pasan los años, consigue reflejar la templanza, fortaleza y fe de una mujer enamorada que quiere ayudar a su marido a tener una mejor calidad de vida.

La banda sonora, a cargo de Jóhann Jóhannsson, junto a los diálogos sofisticados entre Stephen y Jane acompañan el dramatismo, humor y emotividad de cada escena. Es realmente conmovedora, en momentos donde vemos a Stephen y su familia en colores cálidos, a través del lente una cámara de filmar vieja, ya sea jugando en el patio con sus hijos o disfrutando de un día de campo.

La teoría del todo que no aspira a ser una obra maestra, desde un punto de vista cinematográfico, pero que invita a la reflexión, generando preguntas existenciales, donde los personajes, al fin, parecen resolver “la probabilidad matemática de la felicidad” a través del amor.

 
La teoría del todo (en negativo), por Mario Cea Millán

la-teoria-del-todo-1James Marsh no busca emanciparse en ningún momento de los modelos típicos que abordan una adaptación de un “biopic”. La consecuencia es que La teoría del todo pertenece a una de esas transposiciones literarias que no se permiten especular con el contenido del texto original. Aunque como veremos, sí con el continente. Y es que la apuesta no es arriesgada en absoluto. Al contrario, Marsh se maneja sin ningún pudor en los códigos dramáticos convencionales y lo que es peor, trampea el mérito de los descubrimientos de Stephen Hawking. Es decir, se olvida de lo que él significa, creando una fantasmagoría que borra su “todo” y que retrata sólo un fragmento de una fórmula mayor.Las respuestas a la construcción de este envoltorio, se encuentran en el propio Marsh. Célebre ante todo por su reconocido trabajo en el documental Man on Wire, sobre el trapecista Phillippe Petit que cruzó en 1974 las torres gemelas sobre un alambre, el realizador, en La teoría del todo, repite largometraje sobre un personaje real, repite historia de superación personal y repite la misma falta de información que muchos criticaron. Podemos adivinar la misma compensación en forma de una más que superficial emotividad.

En una entrevista promocional, Marsh cita textualmente: “Es imposible trasladar el lenguaje matemático al cine”. Palabras que resultan coherentes con el punto de vista elegido para su película, pero que chocan sin quererlo de forma inevitable con producciones que sí abordaron con más destreza la problemática.

La piedra con la que tropieza, una y otra vez, Marsh es la sobreexcitación dramática en los hitos de Jane como “súper-mujer” en contraposición a la ligereza con la que se cuentan los hitos científicos de Hawking. Algo que por otra parte también ha echado de menos el propio científico, en unas declaraciones que buscaban su bendición.

A cambio, el realizador presenta un esquema de clímax emocional múltiple. Lo apuesta todo al morbo de la superación personal. Eso sí, con escenas estéticamente muy cuidadas en su fotografía. Aunque en exceso, pues, si bien es verdad que una batalla tan impresionante por la vida merece ser contada con ciertos tintes épicos, es igualmente cierto que el abuso enmarca la acción en la esfera del melodrama más resobado y evidente. Y este modus operandi no es puntual, sino todo un leitmotiv formal en su totalidad. El esfuerzo de Red Mayne es increíble, pero la redundancia metodológica del realizador acaba por acercar a su protagonista a una vertiente humanística que recuerda más a A propósito de Henry (salvando las distancias) que a Mi pie izquierdo. Menos mal que las impagables actuaciones de los dos protagonistas acaban por sostener, y en ocasiones elevar, la historia a niveles heroicos.

Es una pena que Marsh haya escogido el camino más fácil. Siempre temeroso de perder el foco sentimental. Pero su aprisionamiento con las memorias de Jane no es excusa para rellenar la pantalla con insulsos avatares extramatrimoniales, con bucles de lágrima fácil, sin entrar nunca en el barro. A medio camino de todo. Perdiendo la oportunidad de ampliar un poco más el mucho más que apetecible y poco exprimido debate entre Jane y Stephen sobre sus creencias.

Oscar 2015. Todos los premios:

Mejor Película: Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)

Mejor Director: Alejandro González Iñárritu, por Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)

Mejor Actor: Eddie Redmayne, por La teoría del todo

Mejor Actriz: Julianne Moore, por Siempre Alice

Mejor actriz de reparto: Patricia Arquette, por Boyhood

Mejor actor de reparto: JK Simmons, por Whiplash, Música y Obsesión

Mejor Film en Lengua Extranjera: Ida, de Pawel Pawlikowski

Mejor guion adaptado: El código Enigma, escrito por Graham Moore

Mejor guion original: Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), escrito por Alejandro G. Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Jr. & Armando Bo

Mejor film animado: Grandes héroes

Mejores efectos visuales: Interestelar

Mejor Edición: Whiplash, Música y Obsesión

Mejor diseño de producción: El Gran Hotel Budapest

Mejor fotografía: Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)

Mejor banda sonora: El Gran Hotel Budapest, por Alexandre Desplat

Mejor diseño de vestuario: El Gran Hotel Budapest

Mejor maquillaje y peluquería: El Gran Hotel Budapest

Mejor canción: Glory Selma: El poder de un sueño

Mejor mezcla de sonido: Whiplash, Música y Obsesión
Mejor edición de sonido: American Sniper

Mejor documental: Citizenfour, de Laura Poitras

Mejor corto de ficción: The Phone Call, de Mat Kirkby y James Lucas

Mejor corto de animación: Festín, de Patrick Osborne y Kristina Reed

Mejor corto documental: Crisis Hotline: Veterans Press 1, de Ellen Goosenberg Kent y Dana Perry

Liliana Sáez

Directora de AULA CRÍTICA, Escuela de Crítica Cinematográfica y de EL ESPECTADOR IMAGINARIO


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