Viñetas y celuloide 

Noche de caza

Los hombres lobos, personajes ficticios que forman parte de la cultura europea, en su ser mitad humanos y mitad bestias subrayarían el elemento de distancia y de atracción que sentimos por la naturaleza, aquella sensación de voluntad de alejarse de una sociedad que, efectivamente, nos cierra en una serie de leyes y de costumbres que a veces ponen en una situación de subalternos nuestras pulsiones más salvajes. Definimos así al hombre lobo como aquel elemento liminal que habita dos mundos de los que nos reconocemos formar parte, así como de la necesidad de darnos cuenta de cómo, efectivamente, el ser humano, no obstante su cultura y sus hábitos (y ademanes) sociales, solo es un animal entre muchos otros. Una consideración, esta, que funciona en tanto elemento de repugnancia y de atracción, dos posturas intelectuales (o, quizás, tan solo instintivas) que enfatizan la voluntad de acercarnos o de alejarnos de este monstruo.

Lo que el universo Marvel nos regala con este pequeño episodio (una película para la pequeña pantalla de poco menos de sesenta minutos) es un discurso estético e histórico que, más allá de la simple voluntad de entretener, permite construir una serie de evaluaciones con las que recuperar un diálogo con el pasado cinematográfico. Resulta así interesante y placentero el acto mismo de acercarse a esta joya visual gracias también a un uso sólido del valor narrativo sobre el cual se inserta, crece y se desarrolla el cuento mismo. Un resultado rotunda y claramente positivo, ya que la bondad estructural del guion no solo se apoya en, sino que se mezcla naturalmente con las decisiones visuales del ojo detrás de la cámara. El deleite estético logra así formar parte de un discurso profundo sin que por esto se olvide la necesidad de cierto placer superficial en productos de este tipo.

El juego visual, con su voluntad de seguir el discurso típico de los años treinta, no solo impone la elección del blanco y negro, sino que se reverbera en los puntos de vista de la cámara, así como en la escenografía y las actuaciones. El producto final logra, de todas formas, alejarse de la simple propuesta de un homenaje cultural y artístico, y abre su estructura a la presencia de un discurso narrativo más bien maduro. El espectador no solo se encuentra ante la posibilidad de relacionar lo que ve con sus conocimientos de la historia del cine (de serie B, obviamente, sin que esto signifique la presencia de elementos subalternos ante la historia de los clásicos más refinados), sino que le es permitido revivir aquellas sensaciones típicas de estos productos como si, efectivamente, la distancia temporal entre los dos siglos (el pasado, el del veinte, y el presente, el del veintiuno) se estuviera desmoronando, dejando abierto el paso a la superposición de lo así lejano con lo así cercano.

El hombre lobo encarna, entonces, el elemento de diálogo sobre el concepto mismo de cine de género y de cómo el cambio temporal puede poner en marcha una serie de lecturas diferentes cuyo desarrollo ya estaba presente, in nuce, en el momento de su mismo nacimiento. No es, de por sí, un cambio radical el que vemos ante nuestros ojos, sino la voluntad de recrear, releer y, al mismo tiempo, seguir fieles a un análisis de este mundo con el que, como en todas las obras de narración, se pone en marcha un diálogo con nuestro mismo presente y con aquellos elementos atemporales que forman parte no tanto de la sociedad sino de la psicología y de la biología del ser humano. Entretenida, Werewolf by Night funciona en su juego de presentar un microcosmos que se abre, silenciosamente, ante las reverberaciones del género y en este proceso recupera el valor del horror en tanto momento de análisis y reelaboración de nuestros deseos y de nuestros miedos.

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