Críticas

Pobreza, dignidad y lucha

Las uvas de la ira

The Grapes of Wrath. John Ford. EUA, 1940.

LasuvasdelairaCartelEl director estadounidense John Ford adaptó al cine la novela del escritor John Steinbeck, Las uvas de la ira, en 1940. El libro se publicó el mismo año de la realización del filme. Dicha celeridad solo puede ser entendida si pensamos en Hollywood y en sus grandes y poderosos estudios. Visto el largometraje, resulta muy difícil asociar a John Ford con caracteres cercanos a la  intransigencia, a la segregación o a totalitarismos. Lástima que tiempo después de la elaboración de la película manifestara que lo que realmente le había interesado del largometraje era  plasmar la historia de una familia en dificultades, pero en absoluto su aspecto social. Da igual, aunque Ford pretendiera desprenderse de una supuesta conciencia de clase con sus declaraciones, para nosotros es imposible contemplar Las uvas de la ira y no centrarnos y emocionarnos en esa evolución que sufre la familia Joad y demás seres humanos en semejantes circunstancias. Desde la incomprensión y el desengaño, hasta la desilusión y la lucha, acabando por la toma de conciencia.

El filme se inicia con el protagonista, el personaje de Tom Joad que interpreta Henry Fonda, caminando lentamente en solitario por una sórdida carretera, escena abordada desde un plano general, en la lejanía. Tom es un joven que acaba de salir en libertad condicional de la prisión estatal, tras permanecer cuatro años en la cárcel por la comisión de un homicidio. Se dirige a su hogar, a las tierras en las que toda su familia y él mismo han permanecido y trabajado durante más de cincuenta años. Pero la quiebra bursátil ocurrida en Nueva York en 1929 rápidamente hizo estragos. Y la pobreza se extendió a todos los sectores de la economía, cebándose entre los más desfavorecidos. 

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Ford dedica la primera parte de su película en darnos a conocer el pasado reciente de Tom, además de lo que les está ocurriendo a su familia y a sus vecinos. Se ocupaban con un régimen de aparcería en cultivar tierras ajenas, pero la Gran Depresión, las malas cosechas, las tormentas de arena y el devorador capitalismo, ciego en desgracias de terceros, consiguen imponerse. Nuestros inocentes aparceros de Oklahoma deberán enfrentarse a enemigos sin cara (el banco, la compañía…), mientras sus casas son destrozadas por tractores  perfectamente identificables y son desahuciados de las tierras. Excelente el momento en el que uno de los afectados se percata del poderío ante el que se enfrenta y su aparente anonimato, cuando exclama: “Entonces, ¿a quién mato?”.

John Ford contó con Gregg Toland como director de fotografía. Y todo el filme se apoya en un blanco y negro muy oscuro, prácticamente apocalíptico. Lo sombrío se apodera de la pantalla y la magnitud de las sombras enfatizan de forma expresionista la tragedia de unos seres a los que se les desposee de sus raíces y se les conmina a una aventura que no buscan ni, por supuesto, desean. Además, con una cámara que destaca por su poca movilidad y tomas largas, iniciamos un soberbio y alucinante recorrido. Vamos desde el humanitario camionero al que se llega a aterrorizar, el dimitido pastor que todavía anda preguntándose sobre el Espíritu Santo o el indigente rebelde contra las autoridades. Una negritud en historias y una desnuda puesta en escena que consigue atemorizar e impactar, sin necesidad de recurrir a complicados artificios, al mismo tiempo que sentimos la soledad, la incomprensión y la locura. Nuestros personajes experimentan una desconexión brutal con lo propio, con lo que siempre han concebido como suyo y tratado como tal. Desde la llegada de Tom a sus tierras, John Ford recurre a ciertas analepsis para que seamos conscientes y observemos lo sucedido en imágenes. Así, desdeña por liviana la voz en off y procura que no solo conozcamos, sino que también sintamos, la emoción de sus personajes. Resulta entrañable la escena en que la madre de Tom, interpretada por la actriz Jane Darwell, abandona lo que hasta entonces había sido su hogar desde el nacimiento. Mientras que es consciente sobre un imposible retorno, debe elegir qué recuerdos llevar consigo o abandonar para siempre. La duda entre la fotografía a escoger, el portar o no aquella figurita de una exposición, o aquí ya sin vacilaciones, agarrar con fuerza unos pendientes, quizás heredados de la bisabuela. 

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Y sí, con demasiada tristeza, la familia Joad y algún otro agregado más abandonan las tierras con una camioneta destartalada en la que se amontonan padres, hijos, abuelos, colchones, sillas, utensilios, todo el pasado y las evocaciones, en definitiva, que consiguen introducir en un cacharro con cuatro ruedas. Y se incorporan a la carretera, concretamente a la Interestatal 66. Pero no son los únicos. Miles de familias como los Joad se concentran en la referida ruta, camino de una esperanza. Se dirigen en búsqueda de la tierra prometida, aquella en la que la abundancia, la belleza, el trabajo y la riqueza se desborda. ¿Y dónde se encuentra ese paraíso? Pues al parecer en California. Allí en donde se tira una semilla y se convierte en árbol frutal, en donde los melocotones o las naranjas crecen sin freno. Aquel lugar que precisa de ingente mano de obra para poder recolectar todos sus tesoros. Hombres y mujeres, críos y abuelos, dispuestos a recorrer miles de kilómetros por necesidad. Pero también con la ilusión de encontrar otra tierra que les acoja y les dé la oportunidad de volver a empezar, en la búsqueda de un trabajo digno, con el que, al menos, puedan alimentarse. Pero a esas doce personas que se hacinan en el carromato de los Joad les esperará un destino insospechado. Algunos no verán la tierra prometida y otros irán desengañándose, incluso, antes de pisar destino. Los más, deberán sufrir con impotencia la obscena maquinaria capitalista, con la complicidad de autoridades y fuerzas del orden.

John Ford consigue que empaticemos con sus criaturas. En cualquier caso, su máximo empeño lo utiliza en dibujar la personalidad del protagonista, de Tom. Un hombre valiente, honrado, con ganas de aprender y de entender. Pero además, es impulsivo, circunstancia muy delicada en tiempos convulsos. Un joven que consigue entender la fuerza de la multitud, que llega a comprender que todos tenemos un pedazo de una enorme alma. En definitiva, se percata de que un hombre no sirve para nada si está solo. Una toma de conciencia sindical que adquiere a fuerza de palos, de hambre y de sufrimientos.

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El realizador estadounidense logra con ese gris oscurecido que utiliza en Las uvas de la ira que sintamos la esencia humana, que nos encontremos sucios como sus protagonistas, pasemos hambre, nos alcance la humillación y hasta que se nos revuelvan las tripas, aunque no nos falte el alimento. Lo mejor y lo peor de nuestra especie se irá alternando escena a escena. Podemos nombrar a la camarera caritativa o al policía del mismo sitio de origen que termina convirtiéndose en un bruto; o a la madre que reparte la comida que no tiene entre niños famélicos; o a terratenientes sacando provecho del exceso de mano de obra. ¿Cuántas cajas de melocotones o de naranjas son imprescindibles recoger para alimentar a la familia? A quién le importa, si ni siquiera eso es posible trabajando todos sus miembros de sol a sol.  El filme no necesita mostrar críos sudorosos afanándose como animales, cuando deberían estar en la escuela. No hace falta. Ford se limita a que los veamos partir hacia los campos y sabe que con ello es suficiente. La elipsis se impone sabiamente. Bastan esos fotogramas con niños o niñas tras las rejas, esa madre atenta a la despedida, los fundidos en negro que terminan explicándolo todo con su oscuridad y corte. 

 No todo es pesimismo y tenebrosidad en esta obra. Detectamos que se intenta introducir ciertas dosis de amabilidad esencialmente por dos momentos. El primero, con la muestra de políticas estatales en campamentos en los que los derechos humanos significan alguna cosa. En cuanto al segundo, nos referimos a la escena final de la película, con el alegato optimista de la madre de Tom. En realidad, ese no era el remate que había previsto el director, que concluía en un plano mucho menos prosaico y más atinado y acorde con la congoja padecida. Pero la taquilla manda y la producción se impuso. 

Para John Ford esta historia, ya hemos dicho, puede ser la de una familia, pero él podrá rodar lo que guste y nosotros reflexionar lo que nos parezca. Y la conclusión que sacamos de esta obra es esa mirada hacia la explotación humana por aquellos que detentan poderes y riqueza, mientras los que soportan las humillaciones toman conciencia, con dignidad, de que el camino solo es reversible con la unión de los afectados. Siempre dos mejor que uno. “Y si todos se ponen a gritar…”.

   

Tráiler:

Ficha técnica:

Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath),  EUA, 1940.

Dirección: John Ford
Duración: 129 minutos
Guion: Nunnally Johnson (Novela: John Steinbeck)
Producción: 20th Century Fox. Productor: Darryl F. Zanuck
Fotografía: Gregg Toland (B&W)
Música: Alfred Newman
Reparto: Henry Fonda, Jane Darwell, John Carradine, Charley Grapewin, Dorris Bowdon, Russell Simpson, John Qualen, O.Z. Whitehead, Eddie Quillan, Zeffie Tilbury, Ward Bond

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