Festivales 

OSCARS 2019

ROMA, Alfonso Cuarón, México, 2018

Oscar a Mejor Película Extranjera, Director y Dirección de Fotografía (Alfonso Cuarón)

fotograma de Roma

Pilar Pont (a favor)

Desde el primer instante, Roma nos seduce por su belleza en blanco y negro, por su luz, por los espacios que recorren sus personajes, por los muchos sonidos que la invaden y por la perfecta profundidad de campo de esos largos planos que parecen detenidos en el tiempo. Ambientada con gran realismo en la Ciudad de México, en 1971, es, en muchos sentidos, autobiográfica. Cuarón parte de la atmósfera de su infancia, de sus recuerdos, de la colonia donde habitó y de la relación que tenía con su nana, Liboria Rodríguez, con la que hoy en día todavía mantiene contacto, para narrarnos una historia nostálgica y muy humana que trata de reconstruir la realidad de aquella época, tanto en lo social como en lo político.Roma es, además, una película que habla de la mujer y que denuncia la desigualdad que sufre. Es una historia de dos mujeres de clase social diferente a las que las une la adversidad. Tanto Cleo (Yalitza Aparicio), la criada, como Sofía (Marina de Tavira), la madre de familia, son abandonadas por sus respectivas parejas y tienen que enfrentarse, sin ninguna ayuda, a un futuro incierto. En una época en que se ha despertado por fin la conciencia sobre el papel desigualitario que ocupa la mujer en nuestra sociedad, y en que Hollywood ha destapado muchos escándalos al respecto, es muy probable que la Academia haya valorado positivamente una historia de tanta actualidad al otorgarle los premios conseguidos. Lo cierto es que nuestra sociedad en ese tema ha avanzado muy poco desde 1971. Tampoco se ha logrado mucho en materia de igualdad social, y la realidad de las muchachas de servicio que, como Cleo, se ven sometidas a inacabables jornadas laborales por un pequeño sueldo, casa y comida, tal y como muestra la película, no debería de sorprendernos, ya que es una problemática que sigue existiendo.

Cuarón ha buscado en todo momento contar una historia con grandes dosis de naturalidad y realismo, retratando con fidelidad el ambiente y la forma de vida de su niñez. La película cuenta con actores no profesionales, como la propia Yalitza Aparicio, y las escenas se ensayaron poco para aportar mayor frescura. Los cuidadosos travellings y los planos generales de larga duración permitieron captar gestos o reacciones espontáneas que no estaban previstos. A esto hay que añadir la extraordinaria ambientación de la época, realizada por el equipo de la película en todos los aspectos, cuidando hasta el último detalle.

Merece una atención especial la sonoridad de la película, siempre presente, llena de canciones, sonidos de pájaros, del perro que ladra, de los coches y los vendedores ambulantes o los aviones que sobrevuelan la ciudad. Todo se puede oír en Roma, como sucede en la vida misma. Los premios obtenidos nos hacen pensar que algo importante está cambiando en Hollywood.

 

Álvaro Arnaiz (en contra)

En Roma, Alfonso Cuarón mezcla con gran naturalidad dos estratos sociales, generando una atmósfera de contrastes en un film donde el estilo y la calidad audiovisual son los de una obra maestra (la banda sonora, decorado, ambientación, planos, puesta en escena y la ausencia de maquillaje generan una obra brillante en lo estilístico). Una trama que nos hace sentir cierta afinidad por la protagonista, una sirvienta que trabaja para una familia, en la que los padres le tratan con cierta distancia, mientras vemos que con los niños existe una relación de dulzura y enorme cariño. Aparentemente, existe cierta profundidad que, en realidad, no tiene ningún tipo de complejidad. Estamos ante lo que creemos es una gran obra, pero, en realidad, el hilo narrativo se pierde y carece de fuerza argumental.Roma es una historia pequeña, sin pretensiones ni artificios. Lo que importa son la atmósfera y las personas. Nos recuerda al estilo despojado del neorrealismo italiano, ya sea por el tema tratado, por los escenarios reales, protagonistas sin formación actoral o una historia que nos acerca los “de abajo”. La actuación de Yalitza Aparicio es soberbia, de gran realismo, en la que Cuarón más que narrar, parece que solo la está observando. Sin embargo, la película no reluce debido a un grupo de actores que, en algunos casos, es pobre, con actuaciones poco brillantes, como es el caso de Marina de Taviria, una actriz sin tablas que, aunque luzca interesante en algunos momentos, carece del carácter propio del personaje. En otros casos, como en el del rol del padre de familia, Cuarón lo presenta como una persona de alto nivel social y meticuloso, al que no le vemos casi el rostro para imponer su presencia.Cuarón nos ofrece una mirada documental que, aunque carezca de fuerza argumental, merece estar entre las premiadas; eso nos daría la sensación de que Hollywood ha comenzado a cambiar.

 

GREEN BOOK, Peter Farrelly, EUA, 2018

Oscar a Mejor Película, Guion Original y Actor de Reparto (Mahershala Alí)

Green Book

Claudio Creamer (a favor)

A fines de 1962, durante el gobierno de Kennedy, una época en que el movimiento afroestadounidense luchaba por los derechos civiles (1955-1969) contra el segregacionismo, especialmente en el sur de Estados Unidos, el célebre pianista afroamericano, Don Shirley, viajó a la región para dar una serie de conciertos ante una élite blanca, con la intención de cambiar en sus corazones los sentimientos que tenían con respecto a los negros, demostrando que hay afroamericanos con grandes logros y talentos, como era su caso. Lo acompañaban en la gira dos músicos más (Mike Halton y Dimiter Marinov). Mahershala Alí interpreta a Don Shirley magníficamente, como un personaje complejo, activo e influyente.

Para su gira, Don Shirley contrató, a modo de chofer, asistente y protector a Tony Lip (Tony Villalonga), representado con excelencia por Viggo Mortensen, quien subió veinte kilos para este papel e interpreta a un personaje lineal, simple y conservador, un gorila rudo de un barrio ítaloamericano del Bronx, blanco, racista, de bajo nivel educativo, casado (Linda Cardellini) y con hijos.

La fortaleza de Green Book, gran ganadora de los premios Oscar 2019, reside en su magnífica dirección de actores.

Los escenarios exteriores e interiores, son realistas y estilizados. El lujoso apartamento del músico sobre el Carnegie Hall aparece decorado como un museo panafricano con un trono. Y los exteriores los observamos en el largo viaje por carretera donde se desplazan los músicos.

El vestuario logra captar un juego de reflejos de identidad. El diseñador, Betsy Heimann, viste a Don con ropa elegante, que muestra el orgullo de su herencia y la diferencia de clase social con Tony Lip.

La iluminación es tamizada con luz difusa durante la noche, cuando ocurre la mayor parte de los conflictos (peleas, bailes y borracheras), en cambio, durante el día utilizará luz natural como fuente de referencia cultural, iluminándolos desde arriba, por ejemplo, cuando paran en su viaje para comer o ver a un grupo de campesinos negros en los sembradíos.

El tiempo transcurre evitando las escenas largas y pesadas, y la cámara ofrece espacios con distancias prudentes dentro de una narración lineal que alterna, adecuadamente, con diálogos y un tono cómico.

El sonido resalta el contraste entre la excelente música clásica de los conciertos de Don con sus dos músicos que lo acompañan y la “música negra”, ya sea la más popular de Little Richard y Chubby Checker o el jazz.

Green Book toma su nombre de The Negro Motorist Green Book, una guía turística para viajeros afroamericanos, porque en el Sur, Don solo podía alojarse en hoteles que estaban reservados exclusivamente para negros. A medida que descienden, desde Nueva York a los estados del Sur, Don va a ser recibido por los blancos con gran admiración cultural, pero de una manera ambigua, lo discriminan étnicamente.

Durante el largo viaje en automóvil se desarrolla una conversación empática entre Don y Tony, quienes, a pesar de sus grandes diferencias, desarrollan una amistad “sin fronteras”. Green Book interpela, con una historia de amor y respeto, a pesar de las diferencias, a un pasado racista de los Estados Unidos, que no debería ser revitalizado actualmente.

 

BOHEMIAN RHAPSODY, Brian Singer, Reino Unido, 2018

Oscar a Mejor Actor Protagónico (Rami Malek), Edición de Sonido, Mezcla de Sonido y Edición

Rapsodia bohemia

Alexandra Vázquez (a favor)

Bohemian Rhapsody pretende ser un homenaje a Queen y a su cantante principal, Freddie Mercury, quien con su poderosa voz y extravagante personalidad, desafió los estereotipos de la época. Hoy, él es un ícono del rock, rememorado por su carácter distintivo y energía desbordante en el escenario, que cautivaba a su público. La película de Bryan Singer cumple a cabalidad aquello que pretendía lograr. La historia inicia con la llegada de Freddie al concierto emblemático de Live Aid de 1985 para terminar con esa actuación que agitó a más de setenta mil espectadores en el estadio de Wembley. Al inicio, en cámara lenta, aquellos objetos que lo definían: los lentes, la campera de cuero, los jeans ajustados, la camisa al cuerpo. Su presencia capta la mirada de todos aquellos en el backstage, mientras el público aguarda. Luego, un salto atrás para rellenar el tiempo comprendido entre la conformación de la banda y ese concierto.

Al llegar al presente, en la historia, ¡que recompensa! La secuencia del concierto es brutal. Veinte minutos dedicados para colocarlo a él, literalmente, en el cielo, y para redimir aquellas faltas que como artista y persona tenía. Y entonces, ¿por qué tanta polémica?

Es que el simple hecho de querer hacer una película de Freddie Mercury es motivo suficiente para buscarle las fallas justificadas en la fidelidad del Freddie de la película con el Freddie “real”. Sí, es una película épica, y destinada a un público masivo, no solo a los verdaderos fanáticos de Queen. Bohemian Rhapsody tiene un nivel de producción de otro mundo, desde el trabajo actoral y físico de Rami Malek a la semejanza absoluta en el concierto (cada está ubicado como en el video del concierto original). Pero no se trata de una competencia de decir quien conocía mejor a Freddie. Hay algunos detalles que se modifican en la secuencia histórica, pero todos se articulan para brindarle un homenaje. Es, sencillamente, la postura que adopta el director y las decisiones que toma para condensar la vida de una persona revolucionaria y muy querida en un metraje de dos horas y media.

Quizás Bryan Singer desvalorice los verdaderos problemas que tuvo la banda o los conflictos en torno a la sexualidad de Freddie, pero Bohemian Rhapsody cumple con su cometido de hacerte sacudir la cabeza en cada tema y que recuerdes a la banda en aquel glorioso plano final de ellos cuatro, en contrapicado, mirando el cielo.

 

Felipe Rocha (en contra)

La energía del cuarteto de Londres, conformado por Brian May, John Deacon, Roger Taylor y el incomparable Freddie Mercury, sobrepasa los límites del tiempo. Su maestría musical los transformó en una de las mejores bandas del siglo XX, y la valentía y autenticidad de su vocalista lo convirtió en un símbolo de talento, originalidad y rebeldía. Es impresionante ver como Bohemian Rhapsody no logra reflejar ninguna de estas dos características. Básicamente, recuenta una historia llena de huecos históricos que parecen favorecer a los únicos sobrevivientes de la banda.

Es entendible que el guion haya sido escrito, tomando ciertas libertades narrativas, sobre todo en los comienzos de la banda o en la relación de Mercury con su esposa, Mary Austin, pero hay ciertos puntos que son descaradamente erróneos.

Bohemian Rhapsody culpa al vocalista de la “separación” de la banda (lo cual nunca ocurrió), el cantante solo decidió lanzar un disco como solista. Taylor había realizado sus primeros discos solistas en 1981 y 1984; May lo hizo en 1983. Pasó un tiempo hasta que, en abril de 1985, Mercury lanzara su primer trabajo en solitario. Este ejemplo es solo una de las tantas libertades históricas que, no solamente deslegitiman a la banda y al legado de Mercury, sino que trata a sus fans como un rebaño de incrédulos.

La película tiene la gran proeza de convertir la historia de la banda en un recuento de sus más grandes éxitos musicales. La impecable actuación de Rami Malek como Mercury, no solamente nos recuerda el abrumador talento del joven actor, sino que logra capturar hasta la expresión y los gestos del vocalista, convirtiéndola en una de las mejores actuaciones del año. Lastimosamente, ni siquiera el perfecto trabajo de Malek logra recalcar la bondad y sentimiento del carácter de Mercury, que se pierde en las pobres decisiones narrativas de la segunda parte del film, donde se expone la vida personal del cantante.

Desde el comienzo de la producción se especuló sobre cómo seria tratada la homosexualidad de Mercury, y aunque Rhapsody… la trata abiertamente, hay un velo de prejuicios y estereotipos que marcan la línea narrativa. A Freddie Mercury no lo mató una vida de excesos o descuidos, lo mató una emergencia de salud pública. Lo mató la falta de compromiso de los gobiernos mundiales de hacerse cargo de la epidemia del VIH. A Freddie no lo mató el sexo o su relación con Paul Prenter. La chispa de la genialidad de Mercury radicaba en su libertad de expresión, su visión del placer humano y su batalla constante para romper barreras: de género, de sexualidad y de raza.

Bohemian Rhapsody se suma a tantas otras obras que culpa al homosexual de su propia desgracia. Culpabiliza las decisiones de un hombre que solamente estaba tratando de llevar una vida fiel a sus convicciones, mientras glorifica su única relación heterosexual: la que tiene con Mary Austin. Pero lo más vil del filme es la utilización del diagnóstico de sida como catalizador para su presentación en Live Aid. Un hecho tan irreal como innecesario. Al director Bryan Singer le pareció necesario, al guionista Anthony McCarten también, como también a Brian May y a Roger Taylor. Parece ser que todos, en Bohemian Rhapsody, tienen una voz, menos Freddie Mercury.

 

 BLACK PANTHER, Ryan Coogler, EUA, 2018

Oscar a Mejor Banda Sonora, Diseño de Producción y Diseño de Vestuario

Black Panther

Eduardo J. Manola

Pantera Negra no deja de ser un producto estándar, de los tantos a los que nos tiene acostumbrados Hollywood, con todos los ingredientes necesarios para que la receta rinda sus frutos en la taquilla. Efectos especiales impecables, lo cual no es ningún mérito actualmente, ya que cualquier producción medianamente importante presenta esa faz técnica sin fisuras; diseño de producción y vestuario, muy creativos e impactantes; una banda de sonido espléndida de Ludwig Göransson, el mismo de Creed, una revelación; actuaciones sólidas; y el sello Marvel que todo lo puede. Hasta aquí, todo bien.

El problema es que eso es todo. Cuando parecía que la fruta seguiría dando el jugo de la eterna juventud, nos encontramos con que se secó y no tiene nada más que ofrecer, más que la cáscara.

El director Ryan Coogler, que hiciera un trabajo excelente con la mencionada Creed, se desbarranca en esta cinta sin encontrar el rumbo, sin desarrollar lo que podría haber sido un film interesante, si el objetivo no hubiera sido, como está claro ha sido, ganar mucho dinero. Desperdició la oportunidad de crear una obra que trascendiera el universo Marvel, y se posicionara en otro lugar, más importante, de más nivel.

Sobre una base argumental simplona y típicamente “pochoclera”, y una estética pomposamente afrofuturista, Pantera Negra nos cuenta la historia de T’Challa (Chadwick Boseman), el rey de Wakanda, una nación de raza negra cuya riqueza depende del Vibranium, un metal de origen extraterrestre que, además, es la fuente de poder del rey, al que le permite convertirse en el superhéroe Black Panther. Lo que vendrá, obviamente, es una lucha por quedarse con el (no tan vil) metal, ya que algunos villanos de turno intentarán robarlo (Klaue, Andy Serkis, el recordado Golum de El señor de los anillos; y Killmonger, en la piel de Michael B. Jordan, el protagonista de Creed, lo mejor de la película).

Nadie puede negar que Pantera Negra se ha convertido en un acontecimiento cultural, mucho más aún en los Estados Unidos, ya que es la primera superproducción de superhéroes con el personaje central, director, y casi todo el elenco negro, donde además, las mujeres tienen un protagonismo, una fuerza y una trascendencia poco usual. Sin embargo, estas características, muy loables por cierto, no deberían nublarnos la capacidad de evaluarla objetivamente.

En primer lugar, resulta extremadamente autocomplaciente, pretenciosa, como consciente de que el trasfondo social y cultural la elevarán por sobre sus pares de Marvel. Flaquea por falta de frescura y humor, con un superhéroe que no convence (el peor de la franquicia) que destila morosidad hasta en la forma de hablar, casi como queriendo emular a Nelson Mandela, y que por eso agranda la figura del villano, que suma una carga personal como descendiente de esclavos, causa y efecto de su venganza.

Pero lo que más molesta de Pantera Negra es que se ubica en el lote de películas que deben ser respetadas porque su temática es política o socialmente correcta, en el momento, en su época. Hay que premiarla porque responde a un modelo contestatario vigente, que rescata el derecho al trabajo de minorías étnicas en la industria cinematográfica, o expone el abuso sexual o económico del género femenino en las catacumbas sórdidas de Hollywood. Y no es que no haya que defender esos valores. El problema es que no importa si la película es buena o mala, solo importa que encuadre en el estereotipo de moda. La crítica debería ser otra cosa. La crítica no debe ser una herramienta para el fusilamiento de una obra de arte solo porque no responde a ese modelo socialmente impuesto, ni para su endiosamiento si se aviene a aceptarlo.

Por eso, si bien Pantera Negra reúne todos esos requisitos, si la miramos bien, a contraluz, le quitamos el maquillaje y la bijouterie, la despojamos de su vestimenta de etiqueta, y la pasamos por el tamiz del arte, del cine puro, lo más probable es que nos encontremos con una señora en batón y ojotas, con un esqueleto blanco, sin piel y sin alma. Después de encandilarnos con tanta parafernalia de efectos y colores, cuando se caiga el velo de lo “socialmente correcto”, descubriremos que no hay nada nuevo bajo el sol.

 

LA FAVORITA (The Favourite), Yorgos Lanthimos. Reino Unido, 2018

Oscar a Mejor actriz protagónica (Olivia Colman)

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Pilar Pont (a favor)

Uno de los platos fuertes por los que apostar por La favorita es, sin ninguna duda, su plantel de magníficas actrices. Y si Rachel Weisz y Emma Stone rivalizan tanto en la ficción (por el poder y favores de la reina) como en la realidad (por la estatuilla a mejor actriz secundaria), el trabajo de Olivia Colman, interpretando a Ana Estuardo, una reina sola, enferma, caprichosa y poco capaz de ejercitar el poder que le corresponde, es, sencillamente, sobresaliente. Cuesta trabajo imaginar que otra persona pudiera haberle arrebatado el Oscar a Olivia Colman.

Lanthimos le imprime a la película su estilo y óptica personales para narrarnos una batalla encarnizada por el poder que se cuece en palacio, con una atmósfera de cuento oscuro, convirtiendo su propuesta en una opción interesante y alejada de otros trabajos más convencionales y menos autorales que también optaban a la estatuilla al mejor director.

Pese a una primera impresión frívola, La favorita no es una cinta que se quede en la superficie, sino que ahonda en su retrato de la corte y la soledad cruel que sufre una reina rodeada de advenedizos y gente muy ambiciosa, lo que no deja de conmovernos y podría ser un argumento a su favor, tanto en lo que se refiere al guion como a la nominación como mejor película.

El diseño de producción y la fotografía destacan dentro de esa estética visual potente, colorida, con espacios de tinte barroco y una iluminación muy teatral, que juega con las luces y sombras. Hay un gusto por el uso del plano general y el lente angular, creando así una mayor sensación de amplitud de los espacios, en los que se deforman muchas de las imágenes, como metáfora de esa corte banal y poco preparada que ejerce un poder corrompido y voluble.

La favorita no logró alzarse como ganadora de la noche, evidentemente, el jurado no se dejó seducir por esta historia de época, con estética barroca y colorida, narrada desde un ángulo original pero humano y, sobre todo, con unas actrices maravillosas. Al menos, Hollywood va cambiando y ha empezado a incluir cierto tipo de cine más personal y autoral en sus nominaciones, en detrimento de las grandes producciones con reparto comercial, que han protagonizado por mucho tiempo esta ceremonia.

 

Marcelo Vazelle (en contra)

Ambientada en las primeras décadas del siglo XVIII, en Gran Bretaña, el director de La favorita, Yorgos Lanthimos, sumerge al espectador en una historia escrita en clave de drama y humor negro, en la que se dirimen las relaciones de poder entre la reina Ana Estuardo (Olivia Colman) y su cortesana favorita e íntima compañera, Lady Sarah (Rachel Weisz). La llegada de la joven Abigail (Emma Stone) cambiará el orden de las cosas y abrirá una lucha a muerte entre dos mujeres ambiciosas, bellas e inteligentes, que pelearán por conseguir quedarse como favorita de la reina. Esta búsqueda sumergirá a los personajes en caminos oscuros, cargados de una cuota de despiadado realismo.

Esta historia, expresada en un guion escrito por Deborah Davis y Tony McNamara, dos desconocidos en el mundo del cine, podría pecar de clásica por su estructura lineal y su tratamiento temporal, lo que, en términos valorativos, resulta poco estimulante para el espectador, que se limita a ver una historia desde una posición pasiva, mientras quienes la dirigen se regodean.

El vestuario, muy llamativo, se ha preocupado más de la originalidad que de la fidelidad histórica. Lo mismo pasa con los peinados y el maquillaje, lo cual se ha vuelto en contra a la hora de acceder a la estatuilla en estos rubros. El filme resulta un tanto difuso a la hora de datar exactamente la época, escurriéndose en notas de rigor estético no compatibles con el sinceramiento histórico. Se le suma la fuerte apuesta por retratar un realismo que despoja a los personajes de todo recurso estético. Este aspecto quizá se deba a una licencia del director, orientada a poner fuera de época la tendencia estética, dándole un sesgo minimalista. Pero hasta aquí, todo es hipótesis.

Lanthimos adopta, además, otras licencias y recursos provocadores en el abordaje del sonido, de la fotografía, en el manejo de los planos, vistos más bien como excentricidades, otorgándole al filme un aspecto de rara y original propuesta, que apunta a un público más selecto y avezado.

Hay un punto en el que todos podemos coincidir. Es esa búsqueda de realismo, que habilita a que tres las formidables actrices protagonistas desempeñen prolijas actuaciones, y en la que Olivia Colman compone una pieza fundamental e irrenunciable. A La favorita le pueden pasar factura ciertas limitaciones de rigor histórico, un guion poco original en su narrativa y, tal vez lo más importante, la distancia empática que esta historia, aparentemente fría, tiene con el espectador en general y, seguramente, hizo mella en la opinión de la Academia, en particular.

 

INFILTRADO EN EL KU KLUX KLAN (BlacKkKlansman), Spike Lee, EUA, 2018

Oscar a Mejor Guion Adaptado

Infiltrado en el Ku Klux Klan

Felipe Rocha (a favor)

Decir que BlacKkKlansman es una película con un tinte político, es describirla mesuradamente. Durante más de dos horas, Lee se esfuerza, cuadro por cuadro, en hacer un estudio comparativo entre los conflictos del pasado y muestra, un paralelo, la situación del presente. Si no fuera por los grandes afros y los pantalones bota campana, pensaríamos que estamos en el estado de Georgia en el 2018.

Podemos decir con seguridad que el conflicto racial de Estados Unidos está impregnado en nuestro subconsciente fílmico. Son innumerables los ejemplos en la historia del cine, que nos permiten afirmar, con completa certeza, que hay una clara injusticia social y política –que con frecuencia se torna violenta– hacia la comunidad afroamericana.

Lee lo tiene en cuenta y por eso no desperdicia tiempo en contextualizar, lanzándose a contarnos sobre un mundo que ya nos es familiar. Situada a principios de los setenta, BlacKkKlansman narra la historia de la infiltración del detective negro Ron Stallworth (John David Washington) al clan racista y de extrema derecha KKK, con la ayuda de su compañero Flip Zimmerman (Adam Driver). En el seno de esa organización, se encuentra un núcleo de xenofobia, racismo e ignorancia que es fácil encontrar en el discurso actual de muchos políticos estadounidenses. Es por medio de la sátira y la exposición exagerada y caricaturesca de los integrantes del KKK, que Lee muestra lo absurdo de la retórica que tanto defienden. Dicha exposición es efectiva y verdadera, y como es un punto débil del movimiento de derecha actual, Lee le saca provecho.

BlacKkKlansman nos habla sobre una enfermedad enquistada en la sociedad, que ha carcomido vidas y desatados miles de conflictos. En los instantes finales, muestra un collage de imágenes de archivo sobre las manifestaciones en Charlottesville (2017), donde se logra una fuerte conexión con la audiencia, al demostrar que muy poco ha cambiado la sociedad con respecto a la discriminación racial. Las imágenes documentales develan que el problema es real y palpitante.

Estamos ante una combinación de mensajes que ya tenemos incorporados en nuestra conciencia fílmica, pero con la diferencia de que, al juntarlas con las noticias que nos advierten de los peligros del actual gobierno estadounidense y las comparaciones entre los errores del pasado y nuestras decisiones actuales, se vuelve un discurso poderoso, que tiene como propósito advertirnos e inspirarnos a batallar ante la creciente ola de racismo global.

 

Alexandra Vazquez (en contra)

Bajo la imagen imperante de presidentes que apuntalan el regreso de ideas totalitarias, el odio y la discriminación hacia minorías han resurgido en un abrir y cerrar de ojos. No solo en los Estados Unidos, sino en países latinoamericanos también, estamos frente a una etapa acosada por el fantasma del fascismo. En este contexto, Blackkklansman es una película necesaria, y además una reacción esperada como contestación a la era que nos toca vivir. Resulta frustrante que Spike Lee se haya atascado en la cómoda posición de la ironía.

¿Qué hace que Blackkklansman sea una comedia irónica? Pues la ligereza con la que realiza la denuncia. Los supremacistas son el hazmerreír de la historia, aportando al diálogo un sinfín de líneas ridículas que nos resultan cómicas por lo absurdas que son, pero que, en verdad, definen su línea de pensamiento. Quizás para quienes puedan apreciar el sarcasmo, la película resulte cómica. Y es aquí, en su fortaleza, donde reside su mayor debilidad.

Los personajes carecen de profundidad y son estereotipos definidos en una línea. Ron, el primer detective afroamericano, es tan bueno que no cree en la violencia como respuesta a los abusos que recibe. El problema es que permanece inmutable, a pesar de haber arriesgado su vida en varias ocasiones. Con su compañero Flip llevan a cabo hasta el final la enredada misión, más por capricho que por convicción. Por su parte, los miembros del Ku Klux Klan son tan, pero tan tontos, que incomoda la incongruencia con la que se ilustra a un grupo que, históricamente, recurría al terrorismo para someter a sus víctimas. No es nada simpático que hoy existan estos grupos; de hecho, intimida.

Ojo, la denuncia presentada es más que acertada, pero la trama falla en desarrollar o explorar otras aristas que podrían enriquecer el mensaje. Si la película está destinada a subrayar la presencia de una ideología de odio latente aún en nuestros días, cuesta imaginar la apreciación que podría tener Blackkklansman en un público racista. ¿La respuesta? Bien sencilla, no está destinada a ese público.

La secuencia del bautismo de los nuevos miembros de la agrupación es un claro ejemplo de cómo la burla demerita el mensaje. Los miembros del Ku Klux Klan alimentan su odio injustificado con El nacimiento de una nación. Los espectadores, atontados, parecen incapaces de diferenciar la realidad de la ficción, mientras Spike Lee denuncia el poder que ejerce el cine en distintas épocas sobre los espectadores. Pero el director cae en obviedades al recurrir a un narrador que explica el resurgimiento del KKK gracias a la obra de D. W. Griffith, y lo alterna con la imagen de la esposa obsesa de uno de los miembros del Klan (un estereotipo de una mujer sureña) que grita eufórica insultos a la pantalla. Esta confrontación descoloca.

La película se articula con un prólogo y un epílogo que en temática enlazan la historia, pero que, en tono, vuelve a irrumpir con agresividad. El prólogo se ambienta en los años 1950 donde un hombre abiertamente racista habla sobre los peligros de la integración. El epílogo es un compilado de imágenes de registro de la marcha nacionalista en Charlottesville en el 2017 donde una mujer de color resultó muerta. La violencia con la que este fragmento de registro documental se une a la película es tal que la incomodidad muta al rechazo. ¿Qué sucedió con aquellos personajes de los que te estabas burlando? Están aquí, infundiendo terror.

Por si no te quedó claro, Spike Lee lo grita, pero la manera en que lo hace menosprecia la inteligencia de un espectador que podría ser seducido y conducido en la misma dirección y que quizás, con un poco más de pienso, podría hasta incluso cuestionarse sus propias creencias.

 

EL VICIO DEL PODER (Vice), Adam McKay, Estados Unidos, 2018

Oscar a Mejor Maquillaje y Peinado

El vicio del poder

Claudio Creamer (a favor)

Dirigida por Adam McKay, esta película biográfica, narrada en tono de comedia, drama e historia, está basada en la vida de Dick Cheney, con una puesta en escena que se distingue por una muy buena reconstrucción histórica y diálogos ficcionales muy coherentes con el relato.

Los escenarios fueron muy variados y excelentemente reconstruidos, buscando verosimilitud. Al inicio, una toma realista del ataque a las Torres Gemelas el 11 de setiembre del 2001, nos ubica en una locación interior, el despacho desde donde Cheney tomaría decisiones presidenciales siendo vicepresidente. En un flashback, el primero de varios, el director se traslada a espacios abiertos y realistas de 1963, año en que vemos a Dick, un joven perdedor y borracho y trabajaba trepado en torres eléctricas, captado con un plano contrapicado, que denota el futuro promisorio del personaje. En general, predominan los planos medios en escenas como la de los inicios, en que Cheney es presionado por su futura esposa con la advertencia de que terminarían si no progresaban juntos, a lo que él responde con la promesa de que nunca la desilusionaría.

El vestuario representa magistralmente los símbolos de poder de un contexto de alto nivel político en el Congreso o en la Casa Blanca. En una escena suntuaria, Dick y su esposa asisten a una fiesta como un prominente republicano que se codea con una concurrencia de políticos con smoking y sus esposas con traje largo formal.

El maquillaje ha sido logrado con excelencia, especialmente en la fase madura de Dick, para lo cual, el actor británico Christian Bale tuvo que subir más de veinte kilos para caracterizar al personaje. Fue maquillado diariamente durante cinco horas y tuvo coaching corporal para caminar y moverse como Cheney.

La iluminación ha sido diseñada con creatividad según los escenarios. En las escenas políticas interiores predominó una luz de menor intensidad, generalmente enfocada desde arriba, de forma realista y con sombras marcadas en las paredes, como cuando Dick comenzó su carrera política como pasante en el Congreso, siendo asistente de Donald Rumsfeld.

El reparto de actores fue muy funcional, Cheney (Christian Bale), Lynne (Amy Adams) y Donald Rumsfeld (Steve Carell) están caracterizados como personajes complejos, contrastados y dinámicos; George W. Bush (Sam Rockwell), en cambio, luce plano, lineal, conservador y como un ayudante de carácter débil. Es admirable cómo los actores han captado la esencia de estos personajes.

El ritmo de la película está basado en planos cortos que captan la totalidad de una vida compleja, donde los espacios, tanto interiores como exteriores, mantienen el equilibrio y la profundidad necesarios.

Más que una historia política, estamos ante una historia de amor y de lucha por el poder, a través de una pareja muy ambiciosa: Dick y Lynne. El guion humaniza a estos personajes, ya que no los expone como héroes, sino en su humanidad. Durante su larga carrera política, Cheney entendió cómo funcionaba el gobierno, era hábil para los juegos burocráticos, a la vez, que reservado y sigiloso. Ante su astuta construcción del poder, el film plantea una pregunta central: ¿Cómo afecta el poder a los seres humanos?

 

Vazelle Marcelo (en contra)

Una voz en off advierte que “cuando todos descansan, él trabaja”, refiriéndose al personaje principal, que más tarde cerrará la historia con similar argumentación. Desde la década del 60 y a lo largo de medio siglo, se nos narra “compleja trayectoria de Cheney”, desde que era un trabajador de la industria eléctrica en el Wyoming rural hasta convertirse en el “presidente de facto” de los Estados Unidos.

Con el atentado del 11 de septiembre de 2001, un Cheney perplejo e introspectivo va esbozando los primeros rasgos del personaje. Casi como un acto escolar y de resguardo a la patria, se alza la imagen como “estampa solemne e incólume” de él y su mujer (Amy Adams), que posa su mano sobre su hombre, en un contexto de temor, pánico y perplejidad en la Casa Blanca, en la que su presidente, George Bush, está ausente. Esto se remarca y tal vez se exacerba en infinidad de imágenes en el curso de todo el film.

A partir de aquí, se ofrece una mirada que intenta ser íntima, cómicamente oscura y, a veces, estremecedora y fatídica, sobre el uso y abuso del poder institucional. En 2000, Cheney se postula como Vice para acompañar a George W. Bush (hijo), con el acuerdo implícito de que ejercería su labor casi sin supervisión; sería un copresidente en todos los sentidos. Surge con él concepto de Estado unitario, remarcando su uso y abuso del poder.

Estamos ante un filme que denuncia y busca incomodar. Ofrece en sus múltiples recursos técnicos un espectáculo del horror sobre el nefasto personaje, remitiendo con él a uno de los más olvidables gobiernos de los Estados Unidos y su impacto en la historia reciente. La primera falla del film: la necesidad de dejar constantemente en claro “la denuncia”. Esta búsqueda, al estilo de Michael Moore, le genera a McKay algunas trampas que hacen un tanto densa la propuesta (con una duración de más de 120 minutos, que no deja tregua), en la que desde lo fílmico, si bien se intenta dar cuenta de gran cantidad de recursos estéticos (combinación de recursos multimediales, metáforas, comics, contraste de colores, manejo de planos de manera aleatorios, entro otros), haciéndola casi inabordable. Lo que no deja duda, dado que se dice en todas las formas, es que, en los Estados Unidos, el poder se construye desde la mediocridad blanca, que es la que ha prosperado en su política.

Con un enfoque, por momentos, ligero y sarcástico, estamos ante una combinación difícil de sostener si tomamos en cuenta el delicado tema a partir del cual se inicia la trama (el atentado contra las Torres Gemelas). Como si fuera poco, la ironía del corazón vuelve a ser una provocación que profundiza el malestar ante la densidad ya mencionada.

Vice atiborra los sentidos del espectador, generándole la sensación de estar ante un espectáculo, en el que, más allá de la supuesta intencionalidad dialéctica y a través de algunas escenas (como la del final, cuando Cheney habla ante el público), en que el director se esfuerza por no dejar dudas del mensaje sarcástico y provocador de un personaje que, por milagro, aún sigue vivo. Si se hubiera llevado a una serie de televisión esta propuesta hubiera resultado más asimilable, y el relato, más comprensible.

 

HA NACIDO UNA ESTRELLA (A Star Is Born), Bradley Cooper, EUA, 2018

Oscar a Mejor canción original (Shallow)

Ha nacido una estrella

Alexandra Vázquez (a favor)

Nace una estrella tiene la desgracia de preceder al nombre de su director, motivo por el cual la obra ha adquirido un prejuicio negativo. La novedad de la historia no es relevante, ya que es una mera excusa para hablar sobre aquellos temas que inquietan al director: las consecuencias avasalladoras de la fama y la vulnerabilidad humana frente a la exposición constante que exige la popularidad. También coloca bajo tela de juicio las exigencias de un mercado consumista frente a la individualidad de los artistas y su crecimiento personal. Cooper se atreve a dar el paso detrás de la cámara para exponer las debilidades que aquejan a aquellos famosos inalcanzables que observamos por las redes, así como a cualquiera persona; no es casualidad la innumerable cantidad de celebridades que año a año nos dejan, víctimas de cuadros depresivos y adiciones peligrosas.

El acertado frenetismo de la secuencia inicial plantea, a través de la cámara, la situación de una persona agotada y destruida, en contraste con los estéticos planos dispuestos por detrás, que nos ubican en cierta manera en una posición privilegiada frente al artista y a su público. En Nace una estrella, el espectáculo en sí importa muy poco, o nada; ya sea en un estadio lleno o en un bar, lo que interesa es cómo Jackson o Ally viven ese momento.

La composición fotográfica se caracteriza por una preferencia a los primeros planos de gran fuerza emotiva, los cuales se combinan con la utilización del alto contraste con fines psicológicos en los momentos importantes de la narrativa. Por citar algunos ejemplos, la silueta de Jackson apenas dibujada en el auto, mientras afuera los flashes intentan penetrar el vidrio polarizado es un reflejo de su estado sombrío, así como el plano en que Ally sale del túnel oscuro, donde una luz de esperanza se le presenta para cumplir sus sueños. La dualidad oscuridad-claridad está presente en la iluminación, que contrapone colores complementarios, como el verde y el rojo o el azul y el rosado, en un enfrentamiento que parece un recordatorio tácito de dos fuerzas opositoras. Por un lado, rojo, el peligro, aquello que nos atrae, a pesar de ser conscientes de su fuerza destructora; por el otro, el azul, la calma, la tranquilidad y la seguridad.

Nace una estrella es la historia de una estrella que se muere mientras otra brota. A medida que Jackson observa como Ally empieza a brillar, él se va apagando lentamente. No se puede dejar de mencionar el trabajo actoral de la dupla, cuya química es palpable desde el momento en que se conocen. Pero es mérito del director también haber logrado plasmar la intimidad con la que decide retratar las distintas fases de su relación.

En la supuesta simpleza radica la inteligencia y la belleza de la película, que relata con precisión y sin esfuerzo hasta aquellos momentos más dramáticos, como la secuencia del suicidio, que se sostiene en pocos planos y con un montaje alterno brusco, conduciéndonos con exasperación al momento inevitable y ya anticipado de la película. No es necesario reinventar el lenguaje para lograr estremecer.

 

Eduardo Manola (en contra)

Bradley Cooper debuta como director, y es justo reconocer que lo hace de manera solvente, teniendo en cuenta que es su ópera prima y la falta de experiencia, pero no logra sorprender con nada fuera de lo común. Su utilización de la cámara es ordinaria, no destaca ni inventa nada y, por el contrario, abusa de exagerados primerísimos planos y del recurso de mover el equipo para dar a la filmación un estilo pseudo-documental, lo que en la jerga se denomina “cámara al hombro”.

Por otra parte, desaprovecha la oportunidad de complementar o mejorar las anteriores versiones, de introducir alguna crítica al ambiente de la música y sus sórdidos recovecos a la hora de permitir el ascenso a la fama, de aportar algo nuevo, incluso, al tema de las diferencias de género y la manipulación de la mujer, tan en boga en la actualidad. Sin embargo, intuyo, y aquí le doy la derecha a Cooper, que no era ese el objetivo, sino simplemente conmover, con la música y la voz de Lady Gaga, con una historia de amor, adicción y fama, fórmula de éxito asegurado que, de paso, le permitiera cosechar alguna estatuilla.

Para destacar, la actuación de Sam Elliott, como el hermano mayor de Jackson, siempre sobrio y efectivo, pero que aquí suma momentos de una emotividad que lo alejan de su perfil de “duro”, y una banda de sonido con algunos temas que necesariamente pasarán a engrosar la colección de los fanáticos. “Shallow”, “Is That Allright” y muy especialmente “Always Remember Us This Way”, son realmente para atesorar.

La química entre Jackson y Ally es, por lejos, lo más destacable de la cinta, así como la impronta personal, el carisma y la voz áspera y estremecedora de una Lady Gaga que se muestra como una actriz-revelación, con una promisoria carrera si se le ocurriera insistir en esas lides. La relación entre ellos es el corazón de la película, pero el noble músculo late solo mientras la historia recorre las secuencias de la seducción, el escarceo romántico y la introducción de Ally al mundo de los shows rockeros de la mano de su mecenas enamorado, que alcanza la más alta cota en la escena en la que la lleva a cantar, improvisada y sorpresivamente, su primer tema, por ella compuesto y que él había arreglado con su banda, sin decírselo. Cuando la película ingresa en la etapa de la consagración de la estrella, se desploma sin remedio en una sucesión de lugares comunes, de convencionalismos evitables, de una puesta en escena mediocre y cercana a lo cursi, de golpes bajos que solo tienen el objetivo lacrimógeno, como el desenlace y el último tema, interpretado entre sollozos por Ally.

Así, lo que parecía iba a ser una gran película, se convierte, sin más, en un melodrama del montón, repetido y previsible. Con sabor a más de lo mismo.

 

COLD WAR (Zimna wojna) Pawel Pawlikowski, Polonia, 2018

ColdWarFoto2

Álvaro Arnaiz

La última película del director polaco nos introduce de nuevo en el que parece ser ya su estilo visual, Pawel Pawlikowski ha desarrollado una forma de entender el cine y expresar su visión del mundo, un estilo que ya utilizó en Ida, película que le hizo ganar el Oscar a la mejor película extranjera. En este caso su obra vuelve a ser exquisita. Ubicada en la Polonia de la posguerra, nos desvela una bella y difícil relación entre dos enamorados que quieren superar todas las dificultades para mantener su amor.

Una película que engancha desde el minuto uno hasta el final, con momentos inolvidables, encuentros, experiencias y amor, mucho amor. Sin duda, Pawel Pawlikowski ha logrado retratar perfectamente ese amor que es para toda la vida. Vemos cómo el director comienza el film rindiendo un homenaje a las personas de a pie, de un pueblo sin muchos medios y que, sin embargo, musicalmente nos abruma, con canciones folclóricas de los pueblos del Este conmovedoras.

Después de una guerra donde solo se han expresado los líderes de los distintos países, Pawlikowski le da voz a los de abajo, otorgándole un protagonismo a aquellos que nunca lo han tenido, a la población más humilde, la rural. Nos ofrece una dura crítica, tanto al partido comunista como a la guerra, con su alienación que trastoca los verdaderos valores de una nación, destrozando hasta las relaciones más profundas.

Sin duda, hemos visto muchas películas de amor, sin embargo, en este film se trata el tema sin pretensiones, sin contar nada que no se haya expresado antes y, sin embrago, lo hace de manera brillante, única y profunda. El amor más pasional y platónico, el amor lejano e imposible, debido a la Guerra Fría y las innumerables dificultades que atraviesas sus protagonistas. Una pareja cuya unión parece predeterminada es el eje de la historia. Sin que sobresalga por sus diálogos, Cold War nos ofrece frases tan brillantes como: “¿Has estado de putas?”, a lo que se responde: “No, no tengo dinero para eso. He estado con el amor de mi vida”.

Tan importante como la música es la fotografía, generando composiciones con mucho aire que respiran en una atmósfera de un blanco y negro exquisito, con luces y sombras muy cuidadas. La fotografía, a cargo de Lukasz Zal, consigue generar imágenes pictóricas que parecen traídas de un cuadro. El director ha sabido introducirnos en el universo a que ya nos tiene acostumbrados, entendiendo el cine como un microcosmos donde nos sentimos cómodos desde comienzo hasta el final.

 

 

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