Investigamos

La verdadera historia de Hombre Elefante y otros monstruos del cine

El_hombre_elefante-cabecera
Hay pocos rasgos tan característicos del ser humano como el rostro. No es, desde luego, el único rasgo por el que podemos reconocer a alguien (la voz, los gestos, la forma de andar… también son elementos que nos permiten reconocer a un individuo), pero solemos asociar a toda persona un rostro, de manera que la cara se convierte en rasgo esencial de su personalidad, pero también de su carácter individual. En este sentido, cuando alguien atenta contra la cara de un semejante, cuando alguien intenta eliminar sus rasgos o desfigurarlos, lo que hace es privarle de la manifestación más visible de su individualidad. Pensemos en torturas que tratan de desfigurar el rostro o en los ataques con ácido a las mujeres: no se trata solo de una agresión física, sino que hay en esos ataques una voluntad de quitarle a alguien lo que le es más característico, lo que considera más genuino y le es más preciado, lo que le permite reconocerse como individuo cada mañana frente al espejo.

Garras humanasEl cine, en determinados momentos, ha propiciado un debate y una reflexión sobre la desfiguración del rostro y la deformidad, que encontramos ya en obras clásicas como Garras humanas (The Unknown, Tod Browning, 1927) o La parada de los monstruos (Freaks, Tod Browning, 1932), pero también en todas las versiones de Frankenstein que se han producido, empezando por el clásico dirigido por James Whale, El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1931). Una variación del mismo tema aparecía, además, en la temprana El fantasma de la ópera (The Phantom of the Opera, Rupert Julian, Lon Chaney, Ernst Laemmle, Edward Sedgwick, 1925), trasposición de la novela de Gaston Leroux que tendría numerosas versiones posteriormente. En realidad, tras la deformidad de un rostro siempre se escondía un problema de aceptación, ya que el personaje se ocultaba a la vista de los demás y temía asustarlos, de ahí que a veces se protegieran con una máscara o directamente se recluyeran y se alejaran de la vista de todos, a los que ya no considera sus semejantes.

Darkman-fotogramaTambién las novelas de H. G. Wells El hombre invisible, La isla del doctor Moreau e incluso La máquina del tiempo, todas ellas llevadas en varias ocasiones al cine, se interesan por la dimensión más corporal del ser humano y su evolución, por no hablar del cine de David Cronenberg, desde Vinieron de dentro de… (Shivers, 1975) hasta eXistenZ (1999), pasando por títulos como Scanners (1981), Videodrome (1983) y, por supuesto, La mosca (The Fly, 1986). En el cine más reciente, aunque desde perspectivas muy diferentes entre sí, títulos como Máscara (Mask, Peter Bogdanovich, 1985), Darkman (Sam Raimi, 1990), El hombre sin rostro (The Man Without a Face, Mel Gibson, 1993) e incluso El caballero oscuro (The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008) ofrecen una visión renovada de la desfiguración del rostro.

La_parada_de_los_monstruos-cartalAhora bien, si hay una película canónica sobre el tema de la desfiguración, la deformidad y la exclusión social que todo eso supone, esa es El hombre elefante (The Elephant Man, 1980), de David Lynch, que se acerca como ninguna a la intimidad, a la personalidad y a los sentimientos de uno de los personajes más entrañables del séptimo arte, Joseph Merrick (en la película se llama John, por un error que cometió el doctor Treves al referirse a su paciente, ya que quizás no entendió bien a Merrick cuando le dijo su nombre por primera vez). Merrick, que fue un personaje real de la Inglaterra victoriana, sufría una de las deformidades más terribles que nunca se hayan podido documentar, y, hasta que lo descubrió el doctor Treves, sobrevivía siendo exhibido en espectáculos de barraca de feria y en gabinetes de curiosidades, como le ocurría a la troupe que protagonizaba La parada de los monstruos.

Cartel de El hombre elefanteAl propio Lynch, responsable de una de las filmografías más personales del cine reciente, El hombre elefante le sirvió para salir del circuito de arte y ensayo en el que se solía mover. No deja de ser curioso que fuera Mel Brooks, el gran maestro de la comedia descacharrante, productor ejecutivo de esta película, quien más hizo por llevar el proyecto adelante, si bien evitó cualquier alusión a su nombre en la promoción del film. El propio Brooks, director él mismo de El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), se entusiasmó después de ver Cabeza borradora (Eraserhead, 1977) y quiso que fuera Lynch quien dirigiera este proyecto tan personal. El hombre elefante es el segundo largometraje de Lynch tras Cabeza borradora; su tercer largometraje fue otra película de culto, Dune (1984). De todas maneras, las películas más personales e influyentes de Lynch llegarían un poco más tarde, en la segunda mitad de la década del ochenta, con Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) y Corazón salvaje (Wild at Heart, 1990).

imagen real de MerrickDesde el punto de vista narrativo, El hombre elefante es una película bastante clásica, pero no lo es, desde luego, en su temática, que aborda el caso de Merrick desde una perspectiva muy humana. Al cabo, es el retrato de alguien que parece un monstruo, si bien los auténticos monstruos son todos aquellos que le rodean. En ese sentido, la premisa es la misma que utiliza Tod Browning en La parada de los monstruos, un clásico no suficientemente valorado por la lectura social que ofrece.

El hombre elefante, protagonizada por John Hurt, Anthony Hopkins, Anne Bancroft, John Gielgud, Wendy Hiller, Michael Elphick, Gordon Hannah y Freddie Jones, parte de un guion elaborado por el propio Lynch, Christopher De Vore y Eric Bergren a partir de dos libros, El Hombre Elefante y otras reminiscencias (1923), de Sir Frederick Treves, y El Hombre Elefante: Un estudio de la dignidad humana (1971), de Ashley Montagu. La fotografía en blanco y negro de Freddie Francis recreaba a la perfección aquel Londres victoriano e industrial en el que vivía Merrick (un irreconocible, e inmenso, John Hurt). El crítico Serge Darney habla en Cahiers du cinéma de la película en estos términos: “Merrick es el objeto de tres miradas. Tres miradas, tres edades del cine: burlesca, moderna clásica. Más aún: la feria, el hospital, el teatro”.

Doctor TrevesHay a lo largo de la película todo un proceso de personificación, pero no porque Merrick no fuera una persona desde el principio, sino porque nadie lo había mirado como tal hasta que el doctor Treves (Anthony Hopkins), que al principio pensaba que Merrick debía tener algún tipo de retraso mental, empieza a tratarlo como tal. Merrick es una persona sensible, con inquietudes artísticas y, sobre todo, con sentimientos, una persona que, por primera vez en su vida, deja de ser tratada como un “fenómeno” y se siente tratada como un ser humano. Eso es, para él, la felicidad, lo máximo a lo que puede aspirar tras una vida repleta de vejaciones, burlas y humillaciones. En este sentido, Merrick vive un proceso inverso al que sufre Gregor Samsa en La metamorfosis de Kafka. En la obra de Kafka, Gregor es tratado como un insecto antes de transformarse en tal, pero en la película de Lynch, Merrick esconde, tras la figura de un monstruo, una persona que alcanza su dignidad.

esqueleto de MerrickAunque la película se toma ciertas licencias, Joseph Carey Merrick (Leicester, Inglaterra, 5 de agosto de 1862-Londres, 11 de abril de 1890) existió y su caso se hizo famoso en la sociedad victoriana. Padecía lo que hoy en día se conoce como síndrome de Proteus, que se manifiesta en un crecimiento excesivo de la piel y un desarrollo anormal de los huesos, normalmente acompañados de tumores. Merrick padecía las siguientes afecciones: una curvatura anormal de la columna vertebral, tumores fibrosos en el 90% del cuerpo, macrocefalia, bronquitis crónica, protuberancias óseas y atrofia del brazo derecho. Y, sin embargo, era un ser humano encantador, que, a pesar de todo el sufrimiento, no guardaba rencor y aspiraba a conseguir algunos de sus sueños.

La parada de los monstruosMás allá de la película está la verdadera historia de Joseph Merrick. En realidad, antes de convertirse en una obra cinematográfica, El hombre elefante fue una obra de Broadway de Bernard Pomerance. En 1980, además, se publicó el libro definitivo sobre el asunto, La verdadera historia del Hombre Elefante, de Michael Howell y Peter Ford, que no ha dejado de reeditarse desde entonces. Howell y Ford no solo reconstruyen la vida de Merrick, sino que recogen los escritos del propio protagonista y del doctor Treves. Al parecer, Michael Jackson llegó a interesarse en su momento por el esqueleto de Merrick y trató de comprárselo al Hospital de Londres.

El_hombre_elefante-03Merrick sufrió durante su vida, pero el cine ha conservado su memoria y lo ha convertido en un héroe, en un hombre digno que, pese a todo, no se resignó. Creo que pocos miedos hay más grandes que el de la pérdida o la desfiguración del rostro, de ahí que, tras ver los resultados de algunas operaciones de cirugía estética, a veces nos preguntemos cómo alguien se puede haber sometido voluntariamente a ellas. Renunciar al rostro es, en definitiva, renunciar a quienes somos, a nosotros mismos, pero asumir las propias imperfecciones, e incluso la deformidad, es un acto de voluntad y aceptación que solo está al alcance del ser humano.

Bibliografía

HOWELL, Michael y Peter FORD, (1980), La verdadera historia del Hombre Elefante, Madrid, Turner, 2008.

JOUSSE, Thierry, El libro de David Lynch, París, Cahiers du Cinema, 2008.

Joaquín Juan Penalva

Graduado del Master en Crítica Cinematográfica de AULA CRÍTICA

3 comentarios para “La verdadera historia de Hombre Elefante y otros monstruos del cine”

  1. Isidro Candela

    Joaquín, me ha encantado, es de lo mejorcito que has escrito y yo haya leído. También es cierto que me interesaba mucho este tema y las películas mencionadas. Ha sido un placer leerte.

    Responder

Deja un comentario


* Los campos marcados son obligatorios