Críticas

Amargura frente al compromiso

La casa junto al mar

La villa. Robert Guédiguian. Francia, 2017.

LacasajuntoalmarCartelLlevamos casi cuarenta años haciéndonos mayores entre película y película de Robert Guédiguian, siempre acompañados de su Marsella natal y de sus actrices y actores fetiches: Ariane Ascaride, su mujer, y sus amigos Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan o Jacques Boudet. Con dicha compañía, además de con un grupo de técnicos que habitualmente trabajan junto con el director galo, sigue en su permanente lucha por la aspiración de ayudar a construir un mundo más digno, en donde la lucha proletaria, la denuncia de la marginación o la preocupación por la xenofobia ocupan un lugar preferente. Mientras tanto, hemos tenido ocasión de ir disfrutando de todos sus filmes, incluidos los de mayor repercusión, como Marius y Jeannette (1997), la ciudad está tranquila (La ville est tranquille, 2000) o Las nieves del Kilimanjaro (Les neiges du Kilimandjaro, 2011).  

En La casa junto al mar, la lucha continúa, pero los años ya pesan y no transcurren en balde. Y aunque se siga rodeado de los viejos ideales, el desencanto llega. De aquellas ilusiones lo mejor que se conserva es el orgullo y los recuerdos militantes ya van quedando en el pasado. Muestra de ello es la recuperación de un pequeño extracto de un filme propio, en forma de flashback, en el que los mismos actores y en el mismo lugar, treinta años antes, despliegan con alegría toda su energía, acompañados por la música de Bob Dylan (¿Quién sabe?, KI LO SA?, 1985). La decrepitud del paso del tiempo, el capitalismo feroz, el consumismo carnívoro y las voraces ansias de obtener el máximo poder, cualquiera que sea, parece que domina el partido con un abultado tanteo. 

En una pequeña cala cercana a Marsella, en periodo invernal, tres hermanos, Angèle, Joseph y Armand se vuelven a reunir en la casa familiar. Allí todavía reside Armand junto a su padre, luchando por sobrevivir con un modesto restaurante, en el que se pretende dar de comer lo mejor por lo menos, concienciándose en aquellos para los que otras esferas resultan inalcanzables. La reunión se produce a consecuencia de un repentino ataque de apoplejía o infarto cerebral que sufre el padre, quedando en una situación prácticamente vegetativa que los médicos consideran irrecuperable. ¿Resistirá ocho años en ese estado como Ariel Sharón, el que fuera Primer Ministro de Israel a principios del siglo XXI, aunque no sea judío? Con perdón, pero el comentario está transcrito literalmente de la película y además, en estos momentos en que el respeto al derecho de la libertad de expresión ni está ni se les espera, no nos importa lo más mínimo caer en la irreverencia o lo políticamente inoportuno, como se permite el director francés. Al hermano mayor, Armand, interpretado por Gérard Meylan, ya lo hemos ubicado en la villa. Allí acuden los otros dos hermanos. Uno de ellos se trata de Joseph, encarnado por Jean-Pierre Darroussin, que caracteriza a un hombre amargado al que han jubilado prematuramente por despido procedente tras una reestructuración empresarial de la compañía en la que había trabajado a lo largo de toda su vida laboral. La tercera es Angèle (Ariane Ascaride), una mujer que ha llegado a conseguir cierta fama dedicándose a la interpretación teatral, pero que salió por piernas de aquella villa, veinte años atrás.

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Robert Guédiguian sigue fiel a sí mismo, años pasen, y es capaz de centrarse en un microcosmos para aventurarse en historias universales. Y lo universal lo sitúa en la Europa Occidental del siglo XXI, un mundo acotado que hemos sido capaces de crear, en donde la brutalidad se traga a la inocencia. ¿Alguien ha pensado en similitud alguna entre los campos de concentración nazis y lo que estamos haciendo con los que intentan refugiarse dentro de nuestras fronteras? Pues háganlo; al menos Guédiguian, de manera muy lúcida, sí lo hace. Llegan, los detenemos, los marcamos como ganado, los encerramos en barracones y si tienen suerte, los devolvemos a donde nunca deberían regresar si persisten las condiciones de salida. ¿Les recuerda a algo? Al realizador galo parece que sí. Y si albergan dudas, relean detenidamente el principio de esta crítica, y sobre todo, vean la película.   

Cinematográficamente, Robert Guédiguian continúa apostando por la sencillez y sigue siendo coherente con su espacio, Marsella, un personaje más y no precisamente uno cualquiera. Apoyado en una cámara contenida, nos asomamos a una puesta en escena clásica, de planos y contra-planos, ausencia, a ser posible, de música que ayude a enfatizar sentimientos, y con una fotografía ya un tanto desteñida, a pesar del brillo natural del entorno; y de fondo, ese mar que sigue estando ahí, aunque nos empeñemos en sustituir las barcas de pesca por veleros deportivos o de decorar el paisaje con trenes de alta velocidad, que no solo alteran el silencio del lugar en horas señaladas, sino que atentan de forma permanente contra la belleza natural del espacio. 

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Mientras frente a nuestras narices y con nuestras complicidades pasa el terrorismo, la inmigración ilegal, los refugiados o la especulación inmobiliaria, parece que no sucede nada, que el instante se detiene. Puro espejismo. El paso del tiempo se presenta inexorable y referencias básicas de Guédiguian como Antón Chéjov o Yasujirō Ozu se hacen patentes en los infinitos días perdidos mientras que se buscaba, dentro de la sencillez y camaradería, la “gran ilusión” del cambio del mundo. Una utopía que se ha quedado en eso y ha derivado en un individualismo atroz. En palabras del propio realizador “Occidente va a morir en su riqueza”.  Y si volvemos al pasado, este se ha convertido en aquello que recordamos con amor pero preferimos olvidar, o como dice un personaje del filme, “los buenos recuerdos son horribles”.

Mal asunto, cuando todavía teníamos en la memoria reciente la película austriaca Stefan Zweig: adiós a Europa (Stefan Zweig: Farewell tu Europe, 2016), de la realizadora Maria Schrader, y el triste peregrinar del intelectual por América. Agria reflexión, cuando en dos películas no emparentadas especialmente, se aborda la decadencia alcanzada con soluciones demasiado similares.

Guédiguian es un autor irremediablemente implicado con la cultura y en particular, con sus convicciones personales y en sus obras no se limita a ser puro observador. Sus primeras experiencias cinematográficas vinieron marcadas por la profunda impresión que le causaron obras como Los olvidados de Luis Buñuel (1950) o Toni de Jean Renoir (1935). Sus emociones y particulares sensibilidades se involucran a lo largo de su filmografía y La casa junto al mar, por supuesto, también participa en esa lucha. Sus héroes, procedentes de ambientes populares, obreros, incluso marginales, son orgullosos y están observados desde la proximidad, con simpatía. Son personajes combativos, en el intento de continuar con algo de aliento en esa lucha contra la amargura, la senectud y la muerte. 

Tráiler:

Ficha técnica:

La casa junto al mar (La villa),  Francia, 2017.

Dirección: Robert Guédiguian
Duración: 107 minutos
Guion: Robert Guédiguian, Serge Valletti
Producción: Agat Films / France 3 Cinéma / Canal+Fotografía: Rainer Klausmann
Fotografía: Pierre Milon
Reparto: Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan, Jacques Boudet, Anaïs Demoustier, Robinson Stévenin, Yann Tregouët, Geneviève Mnich, Fred Ulysse

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