Críticas

Una historia wayuu

El regreso

Patricia Ortega. Venezuela, 2013.

Cartel de la película El regresoEl regreso es el primer largometraje de ficción de una cineasta venezolana que se ha destacado por dos documentales de temática indígena: El niño Shuá (2007), sobre el escritor e intelectual wayuu Miguel Ángel Jusayú, y Kataa ou-outa (2009), dedicado a la emigración de ese pueblo cuyo territorio es la península de la Guajira, dividida entre Venezuela y Colombia. Su aporte principal a ese cine es su trabajo intercultural: son filmes hechos desde la perspectiva de una criolla en la que los indígenas despiertan admiración y solidaridad, e intenta transmitir su manera de verlos a través de películas en las que se expresa una autora. La interculturalidad incluye la colaboración con la activista Gloria Jusayú, hija de Miguel Ángel, quien actuó en El regreso, trabajó en la producción y fue asistente de dirección.

Lo mejor de la película es la descripción de la vida de una comunidad indígena de pescadores, que hablan wayuunaiki, y la recreación de una masacre basada en el caso real del asesinato de doce personas por las Autodefensas Unidas de Colombia. El conocedor del cine sobre ese pueblo originario podrá reconocer fácilmente los lugares comunes de los filmes antropológicos, como el velorio y el ritual del encierro, por medio del cual las niñas pasan a ser consideradas mujeres. Pero se trata de presentar a los wayuu ante un público amplio, que probablemente conoce poco o nada de su cultura. Ortega agrega a eso su firma de autora en la crudeza con la que muestra la primera menstruación de la protagonista, Shuliwala, y en la justa medida que tiene la truculencia en el relato de la matanza.

El regreso, fotogramaQuizás alguien pueda pensar que faltó profundizar más en lo que realmente ocurrió en la bahía de Portete el 16 de abril de 2004. El problema de los paramilitares es complejo, y requiere de un tratamiento que vaya más allá de presentar a los indígenas como víctimas de gente abusadora y cruel, y de wayuus que colaboran con los que exterminan a su propio pueblo. Pero omitir eso significa concentrarse en aquello que no admite una discusión como la que podría plantear el problema de la violencia en Colombia: la matanza, que evidentemente es un crimen horrendo y de lesa humanidad. Probablemente también por eso se haya adoptado el punto de vista de una niña para contar la historia. Ese recurso de simplificación permite sortear aspectos potencialmente controversiales para algunos adultos, además de que ayuda a que el espectador se ponga del lado de la protagonista indígena.

En la segunda parte la película toma el rumbo de otra búsqueda que también ha emprendido Patricia Ortega en sus filmes. Es la de su interés por los niños de la calle y otros personajes marginados, incluso entre los más pobres de su ciudad, algo que en el cine venezolano puso de relieve Huelepega, de Elia Schneider (2000). El principal aporte de la realizadora es una representación horrible del derruido centro de Maracaibo, con una fotografía que acentúa lo desagradable. También aprovecha los grafitis para agregar un comentario escrito y logra transmitir el calor sofocante de la ciudad. Ortega retoma de esa manera el realismo gótico de sus cortos Sueños de Hansen (2005) y Al otro lado del mar (2005), lo que incluye un niño con defectos físicos.

El regreso, cine venezolanoPero lo infantil deriva hacia lo edulcorado en esa parte de El regreso, en la amistad que va surgiendo, alrededor de un perro, entre la jovencita wayuu y una niña criolla. Si se quiso remarcar así el contraste entre los personajes y el ambiente, el efecto resulta opacado por los lugares comunes en los que se incurrió para darle ternura a la historia de la niña que no habla español y está perdida en la gran ciudad. Resulta además poco verosímil la manera como se reconectó la segunda parte de la historia con la primera, salvando por un hallazgo casual la barrera lingüística que impedía a la indígena contar su historia a la niña que habla español. Como contrapartida está la actuación de Daniela González como Shuliwala, y el trabajo de arte y maquillaje para representar su deterioro por la huida y la vida en la calle. La interpretación de la niña wayuu resalta entre lo trillado de esa parte de El regreso.

Aunque no sea una gran película, a pesar de sus logros actorales y técnicos, con El regreso ha logrado difundirse en los cines de Venezuela una historia que introduce al espectador en el conocimiento del pueblo wayuu y de las violaciones de derechos humanos que se cometen en su contra, con personajes que hablan una lengua indígena nacional. Es, además, el segundo largometraje de ficción de la región del Zulia que tiene estreno comercial en el país, después de Joligud, de Augusto Pradelli (1990). Ambos son logros en la lucha contra el racismo y por la democratización de la cultura, respectivamente. Lo lamentable es que Ortega no haya tenido la misma oportunidad para presentar sus largometrajes documentales ante el público nacional, al igual que otros realizadores destacados del cine indigenista venezolano actual.

Tráiler:

Ficha técnica:

El regreso ,  Venezuela, 2013.

Dirección: Patricia Ortega
Guion: Patricia Ortega
Producción: Sergio Gómez Antillano, Gloria Jusayú
Fotografía: Mauricio Siso
Música: Javier Pedraja
Reparto: Daniela González, Laureano Olivares, Sofía Espinoza, Selmira Echeto, Segundo González, Gloria Jusayú, Andrés Barrios, Lilian González

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