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De la madre al petróleo por corte: una secuencia de El pez que fuma de Román Chalbaud

El montaje da relieve a una secuencia de El pez que fuma (1977), la más destacada de las películas de Román Chalbaud, el cineasta más prolífico e importante del cine venezolano. Se trata del diálogo en una playa entre Jairo, el joven que llega sin nada y asciende al poder en el prostíbulo del título del filme, y la Garza, la dueña del establecimiento. Termina con una cita de De aquí a la eternidad  (From Here to Eternity, 1953), dirigida por Fred Zinnemann: el beso de los personajes de Burt Lancaster y Deborah Kerr entre rompientes olas, una imagen emblemática de Hollywood. Una ironía de Chalbaud, que montó esa secuencia inspirándose en un clásico del cine soviético: La huelga, de Sergei Eisenstein (Stachka, 1925).

La madre y el petróleo son los temas del diálogo con toques de humor garciamarquiano. Es la manera tangencial característica de tratar los problemas del país en un cineasta que hace filmes para exhibición comercial en una democracia bipartidista, y que en El pez que fuma se propuso hacer un homenaje a la música popular y las películas mexicanas de cabareteras, de actrices como Ninón Sevilla, intérprete de Aventurera (1944), entre otros filmes, y Rosa Carmina, de En carne viva (1955), dirigidas ambas por Alberto Gout.

Esta es la parte más importante del diálogo:

El pez que fuma. FotogramaJAIRO: (Orlando Urdaneta): Yo la única mujer que he tenido realmente, o sea la única, la única es mi madre, que en paz descanse. Ella preparaba un asado riquísimo. Claro, no es por el asado. Bueno, a mí me da tristeza el asado. Y era así: suavecita y blanquita, y sus dientes, sus dientes… Creo que, cuando uno pierde a su mamá, lo pierde todo.

LA GARZA (Hilda Vera): ¡Ay, mi amor! Es que el cariño de una madre es lo más grande. Yo recuerdo a mamá. Yo era chiquita. La calle Baralt de Maracaibo… Me llevaba al mercado y me compraba dulcitos. Que mi mamá era muy buena, con su crineja larga, larga, que arrastraba y la arrastraba por todo el mercado. A mi mamá provocaba, provocaba pintarla.

JAIRO: ¿Se murió también?

LA GARZA: La enterraron en Cabimas. Pero no he podido verla porque los americanos descubrieron petróleo. Y un día el petróleo… creí que el petróleo era ella. Coño, qué tristeza me da. El dinero, el negocio, las putas…

JAIRO: ¿Por qué no nos vamos a Cabimas y le ponemos unas flores? Total, el petróleo es nuestro, y ella también es nuestra, y yo soy tu hijo y soy tu mamá.

LA GARZA: Somos dos huerfanitos.

Alfonso Molina, autor de Democracia y melodrama. El país de Román Chalbaud (Caracas, 2000), escribió que la relación entre la madre y el petróleo alude directamente a la riqueza natural, que dota al país de la protección material de los “petrodólares” (p. 141). A eso añadiré una observación de Álvaro Miranda. En el filme también hay otra referencia a la salvaguarda que ofrece la abundancia de dinero: el seguro que cubre al automóvil que le destrozan a Dimas (Miguelángel Landa), el amante de la Garza (Román Chalbaud: un cine de autor. Caracas-Mérida, 1984, p. 72). Redondeando la idea, podría decirse que, de la misma manera como una madre es capaz de proteger a sus hijos de las consecuencias de sus malos actos, la abundancia de “petrodólares” le evita a la sociedad los sufrimientos que se derivan de la irresponsabilidad y de la corrupción, de la cual sería alegoría el prostíbulo.

Pero eso pasa por alto el aspecto más importante de la secuencia, que como se dijo, es el montaje. De una two shot en picado de los personajes tendidos sobre la arena se pasa por corte, en mitad de la pregunta de Jairo “¿se murió también?”, a un plano documental de una torre de perforación petrolera. Es un tilt down que termina cuando llega a la base de la torre y muestra al fondo lo que los venezolanos fácilmente pueden reconocer como el lago de Maracaibo. Por otro corte se pasa a un plano general de dos obreros manipulando el taladro, del que se vuelve por corte a Jairo y la Garza en otra two shot en picado. Es después de que ella dice, en off: …“los americanos descubrieron petróleo”… Cuando la Garza continúa hay otro corte, a un plano general que muestra al taladro trabajando, y después a otro plano general, en el que del pozo brota un chorro de petróleo, para volver finalmente, también por corte, a la conversación, en el momento en que la mujer dice: …“el petróleo era ella”…

Considerando el montaje hay otra posible interpretación que se basa en la desconexión. Es un aspecto de la representación de la realidad venezolana presente también en la manera como las historias de personajes de clases sociales diferentes son relatadas en montaje paralelo, y se cruzan sin relacionarse unas con otras, en Cuando quiero llorar no lloro (1973), dirigida por Mauricio Walerstein. Lo que tienen en común los tres Victorinos del filme es la coincidencia de la fecha de nacimiento, y además de eso el dolor de las madres al parirlos y por su muerte violenta el mismo día. “Mas el vínculo metafísico no llena el vacío del vínculo existencial”, escribió Orlando Araujo en referencia a la novela de Miguel Otero Silva en la que está basado el filme (Narrativa venezolana contemporánea, Caracas, Monte Ávila, 1988, p. 148).

Soy un delincuente. FotogramaAlgo parecido ocurre al final de Soy un delincuente (1975), de Clemente de la Cerda: en el espectro radioeléctrico coexisten sin que puedan interferirse dos emisoras que dan la noticia de la muerte de un hampón, una dirigida a la clase media y la otra a la gente humilde, como lo indica el correlato visual del sonido. En la segunda, además, las noticias sobre el crimen, el alto costo de la vida y la incalculable riqueza petrolera se suceden sin que se establezcan conexiones entre las informaciones. Araujo considera esa desconexión la representación de un síntoma del desajuste estructural de la sociedad venezolana (Op. cit., p. 145).

En la secuencia de El pez que fuma la desconexión se da entre la historia que relata el filme y las imágenes del petróleo, que es visualmente ajeno al mundo de los personajes, a pesar de que se trata de un país que supuestamente se ha apropiado de esa riqueza al nacionalizarla. Irrumpe inexplicablemente en la ficción, en imágenes documentales y con cortes que hacen patente el contraste. El paso de una cosa a otra se da, además, por una figura de montaje que no se repite en la película, lo que hace que parezca aún más rara la aparición de esos planos.

Ni el cuento de la madre de la Garza que se hizo petróleo ni la frase final de Jairo, en la que el petróleo borra todas las diferencias, logran conectar el episodio de la ficción que se desarrolla en esa playa con la torre petrolera real. El paso por corte de los planos documentales a los de ficción es una muestra tan cruda del desajuste como los encuadres de Soy un delincuente en los que el Helicoide, un edificio moderno de Caracas abandonado a medio construir, es visto en contraste con la miseria del barrio en el que está enclavado. Eso diferencia la representación de la desconexión en esos dos filmes de la de Cuando quiero llorar no lloro, en el que el recurso empleado en el cine es análogo al de la fuente literaria.

Si Román Chalbaud se hizo célebre en el país por películas basadas en sus obras de teatro, como es el caso de El pez que fuma, estrenada en 1968, el uso del montaje en esta secuencia pone de relieve la conciencia que tiene el cineasta de la diferencia entre ambas formas de expresión. Lo que allí se plantea sobre la relación del país con el petróleo no parece ser posible de expresar de otro modo que audiovisualmente, con ese montaje tomado del cine soviético, con esa mezcla de documental y de ficción, a través de esa relación entre el sonido y las imágenes. Es en detalles como ese que alcanzaron su mayor profundidad las películas nacionales de aquel entonces, en las que era fundamental tratar de entender los problemas de Venezuela.

El pez que fuma. Cartel

EL PEZ QUE FUMA…

Venezuela, 1977

Dirección: Román Chalbaud.

Guión: José Ignacio Cabrujas y Román Chalbaud, basado en la obra de teatro homónima de Chalbaud.

Producción: Abigaíl Rojas, Mauricio Walerstein.

Fotografía: César Bolívar.

Montaje: Guillero Carrera.

Música: Miguel Ángel Fúster.

Reparto: Hilda Vera, Orlando Urdaneta, Miguel Ángel Landa.

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