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Culpa, arrepentimiento y redención en El irlandés

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El irlandés comienza con un sosegado plano secuencia. La cámara se interna en lo que entendemos consiste en una residencia católica para la tercera edad. Vírgenes, curas, personas mayores, andadores, aparatos de oxígeno, cuidadores… Señales que no nos hacen dudar del lugar en el que estamos. Se atraviesa un largo pasillo y nos asomamos por algunas estancias comunes hasta dar con nuestro objetivo en el comedor. A los sones de la canción In the Still of the Night, interpretada por The Five Satins, nos topamos con un anciano en silla de ruedas, solitario y pensativo, tras un frugal desayuno. Se trata de nuestro protagonista, de Frank Sheeran, interpretado por Robert De Niro. Mediante un larguísimo flashback que recurre a saltos temporales durante distintas décadas del siglo XX, este hombre de origen irlandés nos irá relatando su pasado. 

La película abarca la vida de Sheeran, desde su participación en la Segunda Guerra Mundial a las órdenes del general Patton, hasta lo que se suponen los años finales del siglo pasado. Como guiño temporal para este último dato, encontramos imágenes y comentarios sobre la guerra en la extinta Yugoslavia. Precisamente, fue en la primera contienda bélica, la segunda de alcance mundial, en la que nuestro personaje se percató de la fragilidad de la existencia, topándose de lleno con los finos hilos que sostienen cualquier vida humana. La experiencia como soldado le endureció hasta llegar a convertirlo en un matón para cualquier ocasión, sin importar víctimas o circunstancias.  

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Con el último trabajo de Martin Scorsese nos enfrentamos ante una ingente obra de madurez. Y no nos referimos a su larga duración, que también. Estamos ante un largometraje del autor que se perfila como culminación de una vasta filmografía imponente. Más o menos, lo que sentimos al visionar el reciente filme de Pedro Almodóvar, Dolor y gloria (2019). Cada uno a lo suyo, claro. Si el manchego realiza una trayectoria vital desde la infancia hasta la madurez a través de su alter ego Salvador Mallo, el realizador neoyorquino vuelve a sus raíces italianas y al mundo de la Mafia con una película de gánsteres crepuscular. Scorsese en El irlandés nos ofrece un sabio recorrido de forma tangencial sobre la historia de su país a lo largo del siglo XX (excepcional la escena y el punto de vista elegido para el asesinato del presidente Kennedy); utiliza así mismo, no se esperaba otra cosa, unos magníficos recursos de cámara, encuadres perfectos y además, cuenta con un guion que sabe ensamblar con maestría el pasado estadounidense del crimen organizado, del sindicato de camioneros y de hitos políticos.  Y lo hace a través de un viaje en automóvil, realizado en 1975, para acudir a una boda. Igualmente, la película cuenta con lo que hemos percibido no tan perfecto, una caracterización de personajes que deben adaptarse al paso de los años con los mismos actores, esto es, con elaboración digital. Y tanto Robert de Niro, Al Pacino o Joe Pesci, aunque lo intentan, luchan contra lo imposible. Las arrugas se pueden camuflar pero no los movimientos de cuerpos envejecidos.

En realidad, el tema de esta colaboración es la culpa y el arrepentimiento, además de la redención, en la película de Scorsese.  A ello vamos. La primera, la culpa, conlleva un sentimiento de responsabilidad por el daño causado y el segundo, el arrepentimiento, lo entendemos como un lamento por hechos propios que desearíamos no haber realizado. El personaje de Frank Sheeran es un rotundo retrato de un hombre dedicado al crimen, condescendiente y cómplice con cualquier corrupción, impertérrito frente a la violencia y amigo de sus amigos. Esto último es un decir. Y además, protector hasta el límite  con su mujer e hijas. Y ya solo con este esbozo, comprenderán que ese límite es bastante difuso. Unos familiares que a Scorsese únicamente le ha interesado mostrar y dibujar a grandes rasgos, mientras centra casi toda la atención en Sheeran y sus compinches de fechorías a los que debe el oro y la gloria. Frank Sheeran es un ser ¿humano? que asesina sin piedad, que golpea brutalmente al tendero del barrio al haber reprendido a una de sus hijas por manchar el suelo de su establecimiento… Le tienen miedo todas ellas, le vigilan escondidas en los rincones y le acechan cuando se va al trabajo en compañía de una pistola. No queda espacio para la ingenuidad. 

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A Martin Scorsese siempre le ha obsesionado el tema de la culpa y la redención. Su pasado seminarista no le ha abandonado en toda su obra y la importancia de la religión católica y la fe son esenciales en su filmografía. Una redención entendida como liberación de un sufrimiento o un castigo. Una salvación que en manos del director estadounidense conlleva indudables reminiscencias espirituales de reconciliación con uno mismo y con Dios. Una expiación que precisa un previo viaje a los infiernos del que no siempre se puede salir. Estas reflexiones están llevadas a cabo en Taxi Driver (1976), Toro salvaje (Raging Bull, 1980), La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) o Uno de los nuestros (Goodfellas, 1980). También en muchas otras de las películas de Scorsese. En El irlandés predomina la carencia de sentimientos culpables y de cualquier arrepentimiento. Se volvería sin ningún reparo por ese infame camino de crímenes y violencia, a pesar de que se lamenten las amistades o los familiares  dejados por el camino; y en especial, se recuerde la congoja sufrida con ciertas llamadas telefónicas que podrían remover entrañas. Pero somos católicos y gracias a Dios, siempre quedará la confesión y la absolución por todos los pecados cometidos;  ahora incluso sin arrepentimiento. Por si acaso. 

En definitiva, lo que Scorsese acaba reflejando es el paso del tiempo, que se erige en la verdadera alma de su película. Un envejecer y un ocaso que se va apoderando del filme, oscureciéndolo y rematando simultáneamente un universo del que ya solo queda el dolor sin arrepentimiento y los recuerdos sin añoranza. Estamos ante un filme sobre la Mafia crepuscular, al igual que se ha convertido al western de ese calibre en un género a remarcar. Precisamente, en este mismo número de la revista hablamos de esto último a cuenta de la película de Benito Zambrano, Intemperie (2019). En El irlandés el tiempo va transcurriendo, la gente se va muriendo, los testigos van desapareciendo y también los culpables y sus víctimas. ¿Y qué queda? La soledad y la reflexiva espera hacia ese final al que no queremos aguardar con la puerta cerrada, mientras los Five Satins vuelven a sonar con In the Still of  the Night. En el silencio y la quietud de la noche, tal y como ratifica la canción.

6 respuesta a “Culpa, arrepentimiento y redención en El irlandés

  1. Vi la pelicula antes de leer esta critica
    Pues
    …. la vere de nuevo !!!!! Leer este trabajo me mueve a ello.
    Es uno de mis Directores preferidos, y al finalizar de ver esta pelicula, pense verla nuevamente . Algo me quedo sin cerrar. La razon acabo de encontrarla. Me encanto la crítica.

  2. No vi la película pero lo hare por muchas razones y por una más desde este momento.
    Yo no podría llegar a estas conclusiones por falta de muchas virtudes y talento, pero si para decir que me ha producido un placer enorme leerla.
    Muchas gracias Pilar.

  3. Hola Valentín.
    «Pero, ¿qué clase de hombre hace eso?» Ya puestos a la polémica, acabo de engancharme a una interpretación magnífica de Lena Woodhouse en Twitter sobre tanta puerta entreabierta. ¿Una historia de homosexuales encubierta?
    Saludos,
    Pilar

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