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Cuatro estaciones en La Habana

A una vida sucia, a un camino oscuro, que a veces conduce y otras no, a lugar seguro es el recorrido que nos propone Cuatro estaciones en La Habana, primera miniserie pura de género rodada en La Habana con sabor y factura auténticamente cubanos y que para suerte de muchos deja fuera el imperativo sociohistórico que ha consumido la visualidad fílmica de la Cuba finisecular y del siglo veintiuno.

Una Habana sobre la que vuela un tiempo impreciso que podría ubicarse entre finales de siglo y la actualidad, de un realismo sucio  retratado sobre un colorido tropical bastante comedido, es la locación ideal para uno de los personajes más famosos de Leonardo Padura, el detective Mario Conde, hermano de amargura de grandes referentes detectivescos como Philip Marlowe o Sam Spade. Hombre derrotado y harto de sueños inconclusos, la miniserie relata la lucha contra el crimen que este personaje desenrolla en las novelas Vientos de cuaresma, Pasado perfecto, Máscaras y Paisaje de otoño, todas de la década de los noventa y con algunas reediciones posteriores.

Cuatro estaciones en La Habana

El pasado año, las productoras Nadcom Films y Tornasol Films, bajo la dirección de Felix Viscarret se propusieorn llevar a cabo este proyecto bastante insólito, en gran medida por la idea de realizar el rodaje en una Habana actual que aunque no se critica de forma directa, sí se puntúa en su decadencia. Padura pone toda su maestría en desarrollar la atmósfera y el estilo de una novela negra cubana que mantenga la asepsia del género sin ser totalmente apolítica. Su estilo se traduce en ocho capítulos –dos para cada novela– de los cuales ha sido guionista junto a Lucía López Coll.

Con todos los ingredientes para atrapar a un público general, y en particular a los amantes de este personaje, Cuatro estaciones en La Habana sigue la lógica narrativa propia del género y mantiene un ritmo pausado y fluido. En ella podrían verse las influencias que por tantos años ha ido acumulando este estilo literario y fílmico célebre por su acidez y su humor negro, la dudosa calaña moral de sus protagonistas, su amargura vital y su siempre dispuesta voluntad a funcionar lo mejor posible en un mundo sin piedad. Su visualidad, marcada por una paleta donde predomina los contraste complementarios entre naranjas y verdes; una gama que aunque utiliza colores propios del trópico está bastante tamizada, trasmitiendo una sensación neutral que combina con la apatía y la desidia de una ciudad que queda retratada en todo su esplendor y declive. Casas semiderruidas, soportales en ruinas, paradas de autobuses descarnadas, casas y espacios interiores que parecen de otra era, una locación que rezuma singularidad y que en cierta forma ha sido utilizada como elemento denotativo de una realidad que no es necesario señalar en demasía por su obviedad.

Cuatro estaciones en La Habana

Por otro lado, la serie bebe de la importante cantera de series y programas de televisión de género policíaco que se han producido en el país como el desaparecido Día y Noche, Tras la huella, la serie U.N.O. o algunos teleplays de este estilo. Si bien las influencias foráneas están presentes, podría decirse que la calidad de la producción televisiva cubana está presente en la factura de esta serie que incluye además a algunos de los mejores intérpretes cubanos, como Jorge Perugorría, Carlos Enrique Almirante, Luis Alberto García, Mario Guerra, Enrique Molina o Vladimir Cruz, quienes le dan vida a personajes que son expresión viva de toda una generación, poniendo en ciertos diálogos y situaciones el segundo acento crítico de esta miniserie.

Estrenada en diciembre del 2016 por Netflix, Cuatro estaciones en La Habana ha tenido una gran aceptación entre el público. Nominada en dos ocasiones, gana en este año el premio a la mejor miniserie en los premios Platino al Cine Iberoamericano. Su realización abre el camino de la creación audiovisual cubana, dando a conocer la calidad literaria y técnica que tiene esta industria que aún permanece como una gran desconocida.

Trailer:

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