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Sabuesos temerarios: testigos para la historia

Patagonia

EL SUR TAMBIÉN EXISTE

Desde hace unos días, la Argentina se encuentra convulsionada por la desaparición de un joven durante una marcha de protesta de la comunidad mapuche. Quieren recuperar sus tierras hoy ocupadas por el emporio de Benetton, que posee la friolera de 900.000 hectáreas en la Patagonia. Un desaparecido en democracia es grave, pero más aún para un país que tiene a tantos acumulados desde la última dictadura.

La Patagonia es una tierra extensa y árida, barrida por los vientos, ubicada al sur del país. Arrasada su población ancestral por el presidente Julio A. Roca, en su denostada Conquista del Desierto, fue repartida entre grandes terratenientes extranjeros. Siempre hubo ricos y pobres, en niveles tan extremos que cuesta ponerse del lado de los hacendados, porque las víctimas siempre fueron los peones, que malvivían hacinados y cobraban con vales o con mercancías.

Lo cierto es que esta gran porción de tierra posee cicatrices perennes que se profundizan de tiempo en tiempo. Hoy es el caso de Santiago Maldonado, un joven que apoya la lucha mapuche en Cushamen, al noroeste de la provincia de Chubut. La protesta de un pueblo originario, su demonización y la chilenofobia a la hora de encontrar justificaciones a la desaparición del joven, son resonancias de otros hechos violentos sucedidos en la Patagonia: La Campaña del Desierto (1833-1834), emprendida por Rosas para empujar a los indígenas hacia la frontera con Chile fue sólo el comienzo; la Conquista del Desierto (1878-1885) ya mencionada, con la que se intentó exterminar a un pueblo “invasor” proveniente de Chile, cuando para los mapuches la tierra es de ellos y se extiende de mar (Pacífico) a mar (Atlántico); los fusilamientos de peones (donde también se utilizó el argumento xenófobo) durante las huelgas de 1922; la masacre cometida sobre dieciséis jóvenes militantes peronistas y de la izquierda, que permanecían presos en la cárcel de Trelew (1972)… Lo dicho, son ecos de un mismo discurso y un mismo accionar. Siempre están presentes los hacendados y los campesinos, los militares y los políticos, la represión armada y el tendal de víctimas.

Mientras una parte de la población mira hacia otro lado, los muertos suman y los poderosos siguen enriqueciéndose. Por suerte existen aquellos que se paran en la línea de fuego para oficiar de testigos para la posteridad. Son periodistas insumisos, curiosos y con el talento de encontrar, como un sabueso, dónde están sucediendo los hechos, esos hechos que se esconden en la prensa diaria.

 

Un español en la Patagonia

José María Borrero nació en San Sebastián (España) y se doctoró en Teología y Derecho. Hombre de mundo, después de estudiar en Toulouse (Francia), recaló primero en Perú y luego en Chile, para instalarse en 1914 en la Argentina. En Trelew (Chubut) se dedicó a ejercer la abogacía y más tarde, en Río Gallegos (Santa Cruz), fue nombrado apoderado de la Sociedad Anónima de Mauricio Braun y José María Menéndez. “La Anónima”, como se la conoce desde 1908 hasta nuestros días, tiene una historia a la que es difícil asomarse sin sentir escalofríos. Borrero dirimía sus contradicciones sociales y políticas con la almohada, ya que mientras representaba a importantes jerarcas de la Sociedad Rural de aquel entonces, oficiaba de abogado de la Federación Obrera, que nucleaba a los campesinos. Obviamente, ese cruce de intereses lo llevó a quedar desempleado, dedicándose a su otra pasión, el periodismo.

En 1919, había estallado en Buenos Aires una feroz represión contra los obreros en huelga de los Talleres Vasena, quienes requerían mejoras en sus condiciones laborales. El conflicto no pudo solucionarse entre patronos y rebeldes, por lo que se desató una fuerte represión por parte de grupos armados que obedecían al gobierno del radical Hipólito Yrigoyen. Verdadero antecedente a lo que sucedería en la Patagonia a partir del año siguiente y hasta 1922. Debido a la posguerra, el precio de la lana había bajado abruptamente por la caída de la demanda. Una gran crisis se cernió sobre los terratenientes patagónicos, quienes seguían explotando a los peones para tratar de sacar más ganancias de su negocio. El trabajo inhumano bajo frías jornadas de hasta 16 horas era insostenible. Las protestas no tardaron en aparecer. Los campesinos eran, en su gran mayoría, inmigrantes que habían traído consigo las ideas anarquistas. Sus dirigentes encabezaron las huelgas de 1921, que fueron sostenidas a pesar de la prohibición del gobernador de Santa Cruz. Al incrementarse el poder de la protesta, el gobierno nacional toma cartas en el asunto y envía al teniente coronel Héctor Benigno Varela a hacerse cargo de las negociaciones. Llegaron a un acuerdo, pero por poco tiempo: los hacendados no cumplieron con su parte del pacto y la huelga estalló con mayor fuerza.

Patagonia trágica
Sociedad Obrera en la Patagonia (imagen de archivo)

Los huelguistas sólo pretendían condiciones de trabajo dignas (un sueldo justo, comida en buen estado…). Para la prensa de la época, se trataba de una revuelta obrero-anarquista que venía a imponer el caos en un estado social establecido, donde la inoperancia del gobierno era duramente criticada. Las huelgas, para estos medios, no pretendían mejoras laborales, sino que se trataba de hechos delictivos llevados a cabo por “bandoleros que se titulan obreros” (La Nación, 14 de diciembre de 1921). Sólo se oponían a esta categorización los diarios socialistas y anarquistas. Hoy no estamos muy lejos, ante el caso de Santiago Maldonado y la lucha de los mapuches.

Durante aquellos días, los peones ocuparon los establecimientos y mantuvieron a hacendados y administradores de campos como rehenes. El presidente Yrigoyen volvió a enviar a Varela con una misión: “Vaya y cumpla con su deber”. Esa frase anodina le dio margen al militar para que, apoyado por la Caballería, recuperara las haciendas y exigiera la rendición de los rebeldes, quienes fueron obligados a cavar sus tumbas antes de ser asesinados. Esta locura alcanzó la cifra de 1500 fusilados al finalizar el conflicto.

José María Borrero fue testigo de estos hechos. Basándose en artículos periodísticos y en el registro de las sesiones del Congreso, los relató en un libro que tituló La Patagonia trágica. Salvó de responsabilidad al presidente Yrigoyen y al teniente Varela. Cargó todas las culpas sobre el gobernador conservador Edelmiro Correa Falcón (enfrentado al gobierno nacional y a los radicales, con quienes simpatizaba Borrero). Y prometió una segunda parte del relato… Orgía de sangre, donde se esperaba que develara la autoría intelectual y material de la masacre en las figuras salvadas en su primer libro. Lamentablemente, murió antes de publicarlo y sus manuscritos desaparecieron con él.

Años más tarde, Osvaldo Bayer recuperó uno de los ejemplares de Borrero y luego de una investigación, revivió su historia, publicando Los vengadores de la Patagonia Trágica. Una historia de rebeldía, tragedia y venganzas (1968), lo que dio pie para que Héctor Olivera filmara La Patagonia rebelde (1974), con guion del propio Bayer. Luego de idas y vueltas por el Comité de Censura, la película se estrenó durante el tercer gobierno de Juan D. Perón. Pero al fallecer el presidente, fue prohibida. Su guionista y dos actores (Luis Brandoni y Héctor Alterio), fueron incluidos en la lista negra de la tenebrosa Triple A y partieron al exilio. Mientras el filme era censurado en su país, recibía el Oso de Plata en la Berlinale 1974.

La Patagonia rebelde
Luis Brandoni y Pepe Soriano en «La Patagonia rebelde»

La Patagonia rebelde recrea una disputa ideológica que ese mismo año también se lleva a cabo en la Argentina. Aquella de darle un espacio a la gente que trabaja, la que lucha cada día para sostener la economía de un país, que cada vez más beneficia sólo a unos pocos. Como hoy…

Por eso, juega con matices en la descripción de los personajes, matices ideológicos y políticos que quizá parezcan prehistóricos, pero el sustrato de esas contradicciones siguen latentes. Antonio Soto, “el Gallego”, es un líder campesino, español y anarquista, con principios inamovibles y fuerte compromiso con su lucha, mientras que José Font, más conocido como “Facón Grande”, no posee la educación de Soto, pero es un líder nato que pelea por condiciones más dignas de trabajo. El poder al que se enfrentan está representado por un gobierno provincial (contrapuesto al presidente y defensor de la élite poderosa, formada por hacendados extranjeros y políticos locales, de la que es parte) y por su mano armada: el ejército, dirigido por un militar inflexible, tramposo y sanguinario. La lucha no puede ser más desigual. Ojalá aquel desenlace no se repita hoy con Santiago Maldonado.

 

Un patagónico en los basurales de León Suárez

De Choele-Choel, una colonia irlandesa en la patagónica provincia de Río Negro, era Rodolfo Walsh. Su nombre no podrá ser olvidado, porque tuvo el valor de escribir “Carta Abierta a la Junta Militar”, en la última dictadura argentina, lo que le costó la vida. La biografía de Walsh está plagada de actos valientes como este. Pero el primero, aquel por el cual se dio a conocer, fue desde su labor de periodista, cuando alguien le contó que había un sobreviviente de la terrible matanza que llevó a cabo el gobierno de facto que derrocó a Juan D. Perón del gobierno en 1955. En junio de 1956, un grupo de rebeldes intentó una revolución que devolviera la democracia perdida y a Perón al poder. La asonada fue delatada y cayeron presos militares y civiles rebeldes que fueron masacrados.

Walsh logró entrevistar a Livraga, así se llamaba el sobreviviente, y se animó a escribir en capítulos cortos, como noticias de prensa, las investigaciones que llevaba a cabo. Logró publicar Operación Masacre en un diario de corte nacionalista, Revolución Nacional, y más tarde en el semanario Mayoría, con una introducción que decía: “Esta es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar y casi ni enterarse”. El miedo no es sonso, diría mi abuela.

operación masacre
Fotograma de «Operación Masacre»

En 1959, Rodolfo Walsh viajó a Cuba y creó la agencia Prensa Latina. Su devenir, desde entonces, es más conocido. Pero cuando comenzó a investigar los fusilamientos de junio del 56, Walsh era un periodista en busca de un tema que lo atrapara. Entrevistó a los sobrevivientes, a las familias de los asesinados, a militares y políticos. En su relato, reconstruye las historias de aquellos civiles que cayeron en un basural, cuando los llevaron en autos de la policía, y al grito de “¡Escapen!”, les aplicaron la Ley de Fuga. El autor no nos suelta la mano e  incluye, en su narración, los dilemas que se le presentan para escribir su historia.

Si el libro se escribió en la clandestinidad, durante la autodenominada Revolución Libertadora (1956-1957), Operación masacre, basada en el relato de Walsh, también se filmó en la clandestinidad, durante otra dictadura, la del general Alejandro Lanusse (1972) y fue estrenada en la breve primavera peronista de 1973. Fue dirigida por Jorge Cedrón e interpretada por Carlos Carella, Víctor Laplace, Ana María Picchio, Walter Vidarte y Norma Aleandro… además de Julio Troxler (otro sobreviviente de la fatídica noche), que oficia de narrador. Walsh, Cedrón y Troxler fueron perseguidos y asesinados en la última dictadura y hoy están en la lista de desaparecidos. Los actores, todos ellos, debieron elegir el camino del exilio para sobrevivir.

 

Un tucumano en la Base Almirante Zar

 1972 es el año en que prohibieron Operación Masacre, pero es inolvidable para la historia de los argentinos, porque sucedió un hecho que sería el antecedente directo de la violencia inusitada que se apoderaría del país a partir de entonces. Un grupo de militantes peronistas y de izquierda estaban recluidos en la Base Aeronaval Almirante Zar, un penal patagónico, donde se produjo una fuga masiva. Seis reclusos, dirigentes de importancia en las organizaciones armadas que combatían a la dictadura, alcanzaron a escapar a Chile, donde gobernaba Salvador Allende. Otros diecinueve no llegaron a tiempo y fueron detenidos en el aeropuerto de Trelew. Conducidos a sus prisiones, esperaron pasar la noche mordiendo la rabia de su fracaso. A la mañana siguiente, se comentaba que habían tratado de escapar y se les había aplicado la Ley de Fuga. Sin embargo, hubo tres sobrevivientes que pudieron contar que fueron apuntados y, la mayoría, acribillados en los rincones de sus celdas. Los tres desaparecieron durante la última dictadura militar.

En aquel entonces, Tomás Eloy Martínez había dejado su Tucumán natal y dirigía en Buenos Aires la revista Panorama. Los cables que llegaban a la redacción lo pusieron en estado de alerta. Las noticias se contradecían, según de dónde proviniera la fuente. El Estado aseguraba que había habido una evasión. La gente del lugar afirmaba que había sido una masacre. Martínez fue despedido de Panorama por pedido de los militares a cargo del gobierno. Pero no cesó la búsqueda de detalles para enterarse de lo que había ocurrido en realidad. De la entrevista a los vecinos, a los sobrevivientes, nació La pasión según Trelew. Fue publicado en agosto de 1973 y con cinco ediciones, prohibido tres meses más tarde. Al autor también le costó el exilio cuando triunfó el golpe militar de 1976. En un prólogo posterior, el Tomás Eloy Martínez ubica los hechos en su justa medida: “Las inútiles muertes de Trelew se convirtieron en una semilla de odio. En los dos años que siguieron, no pasó semana alguna sin que alguien sucumbiera por haber sido ejecutor, juez, abogado, sobreviviente o defensor de la matanza. La destrucción de la Argentina empezó entonces en aquella madrugada aciaga de 1972, y fue sucia, sorda, canallesca, como una pesadilla del fin del mundo”.

Rendición en Trelew, previa a la masacre (imagen de archivo)

En 2003, tras veinte años de democracia, Mariana Arruti filma Trelew, un documental que reúne y rescata material de archivo perdido durante los siete años que duró la dictadura militar. La autora se pregunta “¿por qué Trelew en 2003?” y se responde lo que hoy sabemos, Trelew nos explica el presente. Arruti ve en aquellos militantes a un grupo de antihéroes que, además de luchar por el presente y el futuro del país, sabía disfrutar de los pequeños encuentros, porque tenían la alegría del idealista, con la seguridad de que iban a conseguir una patria mejor para sus hijos. El filme está construido por esos recuerdos, por los testimonios de los familiares, por las lágrimas de sus seres queridos… Pero también se afinca en la geografía patagónica, en la playa del lugar, en sus habitantes hoscos que, tras largas horas de ablandamiento, logran expresar todo lo que han callado. “Filmar en Trelew fue una tarea compartida, un crisol de emociones entre los que estábamos detrás de cámara y aquellos otros que nos ofrecían la arcilla para hacer la escultura”, afirma Mariana Arruti.

A la Patagonia la sobrevuelan vientos inclementes y fríos. Quienes la habitan tienen la piel dura y cuarteada. Sus rostros y sus manos desafían cada día el feroz clima. La ambición se ha esparcido sobre esas tierras desde tiempos inmemoriales. Y los poderosos: terratenientes, políticos y militares, explotan, someten y aleccionan a aquellos que los sostienen en sus falsas posiciones. El cine ha recreado estas historias de la mano de periodistas que han sido más testigos valientes que escribas de oficio y que han dejado su huella perenne en la historia de los argentinos.

La Patagonia rebelde, Operación Masacre y Trelew pueden verse en línea.

 

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