Especial aniversario 

Cinco momentos de cine

Reconozco que me ha costado el reto. Elegir cinco momentos cinematográficos que definan mi pasión por el séptimo arte, entre las decenas de películas que he visto a lo largo de los años, ha sido titánico, e incluso demoledor. Porque he tirado de recuerdos, de corazón, de nostalgia, y, desde luego, no están todas las que son. El universo personal de cada uno se compone de infinidad, de lugares y personas conectados a tal o cual obra. Incluso la misma película puede sorprender más de una vez, vista con los ojos del paso del tiempo. Muchos de esos momentos se han quedado por el camino, y con cierto regusto amargo, elijo estos cinco recuerdos de cine que, para bien o para mal, tienen mucho que ver con la persona que he llegado a ser, cuya gran pasión es el CINE, así, en mayúsculas.


01 Batman

Escena de Batman
Batman, Tim Burton. EUA, 1989

La fantasía del recuerdo de infancia

Soy de la generación del VHS, del cine en casa y visitas llenas de emoción al videoclub. Mis primeros grandes momentos son de esa clase, de cintas de plástico que contenían La Guerra de las Galaxias o alguna aventura de Indiana Jones, o la aventura pirata de los Goonies. Pero tengo un recuerdo claro de infancia en la oscuridad de una sala. Un cine de los que ya no quedan, con gallinero, con paradas para cambiar de rollo y comprar chucherías en el kiosco regentado por una señora tan vetusta como el propio cine. Tendría unos 8 o 9 años. El mundo rendido a la batmanía se preparaba para la llegada del oscuro protector de Gotham a las pantallas, en manos del peculiar director Tim Burton. La trotona banda sonora de Elfman nos prometía un extravagante mundo de oscuridad pop, de gótico pasado de vueltas, de reminiscencias a los años 30 envueltos en el retorcido humor negro del Joker. Por primera vez sentí de lleno la magia del cine. El universo de ficción sin límites, donde las imágenes eran protagonistas. Ahí empieza mi auténtica pasión, entre la intimidad de la sala silenciosa y la comunión con el resto de espectadores.

El cine ya no existe (ahora hay un bloque de pisos), y ni siquiera la forma de ver las películas es la misma. Ahora hay Netflix. Pero la pasión sigue, intocable.


02 Blade Runner

Rachel
Blade Runner, Ridley Scott. EUA, 1982

El mañana que nunca fue

Cuando me preguntan quién es mi director favorito, en gran parte de las ocasiones contestaré que el Ridley Scott de sus tres primeras películas (mi respuesta varía dependiendo de la semana o el humor que gaste ese día). Blade Runner también forma parte de esos recuerdos de cine primigenios, de adolescencia refugiada en las películas, en universos de ficción más cómodos que la realidad confusa de esos años en los que la vida adulta empieza a pedir paso. Scott nos prometió un mañana que nunca fue, que ya es pasado, en donde los robots soñaban con la libertad, con amar, con ser. Se rebelaban contra los dioses y pagaban caro el atrevimiento. Roy Batty moría salvando una vida, más humano que los humanos, mientras sus recuerdos se perdían como lágrimas en la lluvia. La poesía excesiva de las imágenes de Scott se quedó en mi retina con toda su grandeza. El Los Angeles lluvioso y decadente se merece el estatus de escenario primordial de mi universo cinematográfico personal.

Rachel no podía vivir, pero… ¿Quién vive?


03 Stalker

Imagen de Stalker
Stalker. Andréi Tarkovsky. URSS, 1979

Bienvenidos a La Zona

Tarkovsky era un genio. Supongo que no descubro nada a nadie con esta afirmación. Rompía los moldes de los géneros a base de puro cine, de meditadas decisiones que dotan de magia rotunda a cada una de sus películas. El particular ritmo de su obra, el gusto por los largos planos, la indagación acerca de la naturaleza humana que esconde toda su filmografía, es de tal calibre que se puede utilizar el trabajo de este maestro como confirmación del cine como arte.

Tarkovsky no era precisamente un fan de la ciencia ficción. Sin embargo, dejó para la posteridad dos clásicos incontestables del género, Solaris y Stalker. En esta última, el director ruso llevaba a la misteriosa Zona el eterno debate entre fe y razón, armado de habilidad superlativa para la construcción del ambiente onírico del no-lugar por definición. La Zona, el misterio, sin tiempo ni espacio y con reglas inquebrantables, fascinante y confusa a partes iguales, un espejo donde la humanidad mira y contempla abismos. Donde algunos ofrecen fuegos artificiales, Tarkovsky regala calma, poderío visual, el posicionamiento inamovible como creador.


04 Vivir

El señor Watanabe
Vivir, Akira Kurosawa. Japón, 1952

Las lágrimas del señor Watanabe

De Kurosawa todos recordamos sus fabulosos espectáculos de samuráis, y la habilidad prodigiosa con la que combinó oriente y occidente en su magistral cine. Sin embargo, Kurosawa también fue un observador privilegiado de la evolución de su propio país, y no son menos rotundos los dramas de calado social y humano que, en ocasiones, quedan en segundo plano por sus grandes éxitos de época.

Vivir recupera un relato de Tolstói, y deja para la posteridad algunos de los más entrañables momentos de la historia del séptimo arte. El llanto del señor Watanabe empaña la triste canción que entona bajo la lluvia. Sepultado su corazón por la inminencia de la muerte, el viejo funcionario es la nostalgia por una vida que nunca fue. Pocas veces se ha plasmado un sentimiento con tanta precisión, de manera tan sencilla y descorazonadora al mismo tiempo. Sin embargo, Kurosawa, desde el humanismo profundo, habla de la redención a través del cambio, de la impronta que podemos dejar a los demás cuando todo ha fallado. Tan bella como dolorosa, Vivires tan grande como la vida.


05 La princesa Mononoke

Mononoke
La princesa Mononoke, Hayao Miyazaki. Japón, 1997

Las otras princesas del cuento

Creo que no agradecemos bastante que Miyazaki se dedique al fabuloso arte de hacer películas. Puede que sea el autor que mejor define eso del para todos los públicos, porque da igual tu franja de edad: siempre puedes sacar algo entre lo didáctico o lo simplemente genial de su obra. Si tengo que rescatar una en particular, me quedo con Mononoke. Miyazaki nos enseñó otra clase de cuento, en el que las princesas no esperan suspirando al príncipe de turno. Son guerreras, protectoras, luchadoras incasables y montan en lobos gigantes. Aprendimos, con dosis ingente de humanidad e inteligencia, que formamos parte de un todo, que la ambición desmedida destruye lo que encuentra a su paso, y que la violencia solo conduce a más violencia. El humanismo y el mensaje ecologista eran dueños de una obra adelantada a su tiempo, sensible e imperecedera, que cuenta con la magistral banda sonora de Joe Hisaisi para redondear el círculo de una película única. No me canso jamás de ver esta maravilla que, espero, siga enseñando grandes cosas a las generaciones venideras.

 

Y estos son mis momentos. Es posible que, si escribiese este mismo artículo mañana, los protagonistas serían un poco distintos. Pero es lo que tiene el tortuoso desafío de seleccionar tan poco entre tanto. De todas maneras, tenemos otros cien números por delante para meditar otros tantos fotogramas. Y que ustedes, queridos lectores, estén ahí para verlo.

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