Críticas

La libertad y sus consecuencias

All Eyes Off Me

Mishehu Yohav Mishehu. Hadas Ben Aroya. Israel, 2021.

La directora israelí Hadas Ben Aroya tiene 34 años. Eso la mete de lleno en el saco de la generación millennial, pero a una cierta distancia ya del fin de la adolescencia de esos chicos y chicas entre los 19-20 años de edad que corretean por su filme All Eyes Off Me. Esa distancia le permite evaluar los rasgos más característicos de su promoción a la vez que se siente partícipe del movimiento.

Contemplamos aquí una reflexión crítica de la directora a una generación que presume estar por encima de las circunstancias, de tendencia despreocupada frente al mundo que voltea a su alrededor. Discuten y charlan sobre la posibilidad del aborto con la misma naturalidad con la que se piden una copa. Pero toda esa verborrea superficial y efectista esconde auténticas preocupaciones internas que no son capaces de manifestar.  Ese es el caso de Danny, una joven que acude a una fiesta con la intención de decirle a Max (un chico con el que tuvo una aventura) que está embarazada. El chico parece haber pasado página, de hecho, está conociendo a Avishag, otra joven invitada a la fiesta y que será la protagonista principal en el segundo y tercer acto. El relato, partido en tres fragmentos, propone una inmersión reflexiva, que no condenatoria, de la problemática de una generación que se siente libre a la vez que insatisfecha.

El primer relato propone una mirada a lo obsoleto que ha quedado ya el mítico cuento de La Cenicienta. La juventud retratada teoriza sobre lo importante del tiempo y el cuidado que requiere una persona amada, con la que se intenta forjar algún tipo de relación sentimental, pero topan constantemente con una comunicación impostada a la vez que son ajenos a las repercusiones futuras de ciertas acciones que no parecen acarrearles responsabilidad alguna. Así pues, sus palabras suelen quedar en saco roto.

Justo al inicio, y antes de entrar en la fiesta, Danny observa cómo una mariposa moribunda lucha en sus últimos momentos de vida. Mientras esto ocurre, se queda pensativa. Y no es hasta un rato después cuando advertimos que le comenta a Max una problemática que parece no tener cabida en un ambiente tan festivo y líquido como lo es una fiesta; ¿por qué si un caballo está muriéndose llamamos a un veterinario y, sin embargo, con una mariposa no hacemos nada? ¿Quién decide qué animal es más importante? Esta reacción espontánea surge de no saber expresar a Max que espera un hijo suyo y el nerviosismo le juega una mala pasada, pero el tema citado no es baladí, pues Danny está hablando de los criterios estéticos de la moral de los que tan fehacientemente platicaba Nietzsche.

El relato central habla sobre la relación entre Max y Avishag, unos recién conocidos que coinciden en la fiesta justo después de hacerse un “match” en Tinder. La naturalidad con la que se presentan aquí los dos protagonistas es casi documental, con una luz natural que ilumina sus cabezas mientras conversan sobre los límites de la sexualidad. Porque prácticamente no los vemos hacer otra cosa, no conocen ni quieren oír hablar de la dieta de cama o el régimen de drogas, así que el sexo y la cocaína ocupa toda la acción mientras que sus palabras van en la misma dirección. Avishag desea verbalizar los límites y explorarlos, y así se lo hace saber a Max. ¿Es esa una nueva búsqueda del amor? ¿Exponer al cuerpo al límite de la violencia para suplantar un vacío que no sale a expresarse? La protagonista se da cuenta enseguida de que lo deseable no es siempre lo más propicio. Existe, aún todo lo dicho, una ternura verdadera, un cierto cuidado cariñoso, un aura de relación seria. Un espejismo, quizás, de sinceridad ante la confusión y las dudas, una ambigüedad que se muestra en el rostro de Avishag antes del tercer acto. Y quizás sea ella la que muestre mejor las deficiencias de su promoción; sentimientos a flor de piel que queman rápido en combustión, de “hacer” intensamente para poco después volver a empezar y desligarse del pasado.

En su tiempo libre, y para ganarse algún dinero, la protagonista cuida de algunos perros en ausencia de sus dueños. Es en la casa de uno de ellos, un hombre mayor que ronda los sesenta, en donde Avishag se queda dormida. La brecha generacional puestos cara a cara es la intención de la realizadora, que muy astutamente los junta en una escena larga de aparente perversión que después termina siendo más dulce que agria. Es aquí donde Ben Aroya vuelve a sacar la barita mágica y nos muestra una escena en donde no hay comparaciones fútiles entre las diferencias de edad, sino que todo termina en una comprensión del tiempo, del pensar, del dejar el cuerpo reposado en el suelo y, medio desnudos, descansar. Quizás el silencio reposado sea la comunicación más eficaz y menos ruidosa a la que Avishag se ha enfrentado jamás.

Radiografía del síntoma, del cuerpo acelerado en su explicitud, de toda esa cortina de humo que aparenta una generación libre pero incomunicada consigo misma, de, al fin y al cabo, como venía diciendo Lipovetsky, una sociedad endeudada con su individualismo. Muy buen acercamiento con vistas de una directora retratista de una realidad global y presente que conmueve reflexivamente y nos adentra en la liquidez sintomática de toda una generación en apenas tres o cuatro personajes.

 

Tráiler:

Ficha técnica:

All Eyes Off Me (Mishehu Yohav Mishehu),  Israel, 2021.

Dirección: Hadas Ben Aroya
Duración: 90 minutos
Guion: Hadas Ben Aroya
Producción: Distribuidora: Best Friend Forever
Fotografía: Meidan Arama
Reparto: Elisheva Weil, Leib Lev Levin, Yoav Hayt, Hadar Katz

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