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Metáforas del purgatorio: bienvenido a Silent Hill

El mundo de la niebla y el otro mundo

«Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.»
(Lucas 12, 58-59)

¿Qué es Silent Hill en realidad? De manera superficial, se trata de una ciudad fantasma ubicada al oeste de Virginia. Dichos lugares, comunes en el imaginario de la cultura norteamericana, debido a la influencia ejercida por la literatura y el cine (Stephen King y su Jerusalem’s Lot uno de los tantos ejemplos), se prestan para el desarrollo de historias aterradoras, categorizadas por la materialización de raeduras baldías delimitadas por sus propias reglas. Aun así… hay algo diferente en Silent Hill. Un trasfondo un tanto más siniestro.

Basada en el videojuego homónimo de Konami, Christophe Gans, director francófono cuyo mayor éxito comercial hasta el momento ha sido El pacto con lobos (Le Pacte des loups, 2001), realizó su versión de la película con bajos recursos para lograr la financiación del proyecto. Es un detalle importantísimo para comprender la relación del autor con su obra, pues más allá del poder estético que la saga ha cosechado en sus entregas digitales, Silent Hill es ante todo una metáfora del purgatorio en el mundo real. Que Gans haya sido un fervoroso seguidor de la serie mucho antes de sentarse en la silla del director (y de coguionista) proporcionó un interesante añadido al contexto simbólico de la película, que no se limitó a ser una mera adaptación, sino que tomó los elementos esenciales del videojuego para transformarlos en un halo de luz propia para su versión en celuloide. ¿Que un director ajeno a la semiótica del material original hubiese podido obtener el mismo resultado? Improbable.

En Terror en Silent Hill (Silent Hill, 2006), Rachel es una madre desesperada por comprender las tribulaciones de su hija Sharon, que sufre ataques agudos de sonambulismo. Noche a noche, sueña con el mismo lugar: ese pequeño pueblito desierto al oeste de Virginia, asolado por una tragedia en la mina de carbón que provocó el incendio de sus edificios y la desaparición de sus habitantes. Las medicinas no funcionan, los ataques son cada vez peores. Contraria a la opinión de su marido, Rachel decide tomar las riendas del problema e ir con Sharon a la ciudad de sus pesadillas.

Rose y Sharon Da SilvaSi algo caracteriza a Silent Hill es que nunca tiene el mismo rostro: siempre cambia, dependiendo de aquel que la atraviese, pues es una reflexión de los miedos más profundos de las almas que osan visitarla; una proyección de un mundo interno. Ilustrando, uno de los fallos de la (por-favor-intentemos-olvidar-que-existió) segunda entrega cinematográfica, Terror en Silent Hill 2: la Revelación (Silent Hill: Revelations 3D, 2012) fue la ausencia de esta concisa premisa, cuya correcta aplicación se aprecia en la secuencia que nos atañe a continuación.

Una vez en la ciudad, Sharon escapa del auto y Rachel emprende su búsqueda a través de las calles cubiertas de ceniza y niebla. A pesar del aspecto del lugar, todavía no es consciente de que algo fuera de lo común está pasando, y esta es una característica que comparte con todos los protagonistas de los videojuegos. El mundo de la niebla es un preludio al purgatorio, un limbo desconcertante al que se llega sin advertir su carácter onírico. En cambio, el otro mundo sí obliga al personaje a enfrentarse consigo mismo, cuando sus demonios internos se materializan ante sus ojos. En el caso de Rachel, sucede en los baños de la escuela primaria.

El elemento que señala la transición al otro mundo es el sonido de una sirena distorsionada. En tiempos de guerra, es bien sabido que las sirenas anunciaban inminentes ataques aéreos a la multitud para que tuviesen tiempo de idear una estrategia de combate o, contrariamente, de huida. Cuando Rachel la oye (ya lo hizo por primera vez al llegar a la ciudad), sabe que “algo” está por suceder, que una inminente y literal oscuridad se abalanzará sobre ella, pero todavía no internaliza su significado. Al accionar su linterna, se da cuenta que las paredes se están desconchando. Lo que hay debajo es agua y óxido.

El agua se introduce en este entorno industrial como signo de purificación. Tanto en el suelo como en las paredes, su presencia también es la causante del óxido: hay una relación siniestra entre estos elementos que se asemeja a la clase de objetivos que posee el purgatorio; la purificación a través del fuego, a través del dolor. El agua limpia, sí, pero es la causante del aspecto enfermizo del lugar. Destruye para dar paso a una creación nueva y pura. Rose continúa mirando alrededor, indefensa, después de atravesar internamente el mismo proceso de desnudez que las paredes. Su otro mundo está estrictamente ligado al de Sharon y a los temores que toda madre tiene respecto a sus hijas cuando se pierden. Entonces, un ruido se oye al final de la hilera de retretes.

Algo se arrastra desde ahí, poco a poco. Se trata de Colin, el conserje, cuya historia se revela casi al final de la película. No obstante, su presencia es uno de los aspectos más importantes. ¿Por qué? Dijimos que Silent Hill cambia dependiendo de aquel que la visita (revelando características psicológicas de dichos desgraciados), y eso incluye también el repertorio de monstruos. Detrás de cada criatura hay un significado, y son estos pequeños detalles los que convierten a la película de Gans en un filme muy valioso. Colin, el conserje, es a su vez el único monstruo creado especialmente para la película, pues los demás salen de los videojuegos, y por tanto, están ideados para la consciencia de alguien más.

Colin, el conserjeEl monstruo de Rose es un hombre lleno de alambre de púas, que se envuelve alrededor de sus tobillos y se enrolla por sus ojos. En esta posición se le hace imposible caminar, así que está condenado a arrastrarse sobre sus genitales. Colin es, primero que nada, la representación del abuso y el acoso, del miedo a que un ser infernal pueda aprovecharse de alguien indefenso. Sus ojos están condenados a no ver, y todo lo que toca con sus manos entra en decadencia, llenándose de hilos rojizos de sangre que se asemejan a articulaciones putrefactas, analogía a algún síntoma enfermizo, como una enfermedad de transmisión sexual. Además, mueve su lengua negruzca de forma sugerente, mientras avanza emitiendo gritos de dolor.

Aunque Rose repudia esta situación y huye aterrorizada, la verdad es que está viendo sus propios deseos hacerse realidad. Lo que le parece horrible e inhumano en su propia negación consciente, es lo que en el fondo desearía que le sucediera a todo aquel que pueda poner una mano sobre su hija. En este momento, el héroe de la historia pasa a convertirse en antihéroe, y el espectador (que ahora es una especie de “dios” al tener acceso desde una perspectiva casi divina a las motivaciones del personaje) puede plantearse la pregunta: ¿de verdad quiero que esta persona salga de aquí? Lo interesante del Otro Mundo es que no siempre enfrente a quien lo habita contra su némesis, sino contra su propia naturaleza, que es mucho más difícil de cambiar, y que no se puede derrotar. El precio que Rose debe pagar para salir de ahí va ligado a la dependencia emotiva que Sharon ejerce sobre ella: sin saberlo, Rose está depositando sobre los hombros de su hija el peso de dos vidas.

Terror en Silent Hill podrá tener sus defectos y no estar libre de pecados, pero es quizás una de las películas de terror más interesantes de la década pasada y que pasó por debajo la mesa. Detalles como el de la secuencia anterior hay regados por toda la duración del filme, y es un buen ejemplo de cómo usar el arte y la ambientación del entorno para decir algo importante (como debe ser).

También cabe acotar que es, por mucho, una de las mejores adaptaciones desde videojuego a la pantalla grande.

 

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