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Vientos de cambio

Es cierto que vivimos tiempos convulsionados. Muchas injusticias sociales -aun no resueltas- han quedado en evidencia, desnudando valores que la sociedad tomaba como normales en el pasado. Y parece que finalmente, un amplio sector de la sociedad ha tomado nota de ello y ha decidido hacer algo al respecto. La fuerza que ha tomado el movimiento feminista en los últimos años es uno de los más claros ejemplos de cambio social, demostrando hasta en el más mínimo detalle que vivimos en una sociedad patriarcal, donde prevalece el hombre, a quien se le atribuyen más derechos que a la mujer. Y si de minorías hablamos, también hablaremos de un rubro que siempre hizo uso (y abuso) de las diferencias que plantea la cuestión: el humor, la comedia.

El chiste suele ser fácil, chabacano, vulgar, racista, clasista, señalando hacia un género, siempre en tono denigratorio. Está apuntado a una porción del público que se reirá incondicionalmente ante cualquier aberración que observe. Ese humor burdo no deja de demostrar que quien lo ejerce, lo hace desde una posición de superioridad, por ejemplo, quien se mofa de la discapacidad de alguien. El efecto del mismo es hacer notar que el otro no podría lograr lo mismo que uno, simplemente por su color de piel o género. Es reírse de algo que solamente existe en el imaginario social (ejemplo, que una mujer no pueda ganar una carrera de autos) para hacerlo tangible (a esa mujer que “no puede ganar la carrera”, la rebajamos a sostener una sombrilla al lado del auto de un hombre, quien se erige en la posición de “gladiador”, “victorioso”). Como se puede observar, son situaciones invisibilizadas, habituales para quien no sufre el simple hecho de que, por ejemplo, su nacionalidad le impida conseguir un trabajo digno en un país que no es el suyo.

En la Argentina surgió, durante los años 60, un grupo de humoristas de gran relevancia, entre los que se encontraba uno de los más grandes del siglo XX, Alberto Olmedo. Junto a Jorge Porcel, Javier Portales, Hugo Moser, Tristán, Gerardo y Hugo Sofovich, entre otros, produjeron una infinidad de películas y programas de TV que hoy bien podrían ser prohibidos al minuto de aire, debido a su gran contenido discriminatorio. Una de las obras más importantes de Alberto Olmedo, El Manosanta está cargado (Hugo Sofovich, 1987) estaba repleta de gags típicos de los personajes de Olmedo: un buscavidas capaz de inmiscuirse dentro de un gimnasio de mujeres, vestido de mujer, con el único objetivo de “masajear” a sus clientas. Allí reside uno de los mayores conflictos que existen con los artistas del estilo de Olmedo. Su histrionismo, su capacidad para ridiculizar situaciones, obliga a efectuar un análisis de su labor que lo sitúa en su propio espacio temporal, es por ello que me pregunto: ¿Es correcto condenar al humorista, o su trabajo reflejaba la sociedad de aquel momento? Considero que si el Negro (como se lo apodaba a Olmedo) hacía lo que hacía, era porque lograba su objetivo, en su caso, hacer reír. Sí creo que actualmente ese humor (que confieso, en algún momento me hizo reír) es retrógrado, no porque nos hayamos vuelto políticamente correctos, sino porque hemos tomado conciencia. Y al tomar conciencia, nuestra sociedad actual no puede permitirse que un comunicador social, al que observan miles, quizás millones, esté mostrando en el prime time de la TV que ultrajar una mujer es algo divertido o gracioso.

Esta situación continuó más cerca en el tiempo, cuando otra camada de humoristas, compuesta por Guillermo Francella, Gino Renni, Emilio Disi y Berugo Carámbula tomaron la posta dejada por Olmedo, Porcel y compañía. El humor era un poco más inocente, pero no dejaba de cosificar a la mujer. Tanto es así, que ya comenzado el nuevo siglo, Francella, erigido como el gran humorista del momento, tuvo su propio programa en TV, Poné a Francella, en el que en uno de los sketchs se aprovechaba de una amiga de su hija, menor de edad, interpretada por Julieta Prandi. En los últimos años, se desató una gran polémica, debido a declaraciones por parte de ambos con respecto a estas escenas, marcando claramente que ese tipo de humor ya no corre más, a pesar de que muchos no lo consideren así.

Si pasamos al plano internacional, gran cantidad de humoristas han jugado con este tipo de humor, que usa las diferencias sociales, de género y de raza como base para reírse de quienes sufren este tipo de acosos. Recuerdo que en algún pasaje de Un detective suelto en Hollywood (Beverly Hills Cop, Martin Brest, 1984), Eddie Murphy se mofa de una pareja homosexual que pasa a su lado, tratándola de “locas”, como si ser gay fuera una enfermedad. Reírse de un homosexual por su elección de vida es de mucha bajeza, pero en otra época parecía ser algo muy normal y socialmente aceptado. Los  Simpsons tienen su propio capítulo (como para cada situación de la vida) en el que tocan la estupidez social que lleva a muchos a reírse de la homosexualidad, pero lo hacen desde una perspectiva crítica, algo que es una constante en la creación de Matt Groening y su cuestionamiento de la clase media estadounidense. Obviamente, este tipo de humor juega con un hilo muy fino, en el que muchos toman chistes aislados, sin ver el mensaje completo. Volviendo a Eddie Murphy, quien según mi opinión es la representación del negro que se ríe del negro, únicamente por su color de piel, con un humor apuntado al público blanco promedio estadounidense, quizás sea su humor tan estereotipado el que lo haya llevado a que su último gran papel haya sido el darle vida a la voz del burro en Shrek (Andrew Adamson, Vicky Jenson, 2001) ¿Se tratará de un humorista que solo sabe hacer humor a partir de reírse de los demás? Es muy probable que su situación artística responda esta pregunta.

Desde otro punto de vista, creadores del estilo de los hermanos Ferrelly, presentan historias un poco más aplacadas en lo que a discriminar en pantalla respecta, pero no dejan de usar estereotipos para hacer reír. En Algo pasa con Mary (There’s something about Mary, 1998), algunos gags llevan a reírse de la discapacidad de Warren, hermano del personaje de Cameron Díaz, o cuando Pat Healy (Matt Dillon) intenta ahuyentar a Ted (Ben Stiller), diciéndole que su amada ya no es la mismo: está en silla de ruedas y engordó extremadamente. Todas estas humoradas estigmatizan, y aunque algunos crean que no, ponerse en la piel de aquel que sufre ante esta falta de humanidad no es algo que puedan lograr todos.

Esta mutación que está sufriendo el humor mundial, en general, no solo ayuda a reconfigurar la calidad del mismo, sino que plantea repensar y cuestionar a quienes consideramos hasta el momento como grandes artistas del género. Debemos entender que el poder de influencia que el cine y la televisión pueden tener sobre las sociedades es infinito, y una de sus responsabilidades es la de emitir un mensaje inclusivo e integrador.  Como cita el escritor español Alfonso Ussia en Del amor, del humor y de la ira: “el humor es la esencia de la sensibilidad, y por ello la mejor arma, nunca destinada a hacer sangre, contra los insensibles”. En pocas palabras, usemos el humor para construir puentes, no muros.

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