Un lugar donde encontrarse

Un lugar donde quedarse

This must be the place. Paolo Sorrentino. Francia, Italia, Irlanda, 2011.

Un lugar donde quedarse nos muestra la vida de la estrella pop retirada, Cheyenne (Sean Penn), con secuelas derivadas de desgracias no superadas, así como por una adicción a la heroína durante su pasado de super star que le ha condenado a un estado de catatonia emocional. Lo que aparentemente parece una monótona existencia alejada de los focos y expiada a un ostracismo autoimpuesto, resulta ser, por un sorpresivo giro argumental, un diferente acercamiento al nazismo y al holocausto, a través de la mirada de un antihéroe que no acaba de encontrar sentido a su vida y arrastra en su carrito su más profunda soledad.

El retrato familiar de la primera parte del film nos muestra a un protagonista deprimido con un look siniestro, estancado estéticamente en la década de los ochenta. Lo que en su día se insinuó como un biopic del líder de The Cure, Robert Smith, queda en un anecdótico homenaje estético mezclado con el personaje de Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, Tim Burton, 1990) que sitúa a la estrella del pop en un universo que ha evolucionado y que lo ha dejado anclado en su propio personaje. Este preludio servirá únicamente para introducir la personalidad del protagonista.

El guión es arriesgado, puesto que parece mostrarnos la trama principal durante la primera media hora del film, con un gran elenco de secundarios, para abandonarlos de manera radical y convertirse en otro tipo de historia y género que seguirá el convencional formato de las road movies. Durante el trayecto, Cheyenne se irá encontrando con interesantes personajes que le someterán a dilemas morales, mientras éste persistirá en una búsqueda que le llevará a reencontrarse con el pasado de su fallecido padre. Los diálogos más significativos del guión surgirán de esos encuentros. Iremos viendo cómo, poco a poco, Cheyenne parece ir perdiendo el maquillaje en cada parada de su viaje, y el director lo utilizará de excusa para introducir su particular crítica al nazismo y su propuesta de venganza.

El ritmo es pausado, y la estructura temporal se articula a base de pequeñas historias contadas por personajes aislados, atormentados por su pasado, los cuales se convierten en alicientes narrativos a través de la anodina mirada de Cheyenne.

La cámara despega del suelo y flota haciendo su particular viaje, a través del espacio libre, y parece navegar sin rumbo fijo hasta que encuentra el rostro de nuestro protagonista, y lo sigue. La película es fotogenia pura: los planos son bellos, cuidadosamente estudiados. La luminiscencia de los exteriores, gracias a la fotografía de Luca Bigazzi, acentúa el paisaje y sus elementos parecen brillar con una fuerza desmesurada: desde Utah a Nuevo México, pasando por Nueva York, alternando el grisáceo tono de la city de noche, los terrenos áridos del desierto y los fríos parajes, donde finaliza la película.

Una escena breve, sin apenas diálogo, es un gran ejemplo de la delicada fuerza narrativa de sus planos: Cheyenne se encuentra en casa de Mary (Eve Hewson), y suena el teléfono. Se presagian malas noticias. Algo tan simple, como descolgar para atender una llamada, corta la respiración del espectador, ante la cuidada forma de narrar sin hablar, de transmitir a través de la imagen. La profundidad de campo con la que Sorrentino filma a Penn en la casa de unas ancianas acentúa lo esperpéntico de la situación, mostrándonos a un Cheyenne gigantesco, desubicado, en un entorno inocente que él sabe que es hostil, y es aquí donde introduce el único fundido a negro, a modo de silencio, de elipsis de contenido de una historia por todos conocida. No hay más que mostrar…

Los recursos audiovisuales de Sorrentino salpican las escenas con imágenes cuidadosamente seleccionadas, con una iconografía en perfecta consonancia con la transformación de su personaje, que facilitará su inserción en determinados ambientes alejados de su apacible vida en Irlanda.

El choque con el pasado vendrá determinado por dos momentos: a través de la petición de un niño que hará que Cheyenne coja por primera vez en años su guitarra, y gracias a ambos, la secuencia se convertirá en una de las más emotivas de la película, en la que Cheyenne, un personaje que nos parecía acabado desde el principio del film, se reencuentra con el pasado de tormentos que sufrió su padre. La secuencia de la confesión supone el punto álgido en el dramatismo de la película y sobrecoge por su dureza y ausencia de efectismos.

Hablar de esta película es hablar de David Byrne, líder de Talking Heads, quien compone, actúa y da título a la película con una de sus míticas canciones, This must be the place.

Son muchos los temas que Sorrentino saca a relucir en esta historia: Los vínculos familiares, los movimientos pop-rock-punk de los ochenta y su significación social, su influencia en la juventud, la decadencia de la estrella olvidada, el respeto y la autocompasión. ¿Qué responsabilidad tienen los artistas sobre la influencia de su propia obra?

Era muy fácil hacer una caricatura plana de este personaje, pero Sean Penn, dejando a un lado lo obvio, crea una composición comprometida, inteligente y conmovedora del personaje. El marcado maquillaje acaba siendo un añadido a una creación magnífica de un antihéroe con un pasado que le ha estigmatizado frente a la sociedad y frente a sí mismo. Su lenguaje corporal, su tono de voz y su total compromiso con el personaje, hacen que su máscara pase a un segundo plano.  La historia involucra a Cheyenne en un conflicto que tenía por completo abandonado (los nazis, ¿no están todos muertos?), y Sorrentino cierra la película de un modo honesto con su personaje, y es ahí donde reside parte de su mérito.

La moraleja de la historia podría ser la reivindicación del sentido del humor, la tolerancia como filosofía de vida y el acercamiento a las raíces del odio para erradicar las penitencias que a veces nos autoimponemos.

Estamos ante un guión repleto de sentimientos supuestos (él no me quería, pero gracias por decirlo),  de las extrañas formas del amor (resulta curiosa la relación materno-filial del matrimonio de Cheyenne) y seremos testigos de la maduración interrumpida de una persona que se cree  insignificante, pero que engloba grandes dosis de sabiduría y filosofía mundana en su interior.

Lo efímero de la fama, la opulencia y la vacuidad interior, la relatividad de la libertad y las ataduras que suponen los sentimientos estancados afloran en una historia con grandes pretensiones narrativas y un ritmo acompasado que nos conducirá a través del particular viaje hacia el fondo del corazón.

Lo que podría haberse quedado en una sucesión traicionera de tópicos, se convierte en un relato de un pasado que impide avanzar hacia un futuro, de penitencias y absoluciones, de reencuentros y desviaciones inesperadas en el camino de la vida que rescatarán la importancia del respeto y la tolerancia como pilares en la evolución personal.

Trailer:

Ficha técnica:

Un lugar donde quedarse (This must be the place),  Francia, Italia, Irlanda, 2011.

Dirección: Paolo Sorrentino
Guion: Umberto Contarello, Paolo Sorrentino
Producción: Medusa Film, Eurimages Council of Europe, Lucky Red, Indigo Film, Element Pictures, ARP Sélection, Pathé, Irish Film Board, Intesa San Paolo, Section 481
Fotografía: Luca Bigazzi
Música: David Byrne, Will Oldham
Reparto: Sean Penn, Eve Hewson, Frances McDormand, Judd Hirsch, Heinz Lieven, Kerry Condon, Olwen Fouere, Simon Delaney, Joyce Van Patten, Liron Levo

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