Series de TV 

The Handmaid’s Tale (El cuento de la doncella)

The Handmaid's Tale

Nolite te bastardes carborundorum
(¡No dejes que esos bastardos te carbonicen!)
Margaret Atwood,  The Handmaid’s Tale. 

Las historias de Margaret Atwood siempre te dejan preguntándote “¿Sería posible que pasase esto?” y respondiéndote “Sí, podría pasar, seguro que está pasando ya”. En su ciencia-ficción no hay viajes interplanetarios con tecnología sofisticada, solo viajes al fondo de la estupidez humana. La novela The Handmaid’s Tale (El cuento de la doncella) se publicó en 1985, un año después de la fecha fatídica propuesta por Orwell. En ella describía una sociedad distópica en la que los ultraconservadores han tomado el poder en la mayor parte de Estados Unidos e implantado la república teocrática de Gilead, en la que las mujeres afortunadas son ciudadanas de segunda y, las menos afortunadas, simplemente esclavas. Debido a la contaminación y otros factores, los embarazos se han convertido en una anomalía por lo que las mujeres fértiles son muy valoradas y constituyen una clase aparte: las criadas. Visten una túnica roja y una cofia blanca que las impide ver hacia los lados y ser vistas. Son destinadas a las casas de la clase dirigente –parejas estériles en su mayoría– para servir, más que como esclavas sexuales, como esclavas reproductoras. Los señores tienen sexo con ellas de forma aséptica y brutal al mismo tiempo, en presencia y con la colaboración de sus esposas; y los hijos así engendrados les pertenecen legalmente a ellos. La narración era en primera persona, desde el punto de vista de una criada, Offred (los nombres de todas las criadas empiezan por of, “de”, seguido por el nombre del señor a quien pertenecen, así Offred significa “De Fred”). Esta terrible historia fue adaptada al cine en un guion de Harold Pinter y dirigida en 1990 por Volker Schlöndorff, pionero del Nuevo Cine Alemán, de quien ahora tenemos en las pantallas Regreso a Montauk (Rückkehr nach Montauk, 2017). No fue fácil  llevarla a cabo porque su contenido feminista era demasiado radical para la mayoría de los estudios de cine, incluso costó encontrar una actriz que aceptase encarnar a Offred; finalmente se interesó la actriz inglesa Natasha Richardson, hija de la muy militante Vanessa Redgrave. Era una buena adaptación de la novela original pero no tuvo éxito de público ni de crítica. La historia sigue siendo impactante pero la factura de la película no está a la altura y la decisión de suprimir la voz en off de June/Offred narrando su propia historia y sus recuerdos, en mi opinión  le quita gran parte de su fuerza. El resultado fue desastroso desde el punto de vista comercial y a ninguna productora se le hubiese ocurrido volver a intentarlo hasta que la irrupción de las nuevas series de televisión a principios del siglo veintiuno cambió todas las reglas. Es pronto para saber si una historia como esta tiene ahora más aceptación porque la sociedad es menos conservadora, porque los nuevos formatos de exhibición permiten hacerla llegar a su audiencia natural o, simplemente, porque está mejor hecha. Pero me inclino por una combinación de las últimas dos opciones; no creo que la sociedad, sobre todo la norteamericana, sea ahora menos conservadora, de hecho con la presidencia Trump, Norteamérica está más cerca de la república distópica de Gilead de lo que ha estado nunca. Y, lo que es seguro, es que The Handmaid’s Tale, la serie, está muy bien hecha, hace honor a la extraordinaria novela de Atwood y lleva la historia hacia territorios inexplorados.

The Handmaid's Tale

El reparto es, sencillamente, perfecto. Elisabeth Moss, la inolvidable Peggy de Mad Men, transmite de forma conmovedora la compleja psicología de June/Deffred, sus deseos de vivir y de resistir suprimidos hacia el exterior y cada vez más fuertes en su interior. Yvonne Strahovski (Dexter) en el papel de esposa del Comandante Fred, demuestra que es una estupenda actriz, hasta ahora oculta tras su belleza; compone un personaje frío y complejo, atrapado en una maraña de principios absolutos y deseos reprimidos.

Joseph Fiennes en el papel de Fred tiene que esforzarse mucho como intérprete –y como personaje– para estar a la altura de ellas; no lo consigue del todo pero el esfuerzo tiene mérito. Y no hay que olvidar a la extraordinaria actriz secundaria Ann Dowd, una tía Lydia (las “Tías” son las tutoras de las Criadas) difícil de superar, un personaje tan inquietante y contradictorio como el que fue capaz de construir en la estupenda The Leftovers (2014-17). La cuidada ambientación consigue hacer creíble una Norteamérica actual con cadáveres de ahorcados colgados en las fachadas y en los puentes, y con mujeres vestidas con hábitos, caminando con la cabeza gacha. Los interiores, la forma de iluminarlos, recuerdan a la pintura flamenca, supongo que se intenta transmitir uno de los objetivos de la República de Gilead: devolver el hogar a un estado anterior a las ideas sobre igualdad. El resultado son unas atmósferas que consiguen ser acogedoras y opresivas al mismo tiempo y que elevan mucho el nivel cinematográfico de la serie. Los recuerdos de un mundo pasado pero no lejano en el que las mujeres tenían derechos y la religión era solo una opción más, resuenan en las palabras de June/Offred cuando nos habla desde la soledad de su habitación y  su nostalgia por este mundo que ahora tanto criticamos nos interpela sobre lo fácil y lo terrible que sería perderlo. 

Su capacidad para la compasión en situaciones extremas, su pragmatismo, su inteligencia y capacidad de adaptación hacen de ella una heroína inspiradora como pocas. El coito ritual, con la esposa sujetando los brazos de la Criada, sin caer en ningún exceso ni truculencia, es de lo más brutal –por su significado, no por sus imágenes– que se ha visto en una pantalla. Hay lapidaciones y amputaciones disciplinarias –como ocurren realmente en el mundo– y en ningún momento se hace la menor concesión al posible morbo del espectador, ningún resquicio que haga la brutalidad atractiva, son escenas para pensar. The Handmaid’s Tale, un cuento al fin y al cabo, cuestiona nuestra realidad política e ideológica sin dejarnos escapatoria. La primera temporada ha agotado el material de la novela. No dudo de que Margaret Atwood, implicada a fondo en la serie, tiene montones de ideas provocadoras para la segunda.

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