Críticas

Un aporte más a la confusión general

Suicide Tourist

Selvmordsturisten. Jonas Alexander Arnby. Dinamarca, Noruega, Alemania, Suecia, Francia, 2019.

Suicide Tourist, cartelEl pasado jueves 3 de octubre se vivió en el Festival de Sitges la premier mundial de esta producción danesa que, sobre la base de una ficción, se mete con el polémico tema del suicidio y la eutanasia. O quizás no. Porque tanto su director, Jonas Alexander Arnby, como su protagonista Nikolaj Coster-Waldau, se encargaron de negar esa cuestión en la conferencia de prensa. Es que según ellos, Selvmordsturisten –así se titula el film en el original danés–, utiliza la palabra “suicidio” para impactar más que para basar su argumento. Max, (un Coster-Waldau que ya demuestra que es mucho más que el archifamoso Jaime Lannister de Juego de Tronos, la serie de HBO convertida ya en fenómeno, que lo catapultó al estrellato), es un agente de seguros que, mientras investiga la desaparición de Arthur, un asegurado que ha dejado como beneficiaria de la póliza a su mujer, es diagnosticado con un tumor cerebral irreversible. La situación de crisis terminal que trata de ocultar a su esposa Laerke (Tuva Novotny, de muy sólida actuación) lleva a Max a dos intentos frustrados para quitarse la vida, hasta que encuentra una forma de lograrlo. Aurora es un hotel clandestino enclavado entre montañas surcadas por un estrecho río de deshielo, absolutamente alejado de toda civilización, cuya especialidad es proveer a enfermos terminales la solución que están buscando: morir, dejar este mundo de manera digna.

Mal que les pese a los realizadores, lo interesante del planteo de la película es que la excusa del suicidio se transforma en un gancho ideal para el debate sobre el derecho a decidir la propia muerte, encarnado en la figura de Max, que llega a cuestionarse la verdadera naturaleza de la vida y la percepción que él mismo tiene de su propia realidad, y decide contratar los servicios de Aurora, para evitar el sufrimiento y la agonía de la enfermedad, tanto a él como a su mujer. Aunque peca quizás de un ritmo cansino, en algunos momentos, en exceso, la primera mitad del film logra crear una atmósfera agobiante para transmitir la depresión del protagonista, a través de un tratamiento muy cuidado de la iluminación y el color, que redunda en tonos oscuros y fríos, grises, negros y azules, de encuadres estáticos con planos medios o primeros planos, y una textura musical minimalista. Sin embargo, la propuesta conceptual que venía cautivándonos a medida que avanzaba el metraje, donde se hacía más interesante, esto es, en la disquisición existencial, en la ética de la vida o la muerte y su manipulación contractual entre un alma desahuciada y una corporación de objetivos no del todo claros, comienza a diluirse justamente cuando introduce secuencias de cierta acción que, aunque contenidas, se acercan bastante al thriller más convencional. Contra el clima y el planteo original también conspira, por ejemplo, una escena en la que otra interna intenta escapar del establecimiento, luego de arrepentirse en su decisión de “finalizar” su existencia, y es perseguida y ejecutada por personal del hotel, ante la atónita mirada de Max y otros “clientes”. Es que el contrato no incluye una cláusula de arrepentimiento. El final acordado es irrevocable, situación que de inmediato obliga a una reflexión: ¿cuál sería la razón para no incluir dicha cláusula? No parece muy lógico que alguien que contrate semejantes servicios renuncie a la opción de rescindir el contrato para seguir viviendo, aunque fuere por el escaso tiempo que le quede. Y, ¿qué llevaría a una empresa como Aurora a cerrar dicha posibilidad?

Para decepción de quien escribe, y para muchos de los que participamos de la conferencia de prensa en Sitges, los realizadores se encargaron de dar por tierra con algunos símbolos que varios habíamos creído detectar al visionar la cinta. Uno de ellos, que parecía muy claro y evidente, era cierta referencia a la película El rey león (The Lion King, 1994), la famosa cinta de los estudios Disney, ya que uno de los métodos para disponer del cadáver una vez cumplido el contrato, se denomina Circle of Life, y consiste en colocar el cuerpo dentro de una enorme maceta como abono para el crecimiento de una planta y, además, en una escena aparece un gato cuya dueña llama “Simba”. La inmediata identificación con el clásico de Disney es inevitable. Sin embargo, ante la ajustada pregunta de un colega, el director se mostró sorprendido, tanto que ni siquiera registraba el nombre del gato, y manifestó que no había tenido en cuenta el antecedente disneyano. Demasiada casualidad.

El otro símbolo que claramente se presentaba a quienes lo quisieran ver, era una referencia visual centrada en la vestimenta que lucían los internos del hotel, los enfermos terminales. Todos llevaban pijamas, y ese atuendo, en los hombres era a rayas. Sumado ello a la oscurísima ambientación del hotel, sus negras instalaciones cementosas de aspecto fabril, los diminutos dormitorios asignados a los internos, pasillos estrechos, y la presencia de personal de seguridad y un director de inquietante personalidad, todo indicaba que el establecimiento se parecía, mucho, a un campo de concentración nazi de la Segunda Guerra Mundial. Pero no. Otra vez Arnby se encargó de negar lo que parecía evidente.

En sintonía con todo ello, Coster-Waldau intentó explicar que “el derecho a la muerte es algo muy íntimo”. La polémica parecía quedar planteada en la propuesta de Suicide Tourist, pero, lamentablemente, se queda a mitad de camino, en esencia porque el guion no termina de definir cuál es su objetivo, qué es lo que quiere contar, y la contradicción la plasman los propios realizadores cuando niegan que la película trate de la eutanasia o el suicidio asistido. Pues entonces, ¿de qué va la película? Si lo que buscaban era hacer un thriller o incursionar en el fantástico (que vamos, de eso va el festival), pues han fallado, porque no es ni lo uno ni lo otro. Solo hay escarceos de esos géneros. Y si no pretendían la reflexión, pues nos hubieran ahorrado el esfuerzo.

La impresión de desconcierto se sella en la seguidilla de secuencias que llevan al desenlace (?), que por supuesto no voy a revelar. Una sucesión de planos pretendidamente oníricos, con aparente presencia divina incluida, transfiguraciones de personajes secundarios y demás yerbas, que no hacen más que contribuir a la confusión general. Si ese era el objetivo, pues lo lograron.

Suicide Tourist pudo haber sido una gran película, si en lugar de intentar elevarse en un misterio sin resolver, untándose una máscara de supuesta intelectualidad que se revela ficticia, en especial en el pretendido final abierto, hubiera ido al grano, desarrollando lo que tenía ahí, al alcance de las manos, sin darle muchas más vueltas. Termina siendo un film fallido, tanto como los intentos de suicidio de su protagonista.

Tráiler:

Ficha técnica:

Suicide Tourist (Selvmordsturisten),  Dinamarca, Noruega, Alemania, Suecia, Francia, 2019.

Dirección: Jonas Alexander Arnby
Duración: 90 minutos
Guion: Rasmus Birch
Producción: Snowglobe Films, Mer Film, Garage Film AB, Film i Väst, Charades, DCM Productions, ZDF/Arte
Fotografía: Niels Thastum
Música: Mikkel Hess
Reparto: Nikolaj Coster-Waldau, Kate Ashfield, Tuva Novotny, Jan Bijvoet, Robert Aramayo, Sonja Richter, Johanna Wokalek, Slimane Dazi, Kaya Wilkins, Peder Thomas Pedersen, Mette Lysdahl, Vibeke Hastrup, Anders Mossling, Solbjørg Højfeldt, Lorraine Hilton, Per Egil Aske, Christine Albeck Børge

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