Festivales 

SEMINCI 2019

64ª EDICIÓN DEL FESTIVAL DE CINE DE VALLADOLID

Una cosecha con emociones dosificadas

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Acaba de finalizar otra edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, concretamente la número 64. Entre los días 19 a 26 de octubre, hemos tenido la oportunidad de presenciar una nueva Sección Oficial de Cortometrajes y Largometrajes centrada en el cine de autor, además de las ya tradicionales Secciones de Punto de Encuentro y Tiempo de Historia. El país invitado en esta ocasión ha sido Georgia y se ha dedicado un ciclo especial al cine chino del la última década. Por lo que respecta a la cinematografía georgiana, en una trayectoria que acumula ya más de un siglo, se ha evolucionado en consonancia con la política, la economía, la sociedad y la cultural del país. Un camino que se ha retroalimentado mutuamente y que continúa en la exploración de nuevos recorridos y formas de expresión. En cuanto al cine producido en China en los últimos años, destaca a escala mundial por sus diferentes expresiones creativas y aventuras formales que han ido triunfando en muchos y distintos festivales. Una producción que, además, debe sortear la censura de un aparato político suspendido en el pasado, mientras jóvenes cineastas abordan problemáticas del presente con vigor y riesgo. 

Por otra parte, debemos destacar la celebración, entre las múltiples actividades del certamen,  del III Encuentro de Mujeres Cineastas, que ha conseguido reunir a veinte directoras. A partir de la constatación de datos tan significativos como el porcentaje total de realizadoras entre las películas producidas en el siglo XXI en España (12% del total) o la dificultad de dirigir segundos o posteriores filmes, han elaborado una serie de conclusiones. Entre ellas, la necesidad de potenciar las asociaciones profesionales de mujeres del sector, de fomentar la presencia en la escuela del cine y en especial, del dirigido por féminas, de establecer medidas de discriminación positiva y de regular la paridad en comités, jurados o equipos de selección en festivales. Como afirman en sus conclusiones de forma clarividente, “no se trata de cine de mujeres sino de mujeres haciendo cine”.

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La Sección Oficial a competición de largometrajes ha contado con dieciocho, trece de ellos de producción europea. Se ha conseguido reunir a siete mujeres directoras, un esfuerzo sin duda a la vista de de las estadísticas, pero algo lejos del que se realizó en 2017. En cuanto a la asistencia en salas, parece que se ha incrementado ligeramente el número de espectadores. Lleva su mérito, teniendo en cuenta el frío y la lluvia que ha acompañado, inusual en los últimos años. Aunque visualmente no hemos percibido un relevo generacional en los pases presenciados, nos ha impactado unos datos ofrecidos por el director del Festival, Javier Angulo,  a su término. Parece ser que se han volcado para que las nuevas generaciones se acercaran al cine. Escolares en número de 30.000, procedentes de la provincia de Valladolid u otras cercanas, han asistido a proyecciones. Pues bien, y de ahí nuestro asombro: aproximadamente un 60% de los mismos jamás habían pisado una sala de cine. Y para acabar con este breve resumen inicial, en lo que respecta a la calidad de las obras, hemos notado que el nivel medio no ha estado a la altura de otras ediciones. Y ello a pesar de haberse apostado por autores de dilatada trayectoria como Jean-Pierre y Luc Dardenne, Goran Paskaljević, Grímur Hákonarson o Benito Zambrano. Ni hemos encontrado nuestra película del certamen, ni muchas de ellas han despertado emociones a las que la Seminci nos ha ido acostumbrando. Un nivel medio tendente a la mediocridad, que esperamos se supere en próximos años. Eso si, a favor del trabajo del Festival hay que señalar que en esta edición, la presencia de autores y otros profesionales responsables de las obras proyectadas ha sido mayor que en certámenes anteriores.

El realizador español, Benito Zambrano, inaguró el Festival con Intemperie, una obra basada en la novela homónima de Jesús Carrasco. Tras largometrajes tan potentes en temática y denuncia como Solas (1999) o La voz dormida (2011), en esta ocasión, desconocemos si como “obra de encargo”, se ha interesado por un western crepuscular que se desarrolla en Andalucía, siete años después de finalizar la Guerra Civil. Lo más destacable del filme es su puesta en escena,  en un rodaje situado en espacios naturales que nos transmiten sinestesias diversas. Unos paisajes que son de la región andaluza, pero bien podrían corresponderse a desiertos de Marruecos o Texas. El largometraje narra las vicisitudes de un crío de doce años, empujado a huir hacia la nada ante los abusos sufridos por el cacique del lugar. Hambre, analfabetismo, miedo, violencia, sumisión…Un mundo embrutecido que se recrea con acierto. Una película de hombres que deja una sensación de “ya visto”. Un filme de aventuras que promete más de lo que termina aportando.

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Da cven vicekvet  (And Then We Danced) es un largometraje procedente de Georgia, el país invitado, realizado por Levan Akin. La película, siguiendo a Merab, un bailarín de la Compañía Nacional de Danza, intenta reflejar la situación actual de la nación. En la misma, a pesar del empuje de las nuevas generaciones, continúa la dominación de la Iglesia ortodoxa y las capas más tradicionales. Una sociedad patriarcal que persiste en separar muy definidamente los géneros masculinos y femeninos y en donde no hay cabida para los que se salen del cauce establecido. Con un ritmo ágil y una visión muy costumbrista, observamos con horror la homofobia dominante. 

Islandia ha estado representada en la Sección Oficial por dos largometrajes. El primero de ellos es Bergmál (Eco) del director Rúnar Rúnarsson. Una supuesta propuesta rompedora que no nos ha resultado como tal. El filme, de 79 minutos, se compone a través de 58 escenas desconectadas, que linealmente recorren unas navidades en el país. En realidad, se trata de trasladar a la pantalla lo que literariamente sería una novela de microrrelatos. Y con el intento de abarcar el máximo, lo que realmente se produce es no profundizar en nada. La segunda película islandesa ha sido Héraðið (The County). Está dirigida por Grímur Hákonarson, un director ya conocido en el Festival al ganar en 2015 la Espiga de Oro por Rams (el Valle de los Carneros) (Hrútar). En esta ocasión, sin salirse del mundo rural, aporta una visión más social y menos familiar, a cuenta de las desventuras de una mujer, Inga, en su impotente lucha contra la corrupta cooperativa local. Con acertada planificación y buenas interpretaciones, las emociones permanecen contenidas y se abusa del apoyo de la palabra frente al poder de las imágenes.

De directoras de raíces árabes, hemos presenciado varias propuestas, la mayoría situadas en un pasado reciente. La más olvidable es la de la franco-tunecina Manèle Labidi. Su protagonista es Selma. Con 35 años, pretende volver a Túnez, un país del que había salido de niña con sus padres, para montar una consulta psicoanalítica. El mayor inconveniente del filme es intentar convertir en una comedia lo que en realidad es un drama. Además de no ser bien recibida por los propios tunecinos, que no entienden esa vuelta tras las revueltas de la Primavera Árabe, Selma deberá enfrentarse a la incomprensión hacia su trabajo y a las corruptelas locales. Un discurso que se muestra como feminista con mujer liberada y que acaba hasta enfureciendo con lo más rancio. Por su parte, la directora de origen argelino, Mounia Meddour, nos ha ofrecido la propuesta que más hemos apreciado de la Sección Oficial, a pesar de haber alargado el filme unos minutos de manera innecesaria. Se trata de Papicha, una obra que se sitúa en Argel, años 90, en mitad de la guerra civil argelina. Nedjma, la protagonista, estudia en la universidad y junto con algunas compañeras, pretende abrirse paso en el mundo de la moda. Un largometraje emocionante que muestra una lucha feroz contra el machismo y la intolerancia que se pretende imponer con violencia a toda la sociedad. Con una puesta en escena valiente, con cámara convulsa como los acontecimientos, consigue despertar, esta sí, profundas emociones ante la razón de la fuerza, imponiéndose a la fuerza de la razón.

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Por su parte, Maryam Touzani, realizadora nacida en Tánger, ha presentado su primer largometraje, Adam. Con un envoltorio de fábula, narra la historia de dos mujeres en Casablanca, de Samia y de Abla. La primera llega a la ciudad embarazada, a punto de dar a luz, sumida en la pobreza, sola y sin lugar en el que alojarse. Por su parte, Abla, vive con su hija pequeña y se ocupa de las labores domésticas, además de vender pasteles que ella misma elabora en su propia vivienda. La evolución de la relación entre las dos mujeres conformará el filme con bellas e intensas imágenes. Con esa atrayente fotografía, la cámara sabe detenerse cuando toca y revolucionarse en los instantes de tensión. El filme cuenta con una atractiva primera parte, que va decayendo conforme avanzamos hacia el final, en donde la reciente maternidad toma un protagonismo absoluto, alargado y repetitivo en exceso. 

Kız Kardeşler (Cuento de tres hermanas) del director Emin Alper es la aportación de Turquía a los largometrajes de la Sección Oficial. Basándose en su propia experiencia, el autor dirige su mirada hacia una aldea de Anatolia y en la existencia y destino de tres hermanas. Centrada en los años noventa del siglo pasado, ofrece un patriarcado de dueños y siervos en el que la única salida de nuestras jóvenes protagonistas es el abandono del pueblo, una zona aislada y en la que no tienen más posibilidades que casarse y dedicarse a las labores domésticas. Pero tristemente, dicho alejamiento, que si se produce es recibido con alborozo, consiste en ir a la ciudad como criadas del o de los caciques del lugar. Con un ritmo muy lastrado, el filme se va hundiendo con los abundantes diálogos de presencia masculina en estatismo, mientras consigue ciertos destellos cuando las chicas obtienen su dosis de protagonismo en pantalla. 

El “escándalo” del Festival llegó con la segunda proyección española. La película El plan, de Polo Menárguez, basada en una obra de teatro de Ignasi Vidal, se centra en los acontecimientos sucedidos una mañana en un piso de Madrid, con la reunión de tres amigos. Se juntan para ejecutar el plan del título. Los inconvenientes y las discusiones se sucederán, mientras asistimos a un ambiente de machos exacerbados. Basada en un magnífico guion, consigue mantener la atención del espectador moviéndose con soltura entre el mobiliario del apartamento. Largometraje asfixiante, de primeros planos y grandes interpretaciones, que además cuenta con un final inesperado e impactante. La polémica vino por parte del público y la crítica, que no supieron disociar entre la aberración y los intentos por entenderla. En cualquier caso, la libertad de expresión y de creación debe prevalecer siempre, aunque no agrade lo dicho o creado.

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De América se proyectaron dos filmes. El primero, Hombres de piel dura, del argentino José Celestino Campusano. Cineasta de dilatada trayectoria que arriesga con proyectos radicales e irreverentes, en esta ocasión, con dos historias paralelas, elabora un retrato de la homosexualidad en zonas rurales, así como de la pederastia en la Iglesia católica. Dos tramas que confluyen y que dejan el sabor amargo de la impunidad, el corporativismo y la intolerancia. De Brasil se pudo contemplar el largometraje de Karim Aïnouz, A Vida Invisível de Eurídice Gusmão (La vida invisible de Eurídice Gusmão). Partiendo de Río de Janeiro, 1950, nos acerca a la existencia de dos jóvenes hermanas inseparables, una dedicada al piano y la otra a los amoríos. Basado en la novela homónima de Marta Batalha, con lirismo, color y sosiego van pasando años, acontecimientos y resentimientos. Mientras tanto, en un metraje demasiado alargado, vamos contemplando una sociedad caracterizada por machismo, clasismo y racismo; vamos, el lote casi completo. 

El mundo de los refugiados llegó de la mano del realizador serbio Goran Paskaljević, ganador de tres Espigas de Oro. Con Nonostante la nebbia (A pesar de la niebla), se sitúa en Roma, en la época actual. Paolo, el dueño de un restaurante, recoge una noche lluviosa a Mohammed, un niño que acaba de escapar de un centro de refugiados. El chiquillo es acogido en su casa por Paolo y su mujer, Valeria. El matrimonio acaba de perder a un hijo y ese es el principal problema que lastra al filme. Lo que se muestra en el largometraje con preferencia no es la insoportable situación de los miles de refugiados, niños y mayores, que huyen de sus lugares de origen por pura supervivencia. No, lo que parece que importa son las necesidades de Valeria y no del crío, que es utilizado como un juguete, una especie de milagro enviado por el dios católico para reparar injusticias previas. La obra rezuma una religiosidad pegajosa e intolerante que parte de un guion fallido en esencia. También otros realizadores muy conocidos y premiados en el Festival, los hermanos Dardenne, exhibieron su último largometraje, Le Jeune Ahmed (El joven Ahmed). El chico del título tiene trece años y, en la Bélgica actual, empieza a contaminarse con el discurso de odio, intolerancia y radical del islamismo más extremista. Con los cineastas Dardenne en su misma línea de cine social, cámara en mano, propuesta supuestamente descuidada y único punto de vista narrativo, realizan una obra correcta que no sorprende, excepto por un desenlace final, cuanto menos incomprensible. 

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Cat in the Wall (Un gato en la pared) es la obra presentada por dos directoras búlgaras, Mina Mileva, Vesela Kazakova. Desarrollada en Londres, intenta una mirada sobre los habitantes de un edificio afectado por planes de gentrificación, desde el prisma de dos hermanos, emigrantes búlgaros. El problema del filme es su poca claridad en el abordaje de los temas más atrayentes, mientras se entretiene en otros que no aportan interés. Además, cuando sube el tono y empezamos casi a ver una película cuasi documental a la manera de Ken Loach, la misma se acaba. Otra obra costumbrista que nos ha parecido insustancial es The Farewell, de la cineasta, nacida en China, Lulu Wang. Una película sobre la forma de abordar en familia enfermedades terminales. Y mientras en Oriente se imponen hipocresías, nos empapamos de la forma en que se organizan y celebran las bodas en el país asiático. Nada nuevo bajo el sol, por cierto. 

Para terminar este recorrido por la mayor parte de las obras que han conformado la Sección Oficial del Festival, acabaremos por el largometraje procedente de Mongolia que acaba de obtener la Espiga de Oro, Öndög (El huevo del dinosaurio), del realizador Wang Quan’an. Con formato documental, el filme se detiene en la estepa mongola, con la recreación de paisajes e instantes rutinarios, bellamente fotografiados. Partiendo de la excusa de un asesinato, la obra se sustenta en un argumento mínimo, centrándose en las duras condiciones de vida del lugar. Con un encuadre muy cuidado, el filme destila encanto, mientras se regodea con evidente plasticidad estética en la existencia de una pastora de la zona, independiente y fortalecida por entorno y circunstancias. 

En el siguiente enlace pueden consultar el palmarés completo de la presente edición.

https://www.seminci.es/ondog-de-wang-quanan-se-alza-con-la-espiga-de-oro-de-la-64-seminci/

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