Reseñas 

Ray Harryhausen: el legado de la fantasía

Ray HarryhausenRay Harryhausen murió el pasado siete de mayo en Londres a los noventa y dos años de edad, y la tristeza por la noticia ha estado acompañada del renacer de una nostalgia que había comenzado a sentirse hace más de tres décadas con Furia de titanes (Clash of the Titans, 1981). La última película en la que participó como creador de los efectos visuales, entre ellos Pegaso, caballo alado de Perseo, y el búho mecánico Bubo, ya parecía en el panorama comercial de entonces un producto hermoso pero anacrónico por lo que respecta al uso de la animación en stop motion. En eso y la técnica de la Dynamation, que creó para mejorar la interacción entre los efectos visuales y los actores, se basaba la fama de Harryhausen desde el éxito de taquilla del filme de bajo presupuesto El monstruo de tiempos remotos (The Beast from 20.000 Fathoms, 1955), dirigido por Eugène Lourié, y su carrera había llegado a su punto culminante en 1963, con las secuencias en las que los héroes luchan contra siete esqueletos y contra la hidra de siete cabezas en Jasón y los argonautas (Jason and the Argonauts), dirigida por Don Chaffey.

harryhausen2“Lo que Harryhausen y su productor y socio, Charles H. Schneer, hicieron fue sembrar las semillas de la imaginación de la siguiente generación de cineastas: Spielberg, Lucas, Peter Jackson y un sinnúmero de otros”, escribió el conocedor del cine Leonard Maltin en su blog de Indiewire, y agregó: “Cuando George Lucas dice que sin él probablemente no hubiera existido La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977), no exagera”.

Sin embargo, fue ese filme el que comenzó a relegar las viejas técnicas, al establecer otro estándar de verosimilitud para los efectos visuales. Irónicamente, si Willis O’Brien, el animador de los dinosaurios de El mundo perdido (The Lost World, 1925), inspiró a Harryhausen a hacer cine con su trabajo en King Kong (1933), los dinosaurios fotorrealistas creados por computadoras para Jurassic Park de Steven Spielberg (1993), que en ese filme coexistían aún con los de stop motion y animatronics –muñecos mecánicos–, convirtieron en especie comercialmente en extinción a los que se disputan al personaje de Rachel Welch en Hace un millón de años (One Million Years B. C., 1966), creados también por Harryhausen.

¿Cuál sería entonces la vigencia del legado de este artista? Para responder esa pregunta hay que comenzar por lo que dijo en el documental The Harryhausen Chronicles (1998): “La fantasía es esencialmente un mundo de sueños, un mundo imaginado, y no creo que ustedes quieran que sea muy real. Ustedes desean una interpretación”. A eso añadía una distinción entre ciencia ficción y fantasía: “La ciencia ficción del cine generalmente se ocupa de la predicción (o intentos de predecir) hechos del futuro en la relación del hombre con los instrumentos y las máquinas. La fantasía tiene más que ver con los mitos, el pasado, conceptos insólitos y el romanticismo gótico, y por ende ofrece más amplitud para una diversidad de imágenes e ideas. La fantasía tiene un atractivo poético que irradia del romance y de la calidez, mientras que la ciencia ficción, con todas sus preocupaciones por las máquinas, la política y el aparataje científico, tiene una tendencia a reflejar frialdad e indiferencia”.

harryhausenEso último lo escribió para el folleto de la recopilación de tres de sus primeras películas en DVD publicada por Sony. Harryhausen aseguraba que La tierra contra los platillos voladores (Earth vs the Flying Saucers, 1957) y La gran sorpresa (First Men on the Moon, 1964) fueron los únicos filmes de ciencia ficción en los que trabajó. Pero Surgió del fondo del mar (It Came from Beneath the Sea, 1955) y La bestia de otro planeta (20 Millon Miles to Earth, 1957), al igual que El monstruo de tiempos remotos, son también de ese género, si se lo entiende como “una irrupción de lo imaginario en lo real utilizando la ciencia como coartada de la fantasía” (Joan Bassa y Ramón Freixas. El cine de ciencia ficción, Paidós, 1993). Los ataques del dinosaurio de El monstruo de tiempos remotos y el pulpo gigantesco de Surgió del fondo del mar fueron consecuencia de pruebas nucleares, lo que convierte al primero en un antecedente del Godzilla de Ishiro Honda (Gojira, 1954), y el ymir de La bestia de otro planeta fue traído de Venus a la Tierra por una misión espacial secreta.

Pero aunque no fueran de fantasía Harryhausen logró imprimir en esas películas un sello personal en los efectos visuales. “Sus monstruos mueren como un tenor en la ópera”, le dijo el director de El monstruo de tiempos remotos, en referencia a la escena final, en la que matan a la criatura en la montaña rusa de Coney Island. En ese filme el artista de los efectos visuales se explayó también en otra de sus pasiones: el daño a gran escala. En trescientos millones de dólares calculan los destrozos causados por el dinosaurio en Nueva York, en un periódico que aparece en la pantalla. En La Tierra contra los platillos voladores la destrucción llega al Capitolio, la Corte Suprema, el Monumento a George Washington y la Union Station en la capital de Estados Unidos, mientras que en Surgió del fondo del mar el pulpo derrumba el Golden Gate de San Francisco. Una rebeldía alegre, como de niño que se entretiene rompiendo sus juguetes, se percibe en secuencias de ese tipo, populares en aquella época.

harryhausen4Los filmes en los que el arte de Harryhausen se integra mejor son los que vendrían después. Entre ellos se destacan dos ciclos: el de Simbad y de la mitología griega. Simbad y la princesa (The 7th Voyage of Sinbad, 1958), El viaje fantástico de Simbad (The Golden Voyage of Sinbad, 1973) y Simbad y el ojo del tigre (Sinbad and the Eye of the Tiger, 1973), integran el primero; Jasón y los argonautas y Furia de titanes, el segundo.

La estructura basada en los viajes del héroe de esas películas es ideal para insertar los efectos visuales de animación, puesto que se usan para crear las criaturas con las que se cruzan en su camino Simbad, Jasón y Perseo, por ejemplo. A eso Harryhausen añadió el trabajo con las diferencias de escala entre personajes humanos, como la princesa del primer filme del marinero árabe, que un hechizo reduce hasta hacerla caber en la palma de la mano de Simbad, y el Poseidón que contiene las rocas que chocan en Jasón y los argonautas. La película emblemática en ese sentido es Los viajes de Gulliver (The 3 Worlds of Gulliver, 1960), basada en la novela de Jonathan Swift, con sus mundos de enanos y de gigantes.

Las peleas con esqueletos de Harryhausen se destacan hoy entre las favoritas del público. Pero quizás es porque están entre las que más se acercan al paradigma actual del realismo fotográfico. Son más significativos por su estética los muñecos más extraños, y no necesariamente bellos, que el artista creó. Entre ellos figura el que ha sido identificado como un phorusrhacos, el enorme pájaro prehistórico de La isla misteriosa (Mysterious Island, 1961), cuyo aspecto insólito contrasta con un cangrejo gigante que es idéntico a los reales.

Si a partir de La guerra de las galaxias filmes como esos resultaron marginados, no fue solamente por el desarrollo técnico de los efectos visuales. Es porque también cambiaron las expectativas del público en relación con la fantasía. La ópera espacial está ambientada en un mundo de cuentos de princesas y caballeros en el cual la ciencia aporta una verosimilitud realista, como si en la galaxia muy lejana en la que se desarrollaron hace tiempo esas historias hubiera existido una tecnología más avanzada que en la Tierra de la actualidad. La espada de luz parece un arma futura, por ejemplo; el héroe no monta un corcel sino una nave semejante a un avión de caza y el castillo es una estación espacial. Lucas mezcló las dos cosas que contraponía Harryhausen, ciencia ficción y fantasía, en un producto cuyos efectos guardan semejanza con los de 2001, una odisea del espacio  (2001, a Space Odyssey, 1968) de Stanley Kubrick, y le añadió consideraciones políticas características también de la ciencia ficción. Todo eso redondeaba un producto fantástico con cierto aspecto serio, en comparación con la cual la fantasía de Jasón y los argonautas podía resultar “infantil”.

Con el triunfo de las imágenes generadas por computadoras de Jurassic Park la base de la verosimilitud pasó a ser la apariencia de realidad, lo que se compagina con la ilusión de volumen que da la exhibición en 3D. Incluso las criaturas de fantasía de la trilogía de El señor de los anillos (The Lord of the Rings, 2001-2003) y de El hobbit  (The Hobbit, 2012) de Peter Jackson, además de las del remake de Furia de titanes (Clash of the Titans, 2010) que dirigió Louis Leterrier, se presentan ante el público, no como lo que evidentemente es una interpretación visual de lo imaginario, por tratarse de muñecos de movimientos poco fluidos, sino como seres de mundos fantásticos que piden ser vistos como si fueran reales.

harryhausen3Los que han visto las películas en las que trabajó Harryhausen y han conocido lo que pensaba de la fantasía, se darán cuenta de que su legado es lo opuesto a todo eso. Infantil para él sería buscar en esos filmes el tipo de verosimilitud que se desprende del parecido a las cosas reales o de la coartada de la ciencia, como en Jurassic Park o La guerra de las galaxias. Incluso el juego de la destrucción, que en Los vengadores (The Avengers, 2012) llega a causar daños calculados en ciento sesenta millardos de dólares en la misma Nueva York de El monstruo de tiempos remotos, fue parte de una etapa anterior a su madurez creativa. Lo que mantiene relegadas en la actualidad sus técnicas no ha sido el avance de la tecnología, sino un retroceso con respecto a la conciencia que Harryhausen tenía de lo que es la imaginación. Desde su punto de vista, los efectos visuales realistas no pueden ser otra cosa que un intento de engañar al espectador, cuya falsedad, además, se hace evidente en cualquier detalle que empañe la apariencia de realidad. Por eso no hay razón para que los muñecos de dinosaurios de Harryhansen no sobrevivan, y pueda llegar a producirse un redescubrimiento como el de las criaturas que hallan en una misteriosa meseta del Amazonas los exploradores de El mundo perdido.

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