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Psicopatología del Joker

Empecemos por el final. La enfermedad del Joker no existe. No hay ninguna patología que tenga esos síntomas. Me refiero a “todos” esos síntomas, juntos, en una persona. No solo el personaje es ficticio, también lo es su psicopatología. La magia de la ficción, esa que nos hace experimentar como reales cosas que no lo son y abandonarnos por placer a tal engaño -esa voluntariedad es lo que diferencia la ficción del delirio- podría arrastrarnos a la tentación de intentar un diagnóstico del Joker como si se tratase de una persona real. De hecho, el aluvión de pseudo diagnósticos que va a generar la película promete ser una de sus derivas más delirantes. La psicopatología como una de las bellas artes. El trampantojo se origina en un extraordinario guion puesto en las manos -en el rostro, más bien- de un actor al que después de esto, ya solo podremos referirnos como genio.

La sonrisa del Joker cuenta una historia cada vez más atroz, la de una mueca falsa impuesta a su portador como una condena. En el Batman de Tim Burton (1989) el Joker de Jack Nicholson cae en una cuba con productos químicos y su rostro queda deformado en una mueca que parece una sonrisa.  En El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008) el Joker de Heath Ledger tiene unas horribles cicatrices  que van desde la comisura de los labios hacia las orejas (una mutilación ritual de algunas bandas inglesas llamada “la sonrisa de Glasgow”) y que son el doloroso recuerdo de un padre psicópata. Y el personaje interpretado por Joaquin Phoenix en Joker (Todd Phillips, 2019) no tiene el rostro desfigurado, es su mente la que está desfigurada: su sonrisa es un maquillaje pero ríe involuntariamente. La risa/sonrisa como maldición, como cicatriz, como síntoma, como arma… es, más que ninguna otra cosa, el elemento que define al Joker y el que ha supuesto un reto interpretativo para los actores que lo han encarnado. Pero hasta llegar al personaje interpretado por J. Phoenix no nos encontramos con la risa como síntoma patológico. Los anteriores Jokers ríen alocadamente, pero de forma oportuna: ríen casi siempre celebrando su maldad.

El Joker de Heath Ledger va un paso más allá, es el primero cuya crueldad se puede atribuir -según la narrativa del film- al maltrato infantil, es el más “patológico” hasta ese momento y tiene comportamientos que parecen masoquistas: cuanto más le pegan más ríe. Pero en todos ellos hay una relación entre la risa y alguna forma de placer. La risa de Phoenix, sin embargo, aparece y desaparece espontáneamente, sin relación con ninguna forma de disfrute ni siquiera sádico. 

Hay trastornos neurológicos que provocan risa involuntaria, pero en el caso del Joker de 2019 podría estar ligado más bien a la risa involuntaria que se da en algunas formas de esquizofrenia, en las que el paciente se siente impelido a reír por una voluntad que no es la suya. Otros rasgos abundan en el intento de retratar alguna forma de esquizofrenia, como sus alucinaciones con la vecina o el extrañamiento social de Arthur, su incapacidad para conectar. Es patética y terrible la escena en la que presencia la actuación de un cómico: toma nota de los chistes, pero mira sorprendido al público, no sabe de qué se ríen. ¿Hay algo más triste que un cómico que no entiende la risa de la gente? Un ser incongruente siempre a punto de provocar nuestra compasión, si no fuese porque antes nos provoca una extraña inquietud. Otro rasgo es su limitación cognitiva, que también lo diferencia de otros Jokers como el de Jack Nicholson o el de Heath Ledger, villanos brillantes con una mente dotada para el crimen. Arthur no es así, es un villano sin recursos mentales, alguien que no entiende casi nada de lo que ocurre a su alrededor. Es un usuario de los servicios sociales de salud mental. Todd Phillips, que es también guionista, aprovecha para hacer una crítica a los recortes, pero genera con ello un discurso peligroso: la falta de asistencia social puede liberar el potencial peligro de agresividad de los enfermos mentales, un discurso bastante reaccionario; la falta de asistencia solo aumenta el sufrimiento de las personas con trastornos mentales, no su supuesta peligrosidad.

Por eso la transformación de Arthur es incongruente con una posible esquizofrenia. Se produce en una escena que resulta canónica en el cine norteamericano de justicieros: “la escena del metro”. El ciudadano inocente pero hastiado de ser maltratado es acosado por unos bullies en un vagón de metro semidesierto. Entonces descubre lo liberador que resulta acabar con ellos a tiros, en una sangrienta epifanía. Y se convierte en un justiciero (un vigilante). En Joker esta escena archirrepetida en el cine es utilizada de forma paradójica (quizá por eso habría que tomarla como una parodia), pues es la que desencadena la transformación de Arthur en un psicópata, convirtiéndose, a partir de entonces, en un ser cruel y mucho más inteligente.

Demasiadas aristas para un solo trastorno, imposible como caso clínico, fascinante como personaje de ficción, el Joker de Joaquin Phoenix y Todd Phillips nos conmueve y nos repugna, nos da pena y nos asusta a partes iguales, plantea preguntas imposibles sobre el origen de la maldad y la naturaleza de la locura, nos lleva a un territorio sin reglas que, como todo en el ciclo de Batman, termina siendo una pregunta sobre el ciudadano cuerdo y normal: si su (nuestra) aburrida existencia merece ser salvada.

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