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Periodistas y pena de muerte

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DEONTOLOGÍAS DIFUSAS

La pena capital, ese castigo cruel, inhumano, inútil y desgraciadamente institucionalizado en la actualidad por demasiados países, se ha reflejado en el cine en múltiples ocasiones. Desde el momento de la comisión del delito, la investigación, el juicio, la condena, la espera en el corredor de la muerte o el propio momento de su cumplimiento se ha tratado por diversos directores desde amplias perspectivas. Entre ellas, no podía faltar la de la relación con los profesionales del periodismo, fundamentalmente la de los reporteros, al enfrentarse a un caso de estas características.

De la obra de teatro de Ben Hecht y Charles MacArthur, The Front Page (1928), se han realizado varias adaptaciones cinematográficas, entre ellas, después de la primera del año 1931 elaborada por el director Lewis Milestone, Un gran reportaje (The Front Page, EUA), nos encontramos con la realizada por Howard Hawks en 1940, con el título de Luna nueva (His Girl Friday, EUA), protagonizada por Cari Grant y Rosalind Russell. Dejando aparte su fama por considerarse el filme en donde se conversa con mayor rapidez de toda la historia, en él nos encontramos frente a una lucha soterrada del editor de un periódico para no perder definitivamente a su exmujer, reportera del medio, tanto profesional como personalmente. Estamos ante una lucha irónica, cargada de cinismo. Con su disentería verbal, los periodistas retratados no salen precisamente bien parados en cuanto a la deontología que aplican. Su preocupación por derechos humanos básicos, fundamentalmente el que estamos tratando, el más importante, el de la vida, no parece que les ocupe el pensamiento ni un segundo. Y ello no solo a nuestra intrépida y brillante pareja central, sino también al resto de sus colegas. El destino del condenado les es intranscendente, excepto cuando se utiliza para generar primicias o sensacionalismo. Y tampoco importan los medios que deben barajarse para ello si consiguen sus propósitos. Estamos ante un ejemplo evidente de que el fin sí que justifica los medios, aunque haya que recurrir al soborno, fuentes poco fidedignas o a engañar o presionar a autoridades. Estas últimas, además de corruptas, son mostradas casi de forma caricaturesca, al otorgarles muy pocas luces mentales y comportamientos burdos e incoherentes.

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La puesta en escena de Howard Hawks es trepidante por la velocidad de la acción y diálogos, con una planificación sobria al servicio de estos dos elementos, acción  y diálogos, con planos-contraplanos y movimientos de cámara discretos. La verborrea incesante, el toma y daca que se multiplica no deja tregua y casi terminamos sin aliento. Estamos ante una gran película, pero que encontramos desbordante en exceso y abusiva en la exageración de caracteres. Ello hace que nos alejemos un tanto de la obra y que nos cuestionemos por lo inteligentes y hábiles que resultan ciertos profesionales de la prensa, mientras las fuerzas del orden, policiales y gubernamentales, además de los propios compañeros de trabajo, cuenten con capacidades que no les llega ni a la suela de los zapatos.

Paradójicamente, lo que con Howard Hawks no terminamos de aceptar, en la versión cinematográfica de la misma obra teatral realizada por Billy Wilder en 1974, Primera Plana (The Front Page, EUA), nos resultó un acierto. Y aflige un tanto que en este caso el corresponsal de turno sea un hombre y no una mujer (magnífica esa conversión de sexo ideada por Hawks), además de que los diálogos no pierden importancia, pero no se apropian del largometraje. Billy Wilder, pasándose del blanco y negro al color y a pesar de apostar por remake de remakes, sabe dar en la diana de una comedia que aporta viento fresco y mantiene el equilibrio entre sus diferentes elementos en la puesta en escena. Aunque los interiores predominan en el filme, las escenas de exteriores con movilizaciones policiales resultan apabullantes. Y claro, cuenta con una pareja protagonista de lujo, con Walter Matthau como director de periódico y Jack Lemmon de periodista para cubrir la información de una próxima ejecución humana de la mano de la sociedad en su globalidad. Ambos consiguen engancharte con similar argumento que el filme descrito con anterioridad, pero sin cargar tanto las tintas y eliminando basura del cesto. Los profesionales,  los periodistas, eso sí, continúan en su misma táctica de buscar o incluso crear la noticia bomba, la exclusiva a cualquier precio, incluso el personal. En definitiva, el mensaje de ambos filmes es evidente: lo importante, lo trascendental en esta profesión denominada “cuarto poder” es sacar adelante el trabajo con mayor repercusión que la competencia, sin reglas éticas que seguir y sin reos condenados a pena de muerte por cuyo destino haya que preocuparse.

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De las películas que hemos seleccionado sobre periodismo/pena de muerte, prácticamente, entre las únicas que podríamos mencionar que señalan cierto humanismo y oposición al recurso a dicho castigo irreversible y vengativo se encuentra el clásico largometraje de Fritz Lang, Más allá de la duda (Beyond a Reasonable Doubt, EUA), de 1956. En esta ocasión, el editor del diario en cuestión, seriamente comprometido en la causa contra la pena capital, intentará mediante la creación de una artimaña que el propio sistema se señale así mismo como fallido. Y ello lo hace con la ayuda de uno de sus periodistas, ocupado en los últimos tiempos en escribir novelas, que casualmente, además es el novio de su hija. Nada es lo que parece y lo que parece no lo es. La película sorprende en su trama hasta el minuto final y la mezquindad sobresale.

Al contemplar el largometraje en su totalidad, parece que Lang se olvide de ese inicio diferente y provocador sobre la lucha contra el asesinato por el estado como recurso siempre inaceptable. Más bien  asemeja que termina centrando su discurso en la culpabilidad o inocencia del individuo para legitimar o no el crimen estatal. Ello confunde y ha confundido durante décadas sobre los verdaderos objetivos de Fritz Lang con esta obra, un autor capaz de haber realizado otras tan potentes que delatan los más bajos instintos del ser humano cuando se convierte en masa y le guía el impulso de venganza ciega. Basta con citar a M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931, Alemania) o Furia  (Fury, 1936, EUA).

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Una nueva adaptación de la obra del maestro de origen austriaco, se realizó en el año 2009 por Peter Hyams, con la misma denominación y protagonizada por Michael Douglas. No era tarea fácil llevar el clásico de Lang de nuevo a la pantalla, pero en nuestra opinión, el realizador estadounidense Peter Hyams sale muy airoso del desafío, trasladando lo que pretendía ser un debate sobre la permanencia de la pena de muerte al intento de denuncia de prácticas corruptas de la fiscalía, en la búsqueda de la obtención del mayor número de candidatos a la referida pena. Aquí, también nos encontramos con un joven reportero, demasiado ambicioso, capaz de acudir a cualquier recurso en la persecución de la fama, de la gloria, de ese ansiado Premio Pulitzer. La ética personal y profesional vuelve a no ser obstáculo para nuestros objetivos y si hay que recurrir al soborno, a la mentira, a la estafa o a la violencia o a lo que haga falta, pues se hace. Las piedras del camino se retiran y si es necesario, se les obliga a desaparecer. En este nuevo recorrido de equívocos, entendemos que en su guion final se alcanza mayor acierto que en el de Fritz Lang, que incluso produjo diversas interpretaciones y crispamientos.

En 1958, con la excelente interpretación de Susan Hayward, el director Robert Wise elaboró el largometraje ¡Quiero vivir! (I Want to Live!, EUA). En esta ocasión, mediante una puesta en escena en blanco y negro incisiva y trágica, sí que parece que nos encontramos contra un alegato frente a la pena de muerte, pero por desgracia, no debido a la esencia demencial de la pena sino por la inocencia de la desafortunada que tiene que atravesar dicho trance. A ritmo de jazz, sin ahorrarnos escena alguna, vamos asistiendo a la persecución, condena y caída de una mujer, que es castigada a transitar el suplicio hasta la cámara de gas, demonizada por su vida disoluta, sin que importen lo más mínimo las escasas pruebas circunstanciales que la señalan autora del crimen del que es acusada. La opinión pública y entre ella con papel fundamental de la prensa, ya se ocupa de que lo importante no es demostrar la culpabilidad sino probar la inocencia. Basada en hechos reales, su actualidad como ejemplo de  persecución hasta que la presa es capturada, inmovilizada y aplastada arrasa a lo largo de todo el filme. Y ello, con independencia de cierto intento en las postrimerías por rebajar la condena hacia la prensa, voz pública que resulta hartamente peligrosa cuando se lo propone.

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Clint Eastwood realizó en el año 1999 el filme Ejecución inminente (True Crime, EUA). Aquí sí que nos encontramos con el prototipo de reportero que presume de “olfato”, de “corazonada”, como continuamente afirma en la película. Dicho protagonista, Steve Everett, encarnado por el mismo director, personifica a un hombre casado, con una hija pequeña, mujeriego, con problemas varios, desde personales por su persecución de faldas o su tendencia hacia el alcoholismo, hasta profesionales. Desde esta última perspectiva, no carece de un pasado problemático en enfrentamientos por denuncias de corrupciones a cargos públicos. Ahora, debe enfrentarse a su nuevo reportaje: la entrevista en el último día de vida de un condenado a muerte y asistencia a su ejecución en el estado de California. Las dudas sobre la verdadera culpabilidad del reo le asaltarán desde que mete la nariz en el asunto. Tras ese punto de salida, la historia se desarrolla de forma trepidante, con la eficacia y excelente ejecución a la que nos tiene acostumbrados Eastwood (casi que corremos un tupido velo sobre sus últimas películas).

En Ejecución inminente sí que existe preocupación humana, además de profesional, por el destino del condenado, pero tampoco en ningún momento se cuestiona la oportunidad de la existencia de la pena capital en sí, sino el posible error cometido por el fallo del jurado. Clint Eastwood intenta abarcar demasiados asuntos muy importantes ya que, además de esa inocencia, se ocupa de retratar la existencia de aquellos reporteros independientes en la búsqueda en solitario de indicios; a ello, se unen temas como el racismo, problemas matrimoniales, infidelidades conyugales y enfrentamientos profesionales en la redacción del periódico. Demasiados temas, que necesitan de un autor del genio de Eastwood para que se supere con buena nota y atractivo.

En el 2003, el director británico Alan Parker dirigió la obra La vida de David Gale (The Life of David Gale, EUA). ¿Y quién es David Gale? Pues representado por el actor Kevin Spacey, se trata de un profesor de filosofía de la universidad en Texas que es condenado a muerte por violación y asesinato. En sus últimos días hasta la fecha señalada de ejecución, entra en contacto con una reportera, interpretada por Kate Winslet, famosa por haber estado entre rejas al negarse a revelar sus fuentes. Y David Gale, además de docente, es activista en un grupo que lucha por la supresión de la pena capital. Estamos, en esta obra de Parker, con un filme de muchos trazos y lecturas y que a pesar de recurrir al efectismo de forma abusiva, como ya nos tiene acostumbrados, logra elaborar un largometraje de mayor valor de lo que parecen simples estrategias para complacer al espectador.

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Con La vida de David Gale, nos topamos con una periodista escéptica pero sin prejuicios. Tras sus entrevistas con el pobre diablo al que en esta ocasión le toca complacer la venganza del estado, y con los hilos que va desmadejando, se va acercando a unos acontecimientos en principio increíbles e insospechados, luego redondeados, pero en absoluto cerrados. Estamos ante una reportera de raza, hasta su becario lo parece, que sabe investigar, recurre a estrategias varias y no huye de sobornos o conflictos con la legalidad en búsqueda de sus objetivos si no ve otra salida. ¿Alegato contra la pena de muerte? ¿Repulsa por su aplicación independientemente de los hechos cometidos?  No vemos que por ahí vayan las principales preocupaciones del autor y sus  personajes, excepto de los grupos activistas, que otra vez, tienen que recurrir al binomio inocencia/culpabilidad para justificarse. De este último filme, nos gustaría mencionar el buen gusto de elegir la ópera Turandot de Puccini para rematar la obra, precisamente en el Liceo de Barcelona, situado en plenas Ramblas de la capital catalana.

Para concluir, se puede llegar al resultado de que en los filmes analizados, poco se incide sobre la abominable atribución del estado para decidir la vida o muerte de seres humanos. Una decisión que se torna irreversible, es cruel, vengativa, degradante, además de no presentarse como disuasoria. Estamos ante una pena que vulnera el derecho a la existencia y la prohibición de torturas, protegido por la Declaración Universal de Derechos Humanos adoptada en 1948 por Naciones Unidas, además de por otras normas internacionales como el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos. A pesar de ello, en el año 2017, se sigue utilizando indiscriminadamente por demasiados países, entre ellos, incluso por los que más  presumen de desarrollo, democracia, libertades e igualdad de oportunidades, como Estados Unidos. Con tristeza, con el elenco mostrado (no se escapará que todas las películas son de esa nacionalidad), no vemos una clara y diáfana tendencia en una lucha sin fisuras para su definitiva abolición.

Bibliografía:

  • Arroyo, Luis, Nieto, Adán y Schabas, William (eds.), García Moreno, Beatriz (coord.). Pena de muerte: una pena cruel e inhumana y no especialmente disuasoria, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2014.
  • Mínguez Santos, Luis. Periodistas de Cine. El cuarto poder en el séptimo arte, T&B Editores, 2012.
  • Rentero, Juan Carlos. Billy Wilder. La romántica amargura de un cínico, Ediciones JC, 2016.
  • Rivaya, Benjamín (coord.). Cine y pena de muerte, Tirant Lo Blanch, 2002.
  • Sandel, Michael J. Justicia ¿Hacemos lo que debemos?, Debolsillo, 2014.
  • Töteberg, Michael. El cine de Fritz Lang, T&B Editores, 2013.

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