Críticas

Rencor y venganza en familia

Odio entre hermanos

House of Strangers. Joseph L. Mankiewicz. EUA, 1949.

OdioentrehermanosCartelEl realizador estadounidense Joseph L. Mankiewicz nos dejó, con el filme Odio entre hermanos, otra muestra de elegante inteligencia en una dirección que seduce en su conjunto. Situada temporalmente entre las aclamadas Carta a tres esposas (A Letter to Three Wives, 1949) y Eva al desnudo (All About Eve, 1950), creemos que el largometraje merece mayor atención y reconocimiento que el recibido. En esta ocasión, cambiando de registro con absoluta naturalidad, marca característica del autor, elabora un drama que combina la tragedia familiar con una historia de amor, además de realizar un retrato social del lugar, el hábitat de sus protagonistas en un determinado momento histórico.

Con el largometraje, Mankiewicz  nos sitúa en Nueva York, en 1932, dentro de la comunidad italiana. Emigrantes con dicha procedencia, todavía de la primera generación, se fueron asentando en la urbe norteamericana a la búsqueda de un futuro que parecía inexistente en su país de origen, fundamentalmente en las regiones del Sur. Aterrizamos en la familia Monetti. La misma está liderada por un progenitor, Gino, de marcado carácter autoritario. Un ser que parece haber alcanzado con sus trabajo e inteligencia el sueño americano. Tampoco es de desdeñar, como buena familia italiana, el personaje de la madre, silenciosa pero no sumisa. Y la pareja tiene cuatro hijos, ya adultos, con caracteres, físico y aficiones muy dispares. 

El filme arranca con Max, uno de los hermanos. Acaba de salir de la cárcel y acude al banco que fundó su padre para rendir cuentas con sus hermanos. Nos referimos a enormes cicatrices o boquetes que se han ido creando y han sido alimentados en el pasado. Se inicia la película en 1939 y Max ha permanecido en la cárcel los últimos siete años. Tras su tirante y estremecedora visita al establecimiento de créditos y préstamos que fundó su padre y a la mansión familiar, se recurre a un elegante flashback para volver al punto de arranque, a 1932, y con ello conocer las vicisitudes de la catástrofe que parece rodear a los Monetti. 

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Demasiados aciertos contiene el filme, como el guion con unos diálogos profusos y afilados o la puesta en escena, siempre acorde con el momento y cosechando el mérito de desprender gran elegancia en su composición. Pero si nos hemos de quedar con uno de los muchos elementos brillantes  de  la película, lo haríamos con la caracterización de los personajes, de casi todos ellos, empezando por el patriarca, Gino Monetti. Está interpretado de forma inolvidable por el excelente actor Edward G. Robinson. El trabajo le valió el premio de Mejor actor en Cannes. Encarna a un hombre de personalidad tiránica, con una concepción muy personal sobre el bien y el mal, lo legal o lo moral. Y ante todo, se subrayan las diferencias de trato y cariño con que se relaciona con cada uno de sus cuatro hijos. No es inocente que exista un busto de Benito Mussolini en el despacho de la entidad bancaria. Con sus manías, una visión capitalista de la economía, sin estudios y habiendo iniciado su camino hacia el poder y la riqueza en una modesta peluquería. Visionario en finanzas, pocas veces se han explicado tan llanamente las diferencias entre los préstamos que generan intereses fijos frente a los que se duplican por sus réditos exponenciales o compuestos. Además de usurero, resulta filantrópico o misericordioso cuando le apetece. En cualquier caso, siempre dueño y señor de sus amores y desprecios. 

Y hablando de amores, debemos pasar a uno de los hijos, al favorito, a Max. Interpretado por Richard Conte, aparece como el único de los chicos que ha triunfado por sí mismo, es abogado, no necesita de la ayuda del padre y tiene su propia clientela. Además de sentirse importante y el más querido, es un hombre con un estilo propio que sabe hacerse de rogar. Desde luego, por falta de autoestima no será. Empujado al éxito, ha sabido responder gratamente a las expectativas creadas. A pesar de la gris actuación de Conte, impasible en sus gestos con independencia de la intensidad del momento, la potencia de un guion siempre atrayente e impredecible consigue imponerse en calidad. 

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Nos quedan tres hermanos, el mayor Joe, y Tony, además de Pietro. No ostentan la misma importancia que Max. Ni en el filme, ni en el cariño del progenitor. Joe encarna a un ser resabido, rencoroso por no ser tratado como cree merecer. Relegado casi a las cloacas, encierra un espíritu amargado y doliente. Al pequeño, a Pietro, prácticamente  le conocemos más por su calificativo que por su nombre: “tonto” ( dumb en el original). Estamos ante un joven al que solo le interesa boxear y boxear, aunque además de no ganar,  tampoco cobre recompensa económica alguna. Y nos queda el “tapado”, Tony, un endeble en palabras del padre que, con galanura, se afana únicamente en divertirse e intentar atraer a las mujeres. 

Por último, para terminar con la caracterización de los personajes principales, nos quedan las féminas, no se olviden de ellas. Tienen gran peso en la psicología y evolución de deseos y actitudes en los protagonistas del otro sexo. En cuanto a la madre, ya hemos señalado su carácter silencioso. Pero no se queden con la primera impresión de pareja en la sombra y amansada, dedicada en exclusiva a la cocina y sus espaguetis. Una mujer difícil que sorprende. Y acabamos este apartado destacando a la actriz Susan Hayward entre las féminas que aparecen en el filme, en una gran interpretación. Encarna a Irene, la amante de Max. Y lo hace con oficio, aunque no le ayude un papel que navega entre las aguas de “mujer fatal” y un ser de naturaleza práctica. Del infierno al paraíso, Hayward sabe sacar a flote con finura a su personaje, el peor dibujado de toda la obra. Tampoco le favorece la supuesta historia de amor en la que interviene, lo menos interesante de todo el largometraje. 

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La obra destila carácter en su embestida mixta al cine negro, al psicológico, el drama familiar, la corrupción y el retrato social. Como casi siempre, Mankiewicz deslumbra con incisivos y mordaces diálogos o exclamaciones jugosas. Nunca complaciente, excepto en el desenlace final, cuenta con momentos excelentes. Entre los mismos, destacaríamos la escena de la reunión de toda la familia Monetti, incluidos cónyuges  o parentela presente y futura. Mientras tanto, resuena en el gramófono una ópera de Rossini. En pocos minutos se reflejan los complejos caracteres familiares, la tiranía del patriarca, sus preferencias y animadversiones entre los descendientes y su incapacidad de repartir ni un ápice de la fortuna acumulada mientras quede aliento. Rencor y amargura enquistada desde la infancia que crece y llega a desbordarse. También se aprovecha la escena para saborear la pasta de la “mamma”.  

Brilla el acercamiento a aquellos italianos en América por unas fechas en las que se resistían a abandonar su idioma y cocina. Unos años de pocas risas en Europa, con autoritarismos que acabarían en conflictos bélicos mundiales. Tampoco brillaba mucho el sol en Estados Unidos, lastrado por la depresión de 1929. Una pobreza abocada a sobrevivir con préstamos abusivos, mientras se perpetuaba una sociedad patriarcal que adoraba a las féminas únicamente por belleza y calidad culinaria.

La familia Monetti, retrato de muchas otras. Con padres energúmenos y selectivos, y a la postre, hijos celosos y resentidos. Y como terrible culminación, esa vendetta que se viene saboreando durante demasiados años de discriminación y alejamiento. Podría tratarse de cualquier familia, posea un banco o una peluquería. Años pasen.

   

Tráiler:

Ficha técnica:

Odio entre hermanos (House of Strangers),  EUA, 1949.

Dirección: Joseph L. Mankiewicz
Duración: 101 minutos
Guion: Joseph L. Mankiewicz , Philip Yordan (Novela: Jerome Weidman)
Producción: Twentieth Century Fox Film Corporation
Fotografía: Milton Krasner (B&W)
Música: Daniele Hamfitheatrof
Reparto: Edward G. Robinson, Susan Hayward, Richard Conte, Luther Adler, Paul Valentine, Efrem Zimbalist Jr., Debra Paget, Hope Emerson, Esther Minciotti, Diana Douglas, Tito Vuolo

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