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Musicales desde la tragedia y la comedia

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Avisamos para que no haya engaños. Vamos a partir, en este artículo, de dos escenas finales en un par de musicales inolvidables. Se trata de Dinero caído del cielo, de Herbert Ross (Pennies from Heaven, 1981), y de Bailar en la oscuridad, de Lars Von Trier (Dancer in the Dark, 2000). Quienes avisan no son traidores, ya saben. Si alguien está interesado en que no le destripen cualquiera de ambos filmes, no siga leyendo. Se trata de dos largometrajes que, además de en género, coinciden con un final en el que sus dos protagonistas son condenados a la pena de muerte injustamente. Se desarrollan ambos en Estados Unidos, pero en épocas distintas. Y en los dos, sus realizadores contraponen la idea de reflejar las oscuras miserias de la existencia con los luminosos esplendores del musical. Arthur Parker, en la película del estadounidense, al igual que Selma Jezcová en la del danés, son  dos perdedores,  el primero un antihéroe caradura y la segunda una heroína desgraciada. Una combinación de mundos entre comedia (en el caso del primero), tragedia (en el segundo) y drama (en los dos) que no deja indiferente. Ni con el clasicismo de Ross ni con el viaje a los límites que nos propone Von Trier. 

Dinero caído del cielo cuenta la historia de Arthur, interpretado por Steve Martin. Es un vendedor de partituras musicales de Chicago en 1934. Justo en plena depresión. Juega con una ambientación inspirada en la obra pictórica de Edward Hooper para intentar captar el aislamiento del individuo en el medio urbano. Además, recurre a una música y una coreografía que retrotrae a las épocas gloriosas del género. Si bien comparte el mismo título y canción que la película realizada en 1936 por Norman Z. McLeod, en realidad está basada en una serie de la televisión británica de 1978, adaptada por Dennis Potter. Su banda sonora se compone de 18 canciones de la década de los 30, cantadas, entre otros, por Bing Crosby, Arthur Tracy o Fred Astaire. Independientemente del final, en el que entraremos en el párrafo siguiente, cuenta con un striptease impagable, realizado por Christopher Walken, como Tom, un proxeneta que la protagonista Eilieen conoce en un bar (Bernardette Peters). Ella es una maestra de escuela retraída, a la que Arthur le canta, al conocerle, la canción de Bing Crosby ¿Alguna vez viste a un sueño caminando?) (Did You Ever See a Dream Walking?). 

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El filme del director estadounidense acaba cuando Arthur es colgado en la horca por un asesinato, al tener la mala fortuna de haber pisado la escena del crimen. Con evocadores y tristes imágenes de Eileen esperando la hora de la ejecución desde una ventana, Arthur recita con melancolía la canción Dinero caído del cielo. Sugestiva ensoñación en un mundo que solo ha conocido en fantasías y que se remata con la representación de una coreografía de la canción The Glory of Love, que quizás recuerden por el delicioso largometraje Adivina quién viene esta noche (Guess Who’s Coming to Dinner, 1967), de Stanley Kramer, protagonizado por Spencer Tracy, Katharine Hepburn y Sidney Poitier. Al tiempo, Arthur nos confía que ha trabajado demasiado para no tener un final feliz. La cámara se mueve en el modo que con anterioridad recurriría Jean-Luc Godard en su  Pierrot el loco (Pierrot le fou, 1965) en el plano final, en una ascensión hacia el cielo, el sol o la luna, para dibujar un encuentro en avenencia para toda la eternidad. 

Bailar en la oscuridad es una obra protagonizada por la cantante islandesa Björk Guðmundsdóttir. Encarna a Selma, una emigrante checa  que trata de ahorrar en la América profunda de los años sesenta con un único objetivo. Para tal fin, no le importa trabajar de día y de noche en una fábrica o meter horquillas en envases. Vive en una caravana junto a su hijo y se está quedando ciega. Le gustan los musicales, ensaya para una producción amateur de Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, de Robert Wise, 1965) y acude al cine con su compañera de trabajo y amiga, Cathy (Catherine Deneuve), para extasiarse en viejos musicales. Le encantan. En ellos nunca pasa nada malo. Pero Von Trier, ya se imaginarán, no iba a conformarse; e intenta trasladar a la pantalla la emoción a través de un musical que abandona cosas de poca importancia para viajar por una realidad trágica, llevándola al terreno del drama; y además, cambiando la perspectiva de tragedia e ilusión en cada fotograma. La felicidad y el desastre se encuentran tan cercanos como un cielo azul y sereno que, en un abrir y cerrar de ojos, se nubla para dar paso a la tempestad. 

En los momentos finales, Selma debe caminar 107 pasos desde su celda al patíbulo. El terror le impide moverse, pero cuenta con la asistencia de una celadora, Brenda, que tiene un plan “B”.  Nuestra heroína, cuando las circunstancias vienen mal dadas, se entrega, por unos minutos, al sueño de que es un personaje de una comedia musical. Justamente, dos orquestas tocan al unísono y yuxtaponen la belleza contenida en la música con las imperfecciones de la realidad. Pero para ese giro precisa de sonidos de la vida auténticos; como los de la naturaleza,  de las máquinas,  de los pies caminando, de aquellos que se filtran por el hueco de la ventilación… Ya hemos dicho, Selma debe caminar 107 pasos y la celadora empieza a marcar el ritmo para crear el ruido que la infortunada precisa, un sonido primario procedente de elementos vivos. Mientras cuenta los pasos, la emigrante checa se desliza en una ensoñación de baile y canto, despidiéndose del resto de los presos en sus calabozos. 

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Pero Selma acaba su recuento y, una vez que llega al patíbulo, se derrumba y debe ser atada a un tablón de madera para mantenerla en pie. Se oyen sus gritos, en especial cuando intentan colocarle una capucha para introducirle en una oscuridad visual que ya conoce.  Su amiga Kathy, presente en la ejecución, logra acercarse y le entrega las gafas de su hijo. Su objetivo vital se ha cumplido y mientras esperan la conocida llamada de la autoridad competente para confirmar la pena, Selma se entrega a un canto desgarrador.

“Dicen que es la última canción
Pero no saben quién soy yo
Es la penúltima canción
Si nos lo proponemos, mi vida,
Será la penúltima canción
Para ti y para mí,
Para ti y…”

El teléfono suena y de inmediato, se abre la trampilla por donde cae atada con una soga al cuello. Mientras tanto, la cámara no ha conseguido estabilidad, en constante movimiento de uno a otro lado de la sala, enfocando cuerpos sin pretender dar una imagen clara de sí mismos. Selma y los espectadores de su ejecución (sí, un momento que se ha convertido en espectáculo de masas) entran en el mismo encuadre y se abandona el anterior juego de planos/contraplanos. El mecanismo de estructura en dos niveles, arriba la condenada y funcionarios y abajo el público, se rompe cuando Selma cae al nivel de los segundos. El dantesco espectáculo acaba. La cámara retrocede y se eleva hasta la oscuridad total. La película ha terminado.

Selma y Arthur son dos protagonistas con el mismo destino. Pero Selma se alza como un ser con un humanismo extremo, un alma pura que solo ve el lado positivo de los otros, que no teme al esfuerzo, que sabe al lugar al que quiere llegar y el camino para alcanzarlo; aunque haya que medir con atención los pasos, aunque deba memorizarse las letras en el oculista, aunque tenga que manejar dos máquinas en vez de una… Selma, persona inocente, amable y caritativa que es atrapada por los azares del destino. Por el contrario, Arthur es un hombre amoral, machista, un ser aprovechado, mentiroso, de naturaleza infiel, inútil para casi cualquier cosa  y capaz de sostener relaciones por ambiciones meramente económicas. Pero a ambos les une, además de un final común, el intento de evasión de la triste y miserable realidad, ensoñando canciones y números de baile. 

La consumación del desastre se precipita en ambos filmes por un aluvión de casualidades, por hablar en lugar de callar, por razones hedonistas, por motivos despreciables, por la penosa defensa de lo que es propio. Pero si Selma aparece como un encanto de mujer, de madre, de compañera, Arthur se pincela como un depredador que no repara en obstáculos a fin de perseguir sus ambiciones monetarias, profesionales, sexuales, musicales o de cualquier otro índole. Pero estamos en musicales, ya saben, y nunca se rebasa  la penúltima canción para no detener la magia. Siempre quedará la última. Dos visiones distintas pero convergentes, una procedente de un realizador que llegó al cine originario de la danza (Herbert Ross) y de otro, en el que hay que buscar sus raíces cinematográficas como impulsor de un movimiento extremista e insólito, el del “Dogma 95”.

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No queremos dejar de lado la lamentable existencia, todavía en nuestros días, de la condena a la pena de muerte. Un castigo muy lejano para los escandinavos y muy presente en los orígenes, el desarrollo y la actualidad de la nación americana. Con el olvido del bíblico “No matarás”, el Estado se arroga la legitimidad de quitar la vida a alguien de manera premeditada y alevosa. Un asesinato a sangre fría vengativo, irreversible, padecido generalmente por los más desfavorecidos, inmoral, cruel e ineficaz, si se considera que con el mismo la tasa de criminalidad no disminuye. Como ya decía Beccaria, en 1764, “es absurdo que el castigo del que mata consista en matarle, es absurdo que para evitar asesinatos se asesine”. El orden penal convertido en justiciero sanguinario. 

Existe en el cine contemporáneo una constante sobreexposición del cuerpo ofrecido a la mirada del otro, mostrado al desnudo, expuesto al peligro, a la enfermedad, a la amenaza de muerte. El cuerpo ha dejado de ser esa “maravillosa máquina” de la que hablaba Descartes, para verse como algo ajeno, inquietante o autónomo. Cuerpos que atraviesan y escenifican la crueldad, el dolor, la humillación y la muerte. Ya hablemos del cine de Cronenberg, de Lynch, de Haneke, de Johnnie To o de Von Trier; es lo mismo. Situaciones límite que se atacan en películas con enorme fisicidad, edulcorando el horror con la imaginación. Ya sea desde la locura de los bailes inventados, desde los fenómenos de feria, desde los payasos tristes. Cuando la presión de los códigos resulta intolerable y la realidad imposible de soportar, uno debe refugiarse y vivir en su doble. 

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En castellano, la palabra “fantasía” es la capacidad para inventar cosas inexistentes. Es la inclinación a evadirse del mundo, de las representaciones realistas, para crear otros universos que tienen su origen en el deseo consciente o inconsciente. Lo consiguen, tanto Ross como Von Trier, mediante la fragmentación del relato, la movilidad de la cámara, la variabilidad del punto de vista, la textura de la imagen, la utilización de la luz, sombras y sonido. Cultivan en las dos obras a las que nos estamos refiriendo, también en sus finales, una utopía que se aleja de la locura del mundo. Una idealización paralela que encontramos igualmente en otros directores, como Paul Auster,  Zhang Yimou o Tim Burton. En realidad, estamos hablando de experiencias en situaciones límite. Paradójicamente, el movimiento Dogma 95 teorizó sobre la pretensión de dejar hablar directamente a la realidad. Un intento de transcripción a través de la imagen. Métodos como cámara al hombro, imágenes movedizas o fragmentaciones narrativas fueron utilizados para esos objetivos. Curiosamente, dichos mecanismos llegaron para quedarse incluso en el intento de disolución de la realidad. Nos tememos que la materialidad de la existencia espanta y el relato cinematográfico intenta escaparse de la misma.

Aunque algunos se empeñen en lo contrario, continúa subsistiendo el cine musical allá donde encontremos palabra, canto, instrumento y danza. Tanto en Dinero caído del cielo como en Bailar en la oscuridad se recurre a uno de los verdaderos símbolos de ese género americano. Nos referimos al ritmo del  taconeo de los pies en el suelo que transforma el cuerpo en percusión. Estas películas nos trasladan a la mejor época de los musicales, entre las décadas treinta y sesenta del siglo pasado. Y la música sigue convirtiéndose en el alma del filme. Ya se busquen innovaciones radicales o la vuelta al fulgor clasicista. Ni más ni menos que una de las formas de reflexionar juntos sobre los temas esenciales de la vida.

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BIBLIOGRAFÍA 

    • Belmonte, Carlos A. y Fernández, Álvaro A. (2022). El paraíso de las emociones. Valencia: Tirant Humanidades.
    • Imbert, Gérard (2010). Cine e imaginarios sociales. Madrid: Cátedra.
    • Munsó, Joan (2006). Diccionario de películas. El cine musical. Madrid: T&B Editores.
    • Pérez, Berta M (2012). Rompiendo las olas. Una figuración posmoderna de lo trágico. Madrid: Akal.
    • Rivaya, Benjamín (2003). Cine y pena de muerte. Valencia: Tirant lo Blanch.
    • Rodríguez, Hilario J. (2003). Lars Von Trier. Madrid: Ediciones JC.
    • Von Trier, Lars (2001). Bailar en la oscuridad. Valencia: Editorial Pre-Textos.

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