Críticas

El futuro sin palabras

Mudo

Duncan Jones. Reino Unido, 2018.

Cartel de la película MuteDuncan Jones vuelve a terreno conocido, donde ha encontrado su sitio y puede marcar territorio con su personal forma de entender la ciencia ficción. En este género halló su punto de partida con la recordada Moon (Duncan Jones, 2009), y por estos derroteros ha continuado la carrera de un director que se desmarcó como gran promesa. Mudo conduce al espectador al futuro sombrío y deshumanizado que tantas veces hemos visitado en las lides del ciberpunk, con la experta batuta de Jones, conocedor de los recovecos de la propuesta. A simple vista, nada puede salir mal.

Lo que ocurre con Jones es que, a pesar de buenos mimbres, no ha sido capaz de superar aquella brillante puesta de largo, y sus propuestas cada vez son de menor interés. Mudo es un intento de volver al redil, minado por un guion resbaladizo, repetición de referencias hasta ahogar al espectador y cierta desidia en la producción que dan aspecto cutre a este futuro de baratillo. Jones hace lo que puede con las herramientas que tiene, y es verdad que el tipo se luce en contadas ocasiones. Aún así, a pesar del lustre que alguien como Jones pueda dar al acabado final, el resultado es escaso, deslucido y arrastrado por la indiferencia que producen los anodinos protagonistas de esta tragedia con aires de serie negra futurista.

El contexto presentado en Mudo recuerda con demasiada evidencia a otras estancias en el futuro perpetradas por la magia del cine. Es inevitable la memoria de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), alfa y omega del género. Humanidad condensada en agobiantes entornos urbanos, degradación y decadencia mezclada con el lujo y el brillo de los neones, y la sensación de polvorín a punto de explotar. El problema con la puesta en escena es que no supera en ningún momento a sus referentes. Es más, el escenario luce inverosímil, repetitivo y falto de esencia. La reiteración constante de lugares y decorados regala al espectador cierta sensación de redundancia que desluce la construcción de ese ambiente imprescindible para entender el entorno básico de esta clase de narraciones. Eso, por no contar las veces en las que se tiene la percepción de estar viendo una película ochentera que roza la serie B, con efectos especiales dignos de sonrisa.

Fotograma de Mute

La trama de Mudo gira alrededor de la búsqueda de la amante desaparecida del protagonista. El pasado de la chica en cuestión aparece de forma contundente para reclamar lo que es suyo. Leo, así se llama el sujeto, se torna en caballero de brillante armadura, y empieza una investigación que lo lleva a rincones muy oscuros en los peores callejones de la ciudad. Mentes perversas y enfermas son el muro contra el que choca este peculiar protagonista, incapaz de usar su voz.

La premisa resulta más que interesante. La singular condición del carácter principal regala algo diferente, un ser que debe protagonizar la acción a la fuerza, interaccionar de modos distintos a la tónica habitual con el resto de personajes. Alexander Skarsgård es claro ejemplo del sentimiento que produce toda la película: un eterno quiero y no puedo. Increíble y perdido en la inocencia que debería emerger del personaje, arrastrado por la falta de concreción en la apuesta literaria e inoperante en conectar con el espectador. Transmite cero emociones más allá de la cara de no entender nada, resultado de tedio insalvable.

El resto de elenco tampoco da para mucho más. La indefinida esencia de los conflictos entre caracteres conduce a la excesiva fe de los perpetradores de Mudo en la implicación del público. Obligado a tapar demasiados huecos por sí mismo, estamos forzados a hacer el trabajo sucio de unos guionistas incapaces de salir del jardín en el que se han metido a base de insinuaciones y hechos difusos.

Mute, la película

El histrionismo de opereta de los villanos tampoco ayuda al conjunto. Las soluciones narrativas arrojadas a lo largo del metraje parecen prometedoras, pero la falta de eficacia en dar sentido a esos atrevimientos en el último acto de Mudo acaban por echar por tierra las posibilidades del poco atractivo guion. Las ideas que defiende la película, su moraleja acerca del peso del pasado, del sacrificio o de la responsabilidad podrían haber sido hermosas y potentes en el entorno del futuro despiadado; ahí queda, en promesa flotante, diluida en el escaso interés de dar algo al espectador que no sean emociones masticadas.

Duncan Jones es lo mejor de Mudo, y con eso tampoco es que pueda hacer mucho para reflotar el desastre. Ni sus actores están en el mismo espacio que él, y su habilidad como director no da para el camuflaje de tanto desvarío. Además, hay que contar con el modelo de producción de Neflix, que me da la impresión de estar fuera de control. No veo lustre en los productos de la plataforma, y sospecho que hay demasiadas pretensiones. Más que dinero, quiero decir. Por mucho que se contrate a Duncan Jones como cabeza visible del proyecto, sin respaldo ante una producción de tanta ambición visual, no hay maquillaje que oculte vergüenzas.

Una película que pretende vivir a base de referencias y lugares comunes, mal narrada y con escasa convicción por parte del equipo actoral. Duncan Jones sin brillo, a base mínimos, por lo menos aporta algo de personalidad. Esperemos que encuentre un ilusionante nuevo proyecto que deje ver de nuevo al gran director que es.

Tráiler

Ficha técnica:

Mudo ,  Reino Unido, 2018.

Dirección: Duncan Jones
Duración: 126 minutos
Guion: Duncan Jones, Michael Robert Johnson
Producción: Liberty Films UK / Studio Babelsberg. Distribuida por Netflix
Fotografía: Gary Shaw
Música: Clint Mansell
Reparto: Alexander Skarsgård, Paul Rudd, Justin Theroux, Florence Kasumba, Noel Clarke, Daniel Fathers, Livia Matthes, Kirsten Block, Gilbert Owuor, Eugen Bauder, Seyneb Saleh, Nikki Lamborn, Anja Karmanski, Alexander Yassin, Robert Nickisch, Robert Sheehan, Levi Eisenblätter, Rosie Shaw

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