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Mirar de cine

Portada de Mirar de cine, de José Luis Garci

No hay duda de que José Luis Garci (Madrid, 1944) es un hombre de cine en su sentido más amplio, no solo por su condición de guionista, director y productor, sino también por su labor de crítico y escritor. Se podría decir que Garci ha consagrado su vida al cine, aunque lo que le gusta de verdad, tal como él mismo ha reconocido en numerosas ocasiones y tendremos ocasión de comprobar en Mirar de cine, es el fútbol.

En realidad, Mirar de cine, su libro más reciente, dialoga con algunos de sus títulos anteriores, con los que conforma, al menos hasta el momento, una interesante pentalogía. Las entregas anteriores son Morir de cine (1990), Beber de cine (1996), Latir de cine (1998) y Querer de cine (2003), todos ellos, al igual que Mirar de cine, volúmenes misceláneos en los que encontramos textos de diferente enfoque y extensión. Allí habla de cine y de sus gentes, de sus recuerdos y de sus encuentros, de sus películas favoritas y de los lugares visitados a lo largo de toda una vida dedicada al séptimo arte.

En el prólogo, titulado “Un cóctel llamado Garci”, Luis Alberto de Cuenca, que ha colaborado con el director en diferentes publicaciones y programas de televisión, lanza una magnífica invitación a la lectura. Cuenca recuerda, entre otros asuntos, el momento en que Garci obtuvo el primer Oscar para el cine en español, con la inolvidable Volver a empezar (1982). El realizador madrileño siempre ha escrito, ya fueran críticas, cuentos, relatos de ciencia‑ficción, ensayos o guiones, de manera que la escritura ha sido otra de sus tareas frecuentes, de sus quehaceres diarios.

En Mirar de cine se agrupan catorce trabajos, ordenados cronológicamente, desde 1991 hasta 2011. Allí encontramos un poco de todo, una suerte de cajón de sastre en el que Garci ha ido colocando lo que no le ha cabido en otros volúmenes. “Les enfants du paradis”, el primero de los ensayos, es un entrañable homenaje a las sesiones dobles de los cines de barrio, repleto de nostalgia, pipas y ozonopino. Recrea muy bien las tardes de sábado de la infancia y recuerda algún que otro título mítico, como La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, Jack Arnold, 1954) o La esclava libre (Band of Angels, Raoul Walsh, 1957). “Dry Martinis en el Algonquin”, en cambio, es una recreación de aquel hotel de Manhattan en el que se gestó la revista New Yorker, al que Garci ha regresado a propósito del Mundial de Fútbol de 1994. El fútbol, ya se dijo, es otra de sus pasiones, como lo era también del músico Carmelo Alonso Bernaola, a quien dedica una entrañable necrológica en “Bernaola”.

José Luis Garci y su máquina de escribirOtro de los temas que Garci consigue teñir de nostalgia es el de las llamadas telefónicas, convocadas en “Aviso de conferencia”, un excelente artículo que le envía a su amigo Alberto Elías in memoriam. Otra necrológica sui generis es la que le escribe a Marlon Brando en “Morir de Brando”, de quien llega a decir que, con sus interpretaciones en Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, Elia Kazan, 1951) y La ley del silencio (On the Waterfront, Elia Kazan, 1954), “consiguió que la interpretación en Hollywood (y en Broadway) sufriera un vuelco tremendo, tanto que nunca volvería a ser igual”. En “El hombre que nunca mintió” habla de Julián Marías y de su afición al cine, compartida con su esposa, Dolores Franco. Además, Garci muestra su debilidad por una novela de Azorín, Doña Inés, que le gustaría llevar al cine en alguna ocasión.

A continuación, trata sobre la novelita Los revólveres hablan de sus cosas en “Un western de Mingote”, homenajea al cartelista Enrique Herreros en “Un cartel de Herreros” y le dedica un precioso texto al desaparecido José Galera, alias el “Habichuela”, en “Réquiem por un figurante”. Galdós es el protagonista indiscutible de “El abuelo Benito”, donde Garci equipara los Episodios nacionales con Guerra y paz, de Tolstoi. Y si el fútbol es una de sus grandes pasiones, tampoco le va a la zaga el boxeo, y ambas se cruzan en las páginas de “The Champ”, donde se refiere a la selección española y al pasado Mundial de fútbol.

Los últimos textos relatan el paso de Garci por SP (“Revista SP, un recuerdo”), rinden un tributo a uno de los grandes directores de arte del cine, Gil Parrondo (“Gil cumple noventa”) y ofrecen una lista de lecturas imprescindibles acerca del séptimo arte (“Leer de cine”). Cierra el volumen un interesante listado de películas citadas, que viene a ser una suerte de filmografía vital. En un momento dado, Garci muestra cierto interés por dirigir un western. Si Mateo Gil lo ha conseguido, ¿por qué no puede rodarlo Garci? A mí, desde luego, me gustaría verlo.

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