Investigamos 

Ménilmontant a través de la mirada vanguardista de Dimitri Kirsanoff

Menilmontat

Una ventana, una cortina rasgada, primeros planos de un hombre, de una mujer y del asesino de ambos. Un hacha suspendida y gotas de sangre en la tierra. Todo esto en apenas segundos, narrado con un montaje dinámico, a la manera en que Serguei Eisenstein nos muestra los desmanes ocurridos en la escalinata de Odessa. Sin embargo, lo que se nos cuenta ocurre en una zona rural, en Francia. Mientras las escenas aterradoras suceden, dos hermanas juegan en la bucólica campiña, en una imagen pletórica de felicidad, propia del naturalismo poético que aún no había hecho eclosión en el país galo. El contraste entre ambas escenas colocan al espectador contra el respaldo de la butaca, dejándolo absorto, desarmado, para recibir el relato de la historia de las hermanas que, ante tal desgracia, deben mudarse a París para buscar un medio con el cual mantenerse.

Más allá de la historia dramática, prevalece un cuidadoso uso del lenguaje, a través de los, para la época, ingeniosos recursos narrativos que no sólo la fotografía aporta, sino también la música. La composición de las imágenes es acompañada por un tempo (en el término musical, aunque la película sea silente), logrado por la dinámica de la cámara y de las imágenes que suelen pasar prestamente ante nuestros ojos cuando se trata de representar la alegría, el paso del tiempo o, incluso, el cierre de una secuencia. En otros momentos, reina una calma angustiante, mientras nos muestra el río, el movimiento del agua, en planos que intentan seducir a la joven madre hacia el suicidio, con un ritmo adecuado a la introspección, al sentimiento de culpa, a la desesperación. Por momentos, la película rebosa de alegría; en otros, la miseria está presente en las migajas del pan, en el frío aliento de la joven madre; también hay instantes contemplativos, cuando los jóvenes enamorados se seducen; o de asombro, cuando la cámara toma al personaje en primer plano, luego lo acerca más, y más todavía…, ocupando su rostro y, sobre todo, su mirada, toda la pantalla. La película es silente, pero vemos la historia de estas hermanas a través de una sinfonía compuesta únicamente con imágenes.

El autor es el violonchelista ruso emigrado a Francia, Dimitri Kirsanoff, famoso por su sinfonía cinematográfica Brumes d’automne (1929). Aunque Kirsanoff era músico, el cine le atraía soberanamente. Compartía su vida y su pasión por el cinematógrafo con su musa, una francesa hija de padre ruso, Nadia Sibirskaïa, famosa por su rostro aniñado y su mirada expresiva. Ambos formaron parte de un grupo estudiante en L’Ecole du Cinéma, con quienes filmó sus primeras películas vanguardistas, en las que se destacaba el uso de cámara en mano y, como lo hemos dicho, un montaje rítmico que imprime una determinada cadencia a cada uno de los planos, según el relato y los sentimientos que se ponen en juego.

Ménilmontant (1926), un melodrama de apenas 38 minutos, relata la historia sin intertítulos, acudiendo a la gestualidad de sus intérpretes (Nadia Sibirskaïa, Yolande Beaulieu, Guy Belmont, Jean Pasquier y Maurice Ronsar) y a una composición vanguardista que utiliza recursos del surrealismo en las imágenes evocadoras de una infancia feliz; del impresionismo, en las ramas que se agitan sobre el agua del río; del expresionismo, cuando esas mismas ramas desnudas aparecen amenazadoras luego del asesinato de los padres; del formalismo, en la edición de las imágenes que utiliza un ritmo ágil y posee una narrativa sugerente, a través de sobreimpresiones metafóricas. También anticipa características del naturalismo poético en los interiores del mísero hotel o en la plaza, donde la joven madre hambrienta recibe las migajas de un anciano que apura su magro almuerzo; y del neorrealismo, en la elección de una historia melodramática, inserta en una realidad social que golpea a los más débiles.

Menilmontat

La violencia inicial, el destino de dos jóvenes provincianas en una ciudad como París, el contrapunto entre las historias de las hermanas, distanciadas por el amor de un mismo hombre, el destino de cada una: la maternidad no esperada y la prostitución, respectivamente, así como los entornos en que se desarrollan sus vidas: las calles del suburbio y el cuarto de un hotel miserable… todos, elementos de sobra para enmarcar esta película en cualquiera de las vanguardias o tendencias antes mencionadas.

El asesinato brutal, narrado al comienzo, inicia una secuencia que finaliza con las cruces en las tumbas de los padres de las jóvenes. Es un prólogo violento y metafórico, con una gran carga simbólica sobre el paso del tiempo. Las niñas han crecido y trabajan en una fábrica. Tienen la alegría propia de la adolescencia y comparten una habitación humilde en un barrio de los suburbios. Es entonces cuando París cobra protagonismo, a través de la cámara que Kirsanoff arrancó de las manos de su operador, para filmar las ruedas de los coches de la gran ciudad, las vías de los tranvías, el empedrado humedecido por la lluvia, las piernas de los transeúntes…,  en primeros planos, desde ángulos originales, muchas veces en movimiento y sobreimpresos. La velocidad de esos planos está dada por el montaje, pero también por el barrido que el operador hace con la cámara, imprimiendo un ritmo acelerado, vibrante, acucioso… Las dos hermanas tomarán caminos distintos luego de un desengaño amoroso. Kirsanoff imprime los rostros de las dos jóvenes sobreimpresos, de perfil, cada una mirando hacia el lado opuesto. Bellísimas imágenes de las dos mujeres que tendrán un destino que podría considerarse trágico si vemos a una de ellas tachar en la pared, mes a mes, lo que le falta para dar a luz un hijo bastardo, o a la otra, recibir monedas de distintos clientes en un hotel regenteado por el mismo hombre que ha marcado sus destinos.

Hablamos de fines de los años 20, cuando todavía no hay demasiadas noticias del naturalismo francés. Cuando el sonido no ha hecho eclosión en el cine. Kirsanoff prescinde de los intertítulos y utiliza con maestría una cantidad de simbolismos para contar con gran efectismo su historia, tan llena de matices y de sentimientos encontrados. Contemporáneo de Louis Delluc, Man Ray o Jean Epstein, Dimitri Kirsanov fue pionero de varios efectos que luego serían utilizados por el naturalismo francés y el neorrealismo italiano. Imprime su sello en todas sus producciones y las realiza al margen de la industria. Él mismo guiona, produce, dirige y filma en espacios reales, acompañado por un elenco estable y cómplice, sobre todo en la figura de su compañera, Nadia Sibirskaïa.

Ménilmontant es, además de lo ya dicho, un claro ejemplo de lo que había evolucionado el lenguaje narrativo cinematográfico a finales de la etapa muda. La aparición del sonido significó un gran retroceso, cuando lo que se buscaba era, justamente, su evolución. Kirsanov nos demuestra lo ágil que puede ser la cámara, lo expresivo que es el rostro humano y lo protagonista que puede ser una ciudad. Dejo la inquietud, para hallar otras maravillas de este director ruso establecido en Francia, un adelantado que no encontró mayor eco en los libros de historia del cine.

Una respuesta a “Ménilmontant a través de la mirada vanguardista de Dimitri Kirsanoff”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *