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Lotte Reiniger: Pasajera de un tren de sombras

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero este no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido

Jorge Luis Borges
Las ruinas circulares (extraído de Ficciones, 1944).

Es muy probable que Borges no haya escrito “Las ruinas circulares” teniendo al cine de animación en mente. Pero su cuento sobre un soñador taciturno que da vida a una creación surgida de sus sueños resulta una maravillosa metáfora sobre esa construcción analógica donde mejor se evidencia el poder expresivo de la imaginación y qué es la animación cinematográfica. El minucioso trabajo realizado, cuadro a cuadro, por los animadores y el aliento vital que emana de su reproducción en movimiento evidencian como ninguna otra cosa en el mundo los misterios insondables que yacen bajo la superficie del cine. Han sido muchos los que se dedicaron a socavar esa superficie e intentaron revelar ese misterio a través del trazo manual, los que esculpieron en el tiempo a través de la materia táctil, lo que posibilita la idea de pensar en el cine de animación como una experiencia que añade una capa más de sentido a la del cine de acción en vivo. Lotte Reiniger ha sido una de esas hechiceras que supieron jugar con sombras sobre superficies luminosas, y sus gráciles creaciones hechas a base de recortes en tijera sobre cartulina negra puestas al servicio de fábulas y relatos infantiles perpetúan esos misterios a través de sus primitivos movimientos.

El amanecer de esa fascinación de la niña Charlotte por las figuras de siluetas y el cine de animación fue prematuro y logró ser llevado a la práctica con inmediatez. Contando con catorce años de edad, la joven asombraba a sus compañeros de escuela por medio de sus teatros de sombras en los que representaba obras de Shakespeare. Criada en un ambiente familiar que no interfirió ni obturó sus tempranos deseos de creatividad, la pequeña Charlotte recibió de parte de su madre una tarjeta navideña que, en un punto, vaticinó su futura vocación por los juegos de luces y sombras. En aquella tarjeta podía leerse una dedicatoria en forma de poema que decía lo siguiente: “¿Toda la oscuridad que hay en mí podría representar toda la claridad que hay en ti?1.

Nacida el último año del siglo veinte, en el entonces llamado Imperio Alemán, Charlotte Reiniger asistió con quince años de edad a una conferencia pública brindada por el cineasta germano Paul Wegener, director de El Golem (1920), que contribuyó enormemente a incrementar su interés por los relatos fantásticos y el cine de animación. La joven se incorporó inmediatamente a la compañía teatral de Max Reinhardt, a la cual pertenecía el mencionado director, donde logró llamar la atención de sus colegas, llevando a cabo el recorte en cartulina negra (la materia prima de sus sueños) de las siluetas de sus compañeros. Impresionado por los resultados, Wegener le brindó a la talentosa y precoz artista la posibilidad de trabajar en el diseño de los intertítulos de sus películas posteriores. Estas primeras incursiones en el ámbito profesional del cine y su ingreso en un prestigioso estudio de animación experimental no solo la afianzaron en sus talentos, sino que además le permitieron conocer a quien sería su colaborador y compañero sentimental de toda la vida, el productor y camarógrafo Carl Koch. Reiniger no demoró mucho en concretar sus primeras creaciones, las cuales incluyeron avisos publicitarios para la agencia Julius Pinschewer (notablemente El secreto de la marquesina, hecha en 1922, una maravilla de dos minutos y medio de duración realizada para la marca de jabones de tocador Nivea, una prueba del fértil campo de creatividad que puede llegar a ser la publicidad puesta en manos de grandes artistas al servicio de la imaginación) y una conocida intervención en una secuencia onírica en la primera parte de Los Nibelungos (1924), de Fritz Lang. En todos estos trabajos, la joven exploró a fondo las posibilidades plásticas y expresivas de las siluetas hechas a base de recortes sobre cartulina negra. En el transcurso de unos pocos años, la realizadora ya formaba parte del selecto grupo de creativos vanguardistas de los años de la República de Weimar, entre los que figuraban artistas como Oskar Fischinger, Hans Richter y Walter Ruttmann (su futuro colaborador en el diseño de fondos), pero, por sobre todas las cosas, la joven animadora ya se destacaba como una artista dueña de un estilo inconfundible y propio, en medio de un contexto sumamente fructífero e inspirado como lo fuera el de la Alemania de aquellos años.

Los trabajos iniciales de Lotte Reiniger llamaron poderosamente la atención de un joven banquero berlinés llamado Louis Hagen, quien le ofreció la inmejorable posibilidad de llevar a cabo su primer largometraje, Las aventuras del príncipe Achmed, una adaptación híbrida de varios relatos de Las mil y una noches. Contando con este invaluable apoyo financiero y con la colaboración de un puñado de artistas (entre ellos, su esposo y el mencionado Walter Ruttmann), Lotte Reiniger llevó a cabo la esforzada labor durante tres años de trabajo ininterrumpido, donde las modestas condiciones que ofrecía el estudio montado en la misma casa del banquero la obligaban a trabajar de rodillas sobre el suelo. El resultado de todo ese esfuerzo excede ampliamente las limitaciones técnicas de su gestación, lo reducido de su equipo de trabajo o el dato estadístico (es el largometraje de animación más antiguo que se conserva hasta nuestros días, condición que no pudo arrebatarle la desaparecida película El Apóstol, del animador italo-argentino Quirino Cristiani, destruida en un fatídico incendio de los laboratorios donde se almacenaban sus negativos). Las aventuras del príncipe Achmed es, tal como señala el historiador Walter Schobert, quien exhibió la película en la Argentina hace siete años con motivo de una muestra de cine alemán de vanguardia en el Instituto Goethe, uno de los triunfos formales más significativos de todos los tiempos, no solo en el plano técnico, sino también artístico, una película que resultó demasiado para los espectadores de su tiempo, quienes no la pudieron asimilar adecuadamente en el momento de su estreno. Contradiciendo lo que dice la versión en español de Wikipedia, la película fue un fracaso económico y obtuvo críticas variadas, lo cual no impidió que Lotte Reiniger pudiera seguir desempeñándose profesionalmente ni evitó que se sintiera profundamente orgullosa por el resultado artístico de su trabajo.

La película es un desborde plástico de belleza y sensualidad. Comienza con un juego de abstracciones que remite a los primeros trabajos de Oskar Fischinger y donde se introduce a los personajes más importantes de la película. El primer acto nos muestra al peligroso Mago Africano, quien se dirige hacia el palacio del Califa con el propósito de impresionarlo, a través de las mágicas habilidades de su caballo alado. Tras rehusar la oferta de oro que el monarca le ofrece para adquirir el caballo, el Mago Africano intenta tomar a Dinarsade, la bella hija del Califa, como ofrenda, tras lo cual es arrestado. Antes de su captura, el Mago consigue engañar al joven príncipe Achmed, hijo del Califa, para que acceda a montar a su caballo encantado, el cual levanta vuelo y se lleva al príncipe hacia una peligrosa tierra lejana poblada por monstruos y demonios.

Luego de aterrizar accidentadamente, el príncipe Achmed irrumpe en un palacio repleto de cortesanas que caen rendidas a sus pies y le ofrecen todo tipo de manjares para que permanezca con ellas. Esta secuencia, sin dudas, representó un gesto muy audaz para la época, ofreciendo a los espectadores la figura de un protagonista intrépido con muy buena predisposición para la acción, el romance y la aventura, y saciando esa sed de exotismo tan propia del público de las primeras décadas del cine. Luego de huir de las tentaciones del palacio, el joven y valiente príncipe se introduce en los bosques y avista a la bellísima Pari Banu, la diosa de aquellas tierras. Escondido entre los arbustos, el príncipe espía a la divinidad mientras esta toma un baño nocturno en las aguas del lago en compañía de dos cortesanas. La maravillosa orquestación de Wolfgang Zeller exalta el erotismo del momento y los primeros planos de Achmed, deslumbrado ante la belleza de Pari Banu, conmueven en toda su expresividad voyeurística. Es esta, sin dudas, la secuencia que mejor resume todo el encanto y las posibilidades del cine de Lotte Reiniger, un instante donde su técnica se funde indisolublemente al contenido y nos maravilla por completo en todo su esplendor. Sus cautivantes juegos de metamorfosis visual, particularmente en las escenas en donde emerge la figura del genio de la lámpara de Aladino o en las del Mago Africano, dando forma a su caballo alado, son de una plasticidad virtuosa y emocionante.

Lo que siguió al estreno internacional de la película fue una seguidilla de proyectos algo irregulares, alternados con los intentos por parte de Reiniger y su esposo por asentarse en la ciudad de Berlín, algo que lograron con la adquisición de una vivienda que hizo las veces de estudio de animación. En feliz convivencia con su esposo y su gato, y recibiendo la visita de otros artistas y colegas como el poeta Bertold Brecht, Reiniger dejó asentadas varias de sus agradables experiencias cotidianas en un diario, acompañándolas de poemas e ilustraciones. Un ejemplo de ello son las anécdotas que la cineasta describe con motivo de la realización de un segundo largometraje de animación basado en el personaje del Dr. Doolittle, el cual la llevó a estudiar detenidamente el movimiento de los animales en cada una de sus visitas al zoológico con la intención de poder plasmarlo con exactitud en sus animaciones. Ante la mirada perpleja de la gente, que no podía comprender las leves mímicas que Lotte Reiniger llevaba a cabo frente a la jaula de los animales, la realizadora también sorprendía a su marido, quien llegó a encontrarla en más de una oportunidad realizando imitaciones de animales en el suelo. El segundo largo de Reiniger se vio eclipsado por el éxito alcanzado por su antiguo colaborador, Walter Ruttmann, con su celebrada película experimental, la grandiosa Berlín. Sinfonía de una gran ciudad (1927), suceso que derivó en que la realizadora se sintiera algo abandonada por su círculo de colegas. Lo que siguió a esta amarga experiencia fue su primera película de acción en vivo, The Pursuit Of Happiness (1928), protagonizada nada menos que por el cineasta francés Jean Renoir, con quien Carl Koch había trabado amistad en una visita a París. La película es un intento de Lotte Reiniger por plasmar algunas vivencias personales en torno a su iniciática fascinación por el cine mudo, pero se vio seriamente afectada por la irrupción del cine sonoro en Alemania, factor que la obligó a doblar las voces de los actores que habían trabajado en un registro silente y que perjudicó seriamente la calidad del film, retrasando su estreno por tres años. Otro paso en falso lo representó su intento por adaptar una ópera de Maurice Ravel llamada L’Enfant et Les Sortilèges, proyecto idóneo y apropiado para esta cineasta si se piensa en el carácter lúdico y colorido que caracterizó a las obras del gran compositor francés, pero que se vio frustrado ante la imposibilidad de Reiniger de adquirir los derechos musicales para su adaptación. Sin embargo, fue en este periodo en el cual la realizadora logró concretar la publicación de un pionero libro de ensayos sobre su trabajo en el campo de la animación: Walking Shadows – An Essay on Lotte Reiniger’s Silhouette Films (1931).

El advenimiento del nazismo en Alemania tocó muy de cerca a la realizadora, la cual mantenía junto a su marido un marcado interés por la política y una notoria afinidad por las ideas de izquierda de su tiempo. Luego de algunos intentos frustrados por asentarse en Londres, París y Roma, Reiniger y Koch debieron regresar a Alemania y afrontar las vicisitudes de la Segunda Guerra Mundial en su país de origen, aunque en este agitado periodo lograron llevar a cabo una docena de cortometrajes, de algunos de los cuales aún se preservan copias y que pueden verse en muy buenas condiciones por You Tube o en el canal del British Film Institute (BFI) en Dailymotion (como, por ejemplo, Papageno, de 1935, encantador trabajo en blanco y negro basado en un episodio de la opera La flauta mágica, de Wolfgang A. Mozart).

Reiniger logró asentarse junto a su marido en Londres a partir del año 1949 y, si bien colaboró asiduamente en campañas de beneficencia y avisos publicitarios, nunca más logró trascender profesionalmente a través de sus cortometrajes animados. Sin renunciar jamás al uso de siluetas hechas en cartulina e incorporando la narración en off y el color a sus filmes, los trabajos más modernos de la realizadora ya no lograron ejercer la fascinación ni despertar el interés de los primeros tiempos en los espectadores, los cuales seguramente encontraron sus creaciones algo anacrónicas y rústicas, opacadas frente a los enormes avances técnicos y expresivos alcanzados por las animaciones de Disney y la Warner Bros.

La realizadora tuvo una existencia larga en compañía de su marido y sus vidas se vieron interrumpidas en edades muy avanzadas. La cineasta no dudó en revelar varios de los secretos sobre su técnica en diversas entrevistas que ofreció en su tiempo, lo que permite pensarla también como una artista generosa y predispuesta a compartir sus conocimientos.

Resulta paradójico que, de los trabajos de una artista tan resuelta a reivindicar el uso de las siluetas como principal medio de representación, se desprenda una expresividad tan luminosa, un atributo que, en conjunto, con su predilección por las fábulas y cuentos infantiles, edifican una filmografía pletórica de magia, imaginación y encanto.

Las creaciones de Lotte Reiniger evidencian su artificialidad de manera primitiva ante nuestros ojos, y su maravillosa imperfección nos separa de cualquier ansia de realismo, nos posibilita disfrutar del artificio como tal. En una cita de Wikipedia que alude a la obra del mencionado Ravel, se sostiene que su obra revela “los juegos más sutiles de la inteligencia y las efusiones más ocultas del corazón”. La frase bien podría aplicarse también a la obra de esta fantástica realizadora alemana y sus inmortales siluetas.

Nota: La fuente consultada sobre la vida de Lotte Reiniger es un documental titulado Lotte Reiniger: Homage to the Inventor of the Silhouette Film, escrito y dirigido por Katja Raganelli.

1 “may the darkness in me be the light in you?”

 

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