Investigamos 

La verdadera historia del cine I

Forgotten Silver

Forgotten Silver se emitió por primera vez el 28 de octubre de 1995 en el canal TV ONE de la televisión neozelandesa y tuvo un éxito inmediato, aunque por razones que, en cierto modo, escaparon de las manos de sus propios creadores, quienes habían concebido su película como un falso documental, con la esperanza, eso sí, de que los espectadores reconocieran tarde o temprano la broma, pues confiaban en que habría filtraciones por parte de la cadena de televisión. No fue así, y Forgotten Silver se convirtió en uno de los mayores “fraudes” de la historia de la televisión, y, por su temática, de la historia del cine –de hecho, así lo ha recogido el Libro Guiness de los Records–. La verdadera historia del cine, que es como se ha titulado en España esta película dirigida por Peter Jackson y Costa Botes, se inserta, por tanto, dentro de un género denominado mockumentary o falso documental (mock significa “imitación” o “burla”).

Forgotten Silver. CartelLa primera vez que vi este falso documental, hace doce o trece años, me lo creí todo, de cabo a rabo, porque me parecía verosímil, y, en una época en la que el uso de Internet no estaba tan generalizado, resultaba mucho más difícil contrastar algunos datos. Había en Forgotten Silver una auténtica sensación de realidad, y, aunque la historia de Colin McKenzie resultaba un tanto estrafalaria, encajaba perfectamente con lo que habían sido los inicios de la Historia del Cine, a caballo entre el espectáculo de barraca de feria y el arte, con pioneros que tenían tanto de genios como de locos. Lo que no sabía entonces era que el documental de Jackson y Botes estaba repleto de verdades (datos históricos, personajes reales, imágenes de la época…). Como dice Costa Botes, “el mejor sitio para esconder una mentira es justo detrás de una verdad”. La verdadera historia del cine es una magnífica falsificación que no solo se inventa a un personaje, Colin McKenzie, sino toda su biografía, y va más allá, cuando se decide a recrear su supuesta filmografía, especialmente la que se considera su obra maestra, Salomé. Peter Jackson fue el encargado de realizar todas esas películas del cine silente que dirigió McKenzie, mientras que Costa Botes se centró sobre todo en la parte documental, cuando encuentran las latas oxidadas, esa “plata olvidada” que da título al conjunto.

En cierto modo, La verdadera historia del cine traza una historia paralela del séptimo arte en Nueva Zelanda, un país en el que el cine comenzó de forma temprana, pero en el que ha tardado bastante en consolidarse como industria, algo que no ocurrió hasta la década del sesenta o del setenta del siglo XX. En realidad, el trasunto real más evidente para Colin McKenzie sería el director norteamericano David Wark Griffith, creador del lenguaje cinematográfico. Pero Costa Botes y Peter Jackson no se conforman únicamente con hacer de McKenzie un Griffith neozelandés, sino que lo convierten también en un inventor, en una mezcla entre los hermanos Lumière y Thomas Alva Edison. McKenzie reúne en su persona a un técnico brillante y a un director visionario. Ahí es donde radica uno de los mayores atractivos de la cinta, en que elabora una suerte de “ficción de archivo”, pues no solo se inventa a un personaje, sino que se crean, se fabrican todos los documentos (tanto fotográficos como cinematográficos) que pretenden dar carta de naturaleza, verosimilitud, a dicho personaje, el apócrifo director Colin McKenzie.

La verdadera historia del cineHay en Forgotten Silver mucho de ejercicio, es verdad, pero esos alumnos aplicados que se apellidan Jackson y Botes no renuncian nunca a la dimensión del juego. Es curioso comprobar cómo los rumores y las leyendas urbanas pueden convertir la mentira más grande en una verdad aceptada sin reparos por muchos. Si inventas una buena mentira, la gente ya se encargará de extenderla por ti, sobre todo ahora, en una época en la que Internet puede hacer circular los bulos a una velocidad insospechada. La emisión de Forgotten Silver provocó un enorme revuelo en Nueva Zelanda, ya que mucha gente creyó que lo que estaba viendo era real, del mismo modo en que la emisión radiada de La guerra de los mundos en 1938 provocó una situación de pánico difícil de controlar, lo que obligó a Orson Welles a disculparse públicamente. Lo mismo ocurrió con Jackson y Botes, que tuvieron que disculparse públicamente y explicar que, en realidad, ellos se habían inventado a Colin McKenzie.

Lo que resulta evidente es que un documental nos puede engañar de una forma mucho más sincera que cualquier otro género, ya que lo consideramos el género de la verdad y la información por excelencia. Jackson y Botes no se inventan el género, ni mucho menos, pero lo llevan a su extremo –Jackson no quiso incluir los créditos reales y fue coherente con su “fraude” hasta el final del metraje, algo que no terminaba de convencer del todo a Costa Botes, y que nos obliga a buscar en otros lugares, fuera de la propia película, los auténticos créditos–. Ha habido falsos documentales antes y después de Forgotten Silver, pero normalmente los espectadores acaban por darse cuenta del engaño, o ya lo saben previamente. Pero a los 400.000 neozelandeses que vieron Forgotten Silver el 28 de octubre de 1995 los pilló de improviso, los sorprendió en sus hogares. Ese mismo día, en la revista Listener, un artículo de Denis Welch titulado “Heavenly Features” –en clara referencia al título original de Criaturas celestiales, Heavenly Creatures– hablaba de Colin McKenzie y de lo que su descubrimiento había supuesto para el cine neozelandés.

Fotograma de Forgotten SilverForgotten Silver se ha convertido en un hito dentro del género de los falsos documentales o mockumentaries, término acuñado por Rob Reiner cuando lo utilizó para referirse a una película que él mismo había dirigido, This is Spinal Tap (1984), y que trataba sobre una ficticia banda de heavy metal –que terminó grabando, eso sí, varios discos–. Otro referente inexcusable dentro del género es Zelig (1983), de Woody Allen, pero podemos también citar otros títulos, como Holocausto caníbal (Cannibal Holocaust, Ruggero Deodato, 1980), Ciudadano Bob Roberts (Bob Roberts, Tim Robbins, 1992), El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), Noviembre (Achero Mañas, 2003), C.S.A.: The Confederate States of America (Kevin Willmot, 2004), Borat (Borat: Cultural Learnings of America for Make Benefit Glorious Nation of Kazakhstan, Larry Charles, 2006), REC (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007), Monstruoso (Cloverfield, Matt Reeves, 2008) o Distrito 9 (District 9, Neill Blomkamp, 2009). Ahora bien, en ningún caso los límites entre realidad y ficción fueron tan difusos como en el de Forgotten Silver, que despliega una amplia gama de recursos para confundir al espectador.

De todas maneras, aquí no vamos a centrarnos en el género al que pertenece La verdadera historia del cine, sino en la visión que esta película ofrece del cine silente, cuya historia vuelve a escribir, si bien de manera apócrifa, desde sus orígenes. Lo primero que vemos es a Peter Jackson explicándonos cómo encontró algunas de las películas de Colin McKenzie en el cobertizo de una casa de Pukerua Bay, al norte de Wellington, cerca de casa de sus padres. Allí descubrió unas latas de películas de 35mm, lo que implicaba que no se trataba del trabajo de un aficionado, sino obra de un profesional. Al llevar todo ese material a la Filmoteca, todos quedaron sorprendidos por la figura de Colin McKenzie. A continuación, distintos testimonios nos acercan a esa figura –entrevistas con Jonathon Morris, de la Filmoteca, con el historiador Leonard Maltin y con el productor de Miramax Harvey Weinstein– mientras Jackson y Botes tratan de justificar el hecho de que su existencia fuera prácticamente desconocida.

Falso documentalMcKenzie nació en 1888 en Geraldine y desde joven mostró un gran talento para la mecánica, tal como demostró en su trabajo en el taller de reparación de bicicletas de su tío. Su primer contacto con el cine tuvo lugar en 1900, cuando quedó fascinado por el cinematógrafo ambulante –mientras los niños disfrutaban de lo que veían en la pantalla, él se quedaba embobado mirando el proyector–. Si Thomas Robbins es el actor encargado de dar vida a Colin, su viuda, Hannah, está interpretada por Beatrice Ashton, pero esto es algo de lo que el espectador del documental no es consciente en ningún momento, ni siquiera en los créditos finales.

A partir de ese primer encuentro, Colin se convierte en un nuevo Lumière o Edison, perfeccionando la tecnología necesaria para poder grabar escenas más o menos cotidianas. De este modo, logra montar una cámara sobre una bicicleta, lo que lo convertiría en el inventor del travelling, como queda demostrado en Bicycle Camera Test (1901) –por eso decimos que, en cierto modo, Forgotten Silver reescribe los orígenes del cine, pues el travelling lo utilizó por primera vez uno de los operadores de los hermanos Lumière cuando grabó algunas imágenes de Venecia subido en una góndola en movimiento–. Además, McKenzie fabricaba su propia película con plantas y albúmina de huevo.

Continúa – Segunda parte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *