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La realidad está ahí, ¿para qué manipularla?

Mi nombre es Sal

 

Una discusión ya superada instaba a colocarse de un lado u otro cuando se discutía si Araya, de la venezolana Margot Benacerraf, era documental o ficción. La directora renegaba del título de “documental” que se le asignaba a su obra. Si bien retrataba a los habitantes de un pueblo real que vivía del trabajo sudoroso en las salinas, ella había establecido algunos movimientos de los “actores”, que no eran otros que gente del pueblo, y les había indicado algunas poses en virtud del plano que esperaba filmar.

En el mismo sentido aparece una de las últimas películas que vi, Mi nombre es Sal, que muestra el minucioso, duro trabajo de una familia en una salina de Irán. Un mar de arena con dos barcas abandonadas, el pozo profundo de donde desentierran sus herramientas año tras año y la obtención de la sal como racimos de hielo en unas manos resquebrajadas por el sol del verano son imágenes que no logran abandonarme. No es la mejor película que vi este año, pero lo que relata ha dejado impreso en mí una profunda admiración por la dignidad con que esa gente realiza un trabajo en un paisaje que, aunque agreste, ofrece unas imágenes de insuperable poesía. Es el sujeto del film el que me conmueve, pero Farida Pacha ha sabido retratarlo con gran sensibilidad.

Y esto me retrotrae a otros ámbitos, donde también la naturaleza indomable se impone al hombre que intenta doblegarla, a pesar de su insignificancia. El mar furioso, las playas rocosas, el bosque brumoso, un faro inútil que ilumina una costa donde han encallado tantos barcos, que se ha denominado Costa da Morte a tal geografía. La constante búsqueda formal de Lois Patiño ha llamado esta vez mi atención. Nos lleva ante ese paisaje soberbio, donde el hombre, desde su minúscula presencia, cobra importancia a través del trabajo sonoro, poniendo en primer plano sus voces, mientras narra anécdotas que definen aún más el espacio que habita. Magníficamente concebido, este “documental” también recibe la manipulación humana, sobre todo en el registro sonoro, pero retrata una realidad que estaba antes que la lente de Patiño pudiera registrarla… y seguirá estando más allá de la imaginación del autor y del sentido que completa el espectador.

Este año, después de haber asistido a tres festivales, son estas imágenes las que persisten en mi memoria con una insistencia que nubla todas las otras vistas durante estos doce meses y tantas horas en la sala oscura. Eso es lo que importa cuando una película nos llega. La definición en géneros no deja de ser un corsé que le imponemos al arte cuando quiere salirse de sus márgenes. Lo que tenemos delante de nuestros ojos es la realidad. Lo maravilloso es cuando encontramos un autor que sepa retratarla para conmovernos de tal manera como lo debe haber conmovido a él.

Liliana Sáez

Directora de AULA CRÍTICA, Escuela de Crítica Cinematográfica y de EL ESPECTADOR IMAGINARIO

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