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La mujer de la montaña

Kona fer í stríð. Benedikt Erlingsson. Islandia, 2018.

LamujerdelamontañaCartelIslandia, un país que apenas alcanza los 300.000 habitantes, puede presumir de la posesión de una potente industria cinematográfica nacional, además de contar con un conjunto de realizadores que están alcanzando resonancia en el ámbito internacional. Con el apoyo de la administración, el camino se inició en el pasado siglo, hasta llegar a la visibilidad actual. Basta nombrar unas cuantas obras de reciente elaboración, como Volcán de Rúnar Rúnarsson (Eldfjall, 2011), Corazón gigante, de Dagur Kári (Fúsi, 2015),  Rams (el valle de los carneros), de Grímur Hákonarson (Hrútar-Rams, 2015), Heartstone corazones de piedra, de Guðmundur Arnar Guðmundsson (Hjartasteinn -Heartstone, 2016)o Buenos vecinos, de Hafsteinn Gunnar Sigurðsson (Undir trénu, 2017). El director Benedikt Erlingsson, conocido principalmente por su labor en el mundo teatral, debutó en el largometraje de ficción con el filme De caballos y hombres (Hross í oss), en el 2013. Se trataba de una mirada sobre el amor y la muerte en un lejano paraje islandés, adoptando la mirada de los equinos. En esta ocasión, con La mujer de la montaña, el realizador se centra en la vida de una mujer de cincuenta años, Halla, dedicada con pasión a la lucha para la protección del medio ambiente.

Pero nuestra protagonista, interpretada por Halldóra Geirharðsdóttir con el excesivo registro de expresividad y pasión que al parecer caracteriza al personaje, no se limita a combatir los abusos ambientales como una convencional activista al uso. Halla, además de lo anterior, se ocupa personalmente de sabotear instalaciones eléctricas. Todo, en la búsqueda de impedir la incursión de monopolios industriales asiáticos y su instalación en masa por el país. Además de esas tareas, dirige un coro (de música; luego hablaremos del griego, omnipresente en la obra). Mientras tanto, recibe la “grata” sorpresa de que ha sido aprobada la adopción de una niña que solicitó años atrás y que daba por perdida. No es baladí el nombre de la mujer que acapara la mayoría de fotogramas. Coincide con el de una especie de bandolera local del siglo XVIII que se instaló en las montañas al margen de la legalidad. Una Robin Hood en femenino y además, islandesa. No falta la flecha.

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Benedikt Erlingsson filma su historia en escenarios amplios, otorgando la máxima importancia a las montañas ya aludidas en el título. Además, como singularidad o rasgo de autoría, inserta en algunos momentos músicos o mujeres vestidas con trajes regionales, acompañando la acción con tal estruendo que personalmente nos disturba. El coro griego que antes referíamos. Y los sentimientos que despierta se encuentran muy lejos de la impactante sensación que nos produjeron similares recursos en películas, por ejemplo, del serbio Emir Kusturica. La táctica empleada por el director islandés se convierte en una técnica que recorre todo el filme y se apodera del mismo. La obra pretende hacerse diferente con tres músicos sonando de forma diegética en pantalla. No lo consigue. Una ruptura entre fronteras sobre los sonidos que se encuentran o no en la ficción. Un resorte que recientemente también utilizó Alejandro González Iñárritu en Birdman (2014). En realidad, y descartando como atrayente la forma en que se lleva a cabo esta decisión, no encontramos ningún otro detalle o circunstancia que otorgue especialidad a la película de Erlingsson. 

Si al principio de este artículo hemos señalado algunas obras contemporáneas islandesas muy atrayentes, por desgracia, insistimos, no nos parece que en este largometraje se alcance o aborde de manera coherente ninguna cuestión  que seduzca y no lleve al desapego del espectador, ni en la forma ni en el fondo. Además, se rodea toda la película de un supuesto tono de comedia o enredo que observamos desde la lejanía. Y poca gracia producen risas a costa de penalidades. Algo con lo que no conectamos casi nunca y si se aborda, debe hacerse desde un prisma muy carismático. Al final, percibimos una obra que parece descuidada, sin que desprenda una convicción clara de lo que realmente se quería trasladar al público y la forma de acometerlo. 

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No entendemos cómo las autoridades de algunos países orientales de Europa llegan a conceder ciertos permisos de rodaje en sus tierras, si es que realmente se localizan en las mismas. Ya sea Ucrania, Lituania, Georgia o cualquiera de ellos. El comentario viene a cuenta de corrupciones, sobornos varios en adopciones, visiones unívocas de pobreza, caos e, incluso, como en esta ocasión, inundaciones que todavía desconocemos la razón de su inclusión en la obra. ¿Vendrá añadida a cuenta de las transformaciones climáticas que se combaten? Es muy posible.  Sobre la podredumbre y corruptela en entornos en los que se producen adopciones internacionales de niñas y niños, nos acordamos de La adopción, reciente y estimable largometraje español de Daniela Féjerman (2015).

Por otra parte, muchas de las acciones que recoge el filme resultan poco creíbles y hasta rozan el patetismo, aunque se rodeen de ese tono cómico del que ya hemos hablado. Al respecto, podemos poner como ejemplo las vicisitudes del extranjero. Elección realmente triste para mostrar que el más oscuro es el que, en definitiva, termina “comiéndose el marrón”. Sí, en intensidades de color facial estamos. ¿Cómo puede utilizarse esa situación para intentar hacer reír a la audiencia? Y cambiando de tercio, pero en la misma línea de incredulidad, cuando les interesa a los autores de La mujer de la montaña, se intensifica desmesuradamente el carácter obtuso, incompetente, añadiríamos también cegato, de autoridades, políticos y fuerzas del orden en general. 

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Ya ven que no hemos entrado en la película, no hemos podido. Resultan insólitas y en exceso fantasiosas las andanzas de Halla. Además, la evolución del guion no ayuda. Poca sustancia queda, por tanto. Al menos, la trama está montada de forma bastante ligera, con buen ritmo, no nos atrevemos a decir que atolondrada. Duele menos. 

Se visitan demasiados asuntos, sin ahondar en ninguno. El principal, parece, la denuncia al destrozo que estamos realizando con el planeta, se queda en un simple viento ligero, desbordado por el insólito tono de comedia, casi de charlotada. Entre lo grotesco o lo ridículo, se pierde también por el trayecto la acusación sobre el abuso y dominación del mercado de multinacionales o la necesidad de proteger bienes propios contra el olvido y subsiguiente desaparición. 

Poca cosa por tanto para destacar, en esta lucha contra drones y cables, envueltos en aromas de carneros autóctonos de los parajes en los que se desarrolla. Esos animales que además de dar signos de identidad, se convierten en una de las formas fundamentales de subsistencia, protegen y para rematar, otorgan anonimato. 

 

Tráiler:

Ficha técnica:

La mujer de la montaña (Kona fer í stríð),  Islandia, 2018.

Dirección: Benedikt Erlingsson
Duración: 100 minutos
Guion: Ólafur Egilsson, Benedikt Erlingsson
Producción: Coproducción Islandia-Ucrania-Francia; Slot Machine / Gulldrengurinn / Vintage Pictures / Nordisk Film
Fotografía: Bergsteinn Björgúlfsson
Música: David Thor Jonsson
Reparto: Halldóra Geirharðsdóttir, Jóhann Sigurðarson, Juan Camilo Roman Estrada, Jörundur Ragnarsson

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