Críticas

Una competición personal

La aspirante

The Novice. Lauren Hadaway. EUA, 2021.

¿Recordáis la película Whiplash? ¿Aquella en la que un joven baterista de jazz, movido por una ambición desmesurada intenta hacerse un hueco a toda costa y a ritmo de baqueta en uno de los conservatorios más prestigiosos de la ciudad? Pues bien,  Lauren Hadaway, directora de La aspirante, fue la editora de sonido de la película estrenada en 2014 de Damien Challeze. Estoy seguro de que esta realizadora que estrena proyecto en pantalla grande tomó apuntes de la historia, pues sus personajes principales comparten rasgos muy similares. Sobre el papel, podría decirse que ambas son primas políticas, sin embargo, existen diferencias contrastables tanto a nivel visual como a nivel ideológico. Sin ir más lejos, mientras que el final de La aspirante muestra una ambigüedad interpretativa, en Whiplash, y la filmografía del joven Challeze en general, hay un guiño más o menos evidente al comportamiento neoliberal del individuo que busca el éxito a cualquier precio sin importar la devastación que deje a su paso.

La protagonista de esta historia es Alex Dall, una estudiante que se une al equipo de remo de su universidad con la intención de superar las mejores marcas y de ir escalando posiciones lo más rápido posible como si la vida le fuera en ello. No parecen existir motivaciones internas o externas de peso que hagan pensar que la joven actúa por conseguir un objetivo más o menos trascendente, más bien su personalidad limítrofe parece haber sido devorada por un sistema que premia al mejor sin cuestionamientos previos.

Desde el momento en el que se apunta al equipo de remo, todo en ella es sangre, sudor y lágrimas y por consecuente, la familia, las amistades o los amores han de quedarse relegados a un plano muy inferior, algunos casi inexistentes. Algo interesante que muestra Hadaway es el punto de vista que toma respecto a su protagonista, normalmente el esfuerzo físico y mental por el que suele pasar un personaje de este tipo (que muchas veces se convierte en un infierno) es debido a un agente externo que le demanda más de lo que puede dar. Pongamos el ejemplo del profesor exigente que quiere convertir a su alumno en el mejor batería de todos los tiempos, o el clásico sargento de hierro que con rectitud patriótica intenta que sus soldados den su vida con todo el profesionalismo posible en el campo de batalla. En este caso no hay agente externo, Alex se persuade a ella misma, ella misma es amiga y enemiga a la vez. De hecho, su profesor mantiene una actitud de bondad hacia su persona y se preocupa por su estado de ánimo y sus objetivos como si de un padre se tratara, algo que subraya la realizadora para atestar que todo es fruto de un proceso interno. Intentar entender entonces de dónde ha surgido tanta aversión a una misma no es posible a priori, pues el filme tampoco da tregua, no hay puntos muertos, las elipsis quedan erradicadas para fomentar una energía y agotamiento psicológico tanto en la protagonista como en el espectador. Eso hace que la película mantenga un tono exageradamente elevado, un tour de force que termina en un agotamiento exasperado en busca nuevos límites.

Pero justo al inicio y en un plano cenital que da vueltas sobre sí mismo, se atisba una embarcación de competición que flota en unas aguas ennegrecidas, un negro intenso que desde la lejanía puede aparentar ser una nave espacial perdida en el espacio. Esta imagen entronca a su debido tiempo y se le da sentido en una conversación entre Dall y su amiga sobre cuál era el objetivo real de que los americanos llegaran los primeros a la luna: ¿No fue acaso una lucha de egos? ¿Una lucha para sentirse superior a su competidor? Ahí puede estar la clave de la personalidad extrema de Dall, un agujero negro egocentrista que absorbe todo lo que ve a su paso en un intento de superar al rival para engrandecer su narcisismo.

Como ya es reivindicativo del cine de nuestro tiempo, el cuerpo vuelve a ser protagonista de excesos al sentido de la propia existencia. Un habitáculo de dolor. Dall es fría, su mundo gira en función a los números, no para interpretarlos, sino para superarlos. Lleva su cuerpo hasta la estigmatización, a unas úlceras sangrantes en sus manos que recuerdan a las heridas de Cristo. Los remos y los madrugones existen en su mundo como mecanismo de superación personal.

El nerviosismo de la cámara y los planos extremadamente cerrados hacen de La aspirante un viaje introspectivo y muy oscuro. La poca luz artificial que se cuela por la lente recrea una atmósfera subterránea, sofocante, y el montaje que funciona a ritmo de cronómetro, con sus cortes abruptos, le dan un carácter apresurado, como si la imagen quisiera tomar atajos para adelantarnos lo que va a suceder. Todo esto para reflejar el mundo de una joven con una fijación obsesiva por la superación, una máquina de mirada fija que suda competitividad por todos los poros de su piel.

Pese a que su final se aleja de todo moralismo, entiendo que su directora no hace guiños malintencionados a ciertos comportamientos cada vez más asiduos, lo que podría definirse como una despersonalización en pos de un individualismo radical, sino más bien, nos muestra el infierno individual en lo que paradójicamente es un deporte de equipo.

 

Ficha técnica:

La aspirante (The Novice),  EUA, 2021.

Dirección: Lauren Hadaway
Duración: 94 minutos
Guion: Lauren Hadaway
Producción: Picture Movers Anonymous, H2L Media Group
Fotografía: Todd Martin
Música: Alex Weston
Reparto: Isabelle Fuhrman, Jeni Ross, Amy Forsyth, Kate Drummond, Jonathan Cherry, Nikki Duval, Charlotte Ubben, Robert Ifedi, Dilone, Eve Kanyo, Al Bernstein, David Guthrie, Sage Irvine, Chantelle Bishop

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