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Jugando con el tiempo

En una película de 1896 que dura poco más de un minuto, Auguste Lumière dirige a unos obreros en el derribo de un muro. Poco después de que caiga envuelto en una polvareda, los obreros empiezan a caminar hacia atrás, el polvo se reabsorbe y el muro se levanta del suelo. Es, se dice, el primer fragmento de reverse motion de la historia del cine. También se dice que empezó siendo un error del operador y que los  astutos hermanos enseguida vieron sus posibilidades como espectáculo. No importa si esa fue la primera vez ni si fue un error, pero poder ver el tiempo moverse hacia atrás, aunque fuese una ilusión óptica, fue algo más que un truco de feria. Fue la primera visualización de una pregunta  que llevaba unos años planteándose y que define como pocas la modernidad: ¿qué es el tiempo? Solo un año antes, 1985, H.G. Wells había publicado The Time Machine (La máquina del tiempo), que en su traducción al francés se llamó La máquina de explorar el tiempo. Cómo nos gustaría eso, explorar el tiempo, en lugar de ser arrastrados por él. Desde aquel muro que se levantó del polvo, el cine nos permite de vez en cuando esa fantasía, nos propone jugar un poco con lo único irremediablemente serio que hay.

En la escena del viaje temporal de El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960) Rod Taylor se sienta en un artefacto de estética steampunk y, con la expresión de un niño cuya ilusión por la travesura que está a punto de cometer vence al miedo a las consecuencias, empieza a accionar los mandos hacia adelante, porque todo el mundo sabe que en una máquina del tiempo, hacia adelante significa al futuro. Primero las flores se cierran y se abren, la vela se consume en un segundo, el sol empieza a pasar una y otra vez, la noche y el día se suceden, el manzano florece, da fruto, las manzanas maduran; en una tienda de modas que tiene enfrente un maniquí cambia de ropa velozmente; unos grados más de presión y el tiempo se acelera, cambian el paisaje y los edificios, se suceden la guerra y la paz, todo cambia “excepto la sonrisa de mi inmutable amiga”, dice refiriéndose al maniquí que inexplicablemente sigue ahí, soportando sin inmutarse un siglo de cambios de estilo. La película obtuvo el Oscar de Efectos Especiales en 1960 por su habilidad en conseguir visualizar la idea de Wells a base de time lapses y mucha imaginación.

Otra escena muy diferente, pero que a mí me provoca la misma euforia infantil, también juega con el tiempo, pero en otro sentido: si yo pudiese moverme con infinita rapidez el mundo parecería inmóvil. Es lo que le ocurre a Peter Maximoff, alias Quicksilver (Evan Peters) en X-Men: días del futuro pasado (Bryan Singer, 2014). En la cocina del Pentágono, un grupo de policías apunta con sus armas a Lobezno, Xavier y Lensherr. Cuando disparan, Quicksilver se pone los cascos y empieza a sonar una canción extraordinaria: Time in a bottle, de Jim Croce (1973): “Si pudiera guardar el tiempo en una botella / la primera cosa que me gustaría hacer / es guardar cada día hasta que la eternidad desaparezca / solo para pasarlos contigo / si yo pudiera hacer que los días durasen para siempre / si las palabras pudieran hacer realidad los deseos /guardaría cada día como un tesoro / y luego, de nuevo, los pasaría contigo». Quicksilver corre por las paredes de la cocina al son de los románticos versos mientras las balas se dirigen lentamente hacia sus amigos. Prueba con un dedo la comida, hace varias travesuras, como quitarle la gorra a un policía, a otro ponerle en la trayectoria de un plato que vuela o cerrarle el puño a otro y llevárselo a la cara, y solo al final, cuando las balas ya se acercan al rostro de sus amigos,  cambia ligeramente su trayectoria para que se estrellen contra la pared. Cuando el tiempo recupera su velocidad normal, los policías caen al suelo, las balas silban rozando a sus amigos y nadie sabe qué ha pasado, excepto Quicksilver, que los mira a todos, mientras se quita tranquilamente los auriculares. Esos minutos al ritmo de Time in a Bottle son su secreto, porque su tiempo es diferente. Jim Croce murió en un accidente de avión pocos meses después de sacar esa canción y nunca supo que sería un éxito, que mucha gente pensaría en lo precioso que es el tiempo justo cuando el suyo se hubiese acabado. Elegirla para una escena de X-Men fue incongruente y genial.

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