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Joker, el espejo del espectador

Joker, la película

Sin darnos cuenta, todos los días protagonizamos un acto de verdadera introspección filosófica por las mañanas. No es el hecho de levantarnos, que también es costoso y meritorio; se trata del momento de vernos reflejados en el espejo. Cada uno elige, fruto de lo casual o de lo planeado, cuándo lleva a cabo ese momento. Y, aunque parezca banal, práctico o fortuito, ese reflejo constata algo más. A unos les mostrará el paso del tiempo, a otros la imperfección lógica de nuestra especie y todos nos encontraremos, de un vistazo, con nosotros mismos. Este trance revelador confiesa lo que somos y cómo somos, incluso aquellas partes más oscuras y feas que, por razones de estética, tratamos de ocultar a un objeto más sabio que el del cuento de Blancanieves.

Arthur Fleck se maquilla de nuevo para salir a la calle. Trabaja de hombre-anuncio, vestido de payaso. Se aplica pintura en la cara delante de un espejo, muy lentamente, y el reflejo no deja de evidenciar quién es y cómo es su vida. Sus compañeros se ríen de él, mucha gente por la calle le humilla, vive con una madre dependiente de sus cuidados y con un padre ausente. Fleck se siente como un bicho raro, todos se lo manifiestan. Tiene problemas mentales, se medica y va a terapia, aunque esta termina por recorte de fondos. Su esperanza se construye desde la ficción que le otorga su programa de televisión favorito y la promesa de una madre que, desde que tiene uso de razón, le dice que había venido al mundo para dar alegría a los demás. Y aunque existen asideros que le mantienen a flote, estos pocos acabarán desapareciendo, cubriendo sus ausencias con la traición y el trauma, sumergiéndolo en la locura. El espejo es revelador.

El espejo en Joker

Fleck es un outsider porque el mundo le ha hecho así. Todos le ha han dado la espalda, en todos los niveles: laboral, estatal, familiar y social. Y solo tiene su enfermedad y su soledad. Se le ha despojado hasta de su humanidad, de aquella a la que apelaba el filósofo griego Aristóteles al afirmar que «el hombre es social por naturaleza». En este relato que es su propia vida no encuentra ni un hombro donde descansar ni una mano compasiva. Porque las personas parecen haber decidido salvarse y procurarse el máximo bien a sí mismas sin mirar a su alrededor. Total, ¿a quién importa un tipo tarado que se viste de payaso? Este entorno frío, desprovisto de empatía, queda muy bien reflejado en el filme de Todd Phillips: con una psiquiatra cargada de números y con ningún sentimiento, con unos padres que nunca lo fueron y una turba de airados ciudadanos descontentos con un sistema al que tienen que destruir, a los que se les ha olvidado que, después, algo tendrán que construir.

A nuestro protagonista, repudiado y abandonado, no le queda más salida que morir, dejarse ir y formar parte de la estadística. El paso de la muerte que arroja la pantalla supone el desprendimiento del último resquicio que le une a su esencia humana y a la sociedad en conjunto. Pero este hecho, además de convertirse en el fin de una existencia se resimboliza para mutar en una alegoría de la no-humanidad. Arthur Fleck acaba para dar paso a Joker, el reflejo del reverso más oscuro y terrible de lo que es la sociedad y sus individuos. Al fin, el personaje triunfa frente a la persona y encarna, a modo de anticristo, la imagen de una ciudad, Gotham City, que parece estar desorientada. Joker ha soltado el lastre que le ataba al resto de sus congéneres, esos que en la calle lo encumbran como efigie del individualismo, del descontento y del ojo por ojo.

La película se estructura, así, como caída al abismo del protagonista, algo que conocíamos antes de entrar en la sala de cine. Joker es un ángel caído que no volverá a subir más las escaleras –una imagen muy bien traída que encierra la esencia de las dos horas de metraje– de la razón, del orden, de la compasión o de la justicia, porque desciende las mismas, jocosamente, para no regresar.

Joker es el reflejo de la propia sociedad estadounidense, entorno que es, de hecho, el más próximo al director y guionista. Bebe de sus referencias sociales (aislamiento o privatizaciones estatales), incluso de sus «personajes» reales, con un Thomas Wayne más parecido al soberbio Donald Trump que al amable rico filántropo al que se perdona todo. Y aunque el imperio es la punta de lanza de lo bueno y de lo malo, esa sociedad es por extensión toda la occidental, que rezuma desencanto, falta de empatía o individualismo en distintos grados. La obra de Phillips produce un efecto en pantalla metafórico, al subrayar los males que aquejan al ser humano en concreto y a la especie en su conjunto. Es un toque de atención sobre las consecuencias de lo que día a día edificamos: cronificación del egoísmo, destrucción de espacios de encuentro…

La cinta es un rara avis, de eso no hay duda. Mainstream y León de Oro en Venecia, crítica con la sociedad y producida por grandes multinacionales del entretenimiento, un auténtico juego de espejos que evoca a un tiempo la satisfacción estética y el desconcierto de ver nuestra miseria en pantalla.

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