Críticas

Cuando todo parece estar bien

Happy End

Michael Haneke. Austria, 2017.

Happy end aficheEn cierto sentido, una continuación de Amour (Haneke, 2012), pero desde el cuidado en la apariencia. Cierto toque de ironía envuelve situaciones que se deslizan bajo el manto de un “como si”, que pretende definir a una clase social. Insensible exigencia de acciones, poses y cumplimientos, que marcan una posición a sostener, el rol moral es ineludible. Pero, la realidad encuentra fisuras que hay que cubrir cuidadosamente para evitar la doble consecuencia: por un lado, el reflejo del propio ser; por otro, el “qué dirán”. Todo sucede sin reconocimiento familiar, se sigue adelante en la compostura habitual, automatismos necesarios; la inexistencia de un comprender empático en aras de lógicas sociales y personales.

Con la sutileza habitual, Haneke nos va regalando imágenes sugerentes atravesadas por contradicciones solo aparentes. El guion marca diferencias, no establecidas como tales, de manera directa, el espectador determina. El sentido común puesto a prueba como rector al estilo Haneke, no hay hermetismo, solo sutiles contrastes marcados por continuados travellings de mínimo desplazamiento. Se evitan cortes abruptos, la historia se desenvuelve suavemente con toques mínimos de pequeñas incertidumbres de sentido, zanjadas en tiempos breves. Planos generales con diálogos imperceptibles por la lejanía y el ruido de las calleas. Se perciben, a cierta distancia, escenas donde solo los movimientos corporales expresan un sentido a discernir. Lenguaje cinematográfico que marca un estilo presente en el resto de su obra.

Happy end fotograma

Varias situaciones se suceden en familia: un padre que debe reunirse con su hija luego de la separación de su madre, las ideas suicidas de un abuelo y un accidente en la construcción. Todo atravesado por una modalidad de convivencia inalterada desde la forma. La superficie es mandato social de la comodidad; el aferrarse a un sistema pautado, desde comportamientos y reacciones preestablecidos, pretende reunir la experiencia en categorías solventes y disolventes: la resolución de lo que estorba, y la disolución de los problemas. Semejante a un barrido bajo la alfombra, pero con el ofrecimiento de poses como cualidad diferenciadora. No es solo un no reconocimiento, sino el poner en su lugar otra cosa que asegure la apariencia. En la superficie todo debe “ser normal”, en la vida de una respetable familia burguesa no se permiten ciertas licencias liberadoras del cliché. Pero, el relato, a su vez, sirve en sentido general; nos posiciona frente a lo humano en relación a lo no aceptado por la sociedad, aun, si las ideas o acciones refieren solo a consecuencias propias, a afectaciones individuales que no involucran la vida del colectivo.

Happy end plano

El tema de la muerte autoinfligida a partir de una decisión determinante, la conciencia de una situación desventajosa, la experiencia de lo intolerable, y la insistencia en una salida digna al riesgo por abandono; una serie de premisas que desembocan en la posibilidad del suicidio como opción, ni siquiera censurable, sino aceptable como decisión humana en el ejercicio del libre albedrío. La naturalidad remite más a poses que a tragedias, solo realidades de la vida existentes como tales y hasta compartibles, un destape condicionado por la comunidad de la existencia. Las etapas de la vida se conjuntan, comunicación que no sorprende, la muerte enfrentada desde la aceptación de un dolor, condiciones imaginarias o reales soportan decisiones legítimas, inherentes a una vivencia ajena; el espectador, por diversas razones, no llega a contactar. Lo afectivo se desvía en la apariencia y una comunicación carente de emoción trágica, palabras que se sueltan, deseo, autodefensa, o recuperación simbólica de la dignidad; hechos ante un contexto; no hay juicios de valor, solo el reconocimiento de la negación social del fenómeno por cuestionamiento y omisión.

Soluciones en frío, ni comprensión ni incomprensión, solo acomodación a la regla social, ni siquiera autopercibida como tal, respuesta automática que obtura emociones. Una excepción: el hijo humillado por imposición de un cargo laboral en apariencia no apto a sus condiciones, escenario para una categoría vincular reñida con el momento vital. La venganza, la contaminación social que degrada por presencia del inmigrante, aparece la crítica zanjada por los mecanismos de siempre; la compostura debe ser mantenida ante la adversidad.

Happy end escena

Un final donde el agua comienza a desbordar por todas partes, la apariencia comienza a resquebrajarse, pero, el esfuerzo continua y continuará; es el destino de una clase y, quizá, también del resto de la sociedad.

La muerte, expuesta desde la frialdad, no implica frivolidad, sino madurez y aceptación; también presente en Amour como tema central. Lo necesario es alternativa, no merece censura; responsabilidad que se ejerce sin alharaca ni dramatismos; la realidad manda.

La tecnología es reducto de una intimidad salvaje donde se expresa todo lo que se oculta en comunidad; computadoras y teléfonos celulares son objetos que comunican lo inaceptable. El secreto no es formulado en intención de tal, sino como desahogo en confidencia con el espectador, o en apelación a fines narrativos. El baño y los espejos se adueñan de rutinas para reflejar la apariencia, pero no en términos de contacto consigo mismo, sino de preámbulo de cara a definiciones drásticas no imaginadas. La venta integra el baño a lo rutinario en la observación de una característica más del espacio habitado por otro; ya no dice nada acerca de los acontecimientos, es desinvestido de propiedades alusivas a la distorsión o destrucción de lo íntimo en la “superficialidad”. Forma parte del deshacerse de un todo otrora habitado por problemáticas descargadas vía celular; un flujo emocional destinado al espectador con fines tanto narrativos como expresivos, más desde el mensaje que desde el sentimiento.

El cuarto de Eve es la palanca que activa un escueto diálogo bajo control paterno; versión oficial que cierra la conversación ante el extraño, los límites se restringen a la tramitación del negocio inmobiliario. Más de lo mismo, banales intercambios informan sobre sucesos, en términos de resolución y punto final. Diálogo que se interrumpe ante la necesidad de evitar íntimos datos perturbadores. El equilibrio es mantenido en medio de la ausencia material.

La escena siguiente (una de las mejores) luce cargada de objetos, el vacío se llena de futilidad, da igual, la muerte es liberación. El dinero, inútil objeto de intercambio, no genera comprensión, la silla de ruedas no es suficiente, el temor del peluquero contribuye al disimulo como signo de desaprobación social.

Un Haneke genuino, hace gala de un estilo propio, incisivo desde la sugerencia, carente de exageraciones, una historia contada con inteligencia; va sembrando planteos con antelación; un desarrollo abierto, que genera estupor desde lo obvio.

Ficha técnica:

Happy End ,  Austria, 2017.

Dirección: Michael Haneke
Duración: 110 minutos
Guion: Michael Haneke
Producción: Coproducción Austria-Francia-Alemania; Les Films du Losange, X Filme Creative Pool, Wega-Film, arte France Cinéma, France 3 Cinéma, Westdeutscher Rundfunk (WDR), Bayerischer Rundfunk (BR), Arte France, Canal+, Ciné+, CNC, France Télévisions, ORF Film/Fernseh-Abkommen, Filmförderungsanstalt, Eurimages
Fotografía: Christian Berger
Reparto: Isabelle Huppert, Jean-Louis Trintignant, Mathieu Kassovitz, Fantine Harduin, Toby Jones, Franz Rogowski, Laura Verlinden, Aurélia Petit, Hille Perl, Hassam Ghancy, Nabiha Akkari, Joud Geistlich, Philippe du Janerand, Dominique Besnehard, Bruno Tuchszer, Alexandre Carriere, Nathalie Richard, David Yelland, Maryline Even, Frédéric Lampir, Jack Claudany, Waël Sersoub, Marie-Pierre Feringue, Maëlle Bellec, David El Hakim, Timothé 'Tim' Buquen

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