Críticas

Extraño poder

Gorrión rojo

Red Sparrow. Francis Lawrence. Estados Unidos, 2018.

Gorrión rojo, cartelLa literatura y el cine de espías siguen dos caminos divergentes. Uno, fascinado por las posibilidades narrativas del mundo del espionaje: identidades falsas, agentes dobles o triples, personajes que viven en la sombra y en el engaño, patriotas que nunca pueden ser reconocidos como héroes, porque reconocerlos implicaría negar el secreto que les da sentido. Personajes trágicos que viven y mueren de las peores formas, envenenados, torturados o  encerrados de por vida y que, cuando escapan a esos terribles destinos, lo hacen llevando a cuestas una identidad falsa, mirando siempre por encima del hombro, sin que nadie sepa lo que hicieron. El otro camino prefiere las posibilidades escenográficas: es un mundo de ingeniosos artilugios, cámaras camufladas en un botón, pintalabios o bolígrafos que resultan ser armas letales, persecuciones inverosímiles por el centro de ciudades emblemáticas o exóticas, personajes cínicos que aprovechan su estatus para vivir por encima de las reglas que limitan a los ciudadanos ingenuos; seductores y seductoras que utilizan su encanto como un arma más. La primera tendencia está representada por las novelas de John Le Carré, llevadas al cine en algunas películas memorables, como El espía que surgió del frío (The Spy Who Came In from the Cold, Martin Ritt, 1965) con Richard Burton en el papel protagonista o La casa Rusia (The Russia House, Fred Schepisi, 1990), con Michelle Pfeiffer y Sean Connery. La segunda tiene como saga emblemática la larguísima y no acabada serie de James Bond, basada en los libros de Ian Fleming. Cualquier historia de espías se ubica entre estos dos polos de atracción. Tienden hacia el primer polo la excelente serie The Americans (Joseph Weisberg, 2013) o El puente de los espías (Bridge of Spies, Steven Spielberg, 2015). Tienden hacia el segundo películas como Mentiras arriesgadas (True Lies, 1994, James Cameron) o la saga Misión imposible iniciada con la película de mismo título dirigida por Brian De Palma en 1996.

Las novelas de Jason Matthews, que empezaron a publicarse en 2013, sobre Dominika Egorova, una espía rusa entrenada como sparrow (gorrión) en una escuela de seducción para agentes secretos, y luego reclutada por la CIA, supieron situarse con habilidad entre ambos polos. Su fácil maniqueísmo en el que los espías rusos son diabólicos mientras que los norteamericanos son interesantes y comprensivos; su descarado uso del reclamo sexual con continuas e innecesarias descripciones físicas de Dominika; y cierta tendencia morbosa a la delectación con escenas de tortura quedaban compensadas en parte por una interesante descripción de los mecanismos de la lealtad y las técnicas de reclutamiento empleadas en el mundo real del espionaje (Jason Matthews fue agente de la CIA, así que sabe de lo que escribe).

Red Sparrow

De este material parte Francis Lawrence para construir su versión cinematográfica de Gorrión rojo y, en mi opinión, pierde la parte más interesante por el camino. Las habilidades para la supervivencia en la calle, la metodología del seguimiento o las técnicas ya citadas de reclutamiento, la principal aportación de los libros, se quedan en la película en meras pinceladas superficiales. Otro de los rasgos distintivos de la Dominika escrita es la sinestesia, una capacidad -o disfunción, según se mire- por la que los estímulos provenientes de algunos sentidos son percibidos como si proviniesen de otros: sonidos que se perciben como olores, o viceversa. Gracias a ello Dominika percibe en forma de aura coloreada el estado psicológico de la gente, lo que le da una enorme ventaja en el engañoso mundo del espionaje. El ejercicio de presentar una condición neurológica como algo cercano a un superpoder es una propuesta interesante, pero supongo que su representación cinematográfica suponía dificultades que el realizador no ha querido afrontar, perdiendo así la oportunidad de hacer una aportación original al olimpo de las superheroínas. Más fácil y fotogénica es la representación de las habilidades eróticas de la doble agente, a la que Jennifer Lawrence se entrega sin reservas. Eso, unido a alguna escena  bastante desagradable -como aquella en la que Dominika tiene que simular estar participando en la tortura de su colega y amante- confieren a la película una carnalidad muy primaria e inquietante que, si bien apela a una parte del espectador más instintiva que reflexiva, dota de cierto interés a la propuesta y la aleja de sendas más trilladas pero la orienta hacia el segundo polo.

Jennifer Lawrence es una excelente actriz que aguanta lo que le echen. Su elección para el personaje de Dominika es un acierto de casting, porque junto a una fisicidad atlética que le permite medirse de poder a poder con los mejores James Bond, muestra en la pantalla un magnetismo algo irreal que no es cuestión de belleza, sino de fotogenia, y que consigue expresar en imágenes algo de la esencia del personaje literario: el extraño poder que emana de una mujer a la que todos intentar utilizar sin poder siquiera tocar su núcleo irreductible, ese núcleo desde el cual es ella la que los utiliza a todos.

Del funcionamiento en taquilla de este Gorrión rojo dependerá que los productores decidan seguir adelante con los dos libros restantes de la trilogía. Veremos entonces si se sigue optando por un glamour con toques oscuros en la representación de un mundo, el del espionaje, que es pura oscuridad.

Ficha técnica:

Gorrión rojo (Red Sparrow),  Estados Unidos, 2018.

Dirección: Francis Lawrence
Duración: 139 minutos
Guion: Justin Haythe (Novela: Jason Matthews)
Producción: Chernin Entertainment / Film Rites / Soundtrack New York. Distribuida por 20th Century Fox
Fotografía: Jo Willems
Música: James Newton Howard
Reparto: Jennifer Lawrence, Joel Edgerton, Jeremy Irons, Charlotte Rampling, Mary-Louise Parker, Matthias Shoenaerts

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