Críticas

El cantar es para los pájaros

Florence Foster Jenkins

Stephen Frears. Reino Unido, 2016.

FlorenceA finales de los 80, el nombre de Stephen Frears estaba entre los de mis directores predilectos. No había una de sus películas que me perdiera y le seguía los pasos con gran avidez. Había visto The Hit (La venganza, 1984) en un videoclub de vanguardia. Esa historia gangsteril, con John Hurt, Terence Stamp y Tim Roth en un paisaje desértico, me abrió las puertas para disfrutar uno de sus puntos altos, como fue My Beautiful Laundrette (Mi hermosa lavandería, 1985), con Daniel Day-Lewis en el papel de un hooligan que ve trastocados sus valores cuando se reencuentra con un compañero paquistaní. Luego seguí sus historias de personajes marginados, por su pobreza o por su sexualidad, como los de Sammy y Rosie, en Sammy and Rosie Get Laid (Sammy y Rosie se la montan/Sammy y Rosie van a la cama, 1987), o los de Kenneth Hallywell y el dramaturgo Joe Orton, en Prick Up your Ears (Ábrete de orejas, 1987). Dangerous Liaisons (Amistades peligrosas, 1988), una adaptación de la obra de Chordelos de Laclos, con sus amoríos perversos y sus conductas cínicas, fue otro éxito internacional, y ya parecía que nada lo detendría. Pero no fue así, luego Frears se encontró en un espacio cómodo, realizando obras menores que no estaban a la altura del director de oficio que es, y se fue perdiendo en los pasillos de la brillantez autoral.

Como volviendo a un antiguo amor, asistí a ver Florence. Encontré una obra correcta, con una historia amable sobre un personaje muy particular y con una técnica cuidada que, en al  menos dos momentos, ofrece el brillo que esperaba.

FlorenceEl teatro es una constante en la obra de Stephen Frears, y aquí no es una excepción. El guion de Nicholas Martin permite destacar la capacidad actoral de tres intérpretes principales: Meryl Streep personifica a Florence Foster Jenkins, una mujer que ha crecido en una familia adinerada y ha enviudado de un sifilítico que, además del mal, le ha dejado una herencia que le permite darse sus gustos musicales; St Clair Bayfield (Hugh Grant), el joven esposo, actor de teatro mediocre, la acompaña para celebrar su sueño dorado; y Cosme McMoon (Simon Helberg), un talentoso pianista que, ante la envergadura del contrato, deja de lado sus ambiciones artísticas para convertirse en un nuevo cómplice que celebre las notas destempladas de la diva. Acompaña un reparto que avala la patética cruzada del trío, pero es en éste donde descansa la solidez del guion. De esa corte de personajes comprados para fungir de público ávido del talento de Florence, vuelve a surgir el nombre de Stephen Frears. Si bien no es el tema central de la cinta, las distorsiones de un relato apacible no solo las da la desafinada protagonista, sino también aquellos personajes más primitivos y, por ello, más humanizados y solidarios ante la derrota, la vergüenza o el dolor de un semejante.

Nada de lo que ofrece Florence es nuevo en Frears. Los ambientes aristocráticos remiten al mundo ofrecido por Amistades peligrosas, y los personajes del bajo fondo, a los de Mi hermosa lavandería. Aquí, combinados por un entorno que funciona como un colchón de algodón que rodea a la protagonista, cuya fragilidad está expuesta continuamente debido a su testaruda ambición de cantar ante el exigente público del Carnegie Hall. La simpática propuesta está en los enredos que se suscitan para soportar una mentira piadosa que involucra a músicos, críticos, público y hasta al mismo espectador. La amable complicidad de los que cuidan a Florence le inventan una realidad que no es tal y que atenta, continuamente, en desvelar una mentira que puede herir de muerte a un ser muy sensible, al que todos sus allegados se ocupan de cuidar, sin poder controlar un entorno que los supera.

FlorenceSi bien la historia se desarrolla apaciblemente como una comedia dramática, en la que el espectador se conduele de lo que le sucede a cada uno de los personajes y acompaña la gran mentira que rodea a Florence, como dijimos más arriba, hay dos planos netamente autorales que, en el conjunto del filme, funcionan como un metrónomo para indicar el compás que el director quiere imprimirle a sendos momentos, ubicados casi simétricamente en el devenir del relato. El primero sucede casi al comienzo, después de la entrevista  que realiza Bayfield a los posibles pianistas que acompañarán a Florence. Luego del casting, solo uno accederá al que cree será su trampolín a la fama. Se trata de Cosme McMoon, un chico esmirriado, de grandes ojos expresivos y una sonrisa de superación que no cae para nada antipático, porque sabemos en qué terreno fangoso se está metiendo. Más bien, nos arranca una cierta conmiseración por el futuro que le espera. Pero él, sin saberlo, cree que ésta será su oportunidad, así que sale del edificio, mientras la cámara se eleva sobre su cabeza y lo encuadra desde lo alto, feliz, en un universo que se va ampliando en límites cada vez más extensos, casi inimaginables, como él espera que lo haga su fama. El otro, ubicado casi al final y una vez logrado el cometido de Florence de cantar/desafinar en el Carnegie Hall, mientras sus aliados esconden sin éxito una mala crítica sobre su actuación, el plano coloca a la cantante justamente donde todos los espectadores vemos que está: en el suelo más terrenal, con una ambición patética y una voz destemplada que rompe los tímpanos. En este caso, la cámara vuelve a elevarse en un tilt up, dejando a Florence con el diario en la mano, hundida frente una realidad que se acrecienta y la ignora, allá abajo, como si fuera una piedra más en el medio de la calle. Ambos planos recorren el mismo camino, pero es la historia y lo que espera cada uno de los personajes lo que los carga de sentido. Si uno eleva al espectador en la alegría que siente McMoon, el otro, lo aleja de Florence, desconociéndola y sumiéndola en el más terrenal de los mundos.

Aunque solo fuera para sentirse involucrado por la maestría de Frears en los sentimientos de los personajes y sus vivencias en esos dos momentos magistrales, vale la pena ver Florence. Por lo demás, es un pasatiempo de domingo por la tarde, donde Meryl Streep interpreta a un personaje difícil, sobre todo, porque lleva sobre su espalda la responsabilidad de cantar y desafinar como Florence, aunque Frears se apiada y hacia el final, le permite entonar una canción que la distancia de su personaje. Hugh Grant destaca algo más que en otras de sus películas, aunque sigue siendo un actor sin un gran registro, y Simon Helberg se lleva toda la simpatía del espectador, porque es totalmente convincente en su autoinmolación al acompañar a Florence en su última actuación. Así de dramática es esta comedia que nos mantiene con una sonrisa, aunque con un dejo amargo al constatar que el sueño de Florence y el sacrificio de McMoon fueron reales.

 

Tráiler:

Ficha técnica:

Florence Foster Jenkins ,  Reino Unido, 2016.

Dirección: Stephen Frears
Guión: Nicholas Martin
Fotografía: Danny Cohen
Música: Alexandre Desplat
Reparto: Meryl Streep, Hugh Grant, Simon Helberg, Nina Arianda, Rebecca Ferguson, Neve Gachev, Dilyana Bouklieva, John Kavanagh, Jorge Leon Martinez, Danny Mahoney, Paola Dionisotti, David Menkin, Tony Paul West, Philip Rosch, Sid Phoenix

Liliana Sáez

Directora de AULA CRÍTICA, Escuela de Crítica Cinematográfica y de EL ESPECTADOR IMAGINARIO

 

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