Festivales

Filmadrid, año 2. Programar o el arte de escribir la historia

La película adecuada, ella sola, puede, en el momento y circunstancia adecuadas, mover un mundo. La programación tiene todo que ver con la sensibilidad y se vincula forzosamente con la actividad artística en general, de la misma forma que un festival de cine, emprendido con una inteligencia verdadera, es comparable al arte de hacer una película. No hay temas “pequeños” o “grandes”, sólo un intento de profundizar en un sentido de las conexiones, la intuición de ver una pequeña partícula como una parte integrante de la historia del cine. Así las presentaciones de una pequeña filmoteca o de un festival modesto pueden escribir páginas esenciales.

Peter von Bagh, Cinema 09, marzo 2005.

 

FilmadridFILMADRID afrontaba su segunda edición, y dar forma a la programación parecía haberse convertido en una cuestión de vida o muerte, un acto a través del cual manifestar el firme propósito de seguir manteniendo una conciencia llena de integridad, incorruptible. Estaba en juego, por tanto, la consolidación de la senda abierta por el festival en su primer año de existencia, y éste se enfrentaba también a la ardua tarea de dar continuidad a una línea editorial que enarbola el cine más independiente, arriesgado y valiente que sea posible encontrar a día de hoy entre las pantallas del amplio circuito de festivales de cine. Así las cosas, se han conseguido crear, desde las palpitantes entrañas de su programación y a lo largo de muchas de sus proyecciones, conexiones que remitían de forma persistente a la bella idea de Peter von Bagh, a través de la proclamación de la programación como el acto de escribir la historia del cine.

De este modo, si Peter von Bagh sostenía que programar era escribir la historia del cine, sin duda esta idea debía tenerla grabada a fuego FILMADRID. Si la deshojamos un poco y nos quedamos con una parte de la misma, resulta que, del análisis de la cartografía trazada por el festival, se desprende una de las principales y más importantes vertientes discursivas de este año. Programar es escribir la historia.

Y es escribirla desde su película de inauguración, Francofonía, de Alexander Sokurov, hasta The Event, del documentalista Sergei Loznitsa, pasando por The Fourth Direction, de Gurvinder Francofonia-Imagen-1Singh, o El movimiento, de Benjamín Naishtat, y llegando, incluso, a Le Moulin, de Huang Ya-li, esta última incluida dentro de la sección Vanguardias del festival. Con la selección de todas ellas se está escribiendo la historia, al mantener una vocación por tratar desde los momentos previos que desembocaron en el asesinato de Gandhi (con el enfrentamiento entre los militantes del Punjab y el Gobierno de la India a principios de los años ochenta) en la película de Gurvinder Singh, hasta el colonialismo japonés en Tawián, en la película de Huang Ya-li (que se centra en la década de los años treinta y monta un discurso en torno a la filosofía, la literatura y la pintura, pero sobre todo en defensa del surrealismo, en contra de un imperante realismo), para llegar al enorme ejercicio de reconstrucción que realiza Sergei Loznitsa, utilizando imágenes de ocho cámaras diferentes (para contar lo sucedido en las calles de San Petersburgo, en 1991, cuando se estaba gestando el golpe de estado fallido, por parte de gente afín al partido comunista y que cuatro meses después daría lugar a la desaparición de la Unión Soviética). Esta escritura de la historia se ha visto secundada, a su vez, con otras ideas, como el poder o el miedo, presentes en estos filmes, y que han servido de nexos conectores para apoyar los fuertes lazos de unión existentes entre los mismos. Igual que el arte, por ejemplo, y el papel que ha jugado en determinados momentos a lo largo de la historia o, incluso, su relación con el poder, idea trabajada en la película de Alexander Sokurov.

Un aspecto novedoso, con respecto al año pasado, es la inclusión, dentro de la sección oficial, a competición de cortometrajes que han convivido junto con largometrajes. Esto ha facilitado el descubrimiento en una misma sesión de dos joyas como Vita brevis, de Thierry Knauff  y Amijima, de Jorge Suárez-Quiñones Rivas, esta última a partir de la obra Los amantes suicidas de Amijima, de Chikamatsu Monzaemon. Otra corriente discursiva ha sido la apocalíptica. Películas que dialogaban entre sí a través de esta idea fueron The Day before the End, de Lav Díaz, y Sayonara, de Koji Fukada. Dos películas con muchos más nexos de unión de lo que su apariencia parece mostrar, que hablan de mundos al borde de la extinción, que enfrentan sus males intentando recuperar parte de su pasado, a través de la literatura y de los grandes autores que las nutrieron.

O-EspelhoSi las estructuras narrativas que predominaron el año pasado abogaban en su mayoría por romper con los moldes clásicos, este año la selección ha contado con propuestas instaladas en la linealidad formal, para revelarse como la antítesis de lo sensiblero en su fondo. La películas seleccionadas han presentado una superficie, en ocasiones, impermeable tras su primer visionado, pero que analizadas con detenimiento esconden duros dramas en su interior, que siempre apuestan por dar de lado el llanto como modo de expresión y optan, en la mayoría de las ocasiones, por el uso de la neutralidad, volviéndose más asépticas. Sin embargo, no hay que olvidar que este es un tipo de cine en el que prima un rostro, una mueca, un gesto, y el espectador es quien debe estar preparado y cargado de sensibilidad para encajar la pieza dentro del juego propuesto por cada director.

Por último, otro tipo de cine encuadrado dentro de una vertiente más afín a la ficción y a la magia del cine (en sus más diversas acepciones) alcanza a propuestas tan diferentes entre sí, como son la fantástica, hipnótica e irreverente El espejo, de Rodrigo Lima, o la oscuridad que alberga el poder de autodestrucción del protagonista de Náusea, de Zeki Demirkubuz. Excelente retrato que nos descubre el descenso a los infiernos de alguien que es capaz de destruir aquello que toca. Y, por último, la gran triunfadora de la presente edición, premiada por partida doble como mejor película por el Jurado oficial y el Jurado joven, John From, de João Nicolau. La mejor película vista en FILMADRID este año -con permiso de Las Lindas, de Melisa Liebenthal, película de la que ya hablamos y cuya directora también entrevistamos-, nos habla de cómo hacer realidad los sueños que se persiguen, a través de un cuento de hadas que bebe de las mejores películas de Miguel Gomes. ¿Cómo hacer que una historia, de un realismo como el que tiene la primera parte de esta historia, adquiera el tono de un cuento de hadas? Introduciendo un elemento como la niebla durante unos diez minutos del filme. Pocas veces, la niebla ha John Fromestado tan cargada de simbolismo en una película.

Hay que celebrarlo ¡Más FILMADRID, por favor!

En este enlace se puede consultar el Palmarés del Festival completo.

 

Raúl Liébana

Un comentario para “Filmadrid, año 2. Programar o el arte de escribir la historia”


Deja un comentario


* Los campos marcados son obligatorios