Cortometrajes 

Esteban Crespo: aquel puedo ser yo

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Amar hasta el final

siempre-quise-trabajar-en-una-fabricaRecorrer los cortometrajes de Esteban Crespo es ver postales cotidianas, estampas conocidas que transcurren en el interior de nuestros hogares de las cuales difícilmente podemos distanciarnos. Como ese pasado reciente que fue nuestra adolescencia, febril e ilusa, en esa “burbuja inmobiliaria” que hizo creer que el futuro se construía ladrillo a ladrillo, sin importar los cimientos. La pareja compuesta por Aída Folch y Alberto Ferreiro, Ana y Paco respectivamente, son los rostros del naciente amor, curioso y libertario, de esta primera etapa de Crespo, que va creciendo con su obra. Fragmentos cortos, capítulos del libro de la vida que se empiezan a escribir en pareja.

Siempre quise trabajar en una fábrica (2005) es el grito emancipador de un joven que ve posible, por un instante, el inicio de una vida independiente junto a su amada, trabajando en una fábrica o en la construcción. Lamentablemente, el futuro ya llegó y sabemos lo que a muchos jóvenes les pasó, llevado a cabo este sueño. Afortunadamente, y casi de modo clarividente, Crespo nos disuade de este mitológico canto de sirenas con unas tentadoras torrijas caseras para merendar. Su próximo trabajo, Amar (2005), resulta una secuela del anterior corto, pero no por ello se desluce. Nuevamente la pareja de Ana y Paco continúa en su periplo amoroso, aunque siguen bajo el ala protectora materna, ahora están dispuestos a hacer su propia revolución puertas adentro, intercambiando sus roles, llevando la fantasía a la realidad. Y aquí el amor adquiere otro brillo, gracias a las luces de Ángel Amorós que siempre acompaña la obra de Crespo. amarEn Siempre quise trabajar en una fábrica la piel se baña con una verdosa y lúgubre luz de una escalera interior, mientras que en Amar pareciera tener un efecto purificador con una luz blanca y diáfana para acompañar a la más pura de las fuerzas, la que siempre lo puede todo, el amor. Sin embargo, los besos y el roce de Folch y Ferreiro no muestran mucho en ninguno de los dos cortos, a pesar de la carga erótica que está presente en ambos. Sino que Crespo apuesta por abrirnos los agridulces sabores del recuerdo para re-construir esos momento de intimidad, fuera de cuadro, a solas, en la sala oscura.

Este viaje al interior del corazón adolescente se puede decir que concluye literalmente con Fin (2006), un cortometraje que, a pesar de contar una historia en el hogar, muy propia de Crespo, no logra la empatía suficiente con el espectador. Inspirado en la muerte de la actriz mexicana Lupe Vélez, aquí una madura diva (Amparo Soto) de otro tiempo, ultima todos los detalles de su adiós. Y es la última aparición de un adolescente Alberto Ferreiro, que ahora es enviado por la floristería a arreglar unas hermosas rosas para el lecho de muerte que se prepara en el salón de la casa de la mujer. Es el último adiós a la juventud y a una madurez nunca aceptada. Sin embargo, los planes siempre se tuercen, tal como le pasó a la Vélez que pretendía dejar el más hermoso cadáver. Nos hace recordar que la vida, y la muerte como parte de ella, son imperfectas.

La culpa es nuestra

lalaSer adulto implica ir bien despierto y llevar las riendas de nuestro destino, saber que la vida estará llena de renuncias y de ganancias, como un libro de contabilidad con debe y haber que debemos ir escribiendo meticulosamente. Y esto es lo que encarna de ahora en adelante el actor Gustavo Salmerón al cruzar el umbral del hogar en la obra de Crespo. En Lala (2009), Jesús, un hombre que ha hecho una vida nueva lejos del hogar y es “casi catedrático de Hannover”, lleva a cabo un viaje iniciático en busca de las palabras perdidas de su abuela, para tratar de poner fin a un inacabado cuento de infancia, que es en realidad su propio relato del tiempo pasado y perdido de la niñez. Pero esta vez la muerte no concluye la historia, sino que simplemente nos da la excusa para asomarnos a la vida y sus posibilidades.

nadie-tiene-la-culpaEl cortometraje se inicia con una cita cinematográfica evidente a Scarlett Johansson en el inicio de Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003), pero esta vez y como en Amar, al que se une en un último eslabón que no se quiere desprender, los roles se intercambian, y es Gustavo Salmerón quien despierta en el lecho con unas bragas traslúcidas. Un particular amanecer para empezar una historia sin fin.

Afortunadamente, el futuro no está escrito como queda plasmado en Nadie tiene la culpa (2011). Y aquí Antonio, un padre de familia de tres hijos, se permite liberarse de la corbata que le ata el cuello y pensar en voz alta para empezar a redactar lo que desea que sea el resto de su vida. Sin embargo, la historia en su caso se escribe a dos manos, y peca por ingenuo al ignorar que las palabras que tiene su pareja en el tintero del hogar, su hogar que de adulto construyó.

Un día más con vida[i]

Aquel no era yo (2012), el último cortometraje de Crespo, es sin duda el más ambicioso. No solamente por la doble duración, comparado con sus cortometrajes anteriores, sino también por su temática absolutamente comprometida y actual. Llegó el momento de abrir las ventanas del hogar y dejar que la realidad global nos alcance, como una ráfaga violenta y luminosa. Crespo da un gran salto continental para el paisaje de su ficción y se aleja del hogar conocido para empezar su nueva historia en algún lugar de África. Aunque por la magia del cine nunca saliera de España, y rodara entre Toledo y Madrid.

aquel-no-era-yoAsí nos aproximamos a la tragedia de los niños soldados, tema que ya ha sido tocado en largometrajes como Diamantes de sangre (Blood Diamond, Edward Zwick, 2006) y Johnny Mad Dog (Jean-Stéphane Sauvaire, 2008), pero esta vez con la mirada cercana de dos españoles, dos médicos encarnados por Gustavo Salmerón y Alejandra Lorente, que cruzan una de las tantas fronteras del miedo para ver de cerca la terrible cotidianidad del mundo en que vivimos.

Así se empieza a dibujar a dos tiempos la historia de Kaney (Juan Tojaka y Mariano Nguema), en su no infancia africana con un arma entre las manos, en contraste con su juventud europea envejecida prematuramente, apoyando ahora su mano en un bastón. Crespo nos lleva en un viaje de ida y vuelta, pero esta vez el recorrido irá más allá de acompañar al amor, que literalmente se muere en el camino, para ahondar sobre la capacidad de resiliencia del ser humano. Tal como se cita en el corto, en las palabras de un niño ex soldado del conflicto de Sierra Leona: “lo más duro es conseguir vivir con tus recuerdos y volver a ser tú mismo después de haber hecho las cosas que has hecho”.

La trayectoria de Crespo se distingue con muchos premios, como las pesadas medallas que cuelga en el pecho la pequeña Berta en el cuento de Lala, entre ellos, el reciente Goya al mejor cortometraje de ficción por Aquel no era yo. Pero el mejor reconocimiento es el del espectador, que a lo largo de sus seis cortometrajes se ve reflejado, y con breves pasos, se siente crecido en el tiempo.

Por su parte, Aquel no era yo ha cobrado fuerza y se ha convertido en una urgente llamada a la realidad. Hoy es el emblema de una petición al gobierno español instándolo a que reforme la legislación para prohibir las exportaciones de armas y munición a países donde puedan ser utilizadas por soldados menores de edad.


[i] Título de la obra homónima de Ryszard Kapuscinski (2008) sobre la independencia de Angola.

9 opiniones en “Esteban Crespo: aquel puedo ser yo”

    1. Gracias Esteba por tu obra, que espero que siga dando muchos frutos más en el futuro. Pero sobre todo, te doy las gracias por ser lector de El Espectador Imaginario.

  1. Estimada Paula,
    Gracias por esos frescos comentarios que, publicas en el E.I. Tus escritos recrean de manera sucinta las obras que provoca verlas.
    Felicitaciones,
    Luis Guevara

    1. Estimado Luis:

      Me alegro que mis palabras tengan el efecto inverso. A mi me pasa que al ver cine, me provoca escribir.

      Gracias por tu comentario.

  2. Querida y estimada Paula,
    guapas las obras, guapa tu redacción, como siempre derrochas profesionalidad y amor en tus escritos, siempre comprometida en el desvelo para colmar nuestros corazones de periodismo eficaz. Suerte y felicidades por ese 4to. Aniversario del Espectador Imaginario, que sigáis siendo auténticamente críticos y profesionales.
    Abrazos, Noemí y Rubén

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