Críticas

Sutilezas reales

El rey de los belgas

King of the Belgians. Peter Brosens, Jessica Woodworth. Bélgica, 2016.

El rey de los belgas. CartelLa pareja de directores Peter Brosens y Jessica Woodworth, belga y estadounidense, respectivamente, nos ofrecen con este largometraje, en una coproducción entre Bélgica, Países Bajos y Bulgaria, una película centrada en un viaje por carretera, en la que su protagonista, Nicolás III, precisamente el rey belga del momento, en un año indefinido, situado en la época de negociaciones para el ingreso de Turquía en la Unión Europea, se encuentra de visita oficial en Estambul. Durante esos días, se produce en su país la declaración de independencia de Valonia, y una tormenta solar provoca el cierre del espacio aéreo, lo que le impide al rey el regreso a su nación para intentar salvar el reino. Ante dicha dificultad, y en contra de la opinión de sus asesores directos, decide iniciar inmediatamente el viaje por carretera.

Antes de seguir analizando la película, se debe tener en cuenta la tensa situación que se vive en el país belga, dividido en dos comunidades, enfrentadas ya no solo por la diferencia idiomática (lengua neerlandesa por parte de Flandes, y francesa en lo que respecta a Valonia), sino también por profundos conflictos culturales y económicos, y con recurrentes intentos de amplios sectores del pueblo flamenco para obtener la independencia. Dentro de este revoltijo de nacionalidades y sentimientos, se erige la monarquía, que a pesar de estar vinculada por orígenes, lengua y querencias, a las zonas francófonas, se alza, o lo pretende, como referente o símbolo de la unidad de la patria. Vamos, un truco que los pueblos que tenemos la desgracia de soportar regímenes monárquicos ya conocemos: la circunstancia de presentar a la institución como símbolo de unidad de la nación, el tesoro más preciado que absorbe en comunión a todos los habitantes, el más alto bastión a los que los súbditos deben agradecer y rendir su pleitesía, como principal benefactor de su fortuna, economía, felicidad e incluso existencia.

De hecho, la pareja de realizadores juega con la realidad, y a través de la utilización del recurso del falso documental, imaginan una fractura de la nación belga impensable por derivarse de Valonia y no del pueblo flamenco, cuando, además, hay que tener en cuenta no únicamente el origen francófono de la monarquía que poseen, sino la misma realidad actual, en la que ni siquiera la propia familia real es capaz de hablar con una corrección primorosa el idioma neerlandés, son objeto de continuas chanzas por parte de los flamencos, y como dato anecdótico, la exhibición de la misma película fue prohibida en algún cine de Bruselas, por considerársela demasiado irreverente hacia la monarquía y de claras tendencias subversivas por su cercanía con las reivindicaciones de los flamencos.

El rey de los belgas. Foto 1

Como se ha adelantado, el filme recurre a la estrategia de parecer rodada en forma de documental, ya que quien sigue a nuestro excelso protagonista es un director inglés especializado en ese tipo de género cinematográfico, empeñado en hacer un largometraje sobre la persona del monarca. Por cierto, el director en cuestión nos recuerda físicamente en demasía, aunque con algunos kilos de menos, al famoso realizador estadounidense, también de documentales, Michael Moore. El soberano, el ilustre Nicolás III, interpretado por el actor Peter Van den Begin, aparece desde un primer momento, desde los fotogramas que inician la película, como una marioneta que es dirigida de un sitio a otro con docilidad, y mostrando una pasividad y desinterés, que parece asemejarse al que le hubiera producido el consumo de unos cuantos porros. Y ello, no solo, aunque en mayor medida, en su etapa, digamos “oficial”, sino también cuando se pretende que aterrice de verdad en el mundo real y se de una vuelta por los Balcanes. El rey, ya decimos, está caracterizado por su inexpresividad, y rodeado de un halo de altivez y de sonrisa protocolaria que siempre nos ha parecido, en personal de su alcurnia, de “perdonavidas” (en eso debe coincidir con la realidad de los monarcas con trono actuales), embarcado en la aventura de atravesar mundos con seres que sufren y luchan día a día, y que suelen recurrir a paraísos artificiales para intentar olvidarse, al menos por algunos instantes, de la fatalidad de sus circunstancias Y en ese recorrido por las tripas de Europa, se salta, de forma muy ligera e incluso con apariencia de improvisación, por asuntos tan dispares como los que protagonizan francotiradores, transexuales, alcaldes, o personas u oficiales aficionados al soborno o a los odios interraciales. Por lo que respecta al séquito que acompaña a su señoría, la caracterización aparece correctamente imbuida en sus papeles de asesores, ayudantes o criados varios, todos servidores fieles y atentos a lo que creen que conviene en cada momento a su soberano.

El rey de los belgas. Foto 2

El largometraje termina siendo un refrito de momentos cinematográficos que parecen ya vividos, y no precisamente con entusiasmo, excepto  los toques surrealistas y desbordados al estilo de Kusturica (no en vano nos movemos por los Balcanes). Pero junto a ello, se combinan necedades diversas, como el recurso a tópicos regionales para acercarse a la comedia. Al respecto, ya tuvimos bastante con Bienvenidos al Norte, del francés Dany Boon (Vienvenue chez les Ch’tis, 2008), o en versión española, la pésima Ocho apellidos vascos, de Emilio Martínez-Lázaro (2014), o su secuela Ocho apellidos catalanes, del mismo director (2015), a la que ya nos negamos a acercarnos. Además, la película, en su fotografía, tiende hacia un estilo que roza el del cómic, un punto saturado a la manera de Amelie, de Jean-Pierre Jeunet (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, 2001), filme que precisamente tampoco se encuentra entre nuestros favoritos. En resumen, los realizadores intentan abordar su obra en un tono de comedia amable, y parten, desde ese supuesto documental falso, a un tono no ya de ficción, sino de ciencia ficción, exagerando consciente o inconscientemente las situaciones, dando con ello la sensación de que no se creen que lo narrado pudiera suceder, o al menos, del modo en como está reflejado. Y todo ello, envuelto en músicas clásicas tan populares como El Bolero de Ravel o En la gruta del rey de la montaña, de Edvard Grieg.

Como conclusión, hemos asimilado la película como una simple sucesión de historietas, más o menos acertadas (más bien menos), que no terminan conduciendo a ninguna parte, o quizás sí, a dos conclusiones finales, ambas lamentables. La primera, cuando el monarca está tan seguro de sí mismo, se quiere tanto, está tan contento de haberse conocido, que no duda en hacer públicos los inolvidables momentos y aventuras que le han acontecido en su inesperado periplo por tierras europeas, convencido que, haciéndose terrenal, aunque sea un instante, será todavía más idolatrado por sus súbditos (ese truco también nos lo conocemos). Y en segundo lugar, y para rematar el filme, nos quedamos con la pregunta que el actor que realiza de director del documental realiza al rey, y sobre todo, con la respuesta: ¿Cree que debe seguir la monarquía? Sí. ¿Por qué? Porque yo soy el rey… Fantástico, indignante para los que consideramos a esta institución heredada y eterna, que ha exprimido a sus respectivos pueblos, a lo largo de siglos todo lo que ha podido, y no ha sido poco precisamente, como uno de los principales sistemas que deben de desaparecer, y ya, de la faz de la tierra. Esa institución que en su esencia no tiene fecha de caducidad, que se traslada a los herederos sin ningún impuesto de sucesiones que valga, y que no responde siquiera ni ante la justicia, sea cual fuere la calidad o gravedad del delito que cometa. Y sí, nos hemos ocupado de comprobar que en Bélgica, el soberano también es inviolable ante la ley. No faltaba más.

Tráiler:

Ficha técnica:

El rey de los belgas (King of the Belgians),  Bélgica, 2016.

Dirección: Peter Brosens, Jessica Woodworth
Duración: 93 minutos
Guion: Peter Brosens, Jessica Woodworth
Producción: Coproducción Bélgica-Países Bajos-Bulgaria; Bo Films / Entre Chien et Loup / Topkapi Films / Art Fest
Fotografía: Ton Peters
Música: Michel Schöpping
Reparto: Peter Van den Begin, Lucie Debay, Titus De Voogdt, Bruno Georis, Goran Radakovic, Pieter van der Houwen, Nina Nikolina, Valentin Ganev, Nathalie Laroche

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