Críticas

Heridas sin cicatrizar

El insulto

L'Insulte. Ziad Doueiri. Líbano, 2017.

ElinsultoCartelEl realizador de origen libanés Ziad Doueiri se presentó en la Sección Oficial del recién celebrado Festival de Valladolid, con la película El insulto, una coproducción entre el Líbano, Francia, Estados Unidos, Bélgica y Chipre. No es la primera vez que el director acude al certamen, ya que lo hizo en su debut en largometrajes hace casi veinte años, con el filme West Beirut (1998). En esta ocasión, la disputa entre un cristiano libanés, Toni, y un palestino refugiado en dicho país, Yasser, sirve de mecha para encender odios profundos ya muy arraigados. Estos han sido provocados por disputas raciales, religiosas o patrióticas eternas y que producen conflictos y sufrimientos que difícilmente pueden cerrarse.

Nos encontramos ante una obra impecable desde su incidente inicial hasta su, diríamos, esperanzado cierre final. Empezamos con un insulto que exige una disculpa, deriva en una agresión y acaba en una concatenación de acontecimientos que terminan dirimiéndose judicialmente. El largometraje, cuyo embrión surgió de un percance que le ocurrió al propio director, cuenta con un guion exquisito. De su mano, se disecciona lo que empieza como mero enfrentamiento personal entre dos seres de distintas religiones, razas o prejuicios, pero que a pesar de ello deben compartir el mismo territorio. Tras el arranque, el anquilosamiento en posturas se infla como un globo incontrolado, y la violencia, la justicia, los tribunales, la política, las religiones, el racismo, los orígenes o el pasado van haciéndose presentes y formando o deformando sucesos.

La película, en unos momentos muy precisos y atinados, recuerda o hace hincapié en que sin diálogo no hay convivencia posible. Sin intercambio de opiniones y cesiones recíprocas de derechos, el entendimiento se aleja cada vez más, ocupando su lugar la sinrazón y la violencia, enquistadas en posturas intransigentes. Sin el esfuerzo del intento de comprensión a los que sienten, opinan o viven de una forma diferente no hay salida posible. Hermosas intenciones que no deberían quedarse encerradas en una obra fílmica. Merecen traspasar la pantalla e instalarse en el comportamiento de la sociedad en su conjunto, gobernantes y gobernados.

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También resultan excelentes las interpretaciones, tanto de los dos protagonistas como de sus mujeres en la sombra, o las de las abogadas, abogados o encargados de las defensas de cada parte. Como anécdota, señalamos que Adel Karam, el hombre que interpreta al cristiano, a Toni, es un actor profesional con mucha experiencia, mientras que Kamel El Basha,  el palestino Yasser, se estrenaba en la interpretación. Ambos aciertan en dibujar retratos muy atinados, pero fue el segundo el que consiguió la Copa Volpi como mejor actor en el Festival de Venecia por este trabajo. Adel Karam se muestra como un libanés fanático, racista frente a los refugiados palestinos, a los que no acoge de buena gana en lo que considera su tierra y como buen cristiano, no es capaz ni se encuentra entre sus intenciones el poner la otra mejilla cuando le golpean una de ellas. En la pared de enfrente, se encuentra Kamel El Basha, un maduro palestino de carácter reservado, trabajador competente y responsable. Entre ofensas y persecuciones, intenta seguir con su vida mientras arrastra en su mochila atrocidades cometidas contra él mismo y su pueblo.

En la obra gana gran importancia el mundo jurídico, las leyes vigentes y tribunales que deben aplicarlas, además de los letrados que se ocupan de defender los intereses de sus clientes (que a veces coinciden con los propios). Resulta curioso que en el Líbano, si se produce una ofensa verbal penada legalmente, esté justificada y no castigada jurídicamente la reacción contra la misma utilizando violencia física, siempre y cuando se considere a la injuria proferida de suficiente entidad.

Y también destaca en el filme el importante papel de las mujeres, en la sombra pero firmes en sus convicciones. Y no olvidemos que nos movemos en Oriente Próximo. Su mayor fortaleza, comprensión y sentido práctico frente a los varones resulta patente. Tal y como afirma el realizador Ziad Doueiri, coincidimos en que este vergonzoso mundo funcionaría al menos un poco mejor si las féminas ocuparan, en mayor número, los puestos claves de decisión.

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Mostrando la intolerancia, nos hemos encontrado con un canto hacia el respeto al diferente, un mensaje o ruego para intentar escuchar primero, y luego entender, respetar y aceptar posturas ajenas, por muy alejadas que se encuentren de las nuestras. Y si con ello hay que dejar atrás daños infames causados en el pasado, pues adelante. Nadie dice que la convivencia en armonía no precise de una dosis muy elevada de valentía, humildad y generosidad. Nos encontramos frente a un grito contra la intolerancia que, ya hemos adelantado, en su plano final deja el foco ligeramente abierto hacia la esperanza futura. A pesar de ello y para ello, la película no tapa ni oculta atrocidades históricas que han intentado dejarse en el olvido. Pero la memoria es terca y lo sufrido, si encima se ha soportado en carnes propias, suele acompañar hasta el último suspiro.

Otro de los aciertos del guion, y del filme en su conjunto, es que no estamos hablando de buenos o malos; en ningún momento parece que tome partido y la cámara asemeja observar los sucesos de manera claramente objetiva, registrando y no juzgando. La obcecación siempre conduce a caminos torcidos, y ello no se olvida en esta gran obra que tuvo que pasar por la censura de su país, antes de que pudiera ser estrenada. Tras tres meses de negociaciones con un comité compuesto por un representante cristiano, judío, musulmán, de derechas, de izquierdas, de Hizbulá (no sé si nos olvidamos de alguien…), se consiguió el permiso para su proyección. Eso sí, hubo de incluirse un inciso lamentable y patético al comienzo de la obra, que nos produjo una profunda carcajada, consistente en el aviso de que las opiniones vertidas en el filme eran propias de sus autores y no reflejaban la de los poderes públicos. Esta risotada de inicio fue la única que consiguió arrancarnos todo el largometraje. No parece que con el mismo se tocara fibra alguna del Jurado Internacional encargado en repartir los premios de la Sección Oficial en el Festival de Valladolid de este año. Al menos, sí que parece que impactó al público, que lo premió como el mejor de todos los exhibidos.

Tráiler:

Ficha técnica:

El insulto (L'Insulte),  Líbano, 2017.

Dirección: Ziad Doueiri
Duración: 112 minutos
Guion: Ziad Doueiri, Joëlle Touma
Producción: Rouge Internacional, Tessalit Productions, Douri Films, Ezekiel Films, Scope Pictures
Fotografía: Tommaso Fiorilli
Música: Éric Neveux
Reparto: Kamel El Basha, Christine Choueiri, Adel Karam, Rita Hayek, Talal Jurdi, Camille Salameh, Diamand Bou Abboud, Christine Choueiri

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