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El contacto con la sabiduría

¿Cómo definir la sabiduría, cómo conseguirla y cómo encontrarla en el cine? Quisiera señalar que me siento bastante identificado con la idea de que como es arriba es abajo, con la de que la parte contiene al todo y el todo a la parte, con el convencimiento de que existe un profundo sentido existencial en todas las cosas, sean pequeñas o gigantescas, lejanas o cercanas. Veo en el cine una explosiva representación del cosmos, una oportunidad para navegar por los infinitos y variados espacios de la imaginación y, si se observa con cuidado, una oportunidad para recibir la bendición de ser testigos de vestigios de sabia iluminación. Es por ello que cada película puede contener bienvenidas dosis de inteligencia creativa en acción, aportar sugestivas indicaciones y consejos y dar lugares a despertares de la conciencia, elementos que considero como posibilidades de contacto con la sabiduría. Ahora, el maestro aparece cuando el discípulo está dispuesto y para que aparezca esa maestría sorprendente hay que asumir una disposición especial.

Quiero describir con algún detalle dos escenas memorables, en las cuales se pueden apreciar elementos claramente asociados con la presencia de la sabiduría. En ambos casos, aparecen maestros que, con infinita y severa paciencia, exponen al discípulo a poderosas lecciones de vida, escenas en las cuales los espectadores somos también aprendices, en la medida en que caigamos hechizados por la magia del momento. Cuenta el cine con una batería de recursos didácticos, de juegos dramáticos, para crear ganas, para atraer, para encantar, para admirar. De forma sutil, nuestra conciencia se identifica con nuevas realidades poderosas, convertidas en nuevos conocimientos, pequeñas píldoras si se quiere, cuyos efectos pueden ser significativos. Naturalmente, existe también el riesgo de sembrar narrativas manipuladoras y dañinas. Creo que reconocemos la presencia de la sabiduría en la existencia de diálogos, de dudas, de preguntas y de respuestas; en los intentos del discípulo por exponer sus inquietudes; en su resistencia honesta y también en su curiosidad, que explora y sueña con el conocimiento y con la verdad; en el proceso que lo va llevando a ponerse a los pies del maestro, una vez que su conciencia despierta y en las advertencias que recibe sobre la necesidad de someter los nuevos conocimientos a las pruebas de la realidad existencial, alejándose así del adoctrinamiento y del dogmatismo, es decir, de la ignorancia disimulada.

Escenas de aparición de la sabiduría entre los recovecos de la vida en la película La cabaña

 

La cabaña

La película La cabaña (The Shack, 2017, Stuart Hazeldine, basada en la novela de William Paul Young) fue muy exitosa en los teatros, pero muy poco entre los críticos especializados, que nunca pudieron ver suficientes méritos en la historia, en el mensaje o en la actuación, ni tampoco en los montajes y escenas, probablemente por tratarse de un filme que llevaba a las personas un mensaje cristiano adaptado a las realidades y sistemas de creencias de grupos protestantes norteamericanos. Yo había leído el libro antes de ver la película y me pareció provocativo y valioso y me preguntaba sobre cómo se podía llevar al cine de forma creíble y respetuosa con su origen literario. Creo que se consiguió. Igual sensación tuve cuando volví a visionar la cinta para preparar esta crónica, enfocado no solamente en la escena que quiero destacar, sino en la integralidad misma de la obra. Se trata de un relato fantástico, no basado en hechos reales, pero narrado con la total honestidad del que cree en esos mundos espirituales estimulados por una fe que transforma y que se convierte en obras.

El protagonista está azotado por las dudas, por la amargura de haber perdido a su hija, un niñita bella e inocente, en trágicas circunstancias. Cuando ello ocurre acaba de salvar heroicamente a su hijo, evitando que se ahogue en un lago, luego de un desafortunado incidente, y cuando regresa agradecido y exultante a la orilla, no encuentra a la niña, que desaparece en manos de uno de esos violadores y asesinos de niños tan comunes en el cine. Estas terribles circunstancias acaban con sus ilusiones, con sus sueños y con su fe: Nada puede justificar tales cosas, nada excusa al Dios indiferente que permite que sucedan.

Es entonces que ocurren cosas inexplicables y se da origen a la escena que deseo narrar. Viajando por un mundo de sueños y de realidades, entre la depresión, el desespero y la frustración, intrigado también por eventos extraordinarios y destellos de esperanza, se encuentra en una cueva. No es la caverna de Platón que conduce a la sabiduría y aleja de la esclavitud engañosa por atisbos de luz e inquietudes mentales. Es un lugar acogedor, en el cual aparece una personificación directa de la sabiduría, representada en una bella mujer, de traje discreto y bien delineado, de sonrisa franca y severa, con la cual se ve enfrentado a una introspección de su vida y de sus miedos, ilustrada por imágenes adecuadamente escogidas para llevarlo, paso a paso, por los senderos de la iluminación y del conocimiento. No es un tránsito fácil, pues son poderosas las dudas y los razonamientos, pero cada pregunta y cada respuesta facilita una representación, un contraste, una analogía y las barreras van cediendo, poco a poco, hasta que se logra el momento de la verdad, una valiosa perla que vale para todos, espectadores curtidos o principiantes: Renunciar a todo juicio y ponerse en el lugar de las realidades avasallantes abre las puertas de la conciencia y libera de la ignorancia. Este es un antiguo mensaje, que se repite una y otra vez en dichos y en textos, pero que no se acaba de comprender. La práctica metódica o quizás, una vivencia impactante, puede ayudar a que se vuelva inteligente conciencia creativa en acción, como sugiere la escena que acá destaco. El empleo del teatro, de las representaciones, de las exageraciones, de las analogías, abundantes en la escena, ilustra tales prácticas y el sentir profundo, la identificación sincera que lleva a la renuncia, es la clave para el contacto impactante.

Escenas de la sabiduría en los diálogos de maestro y discípulo en El nombre de la rosa

El nombre de la rosa

La película El Nombre de la rosa (1986, dirigida por Jean-Jacques Annaud y basada en la novela del notable escritor italiano Umberto Eco) fue también exitosa, no solamente en los teatros, sino entre los críticos especializados. Es la historia de un ilustrado y sabio fraile franciscano de fines de la Edad Media, Guillermo de Baskerville, de rica inteligencia y aguda capacidad de investigación, al modo de la que tenían los pensadores contemporáneos Roger Bacon y Guillermo de Ockham, para quienes la ciencia y el razonamiento lógico eran manifestaciones de la sabiduría divina. Guillermo hace de tutor de su joven discípulo Adso de Melk, quien no deja de maravillarse de las impresionantes capacidades de deducción y de análisis de su maestro, empleadas con habilidad para desentrañar los laberínticos secretos escondidos en una abadía de la Orden de San Benito del siglo XIV, enclavada en las montañas de Italia. Esta tutoría ocurre en todo el filme y es, en realidad, una oportunidad del propio Umberto Eco, notable maestro y educador en la vida real, para diseminar el conocimiento y enseñar con su rica lógica, cargada de sentido común y de humanismo. Aprovecha los notables contrastes de los finales del medioevo, en los cuales despierta Europa de un cierto letargo, de una cierta oscuridad, hacia el renacimiento que eventualmente daría lugar a la ciencia y a la ilustración, para desarrollar notables diálogos.

Quiero destacar un momento muy íntimo, en el cual Adso se atreve a confiar en su maestro, venciendo secretos y miedos. Le pregunta sobre el amor que se siente por una mujer, algo que atormenta al joven, pues está hechizado por una joven que conoció en la abadía, en circunstancias extrañas, a quien ha idealizado, a quien ama, en medio de las dudas y sentimientos de culpa, dado que se trata de algo que ve en contra de su vocación como fraile que ha escogido el celibato. ¿Cómo se transmite acá la sabiduría? El ambiente de la escena es de sombras y penumbras, ambos, maestro y discípulo, están en su habitación, a punto de dormirse. El diálogo es muy bello, cargado de ternura y de sinceridad por parte del maestro, que no pretende saber del tema, pues no tiene experiencia directa de ello en su vida. En realidad, lo que tiene es capacidad para escuchar al discípulo que pregunta y para escuchar sus propias inquietudes y preguntas, respondiendo. Al responder se refiere a Santo Tomás de Aquino y su modo especial de definir el amor, y advierte que realmente nunca pudo referirse al amor entre hombres y mujeres, embelesado como estaba por el amor a Dios; se refiere a una cierta definición de la mujer en algún libro del Antiguo Testamento en la Biblia, como ser que pone en peligro esa especial vocación de santidad del hombre que se quiere dedicar a Dios. Pero advierte, provocativamente, que tal definición queda floja, ante la inspirada belleza que es connatural a la mujer. Entonces el maestro responde con honestidad y deja abierto el campo para que el discípulo haga un discernimiento profundo, que será origen de una especial sensación de sabiduría, esa que resulta de saber que hay alternativas capaces de superar las culpas, las dudas y las ataduras a modos inflexibles de ver la realidad.

Esta es la sabiduría tranquila de los que son capaces de examinar los distintos puntos de vista en las complejas realidades de la vida, con actitud de ternura, de frescura, de apertura, de modo que el espíritu interno sople con poderoso vigor, en medio de la intimidad del que enseña y del que aprende.

Referencias

El diálogo con la Sabiduría en La Cabaña

https://www.youtube.com/watch?v=mk–frlCglg

 

Un momento especial en El nombre de la rosa

 

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