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Easy Street (Charles Chaplin), cien años después

La calle de la felicidad

Después de décadas, casi diría un siglo, manteniéndose vigente en pantalla, el cine de Charles Chaplin va comenzando a tener cierto olor a naftalina. El simpático personaje es un vagabundo de gestos refinados, aunque cuando lo cree necesario despliega una fuerza brutal para doblegar a quien esté cometiendo alguna injusticia. Su cine, ambientado en la primera posguerra mostraba los estragos sociales que ésta había cometido, alcanzando su punto más álgido en la crisis de 1929. Sus películas lo muestran entre sobrevivientes paupérrimos, en situaciones muy tristes, donde siempre hay una joven ingenua y un bravucón que con su fuerza o su presencia brutal domina al resto.

Su filmografía es harto conocida y los efectos logrados por su personaje muy familiares. No es ese el tema que nos ocupa, sino cómo vemos hoy algunas de las historias que Chaplin contaba hace un siglo atrás. Ha sido considerado un adelantado a su época por su genialidad tanto interpretativa como cinematográfica. La gesticulación y los movimientos graciosos que lograba arrancarle a su cuerpo fueron la base de su humor, que se balanceaba entre la ironía y la ingenuidad. Hoy, si quisiera mantener el éxito logrado, el tratamiento de sus personajes quizá pasaría por el filtro de su autocensura.

Me gustaría centrarme en Easy Street, una película filmada en 1917, para la cual construyó una calle en forma de T, con el fin de narrar la historia de un vecindario que se negaba a ser protegido (en verdad, reprimido) por la policía del lugar. Si bien toda su filmografía tiene suficiente volumen para detenerse y extenderse en consideraciones y análisis, es en este cortometraje donde conviven algunas líneas que nos llevan a reflexionar.

El vagabundo Charlie duerme acurrucado en la acera de una misión religiosa, cuando es despertado por la dulce voz de una joven. El cine hace magia, ya lo sabemos. En este cortometraje, Chaplin utiliza la voz (no solo en la conversación, sino también en el canto) como principal medio de comunicación, como lo hace casi todo el cine que hemos visto… salvo que no debemos olvidar que esta película es silente. En este siglo XXI no nos llama la atención que un hombre duerma en la acera. Las políticas económicas implementadas en Occidente, sobre todo en España y Latinoamérica, permiten que cada día haya más gente calificada de “homeless”. Son hombres o mujeres, familias enteras, que estiran un colchón o diarios en la calle y duermen allí sin importar si es verano o invierno. Algo deberíamos haber aprendido a estas alturas, ya que la historia es cíclica y quienes manejan los hilos de la economía siempre son unos pocos, a quienes les importan más los números que las personas. La famosa grieta entre pobres y ricos es una constante en el cine de este director. Vale la pena rescatar para ilustrarlo, el personaje del millonario de Luces de la ciudad, un hombre que es salvado por Charlie en su intento de suicidio. Este ricachón es su amigo mientras está borracho, pero cuando vuelve a la sobriedad lo desconoce. Esa insensibilidad se parece a la que muestran nuestros políticos, verdaderas marionetas de un poder mucho más frío.

Volviendo a Easy Street, la pianista de la misión religiosa, interpretada por Edna Purviance, lo atrae al gran salón donde van siendo convocados los feligreses. Allí le entregan un pequeño libro en el que debe leer las canciones que entonarán entre todos. Una mujer con un niño se sienta a su lado y le pasa el bebé para que lo tenga, mientras acomoda sus lentes para leer. Apurado, intenta devolverlo a los brazos de su madre, pues su pantalón, donde está apoyado el niño, está humedecido. Simpático episodio, donde Chaplin utiliza un equívoco para generar nuestra risa, ya que se ha mojado con el agua del biberón, aunque él esté pensando en algo más escatológico.

Mientras todos cantan, intenta imitarlos, ya que no sabe leer. Su atención se dirige hacia la caja donde se recolecta la limosna. Intentará robarla, pero al irse, la joven pianista lo saluda y él, conmovido por su belleza, devuelve la caja. La honradez, aunque se trate de un ladrón, siempre está en la superficie. Charlie roba porque no tiene para comer, pero el romanticismo puede más que la propia religión.

Paralelamente, en la calle hay una lucha entre los vecinos, inmigrantes desocupados, y la policía. Y siempre, como saldo, quedan los oficiales tendidos en el suelo sin haber logrado imponer el orden. Entre los revoltosos se destaca un hombre gordo, alto y bestial, que acaba con la brigada en un santiamén. Al pasar por una comisaría y leer que están contratando policías (hemos visto que varios de ellos están de baja), Charlie se ofrece como candidato. Le asignan Easy Street, la calle de los disturbios, pero también donde está la misión religiosa.

La calle de la felicidad

Al hacer el primer recorrido, debe enfrentarse al hombre gigante, que demuestra su fuerza doblando el poste de luz. Hábilmente, Charlie le coloca el farol en su cabeza y abriendo el gas, logra atontarlo y apresarlo. El cine de Chaplin va encontrando el equilibrio entre las buenas acciones y aquellas heredadas de la época de su trabajo con Sennet. Siempre me he preguntado por qué el malo es gordo y tiene gestos bestiales. Mi duda es si Chaplin, que ha estado “educando” con su cine a varias generaciones de chicos, no establece con este tipo de roles (que se replica en La quimera del oro y en Vida de perros, entre muchas otras, generalmente interpretados por Eric Campbell, Henri Bergman o Mack Swain) un estereotipo del personaje negativo. Hoy, cuando aceptamos la diversidad en toda su extensión, cuando los niños y adolescentes son educados para erradicar el bullying entre sus amistades o cuando pedimos respeto para aquel que no ha tenido la oportunidad de educarse, no sé si Chaplin hubiera replicado en su cine estas características tan violentas y brutales.

Una vez todo calmo, y habiendo establecido el respeto en la cuadra, Charlie descubre a una mujer que roba frutas a un vendedor semidormido. Al descubrirla,  el nuevo policía constata su débil salud, así que se acerca al puesto y, aprovechando la distracción del hombre, roba para la joven mujer. De pronto, aparece la pianista que hace su recorrida habitual para ayudar a los pobres. Rápidamente, Charlie envuelve lo robado y lo convierte en algo que se parece a un bebé. En esta escena prevalece su alma caritativa antes que el deber de policía. Moralmente, robar no está bien. Pero si es para hacer un bien, quizá no lo miremos con tan malos ojos.

Seguidamente, acompaña a la pianista a la casa que está enfrente de la vivienda de la joven ladrona. Allí vive una pareja con diez o doce niños. Asombrado, le pregunta al hombre si él es el responsable de tal prole y lo condecora con su estrella policial cuando le contesta afirmativamente. Realmente, Chaplin no necesita del sonido para transmitir su asombro y la devastación del hombre, en un intercambio de gestos que nos permite participar de la conversación, otra vez, silente. Ayuda a la chica a alimentar a la familia. Toma entre sus manos semillas y las esparce entre los niños como si fueran gallinas. Ese último gesto define y cierra la escena. Faltó poco para compararlos con conejos por su rapidez para reproducirse. Chaplin ha centrado la atención en las dos mujeres, en el hombre prolífico, en el gigante al que ha doblegado… pero a los niños, que llenan la estancia, trasladándose de un lado a otro, los trata como pollitos. Queda en el espectador de hoy un sentimiento ambivalente. ¿Los menosprecia o, por el contrario, ha encontrado la manera de alimentarlos sin que deban esperar ni se generen peleas?

La calle de la felicidad

Desde la ventana de enfrente, se oyen gritos y golpes. El gigante ha logrado escapar de la policía y pelea con la mujer (la que robaba alimentos). Charlie corre a defenderla. El hombre la golpea, la insulta, ella le contesta, pelean… Charlie logra que el gigante salga del cuarto y cuando está en la calle le arroja desde la ventana la estufa de hierro sobre su cabeza. Otra vez aparece la doble vara: la defensa del más débil y la brutalidad con que soluciona la acción. Equiparable en furia desatada a la escena que hemos visto segundos antes, donde el hombre golpea a la mujer. Es violencia explícita. Vemos cómo la mujer es lanzada hacia el suelo, cómo la toma del cabello, cómo le grita… Hoy, creo, Chaplin se habría cuidado de sugerir más que de mostrar. Sobre todo, luego de la visibilización que ha dado sobre la violencia de género el movimiento  feminista #NiUnaMenos.

Y si de feminismo hablamos, tampoco cabría en una película de Chaplin la escena de acoso que sufre la joven misionera por parte de un drogadicto que intenta seducirla. En algún momento, el salvamento de la chica quizá haya generado gracia, pero hoy vemos con cuidado qué cine y que libros consumen las jóvenes generaciones. Hay valores que cambiar en nuestras sociedades, y el cine puede contribuir en ese aspecto. Lo mismo cabe para el tratamiento que recibe por parte del dueño del local, una joven tímida que intenta trabajar de cantante, en Vida de perros, o las mujeres de un local bailable, en Luces de la ciudad, que son literalmente arrastradas a la pista de baile por el compañero que las ha elegido.

Volviendo al corto que nos ocupa, al acudir al encuentro de la misionera, Charlie no se da cuenta de que se ha sentado sobre una jeringa cargada de droga con la que el acosador pretende doblegar a la joven. Con una energía sobrehumana, logra doblegar a los delincuentes y a los vecinos rebeldes del barrio. La droga y sus efectos (positivos, en ambos casos) no solo están presentes en Easy Street, sino también en la escena de la cárcel de Tiempos modernos, donde un preso esconde cocaína en un salero que utilizará Charlie, lo que le permitirá ayudar a la policía a detener a unos presidiarios que pretenden escapar, por lo que es premiado con la libertad. Si hoy viera Chaplin la cantidad de niños que mueren víctima del paco, buscaría otro deux ex machina que lo salvara en momentos apremiantes.

La última escena de Easy Street transcurre en domingo. Bajo la atenta mirada de Charlie, los rebeldes se han convertido en obedientes feligreses. Pero la nota final la da el gigante, ahora un corderito domado, que lleva del brazo a su esposa, y juntos se dirigen a escuchar el sermón.

No quisiera que se tomara este texto como un dechado de moralina. No me horrorizan las películas de Chaplin, suelen divertirme y admiro la genialidad del director. Como adulta entiendo en qué época se hicieron, qué valores se proclamaban, si bien nunca pensé que fueran inocuas. En verdad, siempre me molestaron dos cosas: que las mujeres fueran tan débiles y que los malos fueran tan brutos. Seguramente, a los que hoy son chicos les haría tanta gracia como a mi generación, a la anterior e, incluso a la que le siguió a la mía. Pero todos los días leemos de algún femicidio, de la discriminación que se da en los colegios y en los trabajos, del acoso sexual, que se ha vuelto comidilla del mundo del espectáculo, en algunos casos, demonizando al género masculino, como si no estuviera integrado por individualidades… No pretendo culpar a Chaplin, ejemplos de películas infantiles violentas hay en cantidades, y no solo en el cine, sino también en la televisión y en los videojuegos. Me pregunto qué filtro realizan los padres y educadores. Y finalizo con otra pregunta, esta vez, retórica: si consideramos películas como Easy Street cine de adultos, ¿no estaríamos contribuyendo a erradicar la violencia en nuestra sociedad?

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