Críticas

La guerra de Nolan

Dunkerque

Dunkirk. Christopher Nolan. Estados Unidos, 2017.

Cartel de la película DunkerkeChristopher Nolan nos ha llevado de Gotham City a las profundidades del cosmos. De las miserias de la memoria al día eterno. Cada uno de sus viajes ha sido una lección de personalidad, de estilo, de marca inconfundible de un director que ya está entre los más grandes de su generación, pese a quien pese. Para su última acometida, Nolan nos lleva a la guerra. Casi de manera literal. El conflicto, según este magnífico director, se nutre de emociones, de golpear al espectador en las tripas con dos horas y pico de cine en crudo. Dunkerque es algo más que una película. Incluso se puede decir que algo menos. Es una experiencia, pensada plano a plano para dejar sin aliento al público. Y está llena de momentos maravillosos. También de alguna que otra trampa, e incluso de instantes que pueden llegar a estropear el visionado. Pero no duden de una cosa: Nolan ha hecho la película que le ha dado la gana, hasta las últimas consecuencias.

Digo esto último porque no todos los directores pueden decir lo mismo. Por muy en la cima que uno esté, se debe a circunstancias externas a su genio. Ya se sabe, productoras. Pero las películas de Nolan transmiten la sensación de que el director ha controlado cada mínimo aspecto de lo que se reproduce en pantalla, con un aura de libertad que pocos creadores transmiten. Con independencia de que el resultado guste más o menos, el sello de autor brilla en la película. Nolan engulle su propia forma de hacer cine, hasta las últimas consecuencias, y nos lanza pureza en imágenes. Nadie hace películas mastodónticas de presupuesto obsceno como él. Nadie.

En Dunkerque, Nolan abraza el género bélico, dando un nueva vuelta de tuerca a su trayectoria. Nos lanza de lleno al dramático episodio en el que miles de hombres esperaban desesperados un rescate casi imposible, asediados por las tropas alemanas. El director renuncia a personajes, incluso a contar una historia al uso, porque lo que quiere es que el salitre inunde nuestros pulmones y la arena nos ciegue tras la explosión de un torpedo alemán. Arriesga el todo por el todo para que la experiencia cinematográfica se confunda con la realidad, armada con un montón de trucos de perro viejo para que nuestro corazón se dispare a mil por hora en cada segundo de Dunkerque.

A pesar de su naturaleza de revientataquillas, Nolan demuestra en Dunkerque que en el cine de carácter más comercial también se pueden tomar riesgos. Para empezar, el contexto temporal que da fuste a la película se descompone en tres momentos distintos, con implicaciones serias en las demás piezas del conjunto planteado por el director. La comunicación entre estas líneas temporales conectadas es parte esencial y eje vertebrador del filme. Lo cierto es que algún eje necesita, porque, por lo demás, Nolan ha renunciado a casi todo, incluso a sí mismo, para la construcción de una película que usa todos los artificios del género y lugares comunes de la guerra para ofrecernos algo nuevo.

Hasta el momento, Nolan construía películas con cierto grado de complejidad estructural o argumental, pero se empeñaba en que el espectador comprendiese en todo momento qué ocurría en pantalla. Los primeros actos de sus propuestas se convertían en ocasiones en auténticos tutoriales, con su ejemplo más claro en la intensa Interstellar. La casi perfección técnica no ocultaba un aspecto emocional trabajado con inteligencia, cierta preocupación por las personas al otro lado de la pantalla.

Dunkerque, crítica

En Dunkerque, Nolan parece ignorar a su público. Está ocupado en la experiencia por sí misma, en el cine, en el desarrollo de un lenguaje personal que hace de la película algo único. Es cierto, esta es la película más simple de las dirigidas por Nolan, así que eso le permite cierto margen de independencia con respecto a su público. Aún así, en ocasiones, el virtuosismo de Nolan se cubre de una frialdad salvaje. Esta sensación se acrecienta con esas renuncias que comentaba hace unas líneas. En Dunkerque no hay protagonistas claros ni desarrollo de personajes, ni una historia clara más allá de la peripecia por la que rebotan los implicados en la acción.

No hay ni un minuto de descanso. Desde la primera secuencia, Nolan aprieta un acelerador que no rebajará la intensidad hasta los minutos finales, en que hay un respiro necesario para cerrar la historia. Nos lleva a empujones hasta la playa de marras, y se sumerge en el conflicto con alma de documentalista. La sobriedad de la que hace gala en su cine alcanza cotas de auténtica genialidad, y si no hablamos de obra fundamental en la historia del cine respecto a Dunkerque es por ciertos patinazos, sobre todo en el innecesario tono que alcanza la película en sus últimos minutos.

Nolan utiliza todos los artificios que regala el cine moderno, pero el público recibe la impresión de estar ante un trabajo de auténtica artesanía. Así de sutil es el director a la hora de escoger sus herramientas, así de orgánico se muestra en el momento de tomar decisiones tras la cámara. La guerra de Nolan nos es muy distinta a otras que hemos visto. Hay combates aéreos, hay bombardeos, barcos hundidos por torpedos, el drama humano y demás. Pero os aseguro, queridos lectores, que nunca hemos visto eso tan manido y repetitivo como en Dunkerque.

La odisea del reparto coral construye una metáfora acerca de la naturaleza humana en momentos de vida y muerte. La guerra es el horror definitivo, pero en medio de la catástrofe sale a relucir lo mejor y lo peor de las personas. En Dunkerque hay valientes, sacrificados héroes anónimos. También hay ratas en plena huida, impulsadas por su instinto de supervivencia. Ninguno es juzgado por Nolan. Todos están justificados en la vorágine de muerte que fue este episodio clave de la Segunda Guerra Mundial.

Kenneth Branagh en Dunkerque

Incluso los enemigos son peculiares. El ejército nazi de esta película no tiene rostro. Es una conglomerado tecnológico, una maquinaria de muerte sin alma. Un monstruo deshumanizado que avanza impenitente para destruir el mundo libre. Escuchamos el rugido de sus aviones, la destrucción que causan los submarinos, pero no escuchamos sus voces, ni vemos sus caras. Pero sentimos la amenaza que significa el horror de la eficiencia terrible del fanatismo.

A pesar de todas las excelencias, resulta que Nolan se pierde al final. Despliega en los últimos compases un intento bastante incomprensible de dar contenido a sus personajes, de llenar de humanidad su filme, mientras que durante todo el metraje anterior sus protagonistas no eran más que excusas para dar impulso al drama. La absurda solución con la que da carpetazo al episodio protagonizado por Tom Hardy (episodio que contiene alguno de los mejores momentos de la película. ¡Qué combates aéreos, amigos!), es el principio del fin, literal en todos los aspectos. De repente, Nolan se preocupa y quiere dar al público un cierre más convencional de lo que está pidiendo la esencia de la película, tirando de patriotismo rancio y espíritu bélico. No es que Dunkerque sea una película antibélica, pero la frialdad de la que hablamos mantenía las distancias respecto al posicionamiento del director.

Es curioso. Toda la película echamos de menos al Nolan humanista, y cuando aparece es para estropear la experiencia global. De todas formas, esto es importante, pero no estropea para nada el rato en el que ha conseguido pegarte a la silla y dejarte sin respiración. Nolan utiliza todos los recursos, incluyendo un sobresaliente apartado sonoro. Técnicamente brillante, se complementa con la aportación de un compinche habitual, Hans Zimmer, que compone una de sus obras más agobiantes. Como ha mostrado en otras ocasiones, el uso de un leit motiv (en este caso, el tic tac de un reloj) sirve de base para componer una banda sonora que se acopla de manera magistral a la acción, y que nos recuerda el valor de un segundo de silencio con ingenio.

Dunkerque es cine clásico, con mayúsculas, pero presentado con el envoltorio del siglo veintiuno. Marca el camino, recupera los puntos álgidos del género como si nunca hubiésemos visto una película de guerra. Efectista, ruidosa, sí, pero rodada con las tripas, y con la serenidad de un director que construye cada plano con habilidad de cineasta nato. Una de las experiencias cinematográficas del año, con todos esos deslices incluidos. No se la pierdan.

Tráiler:

Ficha técnica:

Dunkerque (Dunkirk),  Estados Unidos, 2017.

Dirección: Christopher Nolan
Duración: 107 minutos
Guion: Christopher Nolan
Producción: Warner Bros / Syncopy Production / Dombey Street Productions / Kaap Holland Film / Canal+ / CNC / RatPac-Dune Entertainment
Fotografía: Hoyte van Hoytema
Música: Hans Zimmer
Reparto: Fionn Whitehead, Mark Rylance, Kenneth Branagh, Tom Hardy, Cillian Murphy, Barry Keoghan, Harry Styles, Jack Lowden, Aneurin Barnard, James D'Arcy, Tom Glynn-Carney, Bradley Hall, Damien Bonnard, Jochum ten Haaf, Michel Biel

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